El "asunto" Alatriste: ¡un poquito de por favor!
«Me ha gustado mucho porque es una película feroz, despiadada y heroica. (...) Viggo ha hecho que Alatriste sea humano, oscuro y trágico (...) Me encanta que la gente vea esa España (...) oscura, de tantos buenos vasallos, ése es el servicio patriótico que hace esta película: ver lo que fuimos».
Arturo Pérez Reverte, escritor y académico.
Cuando lean esto, ya será demasiado tarde. De verdad que lo lamento y les acompaño en el sentimiento. Internet no es un medio tan inmediato como algunos pretendemos: el mal ya estará hecho y ustedes, en su infinita ingenuidad, ya habrán visto Alatriste. Hay que joderse.
Reconozco que tres días después de su visionado, todavía permanezco en estado de shock. Semanas, meses enteros preparándonos para el gran momento, ese en el que España demostraría de una vez por todas cómo se hace una superproducción, cómo utilizar el capital (ese capital que resulta maléfico en manos americanas y un "ejemplo de esfuerzo colectivo" cuando la guita es de acá, cuando el grueso del pastel es para... ellos, los de siempre). Cómo dar gran espectáculo, caray, con algo tan nuestro como el Siglo de Oro, Quevedo, los tercios de Flandes... y su puta madre, como no se cansan de repetir una y otra vez los personajes de esta telemovie con más de cuatrocientas copias en cine (ignoro si lo de poner en duda la virtud de la madre de tu interlocutor era un "giro" común en la época, ¿eh?... seguro que el académico Reverte nos puede arrojar algo de luz al respecto).
Alatriste es una demostración palmaria de mediocridad institucionalizada, por decreto. 100.000 moscas no pueden estar equivocadas: si inundo los medios de desinformación con opiniones favorables e inequívocas, si compro (sí, digo "compro": es la única explicación que se me ocurre a esta inusitada unanimidad previa: "¡la peli es cojonuda porque hasta Reverte lo dice y punto pelota!"), un kilo de estrellitas entre la prensa "de la cosa" y pongo a hablar de ella a políticos que todavía no la han visto, el resultado será clamoroso: dos fines de semana rotundos, sin dejar un tiempo mínimo de reacción al público más indeciso (las malas críticas no saldrán hasta la semana que viene y para cuando quiera uno darse cuenta, ya contaremos con un millón de "paganos", a 7 euros la entrada… show me the money!).
Vamos a ir por partes. Alatriste, que quede claro de una vez, NO es una superproducción. ¿Que ha costado más de 20 millones de euros? (¡¿Dónde, maldición, dónde se han ido 4.000 millones de las antiguas pesetas?! ¿En el catering a los 80 extras de la "megabatalla" final?). Da igual: le falta empaque, le sobra pompa, le falta… creérselo. Revisen los números: para ser una superproducción les ha faltado un 0 más… y una cantidad equivalente de talento en escudos, maravedíes o ducados.
Porque Alatriste, con su estilo Los gozos y las sombras, Crónica del alba o La forja de un rebelde, destila cutrez en todos y cada uno de sus fotogramas (y que conste que las series anteriormente citadas son adaptaciones notabilísimas, conscientes de su condición televisiva y con un plantel actoral bastante más sobresaliente que el presente). Quizás hubiese funcionado como capítulo doble a emitir por la pequeña pantalla, vendible en Cannes a alguna cadena despistada de Hispanoamérica o a algún canal del Benelux, encantados de conocer las "gloriosas" andanzas de nuestro Tercio por los Países Bajos. Quizás.

Muchas localizaciones diferentes que contribuyen a "deslocalizar" la acción del filme, convertido en un poti poti de set pièces sin aparente correlación entre sí (particularmente sonrojante el abordaje ‘made in estudio’ al barco, especie de función teatral con filtro violeta que me recordó mis tiempos de infante, allá en el pueblo, cuando nos lanzábamos unos contra otros con nuestras espadas de madera). Un personaje sin motivaciones que aparece de la nada, con un desprecio absoluto para quien no se haya leído las novelas. Una planificación de las escenas plana, sin garra, sin vida. Una forma de rodar que ya era anticuada hace 20 años, pre-Lazarov.
¿Quién es el máximo responsable de este descalabro? Bueno, todavía soy un romántico, así que apuntaría sin dudar hacia el director y guionista, supuesto "cerebro" del proyecto.
Pero es que el currículum de Agustín Díaz Yanes tampoco era particularmente excelso antes de Alatriste. "Afamado" guionista de pelis que acababan dirigiendo otros (algunas de ellas interpretadas por Victoria Abril, que solía decir al respecto —con su gracejo habitual— que "Agustín me hace la cama y me acabo siempre acostando con otro"), debuta con Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, esforzado cruce entre thriller y cine social, que se sustentaba en los notables trabajos de Pilar Bardem, Federico Luppi y la susodicha Victoria Abril.
Después vino Sin noticias de Dios. Corramos un tupido velo sobre esta —también— cara película, a la que todavía le estamos buscando la gracia…
Para acabar con Alatriste, una coproducción franco-hispano-norteamericana calculada para ser el Mortadelo y Filemón de este ejercicio, con las coartadas habituales en este tipo de inventos (libro previo con autor mediático, protagonista visto en la Tierra Media, elenco "inmejorable", etc, etc).
Enumeremos algunas de las "innovadoras" soluciones aportadas por el director: para los "eléctricos" duelos a espada (¿tan caros son los honorarios de los coreógrafos?), Agustín calca el estilo Leone en los careos previos (plano general seguido de primer plano repetido media docena de veces, para dar idea de mucha tensión y tal), poniéndole —eso sí— música castizo-pachanguera a lo Kill Bill (claro que allí queda bien por tratarse de una apuesta postmoderna, mientras éste, en cambio, es post… post mortem). Se ruedan escenas que se adivinan caras pero sin ninguna relevancia de cara a la progresión dramática (el pobrecito Unax en galeras... ¿aguantarán mis tatuajes y se me enredará mi lindo pelito, o sea?), demostrando —eso sí— que se ha visto muchas veces Ben-Hur y Espartaco. Para concluir con una "épica" confrontación final que mueve al desternille y la rechifla (por favor, si no tienes mucho personal... ¡no me hagas tomas panorámicas para "demostrar" tus paupérrimos medios! Menos es más, y si no revísese la barata batalla de Agincourt que se marcó Kenneth Branagh en Enrique V).

Dejaremos a Viggo 'che, qué bueno que viniste' Mortensen para el final.
Desgranar las "actuaciones" del nutrido plantel daría mucho, pero que mucho de sí. [Quien esto escribe ha debido de releerse unas cuantas veces los siguientes párrafos, ejerciendo la autocensura y llamándose a capítulo en varias ocasiones, víctima de numerosos desmanes].
Unax Ugalde pertenece a esa "joven y prometedora generación de nuevos valores", sí, ese plantel de caras lindas con el que Fotogramas nos deslumbra cada agosto, avisándonos permanentemente de la "impresionante" —esa es la palabra— cantera de De Niros que están esperando su oportunidad. ¡Envidia, que lo que hay en España es 'musha' envidia!
Proveniente del vivero serial de Telecinco —de tan funestas repercusiones cinematográficas— a Unax Ugalde le falta para ser actor lo que a mí para ser un sex symbol: un mundo y parte de la galaxia exterior. Pero no pasa nada: a fuerza de perseverar, cualquier cosa es posible (recuerden los patéticos comienzos como presentador de Jesús Vázquez antes de convertirse en el tío con más tablas de la TV española). Hasta que llegue el momento de su consagración (Almodóvar... este es tan grande como Liberto Rabal... ¡fíchalo!) seguirá deleitándonos con actuaciones como la presente. Su romance con Elena Anaya pasa a los anales (con perdón) de la pasión cinematográfica: los dos juntos destilan tanta química como un dúo entre Condoleezza Rice y Michael Jackson. Los besos de Unax —que parece estar constantemente mirando fuera de campo, quién sabe si buscando la comprensión de su novia— son más falsos que las estocadas de Alatriste. Y para no mostrarse "animoso" con un ser tan fermoso como Elena Anaya hay que estar muy, pero que muy poco motivado...
Dejando de banda este mito para quinceañeras, continuaríamos con una esforzada Ariadna Gil. Desde luego que lo suyo no es el recitado, pero es que ese es un problema común al 80% de los protagonistas de este filme, que hacen bueno el dogma de que la versión original subtitulada es mejor que la doblada. (¡Qué lastima no ser anglosajón para no entender el castellano y evitar así un ataque de hemorroides cada vez que alguno de ellos abría la boca, atentando contra los principios básicos de la prosodia!)
¿Todos? No, no seamos injustos: Juan Echanove, como buen hombre de teatro, al menos tomó sus lecciones de dicción y es capaz de vocalizar sin trasguñirse, de terminar una frase sin dar la sensación de que se está ahogando, de que le falta aire. Su recreación de Quevedo pasaría por lo mejor del filme, junto al Conde Duque de Olivares de Javier Cámara (al que —¡milagro!— también se le entiende todo, sin dar esa penosa sensación de recién memorizado, de texto aprendido y vomitado de carrerilla).
Eduardo Noriega. Ay, Eduardo, ahora que había aprendido a convivir con tus lustrosas posaderas en la televisión… hace de noble de España y él es muy digno y afectado. Esa pose chuleta se le da muy bien —el chico es resultón, para qué negarlo— pero a su conde de Guadalmedina le falta empuje, ¡fuerza! Parece —como otros muchos actores— aplatanado por la propia producción, mimetizado entre tanto cuadro de época.
Blanca Portillo, con peinado a lo Ronaldo, hace de fray Emilio Bocanegra, inquisidor malísimo. No sé que decirles: es una especie de presencia satánica con hábitos, lo cual no es precisamente una aportación innovadora sobre el personaje.
Eduard Fernández es el camarada de Alatriste. Gracias a Dios, no parece tomarse muy en serio a su personaje, lo cual es de agradecer.
Ah, sí, también sale Pilar López de Ayala, haciendo de mujer del principal antagonista del héroe. Se dedica a ser muy digna, poner cara de abnegada parienta y soltar frases que nos hacen pensar que Juana la Loca se ha escapado siglo y medio después de su reclusión en Tordesillas.

Llegamos así a Viggo. ¡Qué decir! El porte, desde luego, lo tiene: el chico da el pego como mercenario indómito y ese no es un descubrimiento de ahora. Lástima que de vez en cuando tenga que hablar… un pequeño detalle, sí señor. El recurso ideado para evitar que nos rechine su acento argentino ha sido… pues decir sus frases susurrando desde el bajo vientre, con lo cual —sostienen algunos— termina de "caracterizar" a su Alatriste. En fin… a los hechos les remito.
Pero este naufragio colectivo no es el pecado capital de Alatriste. También les ha pasado a otros intentos de hacer cine mastodóntico por estos lares (recuérdese El Dorado de Saura). No, no es eso. Porque Alatriste, por mucho que nos reviente, no es más que un fiel reflejo de las circunstancias. Los que creyeron en el filme me recuerdan en su ingenuidad a la afición futbolera, convencida en cada gran evento de que la selección va a ser campeona del Mundo ("¡A por elllllllos, oeeeé!"). ¿Y cuales son esas circunstancias?
Negar la evidencia de que no hay Industria, de que ocho docenas de amiguetes (eso es el cine en nuestro país) no es el equivalente a un "sólido tejido empresarial" o lo que quiera que pretendan hacer pasar por Hollywood versión Moratalá. Que no podemos hacer películas grandes porque no sabemos hacer películas pequeñas. Que el cine comercial español es igual de malo que el norteamericano (aunque, quizás, por otras razones). ¡Que… que no hay talento, coño!
Alatriste, o el timo del tocomocho en su versión menos sofisticada, demuestra que la poca vergüenza no es patrimonio del cine yanqui. Que cuando hay mucho dinero en juego, nadie olvida lo primordial, lo inquebrantable de las leyes del juego: que esto es un negocio y que si no estás conmigo vas a estar rodando con Marc Recha o Albert Serra hasta el 2025, nene. Que la ley del silencio debe de imperar hasta que yo recupere mi inversión y que si no te ha gustado Alatriste tienes un problema, y gordo. ¿Me has entendido, verdad?
Como uno está harto de leer frases "bárbaras" —nunca mejor dicho— debajo del cártel de Alatriste, aquí van algunas recopiladas en www.cinexilio.tk, un foro genuinamente plural y moderadamente independiente. No son apellidos ilustres, no cobran por opinar, se enmascaran bajo nicks altisonantes… son pobres víctimas que iban dispuestas a disfrutar y se encontraron con el infierno (y no en Flandes, sino en el cine de la esquina). Piden la voz y la palabra, la mayoría de ellos visiblemente mosqueados para con un establishment empeñado en hacernos creer que el blanco es negro y el negro, blanco.
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«El cine español acaba de escribir el último capítulo de su particular historia de la infamia. Todo el asunto "Alatriste" te deja tan exhausto que ni te quedan fuerzas para cabrearte. Probablemente es la peor película que se vaya a estrenar en salas este año (...). Pero lo más triste no está en la propia película, sino en el circo mediático y crítico que se ha creado alrededor. Todo un síntoma de nuestra situación actual. Ni una crítica mala en los medios más importantes, no se baja de las cuatro estrellitas, del tópico "es personal, es oscura, no es una de aventuras sin más". ¿Nadie va a levantar una voz en contra?» Bubba.
«Pues sí señor... se cumplen los malos augurios. ¿Y donde estaba el fallo? Pues en que hemos hecho una gilipollez: a saber, contratar para dirigir una superproducción a un director y guionista que jamás ha acometido el género épico, de acción o siquiera de aventuras». Jalt Vader.
«Es que no es ni una película, es un montaje primerizo hecho deprisa y corriendo que han presentado al público al noble precio de casi 7 euros». Chinocudeiro.

«Venga, hombre, cómo un tipo como Díaz Yanes —al que presupongo inteligente— de oficio ¡¡¡¡guionista!!!! se le ocurre rodar una película sin historia, bueno, con ese batiburrillo de acontecimientos que se suceden sin más pero que a él le da igual. ¿Por qué no se quedó con la primera novela o las dos primeras para hacer una buena historia sin más? ¿Qué necesidad había de abarcar tanto? ¿Acaso no pensaba que si le salía una buena película de aventuras, podría hacer una continuación? ¿No vio "Master and Commander"? ¿No ha leído y visto a los clásicos?» Barry Egan.
«La batalla final: hay reyertas en poblaos gitanos en las que lucha más gente». Doinel.
«Para mi, esta es una de las películas que mientras las estás viendo, no puedes parar de pensar en la falta de coherencia... y a la salida te gustaría sentar al responsable y que te diga: ¿por qué? ¿Por qué a algunas personas se les exige que den explicaciones sobre su trabajo y a otras no? Se pueden tomar decisiones equivocadas, (...) se puede creer en una idea y no materializarla de la mejor forma posible... existen películas fallidas que dejan entrever esa pasión de fondo, de gente que cree en un proyecto y se equivoca. Pero desde mi punto de vista, este no es el caso. Creo que no se ha sido honesto, ha faltado trabajo en todos los niveles; concepción de la historia que se quería contar, matización de personajes, jerarquía de elementos que intervienen... Es una película en la que no se pueden analizar los elementos, porque están descontrolados... no hay escalas, no hay orden, no hay ritmo. Y lo que es peor... parece que no les importe...» Aiko.
«Cuando al acabar la proyección privada se encendieron las luces, y con un nudo en la garganta miré alrededor, vi que algunos de los actores de la película que estaban en los asientos contiguos —no digo nombres, que lo confiese cada cual si quiere— seguían inmóviles en sus asientos, llorando a moco tendido. Llorando como niños por sus personajes, por la historia. Por el final hermoso, sobrecogedor. Y también porque nadie había hecho nunca, hasta ahora, una película así en esta desgraciada y maldita España». Arturo Pérez Reverte. Cuentista. |