El fin de la alegoría
Si situamos El pueblo de los malditos en el contexto del género al que pertenece, vemos que el film de Wolf Rilla cierra, de alguna manera, una etapa muy concreta de la ciencia-ficción que tuvo su cenit a lo largo de la década de los cincuenta. Efectivamente, a lo largo de diez años, este campo cinematográfico se convirtió en el mayor expositor del desquiciado momento histórico por el que transcurría Estados Unidos (y, por extensión, el resto del planeta), tratando temas como la amenaza atómica, el maccarthismo o la Guerra Fría desde un prisma netamente alegórico, sugerente y, en ocasiones, profundamente ambiguo. Se podría decir (aunque sea un punto de vista algo ajustado) que el estreno en 1951 de dos obras maestras, El enigma de otro mundo de Christian Nyby y Ultimátum a la Tierra de Robert Wise, marcan el inicio y, a la par, exponen todas las constantes que este período consumaría a partir de los años siguientes. En realidad, estas obras van infinitamente más allá de sus meras ambiciones comerciales. Generalmente, su sustento temático oscila entre un conjunto tripartito: encauzar las intencionalidades hacia la denuncia comunista más evidente (La Guerra de los Mundos); por el contrario, establecer una clara defensa de la libertad ideológica, atacando el terror irracional (Venidos del espacio); o pivotar entre ambos conceptos sin dejar del todo claro su posicionamiento, aunque haciendo patente la caótica realidad circundante (Ultimátum a la Tierra, La invasión de los ladrones de cuerpos). Esta situación verá su fin, precisamente, con el estreno en 1960 de El pueblo de los malditos [1] que, como se verá a continuación, puede ser considerada una síntesis perfecta de esta etapa y, a la par, una clausura turbadora, agresiva y profundamente crítica [2].
La película de Wolf Rilla resulta un ataque directo a una manera muy específica de concebir la sociedad. Un pequeño pueblo, paralizado durante unas horas en las cuales todas las mujeres quedan embarazadas, sirve de diáfana metonimia al discurso interno del film: las vías emprendidas por los núcleos sociales, la apatía con la que dejan discurrir todos los dramáticos eventos de los que son testigos (el silencio ante los conflictos bélicos o la manipulación de los entes gubernamentales) conduce, inexorablemente, a la gestación de la maldad. Al incremento imparable de un caos existencial que incide, de la forma más directa posible, en la infancia. En efecto, el grupo de niños nacidos de esta gestación involuntaria son la encarnación de un mundo que se dirige imparable hacia su propia destrucción. Llevan sobre sí todo el mal acumulado a lo largo de años de contiendas armadas y dirigen su furia hacia los responsables directos de la situación: el mundo adulto. El pueblo de los malditos lanza su grito colérico hacia una generación a la que cree culpable, no únicamente de la catastrófica situación en la que está sumida una gran parte del planeta, sino de ofrecer un presente de tamañas circunstancias y un muy incierto futuro a las siguientes generaciones. Es por ello que los niños protagonistas se recluyen entre ellos mismos para poder sobrevivir, desvinculándose totalmente del universo que los envuelve. Universo absolutamente hostil y al que sólo pueden responder utilizando la misma violencia que ha cultivado el mundo adulto. Sin embargo, es en el tercio final donde los propósitos del film se encuentran más evidenciados, en uno de los finales más impresionantes que recuerda quien firma estas líneas: la destrucción del núcleo infantil viene provocada por la incapacidad de los niños de acceder a una plena comprensión de la realidad dominante (la espléndida metáfora del muro en el que, constantemente, piensa George Sanders y que los niños no pueden destruir). Su extinción definitiva no es más que el debilitamiento de su inocencia original y, por consiguiente, su total integración en los mecanismos conductivos del mundo adulto. Imposible mayor grado de pesimismo e imposible mayor síntesis alegórica de todo lo expuesto por el género durante casi una década [3].
Para ello, el trabajo de Wolf Rilla juega, constantemente, con la apariencia. Concibe un estilizado aspecto formal en su primera parte en el que la ilusoria tranquilidad únicamente se encuentra en la mente de los personajes. El idílico paraje en el que se encuentra el pueblo; las casas modélicas, tanto las fastuosas como, incluso, las más modestas; las interrelaciones entre los habitantes,... todo se encuentra sometido a un clima más alucinatorio que real. Incluso la misma apariencia de los niños responde a la perversa mirada que, sobre ellos, tienen los adultos que a una coherente base verista. Rilla, por ello, concibe un universo pesadillesco precisamente por su clima reposado que, a medida que la película avanza, se va ennegreciendo hasta alcanzar cotas de auténtica paranoia. Una dirección, sencillamente, prodigiosa y, sobre todo, inusual en un artesano modesto y tan poco habituado a estos alardes como Wolf Rilla.
El pueblo de los malditos, en definitiva, es una de las piezas capitales de un género, la ciencia-ficción, que cerraba (temporalmente) sus intenciones críticas precisamente con uno de los films más sugestivos, impactantes y brutales de toda su historia [4].
[1] Podría establecerse otro film testimonial del período: El tiempo en sus manos, de George Pal quien, adaptando libremente la novela de H.G. Wells, expone un futuro pavoroso causa directa de la apatía ante la barbarie presente.
[2] La década de los sesenta será pródiga dentro del género de anticipación. Aunque, en la mayoría de casos, los productos resultantes serán piezas que, aun a pesar de la alta calidad de varias de ellas (Viaje alucinante, por ejemplo), se encauzarán por el terreno de la superficialidad y el entretenimiento directo obviando casi totalmente el contenido crítico o reflexivo. Todo ello, lógicamente, hasta la aparición en 1968 del film de Stanley Kubrick 2001: Una odisea del espacio.
[3] Es necesario citar aquí el pequeño homenaje que la soberana serie de animación Los Simpson realizó del film de Wolf Rilla. Con el título de El sanguinariamiento, la película era la responsable del choque directo entre los niños y sus padres, en una reflexión generacional que la enlaza, directamente, con las intenciones de la pieza de Rilla.
[4] El pueblo de los malditos tuvo una anodina secuela, Children of the Damned, dirigida por Anton M. Leader en 1964 que, pese a ser curiosa, no poseía ni de lejos la valentía del film de Rilla y todo el entramado temático resultaba más evidente y, por tanto, superficial.
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