El color de la luz mortecina a la sombra del crepúsculo

No quisiera enjuiciar el cine de Hou Hsiao Hsien. A diferencia de otros compañeros de Miradas y de la mayor parte de sus fans, yo desconozco la mayor parte de la filmografía del director taiwanes. Veo algunas semejanzas y diferencias, eso sí, entre el aplicado director del correcto melodrama histórico que era El maestro de marionetas (1993) y sus dos últimas obras, Café Lumière y Tres épocas. Me explico. Si en la primera película triple H conseguía una caligrafía aplicada era a la sombra de autores chinos de la generación de Chen Kai Ge (Adiós a mi concubina sería el referente más directo) o Zi Mou (el Zimou de La linterna roja , de la cual era productor, o Ju Dou). En Millenium Mambo, Café Lumiere y la ahora estrenada, el referente publicitado es el venerable Yasujiro Ozu… ¡Horror! Considero que éste es un planteamiento publicitario, de marketing de productora. No obstante, el propio autor reivindicaba a Ozu como un referente directo y un homenajeado en la reiterativa Café Lumiere. Aparentemente sin darse cuenta que los encuadres del maestro japonés no respondían a la aparente simplicidad sino a una complejidad de intenciones que casaba lo narrativo con lo poético, lo social y lo individual. Concluía mi crítica de Café Lumière hace un año diciendo que (HHH) “construye una cinta de plástica bella, pero inerte. Su obra está encarrilada hacia un destino anodino”. Lamento reiterarme en ello, pero su cine actual tiene tanto de Ozu como para colocarle el título “El color de la luz mortecina a la sombra del crepúsculo” y pretender que el título tiene el nivel poético de los títulos de Ozu y que su cine ha heredado su capacidad de análisis y la poesía visual del creador japonés.

Tres épocas (Zui hao de sui guang) inauguró la edición del pasado BAFF con éxito de público, (lo cual deja claro, por otro lado, que hay bastantes entusiastas de su cine) Son tres propuestas en torno al amor, en torno a la relación de pareja, ambientadas en Taiwan en tres periodos distintos: 1911, durante la ocupación japonesa de la isla, 1966 y en la actualidad. Es un proyecto heredado de diversos orígenes y que enfrenta el amor y su entorno, con diversos resultados. Hay que reconocer que para los taiwaneses o los conocedores de la historia de Asia Tres épocas es una película más explícita y comprensible.

HHH abre la obra con el episodio de 1966 en el que un recluta, buscando en unos billares a la joven encargada con la que se ha relacionado y de la que le ha separado la “mili”, conoce a su substituta con la que inicia una nueva historia de amor. El cambio de trabajo de ella parece determinar que se repita la historia y la pierda de nuevo; pero él le sigue la pista pertinazmente hasta localizarla en otra ciudad. El ritmo es suave y las imágenes se acompañan de Smoke gets in your eyes y Rain and tears. La interpretación contenida de la pareja protagonista (la misma en todas las historias) encaja como un guante a la delicada puesta en escena que mediante suaves “travelling” observa los movimientos de amor en torno a la mesa de billar. El referente de este episodio no es Ozu sino el (omnipresente en el cine asiático actual) Wong Kar Wai, con alguna construcción visual e incluso argumental que se antoja deudora de Fallen angels, Chungking express o In the mood for love (las idas y venidas en diversos medios de transporte, la cena durante la noche de lluvia). Pese a la reiteración empalagosa de las canciones (¿había que amortizar los derechos de autor?) este episodio alcanza una emotividad delicada que culmina, discretamente, en el plano de dos manos buscándose. Un plano suave, elegante y moderno, al que podrían buscarse referentes, pero que tiene fuerza y belleza por si mismo.

La película podría ser una pequeña joya si acabase ahí; pero los dos episodios siguientes desequilibran el conjunto. Triple H decide realizar el episodio de 1911 como si de cine mudo se tratase. Con lujo de detalles y a todo color, eso sí. El referente inequívoco, belleza, fotografía, cruces de miradas, silencios en escenarios claustrofóbicos, es La linterna roja. Pero a esta historia le falta la intensidad dramática de su referente. Y le sobra un exceso de carteles explicativos. Recuerdo que la crítica machacó en su momento Silent movie, una irregular película de Mel Brooks, precisamente por este motivo: los personajes no hablaban pero era preciso aclarar la trama mediante incontables carteles de diálogo. Aun con el mismo problema, ahora parece que la propuesta ha calado más hondo (¿debemos pensar que somos menos rigurosos o que se nos engaña más fácilmente con propuestas de autoría?). Brooks era muy pedestre pero era más eficaz. Con HHH la estética no suple la narrativa y la historia queda adormecida (y el espectador) entre los instrumentos de cuerda, los peines de nácar y los perfumes. Esta historia de amor imposible entre una concubina y un independentista es, una vez más, como Café Lumiere, tan bella como vacía.

El triplete se bloquea finalmente a ritmo moderno con el romance dónde una cantante epiléptica y bisexual mantiene una relación (confusa, demasiado confusa) con un fotógrafo mientras le atormentan los recuerdos de una pareja anterior. La fotografía estimula a buscar metáforas... en parte por que no podemos entender la trama, ahora que ya no tenemos carteles explicativos. Nos hallamos de nuevo en pleno territorio de incomunicación debido a una incapacidad de amar propia de nuestros tiempos. Como en la mayor parte del cine asiático actual se remarca la idea de que aunque no haya distancia geográfica ni social nos separan abismos de vacío sentimental.

Es una lástima que triple H nos ofrezca más de lo mismo y que su capacidad de imitar a los grandes se reduzca a los detalles y no al todo. Nos quedamos de nuevo con la luz mortecina a la sombra del crepúsculo.
Por Antoni Peris Grao
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