En A Cock and Bull Story (2005), su penúltima película, e inédita en España, Michael Winterbottom plantea una adaptación de la novela de Laurence Sterne, Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy, o, mejor dicho, plantea la imposiblidad de adaptar una novela inadaptable. Desde el comienzo, los actores muestran la dificultad, siempre en tono jocoso, sacando a la luz los propios mecanismos del cine y los rodajes. Mediada la película, la acción se traslada del castillo donde están rodando a otro, reconvertido en hotel, donde todo el equipo se aloja y donde se desarrolla durante una noche una fiesta para conmemorar una batalla. A partir de ese momento, la película toma otro rumbo. El tema de la adaptación parece convertirse en mera excusa para Winterbottom para mostrar otros asuntos, insisto, siempre desde la comicidad. Durante el traslado del equipo al hotel, y durante su estancia en el mismo, suenan varios temas de Nino Rota, alusión que deja bien claro cuál es el modelo del que parte Winterbottom.

Aunque en su película es el actor Steve Coogan quien lleva el peso de la narración (en muchos momentos dirigiéndose al público, explicando asuntos relacionados con el rodaje), no deja de atisbarse el deseo de Winterbottom de adentrarse dentro del mundo del cine, de los mecanismos que lo mueven, si bien tampoco cae en la reflexión; a este respecto, sigue más o menos su estilo, donde nunca toma un partido muy directo con aquello que cuenta, siempre prefiriendo el mostrar para que sea el espectador quien saque sus conclusiones, algo que en ocasiones puede llevarle a una indefinición difícil de aceptar. Sin embargo, en A Cock and Bull Story, al no haber condicionantes ideológicos de por medio, esa indefinición es más comprensible, sobre todo por el tono de comicidad que impera en casi todo momento. Winterbottom no se toma demasiado en serio el propio mundo al que pertenece, algo contradictorio por otra parte; pero, también, necesario.

En el año 1963 Fellini rueda Ocho y medio (Otto e mezzo), Jean-Luc Godard, partiendo de la novela de Alberto Moravia, hace lo propio con El desprecio (Le mépris). Ambas son una reflexión sobre el medio cinematográfico, sobre el mundo que le rodea y sobre la condición de autor; sin embargo, ambas están separadas considerablemente, no sólo en el resultado, sino también en las intenciones. Mientras Godard, como hijo de la cinefilia surgida durante esos años, realiza una mirada más icónica y mitológica con el cine norteamericano llamado clásico como punto de partida, Fellini se adentra más en el mundo interno del cineasta (en general) y de sí mismo (en particular). Son dos propuestas contrapuestas, pero complementarias. Sin embargo, el modelo de Fellini ha permanecido con mayor fuerza con el paso de los años, siendo siempre citado por muchos cineastas como obra de cabecera, ya sea verdad o no. Cuando algún director, como es el caso de Winterbottom, y de tantos otros, han decidido en un momento dado acercarse a su propia condición de autor, Ocho y medio surge como la base de la cual partir (ya sea a través de la cita, como medio de inspiración o como plagio sin vergüenza).

Esto hace plantearse la importancia de Ocho y medio no como producto de una época concreta, la década de 1960, o como la obra personal de un cineasta, Fellini, sino atendiendo a su proyección en la actualidad pasados más de cuarenta años. Aunque es cierto que el buen cine no conoce las palabras espacio y tiempo, también lo es que una película tan personal como Ocho y medio produzca cierta extrañeza al ser el referente de tantos y tantos cineastas y que su propuesta siga estando tan vigente.

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Es posible que hoy en día lo que más siga llamando la atención no sea la reflexión sobre el concepto de autor en sí misma, sino cómo se llega a ella a través de esa mezcla de realidad-ficción-sueño que impregna todas las imágenes de Ocho y medio. La posibilidad de que un autor esté conformado por esos tres niveles y exponerlos a través de la imagen cinematográfica, es planteado por Fellini con tal modernidad que hace que la película no desentone en la actualidad. Es cierto que hay elementos externos que nos sitúan en una época concreta (más aún en la década de 1960, cuya estética es tan enfatizada), sin embargo, es posible suspender la película en el tiempo (algo, por ejemplo, más complicado en el caso de El desprecio).

En el momento de su estreno hubo quien criticó que Fellini no dejara claro la diferencia entre esos tres niveles; a pesar de que es obvio cuando Guido (Marcello Mastroianni), el director protagonista y álter ego de Fellini, está soñando y cuando está despierto, del mismo modo que cuando su mente desvirtúa la realidad que se presenta ante sus ojos, Fellini no hace hincapié en cada nivel, no diferencia cada uno a través de la imagen. Este tratamiento es lo que puede desconcertar, sobre todo a aquellos que deseen que una película les deje claro en todo momento lo que están viendo o bien no se sientan cómodos al comprobar como es más que posible que sueño y realidad sean algo similar. Pero para Fellini todo es lo mismo, al menos dentro de su mente; si Guido es su álter ego, y sus sueños y recuerdos son los sueños y recuerdos del propio director italiano, entonces, no tiene inconveniente alguno en mostrarlos tal cual, desnudos, sin máscaras que los encubran ante la realidad. Al fin y al cabo, uno es producto de su pasado y de sus sueños, o, como poco, está condicionado de alguna manera por ambos. Del mismo modo, la llamada realidad no existe como tal, sino que cada uno posee una realidad, la que ven sus ojos y la manera en que internamente procesa lo que ve, de ahí que ante un mismo suceso o una misma imagen dos personas puedan tener dos conceptos diferentes.

En Ocho y medio, Fellini aboga por la subjetividad más extrema. La suya. De ahí al concepto de autor no hay gran distancia. Sin embargo, no creo que Fellini quisiera hacer una película donde puramente expusiera su condición de autor o dejara constancia de aquellos temas que le obsesionaban, o no sólo eso, sino más bien plantea una película donde todo es inestable, sobre todo su propia persona. No hay en toda la película la seguridad de quien se sabe poseedor de un mundo propio e intransferible que le otorga una condición por encima del resto, sino la sensación de quien sabe que todo eso es, en verdad, muy peligroso; no saber controlar las obsesiones y los sueños, la realidad y la ficción, puede llevar, como a Guido, a tener que estar recluido en un balneario en busca de reposo.

Por eso Fellini no hace una clara diferenciación entre las secuencias oníricas, la de los recuerdos y las reales, pasando de unas a ellas sin cortes que planteen el cambio, sino enlazando perfectamente unas y otras para dejar claro cómo todo se encuentra unido, cómo todo forma parte de un todo que es Guido. La magnífica interpretación de Mastroianni viene a dar más sentido a todo esto a través de esa sensación de inestabilidad que transmite en ocasiones, mediante esa mirada de incredulidad ante lo que le rodea. Sus cambios de actitud vienen, del mismo modo, a remarcar esa inestabilidad que no es sólo una representación del estado anímico de Guido, sino también de la propia estructura de la película, que aunque clara y bien estudiada, en sus idas y venidas muestra la propia levedad de la materia cinematográfica. Hablar de Ocho y medio como de una película en la que Fellini expone su mundo como autor, me parece un error sino se señala ese sentido dubitativo, también de temor, que el director imprime en cada imagen. Si Ocho y medio es la obra bisagra en su filmografía, la película que marca un antes y un después, es normal que presente esas dudas, teniendo en cuenta que deja un camino transitado y con cierto éxito para adentrarse en otro todavía desconocido.

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A partir de Ocho y medio, la filmografía de Fellini se convierte en un mundo donde nada es real ni nada es ficticio, donde todo, como en Ocho y medio, posee ambas caras sin saberse bien dónde acaba una y dónde empieza la otra. Personalmente me he sentido atraído por el cine de Fellini desde esa perspectiva, puesto que sus constantes personales, sus críticas al mundo que le rodeaba, aún interesándome, siempre me han parecido más circunstanciales, selectivas. Prefiero ese juego con la realidad, que es aquello que da, creo, más modernidad o actualidad a su cine. Sin Ocho y medio, Roma (1972), para mí su obra maestra, no habría sido posible, una película que podría haberse rodado sin problemas en los últimos años, donde la realidad y la ficción, más que nunca, se han ido presentando en el cine como campos de experimentación. Del mismo modo, la introducción de apuntes autobiográficos, de fragmentos del pasado, me parece interesante cuando lo hace como otro nivel de realidad, conviviendo con los demás niveles que pueblan la película. Por eso Ocho y medio posee una perfección casi imposible de aprehender, porque todo está perfectamente enlazado.

La fotografía de Gianni di Venanzo, con unos juegos de claroscuros memorables, define a la perfección un mundo que oscila, que nunca llega a encontrar su sitio; el blanco y negro de la fotografía posee una extraordinaria fuerza, pues define a los personajes y a la historia, así como a la propia dinámica de ésta. Los decorados de Piero Gherardi y Vito Anzalone, del mismo modo, se presentan como protagonistas de la historia; el sentido teatral que poseen, sobre todo en el enorme tamaño de todos los espacios frente a los actores, dejándoles como simples marionetas, viene a ampliar el sentido irreal de lo que ocurre en ellos. Irrealidad orquestada por Nino Rota y su espléndida banda sonora, cuyas marchas circenses, tan famosas, son el sonido perfecto para una película cuyo sentido coreográfico (en ocasiones los actores más que caminar bailan y antes que hablar cantan) retrotrae aquellos momentos del musical clásico donde todo era tan irreal como real sin que nada desentonara, pues había un sentido de la magia del cine que hoy en día, si no perdido, sí se encuentra puesto en duda, siempre en busca de una mayor realidad.

Es posible que Federico Fellini fuera el cineasta del espectáculo, como se ha dicho en muchas ocasiones, sin embargo, prefiero verlo, puestos a buscar una definición para tan indefinible creador, como el cineasta de la (ir)realidad, pues siempre puso entredicho ambos conceptos. El final de Ocho y medio, siempre tan aclamado, es el mejor ejemplo al respecto. En el decorado de la película que Guido intenta rodar, amplio casi hasta el infinito, sin una definición clara de dónde acaba el decorado y dónde la realidad que quedará fuera de la película, todos los personajes que han pululado por la película se dan cita frente al director (o ante Mastroianni, desposeído ya del rol de Guido); allí se unen aquellos que han dado vida a personajes de los sueños, de los recuerdos y de la realidad de Guido, dejando claro el sentido carnavalesco del cine así como de la propia vida del director, dejando claro que en el cine no sólo nada es lo que parece, sino que todo es lo que parece. Y así tiene que ser.

Por Israel Paredes
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