Imposible desligar a Glauber Rocha de aquella manifestación cinematográfica de fuerte sesgo intelectual y estético que se denominó Cinema Novo, que a su vez se enmarca en un movimiento más amplio que lleva en sus entrañas las tendencias vanguardistas de otras cinematografías latinoamericanas nutridas por las efervescentes ideas políticas despertadas por la revolución cubana.

Con fuertes influencias del Neorrealismo italiano y de la Nouvelle Vague francesa, el Cinema Novo plantea una nueva mirada, un nuevo objetivo, una nueva ideología, una nueva estética. Es un cine que le abre espacio a la estridencia, al barroquismo, a la utopía. De allí surge la figura de Glauber Rocha, el cineasta más lúcido y controversial de este movimiento, que salía a filmar, como él mismo decía, "con una cámara en la mano y una idea en la cabeza".

Dios y el diablo en la tierra del sol (Deus e o diabo na terra do Sol), el segundo largometraje de Rocha, pertenece a este movimiento renovador del cine brasilero que influirá por años en otros autores latinoamericanos. Inspirado en la "Estética de la violencia", apela al signo que, según Rocha, caracteriza a su pueblo, el hambre, que a la vez es su originalidad, pues el hambre convoca a una violencia transformadora que se convierte en  acto revolucionario, donde el colonizador llega a tomar conciencia de la existencia del colonizado.

Filmada en el Sertão, que se vuelve un lugar casi mítico gracias a este cine, una zona pobrísima, donde los campesinos malviven y son explotados, donde la aridez del terreno se opone al esfuerzo de sus trabajadores, donde el sol imprime huellas secas en una tierra de nadie, sus habitantes deambulan en una búsqueda constante, y siguiendo la tradición popular de los trovadores, Rocha nos relata la transformación de Manuel. Un campesino que ha matado al patrón explotador y en su huida/búsqueda de liberación halla caminos alienantes de la mano de un santón fanático que predica una rebelión moralista y de un cangaçeiro fuera de la ley que roba y mata sin motivo aparente. Entre ellos, un vengador, Antonio das Mortes.

Según testimonios de Rocha, Antonio das Mortes es el único personaje que necesitó cierta elaboración. Los demás: el campesino y su mujer, el ciego que narra la historia, Corisco —el cangaçeiro— y Sebastião —el fanático religioso— son fácilmente identificables con los habitantes del Sertão. Rocha no necesita mucho más, salvo adjudicarle al vengador Antonio das Mortes una conciencia "en trance". Este personaje siniestro y aparentemente primitivo es el que representa, de algún modo, la contradicción que permite que la historia del film avance. Porque Manuel y su mujer, María, serán tentados por "Dios" (el beato que los convoca a una peregrinación alienante) y por el "Diablo" (el cangaçeiro que lleva adelante una venganza sin-ton-ni-son) en una tierra que no tiene mucho para ofrecer..., al menos, hasta que los campesinos hayan sido liberados por Antonio das Mortes y puedan huir hacia el mar, hacia la vida, hacia la libertad.

Antonio das Mortes es un sicario pagado por los poderosos, quienes le encargan recorrer el Sertão para limpiarlo de posibles revolucionarios (el santón, el bandido), con la idea de frustrar los sueños de libertad de Manuel. Pero en esa exterminación, el campesino, el más puro de los seres, quedará libre de ataduras y, al descubrir la falsedad de los intentos revolucionarios en los que se había sumado, puede hacerse cargo de su propia revolución.

En una aparente simplificación, Manuel caracteriza al pueblo, mientras que Corisco al bandidismo y Sebastião al fanatismo moralista. Antonio das Mortes es el vengador de una clase que ve sacudidas sus bases ante la rebelión del pueblo. Y digo aparente simplificación, porque explicado así, no logra plasmarse el barroquismo de la propuesta de Rocha, donde el vengador lleva en sí las contradicciones típicas de la clase media brasilera y la intelectualidad burguesa, expresadas por las dudas y vacilaciones que el propio Antonio das Mortes le confiesa al ciego, o por el resultado de su accionar, donde en el afán por controlar una revolución, lo que hace es provocarla, al despojarla de falsas ataduras.

Dios y el diablo en la tierra del sol habla de Brasil y de su gente con un ritmo muy nacional. Instituye el Sertão como lugar mítico, donde conviven personajes legendarios. Y cuenta una historia posible en los 60, cuando la ideología estaba imbuida de utopías que se creían posibles de alcanzar. Filmada en espacios abiertos, con cámara en mano, la luz de un sol implacable o las penumbras que dibuja la llama de las velas, y contada a través de cortes directos, Dios y el diablo en la tierra del sol es la película que mejor representa al Cinema Novo. Sus planos generales, que ubican al desposeído en una gran planicie donde no hay nada que pueda cobijarlo, el montaje rápido para mostrar los efectos de una matanza furiosa o la cámara fija que registra a Corisco en un monólogo enloquecedor mientras se aleja, quedando en plano general, o se acerca y se coloca al costado del cuadro en primer plano, para luego mostrar sólo la mitad superior de su cara protegida por el sombrero en un primerísimo primer plano... son elementos novedosos en una cinematografía que venía repitiendo los patrones impuestos por el cine comercial y que, conscientemente, rompió con una serie de cánones para brindarnos esto, que es un cine nuevo, que es una propuesta estética joven, a pesar de los años que lleva encima.

Por Liliana Sáez
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