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Mientras la fórmula de M. Night Shyamalan suma cada vez más detractores en todo el mundo por un supuesto estancamiento en los argumentos de final sorpresa, su músico fetiche, James Newton Howard, acumula un mayor número de seguidores en cada colaboración por la belleza de sus partituras. En EE.UU. La joven del agua, su quinto trabajo juntos, ha marcado el punto álgido de esa disyuntiva que reparte críticas y alabanzas a partes iguales. De Shyamalan se ha dicho que es incapaz de salir del “efecto sexto sentido”, que se repite, y de Howard que firma una obra maestra. En mi opinión, ni lo uno ni lo otro. Ambos practican un estilo de narrativa y composición paralelo que está basado en la acumulación de emociones, desatadas por un elemento fantástico, que conducen a un clímax catártico para los protagonistas. Así que es muy difícil que los resultados de uno y otro difieran hasta tales extremos. Otra cosa es que el sabor de la mezcla sea siempre el mismo.
La joven del agua es un paso más en ese camino que, si bien puede resultar reiterativo formalmente (la estructura, tono y desarrollo de las películas de Shyamalan y las bandas sonoras de Howard es muy similar), no ha dejado de evolucionar en la sutileza de las metáforas que plantean realizador y compositor sobre el destino, las deudas del pasado y la búsqueda de identidad. ¿Quién soy?, ¿por qué estoy aquí?, ¿cuál es mi lugar en la vida? Son algunas de las preguntas que el binomio viene disfrazando desde El protegido —El sexto sentido era más efectista que reflexiva— bajo la apariencia de narraciones y partituras de corte fantástico que establecen siempre una lectura doble: la historia que cuenta el argumento y describe la música, y el tema del que estos son metáfora, que se revela totalmente en los controvertidos giros de guión del director.
La labor de Howard en este proceso es dotar a cada film de una atmósfera apacible y dulce —como la vida, en apariencia, de los personajes— que poco a poco adquiere tensión y se transforma hasta descubrir su verdadera naturaleza. La redención en El sexto sentido, el destino en El protegido, la fe en Señales, y el valor en El bosque. De nuevo la doble lectura, el doble juego de espejos que músico y director utilizan para hablar del sino, inevitable según el director, y la necesidad humana de trascender la vida mortal. La joven del agua actúa también en dos niveles a través de una fábula contemporánea que termina convirtiendo el habitual pulso entre el bien y el mal de estos relatos en una reflexión sobre la soledad, las sombras del pasado y la fe entendida como la confianza en uno mismo y los demás.
Para ello, y como ya hiciera en El protegido y Señales, Howard recurre a un hermoso motivo de piano, con ecos del maravilloso Beautiful que compuso para King Kong, que gotea sutilmente a lo largo de toda la partitura, alternado con coros infantiles y melodías de cuerda y viento que contribuyen a crear ese ambiente falsamente tranquilo que sólo es el preludio de la revelación final. El resultado es igual de efectivo que sus trabajos anteriores a la hora de calar en el subconsciente del espectador, de prepararle para el momento de la verdad. Pero esta vez Howard no se muestra tan creativo en la definición de los temas principales y, en consecuencia, la obra no engancha emocionalmente de un modo tan poderoso como hacía, por ejemplo, El bosque, una de sus mejores bandas sonoras. La joven del agua es, en ese sentido, como un lienzo a medio acabar. Howard esboza grandes ideas y abre caminos muy interesantes, pero después no logra definirlos con la claridad a la que nos tiene acostumbrados. Quizá, como reza el eslogan de la película, se le acababa el tiempo para un final feliz.
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