Romero y los muertos vivientes
1. De autores y discursos
No son pocos los que no terminan de entender como es posible que una película, a priori tan primaria como La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead. George A. Romero, 1968) pueda provocar discursos tan sumamente sesudos como los que cualquier aficionado puede encontrar en casi cualquier publicación especializada. Lo cierto es que algo de razón no les falta a este sector, porque la verdad es que una vez visto lo que Romero ha hecho después de aquel fulminante estreno, toda teoría que pretenda laurear La noche de los muertos vivientes, pienso que ha de esgrimirse partiendo de una premisa tan frágil y prudente como sea posible. No vale decir que La noche de los muertos vivientes es una obra maestra sin parangón que alteró el destino del cine de terror sin más. Pero tampoco creo que sea demasiado loable arremeter contra ella sin rescatar determinados aciertos que en mi opinión, están ahí, a la vista de todos. Dado este punto de partida, lo primero que me gustaría decir a propósito de La noche de los muertos vivientes es que personalmente considero que todo ese discurso político-social que, según dicen, acoge el film de George A. Romero, en mi humilde opinión, no es más que una espectacular carambola. De hecho, la insistencia por parte de su director en repetir ese mismo discurso matiz arriba, matiz abajo, a lo largo de su particular saga de los muertos vivientes pone de manifiesto lo que de fortuito, tuvo aquella primera apuesta zombi. Ni Zombi (Dawn of the Dead, 1978) tiene la ambigüedad discursiva de La noche de los muertos vivientes, ni muchísimo menos El día de los muertos [1] (Day of the Dead, 1985). Ni si quiera la que es la mejor secuela de todas, la reciente La tierra de los muertos vivientes (Land of the Dead, 2005) alcanza los niveles de sugerencia social de la primera película.
Se ha dicho una y mil veces que un artista debe ser un cronista de su tiempo, y por eso creo que La noche de los muertos vivientes es una película redonda. Porque por más que Romero haya dicho en un millar de ocasiones que con aquel largometraje pretendía retratar una sociedad malherida por la tragedia de Vietnam (entre otras cosas), lo cierto es que creo que al director de Martin (1977) le hubiera salido mejor la jugada si hubiera hecho como Steven Spielberg cuando le preguntaron sobre las posibles metáforas del mal en Tiburón (Jaws, 1975), y éste ni corto ni perezoso dijo algo así como "un tiburón es un animal que tiene hambre y por eso se dedica a matar". Nada de metáforas, simples hechos desconcertantemente evidentes. Pero el caso es que tengo la impresión de que tanto Romero como Spielberg hicieron lo mismo, aunque uno lo reconociera y el otro no. Sinceramente, no creo que Romero filmara La noche de los muertos vivientes pensando en el trasfondo socio-cultural de relato. Me cuesta trabajo imaginar al director de El rostro de la venganza (Bruiser, 2000) filmando a una manada de zombis comiéndose las entrañas de los humanos mientras meditaba acerca de la decadencia de la sociedad norteamericana. Lo que sí me parece más plausible en cambio, es que como un artista de su tiempo que fue y es George A. Romero, esa impresión de pesimismo social que invadió América en la década de los sesenta, impregnara también el largometraje que escribió y dirigió. Aunque no fuera de una forma taxativamente premeditada. Y créanme, entre una cosa y otra, hay un mundo.
Cualquiera que conozca la filmografía de un cineasta como pongamos por caso, Billy Wilder, puede reconocer sin apenas esfuerzo una visión del mundo muy particular, crítica y ácida con la realidad que le rodea. Sin embargo, Wilder ha dejado dicho hasta el aburrimiento que él jamás hizo una película con la intención concreta de ofrecer una crítica social ni nada parecido. O dicho de otro modo, que él no quiso hacer nunca películas "de mensaje". Es más, el director de Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, 1959) sólo admitió haber puesto una sola frase en boca de uno de sus personajes con esa intención social. En Irma la dulce (Irma la Douce, 1963), cuando el barman del bar que está situado en la calle más concurrida de París, afirmaba que el amor estaba perseguido por la ley, mientras que el odio era de libre posesión entre los hombres. Algo así dice mucho de un autor como Wilder, por más que fuera un tipo de un carácter muy suyo que no terminara de caer bien a todo el mundo, lo cierto es que la honestidad del director de Testigo de cargo (Witness for the Prosecution, 1957), tengo la impresión, deja en mantillas la de George A. Romero, al menos, al principio de la carrera de este último.
2. Nace el cine moderno
La noche de los muertos vivientes surgió en un momento de verdadera efervescencia cinematográfica. Los nuevos movimientos presagiaban grandes cambios en el método narrativo del cine. Se pretendía decir adiós a los postulados clásicos del planteamiento, nudo y desenlace y abordar nuevas propuestas, aunque nadie tuviera demasiado claro, exactamente, de qué propuestas se estaba hablando. Como se vio después, aquellas promesas, si bien es verdad que produjeron un buen montón de grandes películas, algunas de ellas irrepetibles, lo cierto es que desde una óptica de conjunto, todo siguió más o menos igual.
En cualquier caso, la mayoría de los avances narrativos que más fructificaron se dieron tal vez más desde un punto de vista eminentemente visual. Ya no hacían falta movimientos de cámara fluidos, nitidez extrema en cada plano y cohesión académica en el montaje. Todo podía ser más espontáneo, más visceral y menos premeditado.
La noche de los muertos vivientes encaja perfectamente en esta mecánica del nuevo cine, del cine moderno y es junto con Repulsión (Repulsion, 1965) de Roman Polanski, una de las primeras películas que adaptó esta mecánica visual al cine de terror. Aunque se debió a las extremadamente precarias condiciones de producción, La noche de los muertos vivientes fue la primera película (esta vez sí) que supo hacer de esas carencias un atributo y, por extensión, una de sus mayores virtudes, hasta el punto de que se convirtió en una marca de fábrica que se repetiría con los años en películas tan espaciadas entre sí como La matanza de Texas (The Texas Chain Saw Massacre. Tobe Hooper, 1974) o El proyecto de la bruja de Blair (The Blair Witch Project. Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999). Cuando los dos hermanos llegan al cementerio y contemplan a cierta distancia el contorno de un hombre tambaleándose, esa imagen evoca inquietud, sin necesidad de vísceras, ni intestinos derramándose por el suelo. Romero y su co-guionista, John A. Russo [2] supieron cómo impregnar de extrañeza el inicio del relato, con un punto de partida tan simple como directo y efectivo. Dos personas llegan a un cementerio. No hay nada de extraño en eso. Pero a lo lejos, se divisa algo que no es normal. Un hombre, se acerca de forma extraña.
Como es bien sabido, la textura imperfecta del formato con el que se rodó el largometraje de Romero acrecentó los contrastes habituales del blanco y negro y conformó una estética casi expresionista, en tanto que la propia imagen evocaba el terror más atávico del hombre. La cámara al hombro, y la creación de un decorado nocturno como telón de fondo y contexto que limitaba el principio y el fin de la pesadilla, consiguieron que el asedio a la casa de campo en la que se atrincheran los protagonistas supurara verdadero pavor. Incluso el interior de la casa, donde se supone, los protagonistas están a salvo, provoca auténtica inquietud, primero porque no sabemos si su interior está realmente "despejado", y segundo, por cuando sabemos que la hija de los Cooper está destinada a convertirse en un zombi, sabemos que el mal sigue acechando en el interior. Este cúmulo de circunstancias narrativas, sumadas a las visuales, consiguieron crear una atmósfera en la que nunca se está completamente seguro. De hecho, ninguna barrera parece garantizar que soportará el empuje de los muertos vivientes.
3. Zombis. Un mito personal de Romero
Como es bien sabido, los zombis tienen su antecedente "real" en el folclore africano. La idea, que ya fue expuesta en películas como La legión de los hombres sin alma (White Zombie. Victor Halperin, 1932) o Yo anduve con un zombi (I Walked with a Zombie. Jacques Tourneur, 1943), siempre intrigó al cosmopolita hombre occidental, obsesionado con la ciencia y la tecnología. La idea de un hombre sin alma, sin voluntad, que despertara de la muerte para servir a algún avaro ser vivo, era una apuesta con posibilidades, sin duda.
Pero lo cierto es que tal y como se venía conociendo a los zombis, siempre parecía tener que darse la circunstancia de que un hombre, por lo general un tirano, hiciera un mal uso de lo que parecía, era una extraña circunstancia que la madre naturaleza había puesto al servicio del hombre más avispado, sin ser algo necesariamente terrorífico. Algo así sucede con la tradición centroeuropea del Golem, o incluso con el mito de Frankenstein, no son más que avispadas combinaciones de elementos que la naturaleza ha puesto sobre la mesa y que ya depende del uso que se le den, de modo que pueden resultar malignas o no.
George A. Romero fue el primero en ver en los zombis un potencial verdaderamente monstruoso. Lo primero y más fundamental que salió de la pluma de Romero y Russo fue extirpar a los muertos vivientes de su poso folclórico, para convertirlos en una simple aberración humana [3]. Ya no se trata de hombres muertos revividos a través de un ritual por alguna mente desaprensiva que quiere utilizar a los zombis en su propio beneficio, no. Ahora se trata de una cuestión natural, una nueva forma de vida, en la que el canibalismo es su razón de ser. El hábitat del zombi es comer carne humana. Es su forma de vida y como tal, como ya veremos más adelante, no es tan maléfica como se pudiera pensar en un primer momento.
En muchos sentidos se puede decir que Romero ideó simple y llanamente lo que comúnmente podría entenderse como un muerto viviente, es decir, un cuerpo muerto que en función del tiempo que llevara sin vida estaría más o menos descompuesto, que se levanta de su tumba y, consecuencia directa del deterioro natural de su cuerpo, no se puede mover con agilidad. De hecho, que a partir de películas como 28 días después (28 Days Later..., Danny Boyle, 2002) o Amanecer de los muertos (Dawn of the Dead; Zack Snyder, 2004) el zombi pasara a ser casi un atleta de fuerza y velocidad sobrehumana, restaba considerables dosis de inquietud al monstruo en cuestión. Lo terrible del zombi es precisamente eso, su horrible lentitud, que provoca la falsa sensación de seguridad, lo que suele desencadenar que antes de que te des cuenta, caigas sobre sus fauces. La aterradora visión de un cuerpo putrefacto que se acerca lenta pero irremediablemente con la única intención de arrancarnos la piel para después empezar con nuestros órganos, no puede resultar más terrible. La noche de los muertos vivientes puso por primera vez en escena todo este elenco de rasgos, que aunque hoy se hayan convertido en estereotipos, no han terminado de perder su fuerza [4].
También es sabido que la película de George A. Romero, tomó más de una idea del excelente relato de Richard Matheson Soy Leyenda, una historia apocalíptica en la que un hombre debía enfrentarse a una horda de vampiros que habían tomado la tierra tras una catástrofe vírica. Como en la obra de Matheson, los protagonistas de La noche de los muertos vivientes pasan buena parte de su tiempo en una casa, aunque en esta ocasión existan varios personajes con los que discutir aliviando de este modo la dificultad que implica realizar una película con un solo personaje en una casa, sumido en sus pesadillas.
En cualquier caso, Romero rescató de Soy leyenda una de sus ideas más interesantes. La de los vampiros en el caso de Matheson, zombis para Romero, como seres cuya naturaleza les arrastra a cometer actos de verdadera barbarie ante los ojos civilizados del hombre. Un zombi mata para comer, en definitiva, como lo puede hacer un animal salvaje. No se trata de un acto premeditado, pensado para hacer daño, sino de algo tan simple como sobrevivir, en función de su forma de vida, de su naturaleza. En el fondo, los zombis no tienen ninguna culpa de haberse convertido en muertos vivientes, pero una vez lo son, se trata de eso: supervivencia.
Cuando Alemania fue liberada de los nazis, pocos conocen que algunas tropas aliadas pusieron a merced de los prisioneros judíos de los campos de exterminio a los soldados alemanes que los habían matado y torturado. Las escasas imágenes que existen sobre aquellos acontecimientos resultan suficientemente ilustrativas como para comprobar como el hombre puede reducirse a lo más miserable llevado por el odio y la ira. Aquel valioso documento ponía de relieve cómo los judíos que habían sido perseguidos por los nazis ajustaban cuentas con los soldados nazis, a base de apaleamientos y de palizas. Recuerdo que una testigo de aquel acontecimiento, una anciana judía, que había sido víctima de la barbarie nazi, afirmaba que con aquello "nos estábamos poniendo a su altura, actuando como animales enfurecidos", sin una gota de raciocinio de por medio.
Al final de La noche de los muertos vivientes, Romero se detiene en cómo los zombis están siendo apaleados y humillados por los humanos que han sobrevivido. Un momento bastante similar al que aconteció al final del holocausto. El hombre, como se había dicho ya en un millar de ocasiones, tanto en el cine, como en la literatura, la pintura e incluso en la filosofía hobbesiana, es un lobo para el hombre, y si no sabemos controlar a la bestia que llevamos dentro, las peores atrocidades pueden salir a la luz. Una bestia que puede salir a relucir con suma facilidad, creyendo incluso que es un acto de nobleza, el nazismo, sin ir más lejos. Es en este sentido donde considero que La noche de los muertos vivientes funciona como film social. Como una crítica (extraída principalmente del Soy leyenda de Matheson) feroz contra la naturaleza del hombre y su tendencia a exterminar sistemáticamente lo que le es diferente. En esta idea ha insistido con relativa efectividad Romero en sus posteriores películas sobre muertos vivientes, y esto es, en mi opinión, lo que da coherencia interna al conjunto. Esa visión del hombre como un monstruo, con diferencia, mucho peor que los zombis. Porque apenas necesita de la presencia de un muerto viviente para terminar con su vida, porque el sólo se las sabe ingeniar muy bien para aniquilar la existencia de sus semejantes.
[1] Si bien es cierto a favor de Romero que el cineasta nunca terminó de convencerle la película tal cual quedó terminada.
[2] Quien por cierto no hizo nada digno de mención tras La noche de los muertos vivientes.
[3] El origen de los muertos vivientes siempre ha estado vinculado con los residuos tóxicos o incluso con las radiaciones, como sucedía en la estimulante película hispano-italiana de Jorge Grau No profanar el sueño de los muertos (Non si debe profanar il sonno dei morti, 1974) —que por cierto en Italia se tituló nada menos que Zombi 3—. En cualquier caso todavía está por llegar la película que se detenga un poco más en las razones por las que se levantan los muertos de sus tumbas con un ávido apetito de carne humana. En cualquier caso esta es una cuestión completamente superflua para el tema que nos ocupa y que, de hecho, ni la peor película de zombis se ha detenido demasiado en detallar.
[4] Tal vez porque películas de muertos vivientes realmente admirables no abundan demasiado. Bien es verdad que tras los excesos del propio Romero y algunos de sus alumnos bastardos del estilo de Lucio Fulci, el cine de zombis parece haber madurado con películas tan loables como Amanecer de los muertos, la divertida parodia Zombies Party, la propia secuela de Romero La tierra de los muertos vivientes e incluso Resident Evil, por más que se trata de una adaptación de un videojuego, su director sea el temible Paul W.S. Anderson y el conjunto sea bastante irregular, lo cierto es que la película logra asomar en determinados momentos.
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