Cuando en 1967 Seijun Suzuki emprende el rodaje de Branded to Kill (Koroshi no rakuin) tiene en su haber ya cuarenta y dos películas y el éxito de público y crítica en su país, quienes ven en él a un director moderno con un estilo visual muy propio y novedoso. Es capaz de rodar cuatro películas al año y aún así seguir interesando con su cine. Sin embargo, no será hasta la década de los sesenta cuando comience, realmente, ha asentarse su estilo y a conseguir una apreciación más internacional (la cual, sigue hoy en día en expansión). Pero mediada la década también tendrá problemas con la productora: su anterior película, Tokyo Drifter (Tôkyô nagaremono, 1966), rodada en color y con un tratamiento del mismo muy interesante, había sido un cierto fracaso, al menos ante los ojos del director de la productora; le exigen que para su siguiente película sea más modesto, y les entrega Branded to Kill, que supondrá su despido.
Por tanto, Branded to Kill puede verse como una película importante en la trayectoria de Suzuki, al menos por todo aquello que la rodea. En cuanto a sí misma, y a tenor del resto de películas que he podido revisar de Suzuki dentro de su extensa obra (más de cincuenta películas y muchas de ellas casi inaccesibles; algún día habría que hablar de la capacidad de ciertos directores japoneses para producir tantas películas), puede decirse que es una obra que encierra el mundo visual de Suzuki, y, por eso mismo, supone una película complicada de ver para quien no tenga alguna referencia anterior del director.
A primera vista, Suzuki, dado su revolucionario concepto del cine, poco tiene que ver con los integrantes de la nuberu bagu, el equivalente japonés a la nouvelle vague francesa o el free cinema inglés, y a directores como Susumu Hani, Nagisa Oshima, Shohei Imamura, Hiroshi Teshigahara, Susumu Hani o Yasuzo Masumura. Si bien es cierto que todos ellos, al igual que sus epígonos europeos pero desde otra concepción diferente del cine, vienen a romper en la década de 1960 con los modos tradicionales del cine, Suzuki lo hace desde una postura diferente. Es posible que su constante introducción en el cine de gángsters, esto es, en un cierto cine de género y, además, desde una postura de cine B, le aparte de una concepción crítica a la alta, como a tantos directores que se han movido por los subgéneros les ha ocurrido. Y también es posible que Suzuki, a pesar de todo, no llegue a estar a la altura de los anteriores directores, sin embargo, posee un estilo visual tan personal que le hace único.
Pero, como decía, Branded to Kill puede que no sea la película más apropiada para acercarse al cine de Suzuki. Se trata de una película cuya trama argumental es tan endeble y desastrosa, más o menos como en casi todas sus películas, que podría confundir al espectador, no sabiendo en momento alguno si está ante una película seria o una tomadura de pelo. Y razón no le faltaría, puesto que Suzuki siempre se mueve por un terreno que suele denominarse bizarro, donde el humor negro marca la pauta de todo el relato; es necesaria una mirada atenta a su cine, en general, y a la película, en particular, para ver que, en realidad, es una de sus señas de identidad. Además, es una de las características que más han absorbido aquellos directores que han manifestado estar influenciados, con mayor o menor profusión, por Suzuki, como Jim Jarmusch (cuyo cine habría que revisarlo al completo desde el humor implícito en todas sus películas), Takeshi Kitano, John Woo y, cómo no, Quentin Tarantino.
Si a ese sentido bizarro de las situaciones y los personajes se les añade la manipulación espacio-temporal con la que juega Suzuki, el desconcierto puede ser mayor —en este sentido, Jarmusch supo sacarle partido en su espléndida Ghost Dog (1999)—. Hay un sentido del montaje caótico, o aparentemente caótico, donde nada parece encajar. De alguna manera, puede decirse que el cine de Suzuki es como un puzzle, donde todo está desperdigado pero, tarde o temprano, acaba encontrando su lugar para dar sentido al todo. Pero hasta ese momento, se debe de seguir la película atendiendo a lo particular, olvidándose de lo general. Disfrutar de cada secuencia y tenerla en cuenta como tal para, más adelante, ir uniéndola al resto. Hay que olvidar, en la medida de lo posible, el intentar seguir la lógica tradicional de la narrativa para adentrarse en los recovecos de la trama, ir dejándola deslavazarse por sí misma sin intentar por uno mismo ordenarla, porque, entonces, la simplicidad de la propuesta puede producir un desconcierto enorme.
Ahí se encuentra, a día de hoy, una de las grandes lecciones que una película como Branded to Kill sigue aportando. Aunque lejos de la perfección de gran parte de los maestros de la década de 1960, las películas de Suzuki vienen a mostrar que el cine puede ser un arte perceptivo antes que inteligible, que en ocasiones es más que suficiente con disfrutar de aquello que se ve sin intentar encontrar tras las imágenes dobles significados. Si una de las grandes aportaciones del conjunto de nuevos cines que surgieron entonces fue la de vindicar el cine como medio artístico con un lenguaje propio y una idiosincrasia particular, Suzuki se encuentra entre quienes mejor lo entendieron, aunque sus películas nunca poseyeran ningún tipo de interés didáctico.
La posibilidad de narrar una historia donde el concepto espacio-temporal se diluye, dando paso una concepción mucho más amplia, y eso dentro de la simplicidad de aquello que se narra, convierte Branded to Kill en una propuesta muy actual. Su revisionismo del cine de gángsters, modelado a través de ese concepto de lo bizarro y lo extremo, posee mayor interés si se le une a la manipulación que hace a través del montaje. Las idas y venidas en el tiempo, secuencias que parecen no tener sentido y no encajar con el resto, dan a la película un aire experimental muy grato. Gracias a ello, no realiza un revisionismo intelectual o cinéfilo, sino que busca antes una exploración por el tiempo y el espacio, consiguiendo, entonces, que la simplicidad de las tramas adquiera un mayor espesor, dejando claro que a través del lenguaje cinematográfico es posible aportar un mayor sentido a aquello que se cuenta. |
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