Grandes cineastas de nuestro tiempo (I)

Ingmar Bergman. El dolor de muelas crónico como actitud vital

Hace un par de siglos y a modo de entretenimiento —todo lo que escribo lo hago de ese "modo", única razón que exonera mi mentecatez—, me dio por escribir una serie de entrevistas imaginarias a directores vivos y muertos. Eran para el consumo, petit comité, de los sufridores integrantes de una lista de correo, activa hasta extremos inimaginables tiempo ha. Jamás se me pasó por la cabeza publicar aquellas memeces (de hecho, no conservaba copia alguna de dichos archivos), hasta que un buen amigo me las reenvió acompañadas de algunas anotaciones socarronas.

Mi álter ego era un periodista becado, enviado por un medio masivo al encuentro de popes cinematográficos. Siempre salía escaldado y de sus densos interviews para Fotogramillas, Bricomanía o Remontado por... únicamente extractaban las partes "personales" ("¿cuál es tu color favorito?", "¿recuerdas tu primera experiencia sexual?", "¿cuándo besas a tu compañera de reparto tienes una erección?"), echando el resto a la basura. Real como la vida misma.

Sea como fuere, arranco este agosto con la entrega correspondiente al genio sueco. Prometo ir insertándolas paulatinamente, en los meses más flojos o, sencillamente, cuando mi vagancia me obligue a tirar de viejos materiales.

¿Hace calor, eh?

*  *  *  *  *

 Nunca me ha gustado el mar. Es más traicionero que un personaje de Mankiewicz reescrito por Mamet e interpretado por Kevin Spacey. Respiro aliviado, pues, cuando la motora arriba a tierra firme, emitiendo un postrero bufido. El paisaje que se presenta ante mí es tan alegre como una operación de fimosis: rocas, tierra yerma, algún árbol petrificado... el vacío, la nada... el silencio de Dios, supongo.

Escoltado por Liv Ullmann y Bibi Andersson —y créanme que el tiempo ha hecho estragos en ambas— disfrazadas con el traje regional de Västernoorland, me encamino por un sendero de baldosas amarillas hasta una terraza que se balancea peligrosamente sobre un acantilado en cuya base el mar arremete con fuerza.

—Espere un momento, el maestro le recibirá... si tiene a bien hacerlo.

—Gracias —intento hacer un amago de reverencia bastante ridículo—.

Mientras densos nubarrones se forman a lo lejos, paseo por la estancia. Una chimenea con un par de guadañas cruzadas sobre un cuadro de "El triunfo de la muerte" de Bruegel el Viejo. Necrológicas de amigos. Una ardilla disecada. Un poster de Abba, un libro de Paulo Coelho... realmente terrorífico...

—Buenos días.

Asustado por la súbita aparición en el umbral de la puerta de un anciano venerable, me encaro hacia él con la más falsa de mis sonrisas.

—¡Hola! ¿Habla mi idioma?

—Hablo todas las lenguas porque he andado todos los caminos.

Me hace un gesto para que le acompañe.

—Sígame... vamos a un lugar donde estaremos más cómodos... sin abandonar nuestra condición de mortales, quiero decir.

Algo confundido, le acompaño por un largo corredor que desemboca en un habitáculo húmedo y maloliente. Un par de sillas desvencijadas nos aguardan en un rincón, parcamente iluminado por un candil.

—Esta es mi cripta, ¿sabe? Mi panteón, mi lecho definitivo. Vengo muy a menudo por aquí, solo, a meditar. Es... reconfortante. ¿Usted piensa a menudo en el abismo insondable, en las dos eternidades que nos separan de la negrura sin límite, joven?

—Bueno... a decir verdad... sólo cuando aprietan las almorranas... jeje...

Me lanza una mirada de profundo desprecio y se pone los anteojos.

—¿Qué quería de mi? Acabemos pronto... cada día me siento más débil y la oscuridad se abate peligrosamente sobre mi alma herida.

—Sí, nada... querría hacer un recorrido informal por su cine, sus temas, sus...

—¿Temas? —me lanza una mirada acusadora por encima de sus lentes—. Sólo hay un tema... vuelva a ver las películas con calma. Lo único importante es que usted y yo dejaremos de ser. Por siempre jamás.

—Sí, no es una perspectiva muy halagüeña que digamos...

—Escuche: lo peor no es abandonar este valle de lágrimas. Lo peor es no haber sabido saborear la vida, apurar la copa de Dioniso... en fin, no quiero aburrirle con batallitas de viejos. Pregunte, si queda algo, en verdad, por ser preguntado.

—A mí siempre me ha gustado mucho El séptimo sello...

—¿De verdad? ¿Y qué le ve, joven?

—Pues... pues no sé... ese toque medieval tan medieval... ese peazo de Max Von Sydow...

—Ah, sí, el viejo Max... ¿sabe? Ahora rueda con Spielberg —una risa ronca brota de sus pulmones—. Otro que no entendió nada...

—Bueno, pero a usted le sirvió muy bien en sus películas..., ¿lo consideraba su alter ego?

—Mire, el problema de ustedes, los críticos... porque es usted crítico, ¿no?

—Pues no, soy... soy periodista...

—No se rebaje todavía mas, joven. Lo dejaremos en crítico. Digo que el problema de ustedes es que en cuanto repetimos varias veces con el mismo actor consideran, de inmediato, que existe un vínculo emocional con el mismo...

—¿Y no es así? Kurosawa y Mifune, Donner y Mel Gibson...

—¿Perdón? Mel qué?

—Sí, el aclamado director de Braveheart... que está preparando La pasión de Cristo III: resucita o revienta...  ¿no ha oído hablar nunca de él?

—¿Por quién me toma? ¡Las cuatro partes de Arma Letal ocupan un puesto de honor en mi filmoteca!

Trago saliva y lo miro alelado.

—Va... vaya. Nunca lo hubiese dicho...

—Nadie es lo que parece.

—Ya veo, ya. Algún otro director actual al que... ¿aprecie?

—Jess Franco... Russ Meyer... Michael Bay...

—Jo... joder... Lars von Trier también le gustará, ¿no?

Su gesto se contrae en una mueca de asco infinito.

—¡Ese bastardo hijo de mil padres!

—Vaya, veo que no goza de su simpatía...

—¿Simpatía? Mire, a mí Dreyer nunca me gustó, así que... ¡qué decir de su pseudo-discípulo!

—Pe... pe... pero si le consideraron a usted el heredero natural de...

—¡Hostias! ¿¡Quiere callarse, zagal!? ¿Ha venido a escuchar o qué?

—Perdón, perdón —Bergman enfadado tiene una retirada a Fraga en plena locución navideña—.

—Dreyer era un plasta y sin embargo se ganó el reconocimiento general... eso me hizo pensar... indudablemente, seguir su estela era una apuesta segura... así que hice una inversión a largo plazo. ¡Pero nunca lo admiré!

—¿Y a Tarkovski?

—Jamás he podido terminar de ver una película suya; con la edad uno se  vuelve impaciente... La infancia de Iván estuve a punto de acabarla, de no ser por aquel súbito ataque de ciática...

—Entonces, no entiendo... perdone, pero estoy un poco perdido...

—Es normal... con los tiempos que corren... falta de referentes morales.

—¿Qué me dice de Fresas salvajes, Como en un espejo, El manantial de la doncella o Gritos y susurros?

Fresas salvajes... una excusa para pillar una borrachera con Sjöström. Gran bebedor y fornicador impenitente... ays, qué tiempos... en Como en un espejo lo único que me interesaban eran las caderas de Harriet Andersson... claro que supe darle al conjunto un sentido místico que deslumbró a propios y extraños. Je, nunca falla. La locura, Dios, un padre y ya tienes el conflicto. Dios es el mejor McGuffin de la historia del cine, joven. El manantial de la doncella fue una apuesta que hice con Max. El coleccionaba cintas guarras de la Garbo...

—¿Cintas guarras?

—Sí, la Garbo, su etapa porno en Estocolmo... le queda mucho cine por ver, compañero.

—Ya veo, ya.

—El bueno de Max me desafió a rodar una violación en menos de seis planos y no me pude resistir. Lo complicado fue meterla dentro...

—¿¿¿Perdón???

—Meterla dentro de un argumento inteligible, quiero decir. Lo del milagro se me ocurrió después de ver la versión muda de Ben-Hur... gran idea.

—Madre mía...

—Y en Gritos y susurros... más de lo mismo: la angustia por la muerte y todo ese rollo. Infalible. Todo el mundo ha perdido a alguien en este mundo. Así pues, sólo los niños no logran identificarse con argumentos metafísicos. Quizás sea por eso que me merezcan tanto respeto... impolutos... ingenuos... dispuestos a afrontar la vida sin el peso de la gente que ya no está aquí...

Ingmar se ha quedado mirando la lápida con su nombre y fecha de nacimiento.

—Vanidad de vanidades, joven. Y después de todo... ¿para qué?

—Pero usted... una persona con una capacidad intelectual sobresaliente...

—Perdone, pero yo no acabé la Educación General Básica. Claro que con esos estudios en Suecia estamos a la altura de los Doctorados en España...

—Oiga, un respeto...

—¿Cómo decirle que uno nunca elige ser lo que es? ¿Qué quería ser usted de pequeño?

—Pues... pues... astronauta...

—¡Por favor! ¡Qué típico!

—Joer, ¡ha sido usted quien ha preguntado!

—En fin, mírese ahora... ¿no resulta reconfortante, verdad? Como decía Schopenhauer...

—¿Qué decía?

—La edad es muy mala.

—Vaya, no me parece una frase tan brillante, con perdón.

—¡No, coño! ¡Quiero decir que ya no me acuerdo de la puñetera frase! Lo voy olvidando todo... algunos creen que es una enfermedad. Yo lo considero un alivio...

—¿Le puedo hacer una pregunta personal?

—¿Las hay de algún otro tipo?

—No, supongo que no... ¿cree usted en Dios?

Bergman remueve algo en el interior de su bolsillo. Extrae un pañuelo con el que limpia sus gafas empañadas, pausadamente.

—Dios es una ficción necesaria... o eso creía. Poco a poco me he ido acostumbrando a su silencio... ¿lo escucha? Creemos en lo que necesitamos creer. ¿No tiene usted necesidades? Invéntese una ficción para cubrirlas todas.

—Ya.

Bergman me mira de arriba abajo, extrañado.

—¿Es usted imbécil, joven?

—Bueno, me temo... que soy bastante representativo de mi generación.

—Lo suponía. En fin, ¿algo más? Ha llegado la hora de que juegue mi partida diaria con la muerte.

—De ajedrez, supongo.

—No. Un cinquillo. ¿Pasa algo?

—Nada, nada. Pues eso... que ha sido un placer  y tal.

—No puedo decir lo mismo. Cierre la puerta de arriba, no me gusta escuchar el aullar del viento por las rendijas... uno ya está delicado.

—De acuerdo...

Lo dejo barajando las cartas, con la mirada perdida en una mancha de humedad de la pared. Me alejo un par de pasos. Una corriente de aire hace temblar la llama del candil. Levanta la cabeza escondida entre los hombros y se lleva un dedo a los labios, pidiendo silencio.

Rodeado de estertores y fuegos fatuos, aguardando en la antesala del último viaje, ese del que no hemos de retornar jamás.

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Jorge-Mauro de Pedro es espectador visceral y opinador desinformado...