Érase una vez en el Oeste
Aunque parezca mentira y más propio del "print the legend" cinematográfico que suele acompañar a las grandes obras, sí es cierto que la gran mayoría de las grandes joyas del séptimo arte suelen surgir por un cúmulo de circunstancias concretas enmarcándolas en un espacio y tiempo determinado que una vez acabada, pasa a formar parte del infinito, de la memoria popular, del Olimpo cinematográfico... e incluso de los estudios que algunas revistillas de cine hacen sobre lo mejor de las décadas.
En el caso de la película de Sergio Leone, en contraposición con su megaproyecto anhelado y postergado hasta 1984, la mastodóntica y maravillosa Érase una vez en América (Once Upon a Time in America, 1984), Hasta que llegó su hora constituyó un cúmulo de deliciosas casualidades y hechos forjados por el destino que desembocaron en una de las películas más míticas dentro de la memoria del espectador.
Construida como contrapunto y finalización a la archifamosa trilogía del dólar que rodó durante la década de los 60, y que le lanzó a la fama además de inaugurar y crear lo que se conoce como el "spaghetti-western", Leone decidió iniciar su nueva trayectoria artística hacia lo que sería la construcción y concepción de un mundo y un país que le fascinaba. De este modo, América se convertiría en el centro gravitatorio de su giro artístico estableciendo una nueva trilogía que se inicia con la presente película, continúa con la aceptable Agáchate maldito (Giù la testa/Once Upon a Time... the Revolution, 1971) y culmina con el fresco impresionante mencionado unas líneas más arriba.
Amante absoluto del cine americano en general, y del western y del maestro Ford en concreto, Leone explota en el largometraje la riqueza y complejidad que alcanzó en El bueno, el feo y el malo (Il buono, il brutto, il cattivo, 1966), estableciendo un cambio radical con las películas anteriores. Si bien la trilogía del dólar se caracterizaba por su tono árido y seco, duro, directo y sin concesiones, la presente película es un canto alegórico al western, un poema de amor cinematográfico a todas las grandes obras que nos han acompañado desde el inicio del cinematógrafo. El cineasta construye una enorme declaración de pasión y devoción enmarcándola en una gran obra épica que bascula hacia la lírica demostrando una vez más que el western es algo mucho más profundo que los consabidos tópicos entre vaqueros e indios.
No resultaría desacertado afirmar sin rubor que éste es el cenit autoral de su director, la cumbre de su carrera, aunando todos los elementos que elevan la cinta hacia el panteón que se merece. En primer lugar porque nunca en una película de su director, los personajes habían estado tan desarrollados y tan consonantes con el espacio en el que interactúan. Siendo su guión una curiosa mezcla de cine social policíaco, thriller, venganza y western (no en vano viene firmado por Sergio Donati, Dario Argento, Bernardo Bertolucci y el propio Leone), la película alcanza las dosis más complejas que su autor demostró en toda su filmografía. Por otra parte, el dominio de lenguaje cinematográfico y la excelente conjunción en la utilización de los elementos cinematográficos al unísono conforman un armónico círculo donde cada pieza encaja suavemente, sin chirriar.
Empezando por los personajes, Leone consigue elevar los tópicos hasta llevarlos a su terreno y moldearlos para obtener unos matices que por ejemplo no consiguió en su trilogía del dólar. Desde el bandolero Cheyenne (interpretado por un magnífico Jason Robards), un bandido con conciencia que al final toma partido frente al malvado Jack por haber traicionado su concepción del mundo que se acaba y termina, ese tono crepuscular que empezó a surgir en esa década, donde el western pasó a ser una elegía, un epitafio, tal como demostró John Ford y su Liberty Valance o sobre todo Sam Peckinpah, con quien Leone comparte más de una inquietud y similitud. Por otra parte tenemos a Frank, interpretado magistralmente por un inquietante Henry Fonda. Frank supone el villano por antonomasia, la falta de escrúpulos pero que esta vez cambia porque se siente a gusto con los nuevos tiempos que corren y ve que el poder en el futuro no estará regido por la pistola sino por las butacas de los despachos. Jill, una descomunal y bellísima Claudia Cardinale representa la prostituta que acude al Oeste en busca de una nueva vida, y la hallará en torno al ferrocarril que se está construyendo. El papel de Jill como eje central y catalizador de toda la acción sobre la que circundan los personajes representa a la perfección la voluntad del cambio y la fuerza interior. Será su particular historia de amor con cada uno de los protagonistas y su correspondiente reciprocidad lo que desatará el avance de la acción. Por último Armónica, un sorprendente Charles Bronson que representa el hombre sin nombre que vive buscando saciar su venganza. Leone lo representa y lo define valientemente haciéndole expresarse a través de su armónica, lo que acentúa su hierático y fantasmal carácter. De hecho, todos los personajes son espectros que pertenecen a un mundo en decadencia. Unos representan al pasado y otros al futuro, ninguno al presente. De hecho, cuando Armónica sacie su venganza matando a Frank, su existencia no tiene sentido alguno por lo que se marcha. Cheyenne por su parte, partirá sin el amor de Jill, y ésta se quedará sola junto al ferrocarril, símbolo de progreso que continúa su construcción, como América, a pesar de las pequeñas historias que en ella perviven (Peckinpah de nuevo asoma su alargada sombra).
Leone se preocupa en mostrar esto a través de una voz rota, triste pero épica, como demuestra por ejemplo la llegada de Jill en el excelente movimiento de cámara que la sigue elevándose a través de la estación con la música de Morricone resonando, o la primera aparición de Frank y sus secuaces con los guardavientos —igual que fantasmas—, haciendo levantar los pájaros y el viento (esa épica de nuevo), en un escenario como Monument Valley, un símbolo para los cinéfilos que con sus grandes y vacíos paisajes simbolizan todo el vacío interior de unos personajes que se saben condenados porque pertenecen a otra época, a otro mundo. Al compás de la excepcional banda sonora de Ennio Morricone (y más profunda de lo que parece puesto que creó un tema para cada personaje que los acompaña, los precede y los define), Leone desafía y salva con nota el difícil examen de sortear el fácil sentimentalismo para ahondar en un perfecto lirismo que, como ocurre en las mejores películas, parecen suspendidas en el tiempo sin importar el país de procedencia o el año de su realización.
Plagada de secuencias memorables que pertenecen a los recuerdos más entrañables, como ese inicio mudo, toda una lección de cine, donde a modo de homenaje, Leone recuperó a Woody Stroode, Jack Elam y Al Mulock, dejando clavado al espectador en su butaca, la primera aparición de Jack, asesinando a sangre fría a un niño o el excelente duelo final, tras este Érase una vez en el Oeste, al western le llegó su hora. |