SuperMann Returns
Para cualquier buen cinéfilo que se precie, el desembarco de una nueva película de Michael Mann siempre es motivo de celebración, ya que por méritos propios se ha aupado y consagrado dentro del hoy reducido grupo de cineastas-autores capaces de llegar a un público masivo en lugar de verse relegado a ser pasto de vídeo clubs o motivo de alguna charla entre pseudo-amantes del séptimo arte en cualquier cafetería kistch que se precie.
Sin embargo, la última peripecia cinematográfica del director de El último mohicano, ha despertado una serie de críticas y prejuicios previos a su visionado que se deben en gran parte al recuerdo y asociación que cualquiera tiene de la serie de televisión ochentera que causó furor en todo el mundo y que él mismo produjo. El cóctel de hombreras, laca, sintetizadores y Don Johnson es normal que invite a presagiar cualquier debacle en el traslado a la gran pantalla de los agentes Sonny Crockett y Ricardo Tubbs, PERO por suerte, y como reza el título de este artículo, SuperMann ha vuelto para demostrar que los viejos rockeros nunca mueren, y que las críticas mejor hacerlas tras haber visto la película en vez de anticiparlas mediante cualquier absurda suposición fallida.
Y es que Corrupción en Miami es una película poderosa, con mucha fuerza y llena de vigor, que engancha desde el primer plano, poseedora de un ritmo trepidante (luego entraré con más detalle en la particular concepción del ritmo según Mann) y visualmente deslumbrante, que hace gala de una puesta en escena sencillamente magistral que apabulla a través de la multitud de localizaciones, personajes, lanchas, coches, espectaculares féminas, glamour, lujo, y que, a diferencia de la serie, están integrados como escenario real del submundo del narcotráfico a gran escala por el que deben desenvolverse los dos agentes para desentramar una complicada red liderada por nuestro Luis Tosar, en una gran caracterización que consigue acojonar con su mirada y presencia, aprovechando las ventajas de un papel con un parco pero suficiente diálogo.
Así pues, el cineasta aprovecha todos los elementos materiales para confeccionar un thriller high-tech propio del siglo XXI donde la pareja policía son un par de tipos "cool", guapos y bien vestidos, pero más complejos de lo que a priori puedan mostrar sus ropas caras o sus poses chulescas. De hecho, la mayor virtud del largometraje es su premeditada contención. Aquel que pensaba encontrarse con una action-movie al uso con Colin Farrell bajándose él solo a todo el cártel de la droga, no puede ir más equivocado, ya que por el contrario, Mann ha creado un thriller de manual, con su trama, sus picos, sus puntos de cambio y sus subtramas que serán resueltas al final (donde de nuevo, sus personajes al finalizar la historia se verán relegados a la soledad, al aislamiento sin remisión, a la vida real), llena de tensión, y poblada tan solo de un par de momentos de pura acción, eso sí, momentos de puro cine. El cineasta utiliza la misma técnica que en Heat para mostrar del mismo modo que ha mantenido el tono en todo el metraje, realiza un tratamiento de la acción híper realista. Sin coreografías espectaculares ni trucos de circo, la acción es sucia, directa, con un sonido que aturde, confunde, como debe ser en los tiroteos reales, donde las balas duelen y la sangre no se expulsa a chorro, donde todo es confuso, polvo, barro, imágenes desenfocadas, encuadres voluntariamente alejándose de la nitidez característica en las últimas muestras de cintas de acción pura y dura. Mann introduce al espectador dentro del tiroteo, alejándolo de la imagen preconcebida de ficción pura y dura, ofrece un recital que bien podría ser una clara ficccionalización filmada de un tiroteo real.
De hecho, y al igual que ocurría en Heat o Collateral, los puntuales momentos de acción son de una intensidad tal, que a pesar que duren no más de diez minutos, el espectador sigue consternado por la violencia interna de la secuencia y el realismo que destila. Una vez más, el cineasta demuestra que no se necesita una sucesión de persecuciones ni explosiones para confeccionar un excelente thriller, y que como ha venido probando desde hace diez años, cuando sus películas empezaron a exceder de las más de dos horas de duración, es un maestro en retener la atención, concentración y tensión del espectador, ya que largometrajes tan diferentes como El dilema o Collateral, a pesar de no contener acción (la segunda en un par de ocasiones de hecho) mantiene pegado a la butaca a la audiencia, y es que Mann es un maestro en el arte de dominar el tempo narrativo, consiguiendo que un ritmo, por lento que sea en función a las exigencias de la historia, no implica una pérdida de interés por parte del público, y pocos directores hay capaces de aguantar la mirada del espectador, pero más importante, la atención, durante dos horas y media. Esa facultad, unido a su rigor como cineasta, provoca que momentos como el plano de espaldas de Luis Tosar donde sin verle la cara adivinamos toda la furia interior del personaje al comprobar la traición de su mujer, o el momento en que el personaje que encarna Gong Li descubre con un destello de la placa de Sonny Crockett, que éste es en realidad un policía, nos devuelve la esperanza de aunar buen cine y consumo en una sola película. De hecho quizás Shyamalan, Fincher y Soderbergh en una faceta más cínica, sean los únicos capaces de aunar con acierto estas dos características que la gente se empeña en que caminen paralelas en lugar de complementarse. Por suerte las fugas poéticas que Mann se permite y coexisten en Corrupción en Miami, no desentonan en modo alguno con el tono de la película.
El único problema con el que la película se encuentra de cara es su pretensión. El film queda atrapado en una especie de limbo al debatirse entre dos opciones sin pertenecer a ninguna de ellas, conteniendo factores de ambas. Sin entrar en la profundidad del grupo de películas más "artísticas" de Mann como Ali o El dilema, ni llegar a la madurez de género de El último mohicano o Heat, Corrupción en Miami encalla en tierra de nadie al sobresalir por encima de la media de películas de entretenimiento que se producen hoy en día, pero sin alcanzar el grado superior, no alcanzando ninguno de los dos estatus, siendo ése el mayor defecto en cuanto a su ubicación o calificación ya que por estas mismas razones se escapa de un movimiento, género o tendencia concreta y puede llegar a crear confusión y/o injusta desilusión en todo aquel espectador que busque ver otra versión de S.W.A.T., por ejemplo.
Por suerte, Mann ha vuelto a demostrar porqué es uno de los mejores cineastas en activo y ratificado la devoción de sus entusiastas al conseguir que una película de este calibre jamás se le vaya de las manos. Y es que el guionista, productor y director, ha pasado a formar parte del grupo de cineastas como Spielberg, Shyamalan o Almodóvar, que siendo plenamente conscientes de su madurez como creadores cinematográficos, ya no harán nunca una mala película. Y eso, es mucho. |
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