El mito y la bestia

Lo importante no es que no duela. Lo importante es que no te importe que duela

Existen nombres de resonancias míticas. Zanzíbar, Tombuctú, Omán, Patagonia, Samoa, Machu Pichu... Más que lugares, espacios que acogen sueños y deseos. El cine, agente reciclador de ensoñaciones, ha reelaborado muchos de ellos, los ha "formateado" y, en algunos casos, los ha elevado a la categoría de mito, como si se tratasen de la Atlántida, de Shangri La o de Eldorado. Hay también nombres de exploradores que fueron en busca de parajes tan míticos como los nombrados: Gengis Khan, Burton, Livingstone, Amundsen, Scott, Mallory y Tensing, Alejandro Magno. Pocos de ellos, sin embargo, han gozado de buena fortuna en su representación en el cine.

Hay, no obstante, un personaje que adquirió categoría mítica en la vida real (sobre todo "post mortem", todo hay que decirlo) y a quien el cine inmortalizó en "scope" y con fanfarrias: Thomas Edward Lawrence, "Orens", Lawrence de Arabia... Un auténtico solitario que lo tenía todo para ser menospreciado por la sociedad de su época: misántropo, orientalista cultivado, militar enemigo de las normas y, más que probablemente, homosexual y masoquista. Pese a tantos riesgos en contra, Lawrence tuvo doble fortuna. En primer lugar, por tener la posibilidad de luchar en la tierra que admiraba (dada su imprevisible conducta no cabe hablar de servir). Por otra parte, porque consiguió que sus itinerarios vitales y sus acciones bélicas fueran recogidos con magnificencia por David  Lean en la obra maestra que es Lawrence de Arabia.

No importa que se nos escamotee parte de la historia e, incluso se agradece que su personalidad real se insinúe sólo en breves escenas. No importa que T.E. Lawrence fuera un guerrillero en tierras jordanas o sirias y no, propiamente, en territorio árabe [1]. Lean y el guionista Robert Bolt recogen la leyenda oral y el testimonio autobiográfico que el propio Lawrence dejara en su obra (panegírico) "Los siete pilares de la sabiduría" para construir una brillante aproximación a la construcción de un mito [2].

Es por este motivo que tiene sentido el atributo: Lawrence de Arabia. La herencia del misterio de las Mil y una Noches, de la Reina de Saba, el exotismo de la Legión Extranjera, unidos en la figura mesiánica de un "outsider" que acabó por triunfar entre propios y ajenos pero que fue devorado por su propia aura de héroe.

El modélico guión de Bolt y Michael Wilson nos presenta la evolución de Lawrence: de funcionario desesperado por su destino y por la incompetencia de sus superiores a enviado especial a un puesto mucho más relevante de lo que inicialmente parece. Lawrence devendrá el líder de un insospechado ejército panarabista (que sin duda repudiarían los fundadores del partido baasista, Hafez el Assad y Saddam Hussein ante una fórmula que en realidad encubría un colonialismo pertinaz) para devaluarse luego en un rol colateral que le arrastra a la marginalidad y a la locura en los coletazos del Gran Juego [3]. Un epílogo, colocado como prólogo en una inteligente opción de montaje, permite ver tanto la valoración que se hizo del personaje como la hipocresía de una sociedad superada por un individuo aventajado a su tiempo.

Lo más interesante de la película es, a mi parecer, la relación que Lean establece entre Lawrence y Arabia. Así, de un prólogo–epílogo situado en Inglaterra, donde T.E. falleció en accidente de motocicleta, y tras un interludio en interiores cairotas, Lean lanza a su héroe a la aventura. En dos breves escenas el director y un inconmensurable Peter O'Toole (en su primer papel estelar) [4] construyen un Lawrence, el primer Lawrence. El militar juega a apurar una cerilla que se consume entre sus dedos. Cuando su compañero lo intenta y se quema, se queja: "¡Duele! ¿Cómo haces para que no te duela?" A lo que el futuro mito responde: "Lo importante no es conseguir que no duela. Es que no te importe que duela". Masoquismo y perseverancia como claves de Thomas Edward.

Cuando se entrevista con el Sr. Dryden, maquinador del mapa geopolítico de Oriente Medio, Lawrence le convence de la necesidad y posibilidad de crear un ejército irregular árabe que luche a favor de Inglaterra. El político libera a Lawrence de su funcionaria actividad a la par que se evidencian ante el espectador tanto los amplios conocimientos de Lawrence en lenguas y cultura orientales como su inocencia. La escena tendrá dos complementos. El primero a mitad de metraje, tras la toma de Aqaba, con la confirmación de Lawrence por parte de sus superiores como líder bélico. El segundo, con el guerrillero ausente, revela que su habilidad y su carisma han sido ideales herramientas para un gran plan de reparto de Oriente Medio elaborado a sus espaldas por los políticos.

De regreso a su oficina un feliz Lawrence se prepara para el viaje. Enciende de nuevo una cerilla y Lean funde su imagen con la de un sol despuntando sobre las dunas. Suena la melodía envolvente creada por Maurice Jarre. De la mano del joven Thomas Edward entramos en territorio mítico.

A Aqaba, por tierra

Si el metraje previo permitía atisbar los prolegómenos del mito (y la más simple realidad), la entrada de Lawrence en el desierto corresponde al inicio del mito. El desierto es territorio Lawrence. El desierto es pureza. El desierto es la puerta que Lawrence toma para entrar no en la Historia sino en la Leyenda. Cuando, más adelante, el desierto es substituido por interiores o páramos secos, el mito se desdibuja y adquiere contornos amenazantes.

En territorio tribal, frente al Sherif Alí (otro Sharif, Omar, también debutante en el cine comercial occidental y también con una gran interpretación), Lawrence exhibe de nuevo y simultáneamente, ilusión, conocimiento e ingenuidad. Congeniando con el Príncipe Faisal (el camaleónico Alec Guinness) gracias a su conocimiento del Corán, trama un arriesgado plan para cruzar el desierto del Nafud y tomar la fortificación turca de Aqaba por la desprotegida retaguardia. Su acción dará paso libre a la armada inglesa por el Mar Rojo y prestigiará el ejército árabe que pretende crear, salvando a los beduinos de un probable exterminio. En este punto todo el equipo se luce. Bolt, con un guión de doble salto mortal, que lanza al novato al liderazgo mediante un plan que, en la realidad, no fue tan arriesgado. O'Toole, que otorga matices emparejados de temor y tenacidad. Jarre que trasciende en la banda sonora el magnífico tema del desierto para insinuar los aspectos más atormentados de Lawrence. Lean, orquestando todos los instrumentos, escenificará con tensión narrativa los preparativos del viaje y, usando con sabiduría el espacio horizontal del desierto, la luz y las notas musicales, impacta al espectador con las imágenes de la trayectoria a través del llamado yunque de Dios. Este "tour de force" se completa con el retorno al desierto de Lawrence en busca de un jinete caído durante la travesía nocturna y su regreso, triunfante, con el mismo. O cruzan todos o no llegan a Aqaba. Lawrence lo consigue y nace el Mito.

Lejos del esquematismo, Bolt y Wilson introducen matices en la actitud de T.E. Lawrence. Su relación con los beduinos y, específicamente, con el Sherif Alí tiene tintes de amor y odio. Admira su capacidad de vivir en el desierto (un espacio que le gusta "porque está limpio"), las carreras de camellos, su instinto de supervivencia, su parafernalia. No obstante recrimina a su compañero el tribalismo y atraso que mantienen al pueblo árabe preso de su pasado. Alí, admirador de su coraje y su astucia, es lo bastante lúcido para echarle en cara su papel como representante de una parte interesada en el conflicto. El punto de encuentro entre Lawrence y Alí, entre un Occidente fascinado por el arabismo y un modesto progresismo árabe es el desierto, un espacio de libertad que puede ser vivido en libertad, gozado o vencido, La luz de arenas blancas proyectada en la pantalla blanca por Lean mitifica tanto el paraje como el personaje.

Curiosamente el conflicto entre ambas mentalidades, entre ambos personajes, se expone meridianamente en el desierto, puesto en evidencia bajo un sol implacable y bajo la luz de la luna inquisitva. Durante la travesía nocturna del llamado Yunque de Dios, Gasir cae de su montura sin que nadie se aperciba hasta el final del trayecto. Lawrence plantea que deben retroceder para recogerlo antes de que el sol acabe con él. Alí le replica que si muere es que estaba escrito y Lawrence insiste en que sólo la unión les dará la victoria por lo que ni un solo hombre puede quedarse atrás. Tras su regreso triunfal con Gasir, tras su proclamación como héroe (simbolizada en las ropas regias con las que le adornan), tras su alianza con la tribu de Auda (salvaje composición de Anthony Quinn) y en vísperas del asalto a la ciudadela turca, un lance tribal estalla en el campamento. Un hombre de Alí ha matado a un hombre de Auda. Viejas rencillas; pero la sangre se paga con sangre. Auba exige venganza. Alí, para salvar el proyecto árabe, la admite a condición que venga de una mano neutral. Lawrence, desesperado por el primitivismo de los mismos a quienes defiende, acepta ser el verdugo que dé satisfacción a ambos bandos. Cuando se apresta a disparar a un hombre por primera vez en su vida ve asombrado que se trata de Gasir. Lawrence, horrorizado, le ejecuta pese a sus súplicas y arroja lejos de sí un arma que se disputan todos los presentes. Alí, identificando la acción como la señal de compromiso que echaba en falta, le reconforta pero Lawrence le evita. Auba se sorprende de su actitud y Alí explica el motivo. Auba responde: "estaba escrito".

El funcionario deviene aventurero y el aventurero, inesperadamente, soldado. El hombre se transforma en mito. No obstante en la circularidad argumental esta escena se corresponde con otra. Hacia el final de la cinta Lawrence, ignorado por los suyos, aislado de los árabes, rodeado de mercenarios, violado por los turcos durante una misión de espionaje, se venga de éstos en un salvaje ataque a un convoy de fugitivos. El sol se tiñe de rojo mientras la sangre inunda el suelo y Orens, completamente enloquecido, vacía el cargador de sus armas contra víctimas indefensas ante el horror de Alí. El mito cae y se convierte en bestia.

¿Estaba escrito?

Lawrence de Arabia dura alrededor de 216 minutos y tiene un intermedio. Lejos de terminar la primera mitad con la victoria en Aqaba, Lean opta por mostrar el calvario de Orens y sus dos ayudantes (¿amantes?) yendo a informar al alto mando inglés del triunfo. Para ello, deben cruzar el Sinaí... como Moisés. De nuevo, Lawrence adopta un aire mesiánico, liberador, autoreferenciándose como el profeta de cristianos y musulmanes que lleva a su pueblo a una Tierra Prometida que él nunca pisó.

La travesía es pesadillesca, incluye la desaparición de uno de sus amigos en arenas movedizas, tempestades de arena y, finalmente, la fantasmagórica aparición de un barco en pleno desierto. Desde el interior de una cabaña abandonada, Lawrence descubre el Canal de Suez... La entrada en gloria masoquista en el cuartel inglés (la sevillana Plaza de España, en realidad) es la celebración militar del sacrificio que le consagra ante los suyos.

Al inicio de la segunda mitad, "Orens" es aclamado por su ejército tras asaltar un tren. Un balazo le derriba; pero él se levanta, incólume, impoluto, invencible, mientras decapitan a su agresor. Un periodista yanqui (Arthur Kennedy) contribuye a la divulgación del nuevo mito oriental. Curiosamente, tras un arranque tan potente, la cinta se desacelera lo que ha llevado, popularmente, a reivindicar para ella la filosofía de "nunca segundas partes fueron buenas". Y, pese al evidente bajón de ritmo, Lawrence de Arabia no tendría la mitad de interés si no fuera por esta segunda mitad. Arthur Kennedy siembra la duda. ¿Hasta qué punto es Lawrence útil? ¿Hasta qué punto es honesto para con los beduinos, honesto para sí mismo? Mientras Thomas Edward Lawrence escenifica a Lawrence de Arabia, la Política le deja de lado. Una vez más la simbiosis de guión y puesta en escena van de la mano de modo riguroso y certero. De la gloria se pasa a la frustración. Del calor, al frío. De las cabalgadas victoriosas, a escondites insalubres. De los grandes espacios se pasa a decorados. Los ángulos de cámara son cerrados, se disminuye la iluminación. No hay victorias sino inciertos golpes de mano, fugas, derrotas y muerte... Mientras Occidente gana la guerra, los árabes se enzarzan en discusiones internas. Tras la tortura, tras la marginación, Thomas Edward Lawrence vive la locura. Una locura tan grandilocuente, tan grand guignolesca como su personaje requiere. La aureola heroica parece desvanecerse para siempre y Lawrence no es sino un hombre perdido en sí mismo.

Al final de la cinta, una última ironía. Inglaterra gana la guerra, el Imperio Otomano se desmorona; pero son los árabes quienes alcanzan Damasco y lo toman para sí. Victoria pírrica para unos y otros. Oriente no sabe qué hacer con la ciudad que se quema en incendios provocados mientras los jeques tribales discuten en el improvisado parlamento. Lawrence, contento inicialmente de la victoria árabe, ve, vestido de beduino, las consecuencias del lance: barrios arrasados, caos por doquier, peleas étnicas, heridos abandonados a su suerte en hospitales infectos... Un oficial inglés, asqueado, le golpea sin saber de quién se trata. Lawrence ríe histéricamente. El círculo trazado por Bolt y Lean con asombrosa precisión nos devuelve al inicio. El hombre, antes mito, luego diablo, vuelve a ser hombre. La persistencia de lo efímero. La repetición de la Historia. No se requiere demasiada imaginación para asimilar esta Arabia y este Damasco con Gaza, Cisjordania y Bagdad. Siempre nos movemos en círculos y es esto lo que angustia a los inquietos como Lawrence de Arabia.

Un tiempo después Lawrence es reconocido por los ingleses como "miles gloriosus" y vuelve a su país con rango de coronel. Camino del aeropuerto una motocicleta semejante a la que causará su muerte se cruza en su camino. ¿Estaba escrito?

[|] Espacio que merecería una película narrando la odisea de otro peculiar viajero, Wilfred Thesiger, quien atravesó el espacio vacío de la península arábiga.

[2] Algo que Michael Cimino tratara de hacer respecto a la figura de Salvatore Giuliano con resultados decepcionantes en la horrible The Sicilian.

[3] La pugna entre las estrategias del Reino Unido y Rusia por situarse con ventaja en el tablero de juego geoestratégico que constituía Oriente, de India a Egipto, que se revalidó con el hundimiento del Imperio Otomano y que sigue vigente en la actualidad en las invasiones de Afganistán e Irak.

[4] Se me hace imposible imaginar un Lawrence que no sea O'Toole. No sólo por su parecido físico con el personaje, sino también por la composición que hace del mismo, ora inocente, ora salvaje. Del voluntarismo a la locura, crea un abanico de sentimientos que marcaron al actor (junto a su alcoholismo) para siempre, encadenándolo a papeles "bigger than life" (Lord Jim, Un tigre en invierno) como sucedería a su contemporáneo Anthony Perkins por otros motivos.

Por Antoni Peris i Grao
cartel