A la espera del 2007

Piratas del Caribe. La maldición de la perla negra se ha convertido, pese a quien pese, en un clásico popular bien comparable, por ejemplo, a En busca del Arca Perdida o La guerra de las galaxias. El film, certero como pocos en su concepción del espectáculo, asentado en un dinamismo prodigioso y con una maravillosa mezcla de elementos fantásticos, comedia y un regusto por la aventura clásica (de El pirata negro de Albert Parker a El temible burlón de Robert Siodmak) de todo punto paradigmático, resulta una pieza que crece a cada visionado, destacando muy por encima del llamado "cine comercial" venido de Estados Unidos. Los pasmosos ingresos en taquilla del film, así como su inmediata adhesión a la idiosincrasia colectiva (y no precisamente adolescente) hacían presagiar una secuela que ha tardado, nada más y nada menos, que tres años en ver la luz. Cuál ha sido el resultado de la misma es algo que no podremos averiguar hasta mayo de 2007.

El cofre del hombre muerto es una pieza inconclusa, imposible de juzgar en toda su dimensión hasta no haber visionado la siguiente entrega. El porqué de ello es debido a ciertas variaciones en la caracterología de los personajes y a determinados detalles de guión que aquí se encuentran esbozados o planteados, pero no consumados. La película mitiga considerablemente los elementos humorísticos, exhalando una seriedad y, en ocasiones, una solemnidad inéditas en el film anterior. La secuencia inicial, eminentemente dramática, ya predispone al espectador hacia la circunspección dominante en varios pasajes del film y, a la par, bosqueja otro elemento de capital importancia a la hora de analizar la obra: un ahondamiento consciente y sorprendentemente reflexivo en la psicología de los principales personajes que se desvía (¿definitivamente?) del tono lúdico de la pieza anterior: el personaje de Elizabeth, por ejemplo, muestra una complejidad de carácter y decisiones que nada tienen que ver con las características de la heroína romántica; asimismo, Will Turner agría su personalidad a partir del hamletiano encuentro con su padre; y el mismo Jack Sparrow se ve relegado a un indeterminado rol, cuyo perfecto reflejo podría ser el bloque con los indígenas en el que es considerado un Dios, pero condenado al sacrificio.

El guión, por tanto, no ofrece un seguimiento directo de todo lo planteado en el año 2003, sino que opta por la inmersión en otro tipo de elementos. En los elementos que eran meramente circunstanciales en el film original y que aquí adquieren toda su relevancia: es decir, las motivaciones de los protagonistas y el intento de otorgar a las secuencias de acción una sólida base dramática. Esto, que a priori puede parecer muy positivo, acaba revelándose como una peligrosa arma de doble filo. El cofre del hombre muerto se encuentra, constantemente, oscilando entre la variación de fondo y forma, entre el acatamiento visual al éxito preliminar y el intento de variación temática. Lo positivo del caso es que el film no se encorseta en el seguimiento más descarado a La maldición de la perla negra y plantea un sinfín de derroteros argumentales, a cuál más sugestivo. Lo negativo es que no hay correspondencia visual por parte de Verbinski, quien se inclina por la efectividad antes que por la innovación. Y, amén de ello (como ya se ha comentado más arriba), que puede surgir la duda de si la tercera entrega será capaz de moldear y dar forma definitiva a todo lo apuntado por Elliott y Rossio en este guión.

Pero, ¡bueno!, si optamos por hacer algo de justicia a la película, obviamos este último detalle (en el fondo, pura elucubración hasta el 2007) y aceptamos, simple y llanamente, lo que el film nos da, tenemos en Piratas del Caribe. El cofre del hombre muerto un logradísimo espectáculo cinematográfico, excelente por momentos, que consigue algo mayúsculo: que 150 minutos pasen en un suspiro. ¡Casi nada!

Por Joaquín Vallet R.
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