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«It was the best of times, it was the worst of times,
it was de age of wisdom, it was the age of foolishness,
it was the epoch of belief, it was the epoch of incredulity,
it was the season of Light, it was the season of Darkness,
it was the spring of hope, it was the winter of despair,
we had everything before us, we had nothing before us…» [1]
No todos los tiempos son iguales, aunque todos participen de lo bueno y lo malo. Pero hay épocas más productivas, más ricas, más variadas y prometedoras que otras, quizá más estables, más homogéneas, más clásicas. No creo discutible que los años 20, en la medida, sesgada, en que podamos hoy conocer lo que ha sobrevivido al terremoto del sonoro, fue extraordinaria, y que el cine mudo murió dando pruebas inequívocas y hasta desafiantes de su grandeza, de su nulo agotamiento, de que —si la industria le hubiera dejado— habría seguido perfeccionándose. Tras unos años, para algunos cineastas sólo meses, de parálisis, estupor e incertidumbre, los 30 se revelaron también pletóricos y llenos de ambición e inventiva, lo mismo —es significativo— en Estados Unidos que en Francia o Japón, aunque los vaivenes políticos pronto dieran al traste con los renovados bríos tanto en la Unión Soviética como en la Alemania que se entregó a Hitler. Los 40 empiezan tarde, al término de la guerra, pero aprovechan cinco o seis años con la influencia renovadora de Welles, Renoir y Rossellini, sin olvidar a los otros neorrealistas que surgieron por doquier como expresión de la desolación de la guerra y de la esperanza que traía su término; se renovaron el musical y el western, surgió el cine negro.
Los 50 parecen remansarse, casi estancarse, pero hoy pueden verse como la edad de oro del cine en todas partes —hasta en España—, con máximos de asistencia y la mayor comunión posible entre el amplio y variopinto público y los más diversos creadores; realmente entonces fue el cine un arte popular, sin pretensiones, perfectamente comprensible para todo el mundo. El cine alcanzaba su madurez, su esplendor, su clasicismo, sin caer aún en ninguna forma de manierismo. Nunca en diez años se produjo tal cantidad de obras maestras; cualquier año de la década daría para completar una lista de las diez mejores películas de la historia, todavía hoy.
Los 60 fueron, tras ellos, el comienzo del fin. La crisis del sistema hollywoodense, su predominio —como contrapartida— en los mercados extranjeros, la crisis de los cines nacionales con larga tradición, la presión de la televisión, la motorización, hacen que en estos años, que asisten al retiro, la inactividad o la muerte de casi todos los pioneros, al destierro o el desconcierto de la generación siguiente, puedan percibirse como de decadencia, ciertamente, para el cine más visible, el americano. Pero los últimos dinosaurios supervivientes revisan sus aciertos y hallazgos de los 30 desde la madurez de la despedida, reparten su silenciosa y discreta sabiduría en incomprendidas obras terminales, no siempre testamentarias, a veces llenas de vitalidad y energía, en ocasiones sorprendentes; los de edad ya madura, entonces aún relativamente fuertes, se encuentran a sí mismos, a veces también se despiden, a punto de perderse. Y brota a raudales, como un incendio imparable y contagioso, el espíritu renovador cuya mecha había prendido en Francia, en las postrimerías del anterior decenio, el éxito imprevisto (aunque brevísimo) de la Nouvelle Vague, que, no se olvide, aunque su irrupción fuese interpretada como "rompedora", se caracterizaba por un conocimiento casi exhaustivo del cine del pasado, que simplemente querían revitalizar y reverdecer, tendiendo puentes con la herencia del cine mudo, caducado a la fuerza —entre otras cosas— para impedir la competencia de los pequeños países, de los ni siquiera industrializados (hay indicios de que, en el periodo silencioso, no sólo la nueva Rusia, como ya la zarista, o Suecia y Dinamarca, o Japón, sino China, Brasil, hasta Argentina, México y Cuba podían tomar la delantera a Estados Unidos, Francia o Alemania).
Los que vivimos "en directo", adolescentes o muy jóvenes, los 60, sabemos —si no hemos perdido la memoria— que fue una época de efervescencia, ilusión, entusiasmo inigualables, no sólo en la música, sino también en el cine. Podíamos esperar con impaciencia, y a veces correr al estreno, por un lado —y mientras sonaban Dylan, los Rolling Stones, los Beatles, John Coltrane, Ornette Coleman, Albert Ayler, Archie Shepp, Eric Dolphy o Sonny Rollins— de las obras cenitales de John Ford, Ozu Yasujirō, Carl Th. Dreyer, Jean Renoir, Fritz Lang, Leo McCarey, Frank Capra, Alfred Hitchcock, Howard Hawks, Raoul Walsh, Narusē Mikio, Henry King, Luis Buñuel, Abel Gance, Jean Cocteau—, a las maduraciones de los "medianos" —desde Otto Preminger a Blake Edwards, de Welles a Quine, de Bresson a Donen, de Tati a Franju, de Kurosawa Akira a Manoel de Oliveira, de Rossellini a Antonioni, de Visconti a Fellini, de Nicholas Ray a Satyajit Ray, de Robert Aldrich a Richard Brooks, de Frank Tashlin a Rossen, de Kazan a Anthony Mann, de Fleischer a Wilder, de Wyler a Mankiewicz, de Terence Fisher a Alexander Mackendrick, de Losey a Michael Powell, de Boetticher a André de Toth, de Giuseppe De Santis a Pietro Germi, de Minnelli a Cukor, de Fuller a Cottafavi, de Munk a Wajda, de Bergman a Sjöberg, de Solntseva a Melville, de Tanaka Kinuyō a Huston, de Ivens a Jacques Becker, de Comencini a Dino Risi, de Wise a David Miller, de Gordon Douglas a Henry Hathaway, de George Seaton a Val del Omar, de Jacques Tourneur a John Sturges, de George Sidney a David Lean, de Xie Jin a Edward Ludwig, de Monicelli a Basov, de Garnett a Carol Reed, de Zinnemann a Mrinal Sen, de Logan a Polonsky, de Ulmer a Emmer, de Berlanga a Neville, de Fernán-Gómez a Soldati, de Romm a Ghatak, de Daves a Barnet, de Parrish a Corman, de Uchida a Siegel— y a la revelación —a veces fugaz o engañosa, otras duradera —de Godard, Rivette, Rohmer, Chabrol, Demy, Paul Vecchiali, Agnès Varda, Alain Resnais, Chris Marker, Jean Rouch, Alain Cavalier, Pasolini, Bertolucci, Bellocchio, los Taviani, Carmelo Bene, Vittorio De Seta, Gianfranco De Bosio, Bolognini, Zurlini, Olmi, Cassavetes, Shirley Clarke, Straub, Jerry Lewis, Monte Hellman, Robert Kramer, Penn, Peckinpah, Shinoda, Hani, Imamura, Oshima, Makavejev, Skolimowski, Forman, Polanski, Jirěs, Passer, Chytilová, Jancsó, Gláuber Rocha, Paulo Rocha, Ruy Guerra, Carlos Diegues, Nelson Pereira dos Santos, Delvaux, Giovanni, Garrel, Pialat, Eustache, Rozier, Pollet, Moullet, Kluge, Truffaut, Warhol, los Mekas, Ivory, Ferreri, Hanoun, Yoshida, Masumura, Matsumoto, Mikhailkov-Konchalovskií, Khutsiev, Snow, Leslie Stevens, Frank Perry, Malle, Suzuki Seijun, Alain Jessua, Santiago Álvarez, Michael Roemer, Peter Watkins, Kent Mackenzie, Juleen Compton, Pierre Perrault, Michel Brault, Marlon Brando, Paul Newman, Tarkovskií, Jack Clayton, Francesco Rosi, Jim McBride, Emile De Antonio, Guy Debord, Sembène Ousmane, Sydney Pollack, Michel Deville, Sergio Leone, Jean Dewever, Leonard Kastle, Gianni Amico, Silvina Boissonas, Antoine Bourseiller, René Allio, Paula Delsol, Marguerite Duras, Marc'O, Arrieta, Adrian Ditvoorst, Alcoriza, Paradjanov, Risto Jarva, Pakkasvirtä, Widerberg, Henning Carlsen, Kevin Brownlow & Andrew Mollo, Paulo César Saraceni, Robert Machover, Oumarou Ganda, Moustapha Alassane, Robert Mulligan, Stanley Kubrick, Alan J. Pakula, Martin Ritt, John Frankenheimer, Sydney Lumet, Roberto Farias, Raoul Coutard, Pierre Schoendoerffer, Barbet Schroeder, Peter Fleischmann, Werner Herzog, Fassbinder, Gonzalo Suárez, Portabella... y olvido muchos, sin duda; no quiero rebuscar nombres olvidados, esperanzas defraudadas, muertos prematuros. Pero eran, fueron centenares, ola tras ola, a veces de uno en uno, año tras año, procedentes de todas partes, incluso de países en los que hasta entonces no se había hecho cine. Convivían en las pantallas o en las listas de mejores del año los clásicos y los rebeldes, los viejos y los muy jóvenes, películas que no podían juzgarse con los mismos criterios —¿cómo comparar Pierrot le fou con 7 Women, Gertrud con Bande à part, The Cardinal con Les carabiniers, La chasse au lion à l'arc con Campanadas a medianoche, incluso Major Dundee con A Distant Trumpet?—, pero como podían entusiasmarnos lo mismo A Countess from Hong Kong que Au hasard Balthazar o 2 ou 3 choses que je sais d'elle, teníamos que aprender (no todos lo lograron) a hacerlos convivir. De unas apreciábamos la perfección, la sobriedad, la sencillez, la madurez, la exactitud y la sabiduría, de otras (al mismo tiempo) la desmesura, la audacia, el descaro, la libertad, la pasión y la expresividad desbordante. Pasolini dio una clave, quizá no del todo cierta, un poco simplona, pero hermosa: había cine de prosa y cine de poesía, y a nadie en su sano juicio, practique una u otra, se le ocurriría renunciar a una por otra. El romanticismo y el escepticismo, cuando no el cinismo y la ingenuidad, se daban la mano; a veces los antiguos revolucionarios nos sorprendían convertidos en serenos clásicos, o los aún muy jóvenes se daban un baño de clasicismo. No están tan alejadas entre sí, a fin de cuentas, Nattvardsgästerna, Procès de Jeanne d'Arc y De Man die zijn haar kort liet knippen, ni Rysopis de Red Line 7000, ni Le m épris de Cleopatra o Two Weeks in Another Town, ni Hatari! de Jaguar y Adieu Philippine..., The Birds y El ángel exterminador, como no eran más modernos, si olvidamos la cronología, los debutantes que Playtime o Persona. Es, por otra parte, un decenio dominado por la omnipresencia hiperactiva y libertadora de Jean-Luc Godard, del que habría que citar buena parte de su obra de los 60, desde Le petit soldat hasta, sí, Le gai savoir.
¿Cabe, sin haberlo vivido mientras sucedía, aunque fuese a distancia, de leídas, o peregrinando a París (o Andorra) para recibir las buenas nuevas que aquí no llegaban —o lo hacían tarde, mal, imprevisiblemente, con multilaciones, en desorden; entonces apenas funcionaba la Filmoteca, que desde los 70 es el lugar clave para ver cine—, comprender cabalmente lo que estos años significaron para quien era entonces un joven cinéfilo extremadamente curioso? No era mal ejercicio, y creo que se comprende que, durante unos años, creyésemos en el futuro del cine, en sus posibilidades casi ilimitadas, en la continuidad a saltos que hacía posible avanzar hacia tierras desconocidas, aún inexploradas, apoyándose en los hombros firmes de Griffith y Lumière, Vertov y Murnau, Eisenstein y Stroheim, descubriendo la secreta afinidad entre Chaplin y Renoir y Rossellini y Godard, imaginando una cadena que enlaza Lubitsch y Lang con Hitchcock y Buñuel...
Por eso creo que es reductor e injusto aplanar, homogeneizar o reducir a una heterogénea algarabía fragmentaria y dispersa una década en la que se juntan, en paralelo, el pasado, el presente y el futuro, se emulan consciente o inconscientemente (Bellocchio no podía replicar a Visconti, el mismo año 1965, con I pugni in tasca frente a Vaghe stelle dell'Orsa...). Quizá por eso en esa época los de Cahiers superan su ceguera frente al tuerto Ford, Douchet se percata de la contradicción de entender a Hitchcock y defender a Godard y no hacer lo propio con Buñuel... Hay que incluir todo, lo que acaba, lo que está a punto de terminar prematuramente su ciclo vital, lo que nace como promesa de futuro e innovación, lo último de unos, lo primero de otros, la confirmación de unos talentos y la premonición de otros. Y hay que mostrar esa convivencia, que se dio por primera y última vez, dentro de un cine que era todavía parte de la producción normal y que aceptaba aún un público corriente, no escindido, no especializado, no fragmentado en gropúsculos irreconciliables.
Ni siquiera debe uno renunciar a sus amores juveniles, si han superado el paso del tiempo y la prueba de la repetición de la emoción, porque representan también el espíritu de una década, que empieza, no se olvide, con cosas como The Grass Is Greener, The Apartment, Strangers When We Meet, Breakfast at Tiffany's, ya inquietas y agridulces, pasa por Wild River, The Hustler, The Misfits, Advise & Consent, camina hacia Lilith o The Naked Kiss, y termina con una sensación de caos, fracaso y catástrofe en The Edge o Ice, La chinoise o Weekend, Vargtimmen o The Wild Bunch... Y aún así se olvidarán injustamente muchas obras menores pero estimulantes, que eran parte del bullicio y la ebullición de la época lo mismo que los monumentos, fuesen majestuosos o precarios. Fue, ciertamente, una época extraordinaria. Por eso me siento incapaz de amputar la lista verdadera, ya muy selectiva, pero amplia y abarcadora como le corresponde, y con la presencia destacada de los cineastas que, como Godard, le dieron forma; sería hacer traición a mucha gente, todavía para mí vigente, aunque tal vez hoy silenciada, ignorada, olvidada. Así que ahí va, aunque sea en tipo de imprenta reducido, y hasta si no computa en el total [2].
1960 (17)
Exodus (O.Preminger),
Die 1000 Augen des Dr. Mabuse (F.Lang),
Psycho (A.Hitchcock),
Era notte a Roma (R.Rossellini),
The Savage Innocents/Ombre bianche (Ombres blanches/Les Dents du diable)(N.Ray;d.2ªu.B.Bandini),
Strangers When We Meet (R.Quine),
The Apartment (B.Wilder),
Devi (S.Ray),
Akibiyori (Ozu Y.),
The Grass Is Greener (S.Donen),
Wild River (E.Kazan),
Le Petit Soldat (J.-L.Godard),
Les Bonnes Femmes (C.Chabrol),
Peeping Tom (M.Powell),
Povést plaménnikh lieto (Y.Solntseva;a.,g.A.Dovjenko),
Musume, tsuma, haha (Narusē M.),
Paris nous appartient (J.Rivette)
1961 (11)
Hatari! (H.Hawks),
Two Rode Together (J.Ford),
The Four Horsemen of the Apocalypse (V.Minnelli),
The Hustler (R.Rossen),
Breakfast At Tiffany's (B.Edwards),
Adieu Philippine (J.Rozier),
Kohayagawa-ke no aki (Ozu Y.),
Teen Kanya (S.Ray),
Sweet Bird of Youth (R.Brooks),
The Last Sunset (R.Aldrich;c.,pc.K.Douglas),
The Misfits (J.Huston)
1962 (13)
The Man Who Shot Liberty Valance (J.Ford),
Advise & Consent (O.Preminger),
El Ángel Exterminador (L.Buñuel),
Horoki (Narusē M.),
Samma no aji (Ozu Y.),
Ogin-sama (Tanaka K.),
Procès de Jeanne d'Arc (R.Bresson),
Nattvardsgästerna (I.Bergman),
Khaneh siah ast (F.Farrokhzad),
Thérèse Desqueyroux (G.Franju),
I fidanzati (E.Olmi),
Tiburoneros (L.Alcoriza),
Zastava Ilícha (Mne dvadsat let) (M.Jusiev/Khutsiev/Hucieb)
1963 (12)
Le Mépris (Il disprezzo/Contempt/A Ghost at Noon)(J.-L.Godard),
The Cardinal (O.Preminger),
Man's Favorite Sport? (H.Hawks),
Les Carabiniers (J.-L.Godard),
The Birds (A.Hitchcock),
Cleopatra (J.L.Mankiewicz;d.2ªu.A.Marton & R.Kellogg),
Il Gattopardo (Le Guépard/The Leopard) (L.Visconti),
Tengoku to jigoku (Kurosawa A.),
Midareru (Narusē M.),
Muriel ou Le Temps d'un retour (A.Resnais;a.,g.J.Cayrol),
Méditerranée (J.-D.Pollet;cl.V.Schlöndorf),
El mundo sigue (F.Fernán-Gómez)
1964 (9)
Gertrud (C.Th.Dreyer),
Bande à part (J.-L.Godard),
A Distant Trumpet (R.Walsh),
Lilith (R.Rossen),
Marnie (A.Hitchcock),
Mietiél (V.Basov),
Charulata (S.Ray),
Italiani brava gente (G.De Santis),
Major Dundee (S.Peckinpah)
1965 (8)
7 Women (J.Ford),
Pierrot le fou (Il demonio delle undici) (J.-L.Godard),
Campanadas a medianoche (Chimes at Midnight/Falstaff) (O.Welles),
Red Line 7000 (H.Hawks),
In Harm's Way (O.Preminger),
A High Wind in Jamaica (A.Mackendrick),
Alphaville, une étrange aventure de Lemmy Caution (J.-L.Godard),
De Man die zijn haar kort liet knippen (L'Homme au crâne rasé) (A.Delvaux)
1966 (6)
A Countess from Hong Kong (C.Chaplin),
La Prise de pouvoir par Louis XIV (R.Rossellini;cl.Renzo R.,Jr.),
Three on a Couch (J.Lewis),
Fahrenheit 451 (F.Truffaut),
Mouchette (R.Bresson),
2 ou 3 choses que je sais d'elle (J.-L.Godard)
1967 (4)
Midaregumo (Narusē M.),
Play Time (J.Tati;c.J.T.),
Chronik der Anna Magdalena Bach (Cronaca di Anna Magdalena Bach) (D.Huillet & J.-M.Straub),
Jaguar (J.Rouch)
1968 (6)
Aller au cinéma:Louis Lumière (É.Rohmer),
Faces (J.Cassavetes),
Madigan (D.Siegel),
Niezabivaiemoie (Y.Solntseva;a.A.Dovjenko),
L'Enfance nue (M.Pialat),
Le Gai Savoir (J.-L.Godard)
1969 (7)
Topaz (A.Hitchcock),
Le Petit Théâtre de Jean Renoir (Le Dernier Réveillon+La Cireuse électrique+Quand l'amour meurt+Le Roi d'Yvetot) (J.Renoir),
L 182 (En Passion) (I.Bergman),
Une femme douce (R.Bresson),
L'Armée des ombres (J.-P.Melville),
Dvorianskoie gniezdo (A.Mikhalkov Konchalovskií),
My Girlfriend's Wedding (J.McBride)
[1] Comienzo del Capítulo I, La época, del Libro I, Reclamado a la vida, de Historia de dos ciudades (A Tale of Two Cities, 1859) de Charles Dickens: «Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, era la edad de la sabiduría, era la edad de la estupidez, era la época de la creencia, era la época de la incredulidad, era la estación de la Luz, era la estación de la Oscuridad, era la primavera de esperanza, era el invierno de desesperación, teníamos todo por delante, no teníamos nada por delante…»
[2] LOS SESENTAS según Miradas de Cine (1960-69) (93 en orden cronológico, y por preferencia en cada año)
(*) Miguel Marís es economista y crítico de cine. Autor de los libros "Manuel Mur Oti: Las raíces del drama", "Sin Perdón/Manhattan" y "Leo McCarey: Sonrisas y lágrimas", fue director de la Filmoteca Española y Director General del ICAA.
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