Dentro de la corriente del cine "colossal" en Cinemascope, que reinó durante la década de los 50, la aproximación de un cineasta tan interesante como Robert Rossen a una figura tan emblemática y compleja como fue Alejandro Magno, resulta muy curiosa sobre todo por el tono y punto de vista adoptado en torno al personaje.

Más que una superproducción al uso donde el espectáculo prima como reclamo ante el incipiente auge de la televisión, y donde salvo en contadas ocasiones (donde el cineasta en cuestión es bueno) el guión es lo de menos, Rossen se encarga además de la dirección, de producir el largometraje y del libreto, algo sin duda inusual, otorgándole un infrecuente halo personal dentro de este tipo de películas.

El cineasta realiza un estudio del personaje de Alejandro basándose en el rigor histórico y la evolución del hombre, hecho que hace más atractiva la propuesta, pero se pierde en su búsqueda por justificarlo y mostrarlo en todas sus facetas, siendo su modo de retratarlo como un Dios, tal como el mismo Alejandro se creía, un factor demasiado lejano para el espectador medio. La intensa vida de un conquistador como el macedonio es una tarea demasiado complicada para condensarla en una sola película, fallando así Rossen en las elipsis, queriendo mostrar hechos reales que pierden su fuerza debido a su brevedad, encontrando el ejemplo más claro en la secuencia del corte del nudo gordiano, un hecho fundamental en la vida de Alejandro, y que en la película no ocupa más que dos planos en una secuencia puramente de transición, y los cuales no aportan nada a la narración.

A diferencia de la excelente aproximación que recientemente realizó Oliver Stone, mostrando a un líder humano con todas sus consecuentes aristas y defectos a la par que misterioso como fue su existencia, la exaltación épica de Rossen le resta credibilidad y humanidad, cuyo mayor ejemplo es el abuso de imágenes del héroe solitario ante la puesta de sol o el viento meciendo su rubia melena, o la misma génesis del título, incluyendo la acotación Magno en él, frente a otras películas que buscando el lado más humano se decantan por tan sólo establecer como título el nombre de pila, caso de la excelente visión de Milos Forman sobre la figura de Mozart, o incluso la versión de Stone donde su título original es Alexander a secas. La poca concreción de la película juega en su contra asemejándose más a una sucesión de datos que acaba por cansar y pierde el hilo y el tono. El añadido de la inadecuada elección por edad y físico de un musculado Richard Burton como el Magno en una interpretación demasiado teatral, deudora sin duda de los grandes dramas épicos de la época no ayuda a sintonizar ni con la historia ni con el personaje.

En lo que sí coinciden ambas versiones es en la hipótesis de la muerte del protagonista a causa de envenenamiento. Muerte que debido a su juventud, ha suscitado durante los siglos venideros multitud de enigmas y preguntas que después de más de dos mil años aún no han hallado una respuesta satisfactoria.

Dentro de esa constante obsesión por permanecer fiel a los hechos históricos y reales dentro de la vida de Alejandro, una de las más inexplicables decisiones del cineasta es la voluntaria supresión y/o cambio de personajes fundamentales dentro del período histórico y que determinaron en mayor o menor medida el transcurso de la vida de Alejandro, tal como la inconcebible desaparición de Hefestión, su general, compañero y amante durante toda su vida, o el cambio de Roxana, su esposa, que en el largometraje deviene la hija del rey de Persia en lugar de la enigmática mujer de las tribus del este, y cuyo matrimonio constituyó una de las decisiones más extrañas de la vida del joven rey.

Rossen parece atabalado y apresurado por contar cuanto más pueda, lo que provoca un montaje cortado y acelerado, cambiando continuamente el tempo de la película, hecho que unido a secuencias tan ridículas como los contraplanos de la masa de gente riendo ante el discurso de Demóstenes (otro personaje vital en la trayectoria del macedonio y que en la película está poco más que apuntado) en Atenas, hacen evidente la incapacidad de Rossen de encauzar un proyecto de semejante envergadura, y eso es debido únicamente a la autoridad total del director en la obra. Empero, Rossen ofrece momentos de buen cine, dominando dramáticamente pequeños detalles englobados en secuencias más importantes, como la composición que realiza en la batalla donde un joven Alejandro antes de coronarse rey, salva a su padre Filipo tras la duda de la traición que siente este último. Un Filipo rodeado y cercado por enemigos es rescatado por Alejandro luchando padre e hijo mano a mano contra los griegos. El conflicto de la duda disipada de Filipo, Rossen lo muestra elevando a Filipo sobre una roca, por encima de Alejandro, mostrando entonces quién sigue siendo el rey de Macedonia.

La visión fallida de Rossen se convierte en una verdadera tragedia no ya sólo para los admiradores del cineasta, sino para los admiradores de Alejandro, y cuya versión de Stone es de obligada revisión para aquellos que no sólo quieran disfrutar de un buen espectáculo, sino de una visión honesta y bien realizada acerca de uno de los personajes más determinantes de la historia de la humanidad.

Por Emilio Mtez.-Borso
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