No hay dolor, no hay dolor...
Escribir 'en contra de' es siempre una tarea complicada y poco grata. Complicada, digo, porque el punto de partida es muy poco atractivo: aquello que hemos visto no nos ha gustado en absoluto y el objeto de nuestra crítica (en este caso, una película) corre el peligro de convertirse en indefenso blanco de nuestras más crueles invectivas, transformados en fulleros de barra de bar con un palillo entre los dientes, una caña en una mano y la otra gesticulante y temblorosa, haciendo piruetas en el espacio. Hay que saber controlarse, recobrar el pulso, respirar y contar hasta 1.000 antes de coger la pluma (¡oh, qué poco romántico es decir "el teclado"!).
¿Y por qué poco grato? Pues porque hay pocas cosas que den más pereza que el dedicarle algo de nuestro tiempo —incluso de nuestro escaso ingenio— a una obra que no nos ha emocionado, con la cual no hemos establecido ninguna corriente de simpatía, ninguna conexión anímica. Demonios, les seré sincero: que incluso me obligó a pellizcarme durante su proyección en el pasado festival de cine asiático de Barcelona, ante la amenaza de caerme roque sobre el regazo de mi compañero, yéndose al garete mi pábulo intelectualoide.
Total, que este es un artículo doblemente difícil: por un lado —¡qué duda cabe!— me lo pide el cuerpo (lo siento: soy muy revanchista). Por otro, corro el peligro de caer en desgracia en los círculos más elitistas, empeñados —desde hace un par de años— en convertir a este tailandés de pro en el máximo representante del arte minimal.
Ya lo supieron entender a la perfección los chicos de Cahiers, revista en la que, la mayoría de las veces, se asignaba la crítica del filme a quien más le había agradado (asegurándole así un sinfín de loas y dando carta de naturaleza a un discutible enfoque llevado a su paroxismo mercantilista en nuestros días).

Lo han adivinado: no soy ningún exegeta de Apichatpong, desconocido personaje que desde luego no forma parte de mi personal e intransferible Olimpo cinematográfico. Sólo he visto dos películas suyas: este tormento titulado Tropical Malady y Mysterious Object at Noon (Dokfa nai meuman, 2000). Esta última, por el contrario, me pareció un filme harto interesante, aunque ya perfilaba las constantes autorales (que palabra más fea, ¡no me extraña que no la recoja el DRAE!) de su mitificado responsable: cripticismo, complejidad y discontinuidad narrativa, elisiones... aunque eso tampoco sea del todo cierto, pues el chico no es siempre tan rarito: quien ha visto la desacomplejada y rebosante de simplicidad The Adventure of Iron Pussy (Hua jai tor ra nong, 2003) asegura que te partes la caja... entonces, ¿cómo comenzó el 'asunto Apicha'?
Créanme que no lo sé. Cuando algo me supera cinematográficamente, acostumbro a echarle la culpa a los franceses. Aquí es fácil apuntarles con el dedo y acertar: ellos fueron quienes la encumbraron en Cannes, otorgándole el Gran Premio del Jurado. Si realmente les interesa saber algo más sobre el tema y el sentido de sus particulares obras (lo de 'particular' no se lo voy a negar), les remitiría al número 9 de Letras de cine, revista de la cosa que parece vivir un interminable idilio con este director, indudablemente... indudablemente... (media docena de adjetivos pasan por mi cabeza, mas termino ejerciendo la autocensura)... distinto.
Tropical Malady es, hasta donde yo acierto a interpretar, un filme escindido. Característica que parece compartir con por lo menos otro de sus filmes, Blissfully Yours (Sud sanaeha, 2002), película —por lo que me han contado— también traumática, recordada mayoritariamente por aportaciones artísticas de tanta enjundia como insertar los títulos de crédito... a los 45 minutos de comenzar la cinta. Evidentemente, a toda peli excéntrica le aguarda un festival donde consagrarse: en este caso fue el prestigioso Bafici, edición 2004.
La primera parte de Tropical Malady cuenta los escarceos amorosos entre un militar y su preferido en un cargadísimo escenario selvático, ideal para siestear en hamacas y tumbonas desplegadas junto a casas saturadas de calor. La cosa dura unos tres cuartos de hora y a pesar de resultar inexplicables tanto sus encuentros casuales como sus verdaderas motivaciones, se hace más o menos... llevadero. Pero nada hace presagiar lo que se nos avecina en la última hora y pico de película, una de las experiencias más duras —¡y miren que he consumido bodrios!— que uno recuerda.
En la segunda parte (a la que a día de hoy todavía no le he encontrado conexión alguna con la primera), se ven arbustos, otro militar algo perdido y asustado, mucha flora autóctona y un tigre, monstruo o bicho raro que acecha al primero (o quizás no). Todo ello mezclado con un rollito oriental místico para unos y epatante para otros.
Sus fans incondicionales acostumbran a esgrimir un argumento que suena a auto de fe... ya saben, "es difícil entenderlo si no crees". Hablan de Tropical Malady —y en general, del cine de Apichatpong— como de una "experiencia" que merece la pena ser vivida. Una historia anti-narrativa, poco más que un escenario donde el director te invita a entrar y a perderte en pos de... aquello que tú quieras encontrar. ¿Auténtico cine interactivo? ¿Auténtico cine inteligente, superpoblado pasillo repleto de puertas que tú puedes (o no) ir abriendo?

El propio director creció y maduró en un entorno selvático, por lo que esa cualidad contemplativa de sus filmes debe de ser reflejo directo de su propia experiencia personal. En ningún momento he dicho que Apichatpong no tenga nada que aportar: lo único que ocurre es que a mí no me interesa en absoluto. Me puede.
Si quieren consultar ristras enteras de comentarios "estupendos", tienen donde elegir, porque de Tropical Malady se han dicho cosas fenomenales. En la red he encontrado elogios de esta envergadura y que a buen seguro se quedarán pequeños en comparación con los que les dedique mi homólogo "favorable", Manuel Yáñez, inigualable trovador de lo minoritario. Pero lean, lean:
«...abrumador ensayo sobre el ser y su contaminación cultural» Gonzalo Beladrich. [1]
«...las zonas de incertidumbre aniquilan a los de verdades transparentes haciendo de la pieza una masa orgánica y de núcleos múltiples». Juan Pablo Fernández. [2]
«… visionar los films de Apichatpong es sumergirse en una experiencia sensorial, al mismo tiempo que aceptar la lógica del caos y de lo mágico. Por eso visionar los films de Apichatpong es entender la irrupción del inconsciente colectivo en el encuadre». Lorena Cancela. [3]
Es difícil dar argumentos que puedan competir en igualdad de condiciones con frases tan contundentes (aunque mirado fríamente, sean igual de gratuitas que las que yo utilizo con menos jerigonzas), como ocurre siempre que entramos en el territorio de lo sublime (para algunos). Al igual que en el caso de otras películas abiertamente "difíciles" y de las que hemos hablado ampliamente en MdC —El arca rusa (Russian Ark, 2002), Gerry (íd., 2002)—, yo les invito —¡cómo no! ¡Demuestren su valentía! ¡Malgasten su capital!— a que se atrevan con esta arriesgada propuesta que les hará ganar un montón de puntos ante sus colegas más puestos, convencidos de que Kill Bill era "radical". Aunque no pienso aceptar amenazas de muerte de decepcionados y escaldados: ¡les avisé! Si no caen en el embrujo tropical, prepárense a sufrir las dos horas más largas de sus vidas.
No dudo de que haya gente que entre en trance, que disfrute buscando la senda en este bosque tropical, con esa bestia abierta a mil lecturas simbólicas, acechando entre las sombras. Pero yo les seré sincero: Tropical Malady es como estar dentro de un cuadro de Rousseau bajo los efectos de una descomunal resaca. No sabes dónde mirar ni quién te invitó a la fiesta. Una funesta pesadilla que les hará envidiar a quienes sólo van al cine a divertirse, sin necesidad de buscar absurdas justificaciones a un filme lento, incomprensible y enervante.
[1] http://www.velvetrockmine.com.ar/notas/rc100.php
[2] http://vorazfilmfestival.blogspot.com/2005/08/tropical-malady.html
[3] http://www.civilcinema.cl/critica.cgi?c=173
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