Sin piel
En el pequeño pueblo centroeuropeo de Vandorf tienen lugar una serie de extraños asesinatos en los cuales las víctimas aparecen petrificadas y con una expresión de horror en su rostro. La leyenda apunta a que la responsable es Megara, una de las tres gorgonas de la mitología griega cuyo espíritu se refugia en el castillo Borski. Una de las víctimas es el professor Heitz, cuyo hijo Paul acude al pueblo para investigar el crimen. Allí se enamorará de Carla, la asistente del profesor Namaroff, que atribuye la existencia de Megara a cuentos populares. En su investigación, Paul contará con la ayuda del profesor Meister, amigo personal de su difunto padre.
Si eres de los que se animan a enfrentarse a La Gorgona movido por el voto de quien esto escribe puedes pensar en un primer visionado que estamos ante uno de esos numerosos casos de fan de lo fantástico exagerado con ganas de epatar y tocar las narices, porque en realidad la película no es para tanto.
Lo cierto es que La Gorgona es una película que hasta hace bien poco era excluida de forma sistemática de las listas que enumeran los principales hitos de la Hammer. Tampoco cabe hacerse demasiadas cruces, porque en realidad en España no fue estrenada hasta cuarenta años después de su realización. Con todo, tan sólo acudieron 596 espectadores al "estreno", que se dejaron en taquilla un total de 2.390 euros. En Madrid, la película fue estrenada en El Pequeño Cine Estudio en un impactante programa doble con el primer Drácula de la Hammer, también del maestro Terence Fisher, en lo que supuso una oportunidad única de disfrutar en pantalla grande del generoso cromatismo de la productora británica.
Los responsables de Hammer Films indagaron en mitologías como la griega con el objetivo de encontrar nuevos argumentos para sus películas, en un momento en el la productora había revisado/reinterpretado prácticamente todo el imaginario de monstruos que heredó de la Universal. Así, se sacaron de la manga a Megara, una Gorgona hermana de la maléfica Medusa. En realidad, los guionistas se tomaron más de una licencia con respecto al personaje. En realidad, las Gorgonas eran tres hermanas monstruosas que respondían a los nombres de Esteno, Euríale y Medusa. Megera era una de las tres Erinias, que según la mitología griega eran las diosas infernales del castigo y de la venganza.
A pesar del poco éxito de la cinta, de su escasa fidelidad a las fuentes de las que se nutre, el propio Fisher aseguró en más de una ocasión que se trataba de uno de sus títulos favoritos, y lo cierto es que hay unos cuantos motivos de peso para darle la razón.
A medida que su nombre ganaba peso en el seno de Hammer Films, Fisher ganó la suficiente confianza en sí mismo para filmar algunas de sus principales obsesiones sin necesidad de salirse del cascarón del género. Al igual que John Ford en el territorio del western, el imaginario del director comenzó a mutar, evolucionar y dilatarse constantemente, aunque en apariencia siempre estuviera rodando la misma película. Fisher sentía en la época la necesidad de romper con ese cliché injusto que le reducía a eficaz artesano fílmico que filmaba historias unidimensionales en las que se dirimían conflictos entre el bien y el mal. Las películas rodadas en la época, como La maldición del Hombre Lobo (The Curse of the Werewolf, 1961) o El fantasma de la ópera (The Phantom of the Opera, 1962), intentan dar salida a esa necesidad. En el Fisher de la última época, las líneas entre el bien y el mal se desdibujan, desaparecen los golpes de efecto y el sedimento narrativo aumenta. Importan más los ambientes que las apariciones espectrales destinadas a arrancar gritos al público y, en consecuencia, la acción se ralentiza. No es casual que el monstruo de turno se muestre en total plenitud prácticamente al final de la película. En realidad, La Gorgona, como La maldición del hombre lobo, son historias de amor trágico que tienen lugar en un contexto de horror; un tipo de historias, por otra parte, a las que siempre aspiró el director.
La Gorgona es una historia de amor más trágico que meramente nihilista. Los personajes se sostienen en pie por inercia, y por la idea de que la redención por amor puede hacerles ganar un lugar mejor en un mundo distinto. Nadie se salva de la infección que les carcome las entrañas y les absorbe las energías. Ni el profesor Heitz en su desesperada búsqueda del hijo perdido, ni Carla y Paul en su historia de amor imposible. Tampoco Namaroff, que esconde la naturaleza de Carla (poseída por el espíritu de Megara) presa de un sentimiento que sabe que nunca podrá ser correspondido. Incluso Karl Meister adopta una postura de amor paternal hacia Paul. No es casual que Paul esté interpretado por Richard Pasco, un excelente actor shakesperiano que da vida a un personaje marcado por la tragedia y por la búsqueda imposible de la verdad sobre la muerte de miembros de su familia y del misterio que rodea a Carla. Paul sobrevivirá a un temprano encuentro con La Gorgona, lo que provocará que su pelo se vuelva gris y su expresión corresponda a alguien que lleva penando cientos de años. De hecho, cuando Meister le encuentra, le espeta que parece que haya salido de la misma tumba.
En opinión de José María Latorre [1], La Gorgona «es una fantasmagoría en la que unos seres enfermos de amor pasean su afección por jardines venenosos casi enterrados por hojas otoñales... la historia tiene como eje una trágica historia de amor, a tono con el espíritu de la época tan fantasmalmente recreada». De hecho, este espíritu romántico de la película podría emparentarse sin mayores problemas con las historias de Ludwig Tieck. Como en los cuentos de hadas de este escritor romántico alemán, la emoción que transmite La Gorgona apela más a la imaginación que al verismo.
No, no se trata de una película que se esfuerce en parecer real, porque en realidad se trata de un ensayo sobre el amor, un poema gótico en el que importa la atmósfera más que la acción. De hecho, algunas de las secuencias están rodadas con vocación de cine mudo. Importan más los ambientes brumosos que las líneas de guión. Para poder apreciar La Gorgona es necesario entrar en este juego y olvidarse de toda pretensión de verismo, porque la película mezcla libremente elementos de distintas mitologías y deja sin solucionar asuntos no poco importantes. Se trata de una película que exige ir más allá de la pobre labor de maquillaje de Roy Ashton, que bordea lo kitsch con esas ridículas serpientes de goma que aparecen en la cabeza del monstruo y que provoca la risa floja vista hoy día.
Carlos Losilla apunta, por su parte, una lectura de la película en clave socio-política. La visión de La Gorgona provocaría el enfrentamiento con la realidad a la que no están preparados ni acostumbrados los habitantes de este improbable pueblo germánico, que prefieren refugiarse en su juego de espejos. «El mal entendido como misterio irresoluble permite el mantenimiento del statu quo sociopolítico, la pervivencia de una determinada concepción de la realidad, entiende que que en La Gorgona la verdad tiene varias caras cuya sola mirada es capaz de aniquilar la totalidad de nuestras certezas» [2].
La Gorgona es un título en el que funcionan a pleno rendimiento todos los elementos que hicieron clásica a la Hammer. Está, por supuesto, la pareja mítica formada por Peter Cushing y Christopher Lee. Los amigos del alma no trabajaban juntos desde La momia (otro título de Fisher, dirigida en 1959), y en realidad ésta sería la última película en la que se pondrían bajo las manos expertas del director. Estamos tan acostumbrados a laurear, con razón, cada aparición de Cushing, que se nos hace difícil admitir que en esta ocasión está por debajo de Lee. En cualquier caso aquí se limita, si es que es posible este verbo al hablar del mítico actor, a esbozar una variación del primer doctor Frankestein, un personaje carcomido por claroscuros que encierra secretos demasiados terribles para ser contados. Por su parte, Christopher Lee tiene aquí la oportunidad de distanciarse de su callado álter ego vampírico (cuya sombra le acompañará toda la vida, aunque a veces le haya pesado como una losa), dando vida a un alocado profesor Karl Meister, creíble a pesar de ese pelo gris y el mostacho que le alejan tanto de la imagen a la que nos tiene habituados.
Lee y Cushing se ven refrendados aquí por la estupenda Barbara Shelley, una de las actrices más queridas por los fans de la Hammer (se la puede ver también en Drácula, príncipe de las tinieblas —Dracula: Prince of Darkness, 1966), junto a la inolvidable Ingrid Pitt. Shelley construye su personaje de Carla en torno a un doloroso enigma que se revela en cada uno de sus gestos. Carla enamora por su belleza telúrica, de otro mundo, atrapada por fuerzas que no entiende ni acepta. Su mirada teñida de tristeza transmite la misma sensación de pena insondable que Jean Seberg en Lilith (Lilith, 1964), la película del malogrado Robert Rossen con la que La Gorgona ha sido comparada en alguna ocasión.
Pero la Hammer contaba con una excelente nómina de trabajadores que no dudaban en dejarse literalmente la piel para hacer frente a los frecuentes problemas de presupuesto a los que se enfrentaba el equipo técnico de las películas. Fisher pudo reunir en La Gorgona algunos de los profesionales más competentes de la productora. No es exagerado afirmar que estamos ante una de las producciones más logradas a nivel visual de la productora, por obra y gracia de Michael Reed, que inserta un sinfín de motivos procedentes de la tradición romántica del siglo XIX. En La Gorgona aparece un cementerio nocturno engalanado con hojas otoñales, un barranco bañado por la niebla en la que aparece el cuerpo sin vida de un ahorcado o ese castillo Borski acariciado por la luz de la luna llena. Sin duda que Tim Burton debió tomar buena nota del trabajo de Reed a la hora de plantearse el diseño de producción de su Sleepy Hollow (Sleepy Hollow, 1999). La labor de Reed se ve refrendada por el extraordinario trabajo del responsable del diseño de producción, Bernard Robinson, que alcanza su máxima cota en la recreación de los interiores del castillo Borski. Las estancias del mismo están repletas de banderas despedazadas en girones, muebles recubiertos por un polvo de siglos y espejos deformantes que devuelven a los personajes que se pasean por las dependencias del castillo el reflejo que no quieren ver, y del que tratan en vano de escapar. Completando el extraordinario trabajo de ambientación, para la banda sonora el inolvidable e imprescindible James Bernard combinó la voz de una soprano con un pequeño instrumento no demasiado conocido denominado Novachord, en realidad una de las variaciones del mítico Hammond.
Con un engranaje de piezas casi perfecto, una historia con bastantes más aristas de lo que parece en un primer momento y un Fisher en estado de gracia, La Gorgona es un título de lo más recomendable que requiere dejarse los prejuicios a un lado desde un primer momento.
[1] Revista Dirigido por, Nº 308. Enero 2002. Págs. 76-77
[2] Revista Dirigido por, Nº 333. Especial Hammer. Pág. 51
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