Jean Rouch: Ciné-plaisir
En la nota preliminar a "Las Ciudades Invisibles", Italo Calvino señala refiriéndose a su libro que éste "se discute y se interroga a medida que se va haciendo", este concepto encaja perfectamente con la propuesta de Jean Rouch en esta Pirámide Humana, aun cuando sus resultados estéticos disten mucho de los tejidos de filigrana sugeridos por el escritor italiano. Una propuesta, por tanto, que se inclina desde su punto de partida por un cine de la experiencia (de la que surge y forma parte al mismo tiempo) frente un cine de la reproducción (en base a una serie de planteamientos previos férreamente establecidos: guión, storyboard, diseño de producción...) generalmente impuesto como modelo a seguir y que en esta década de los sesenta que nos ocupa, sufrirá sus más profundas dimisiones.
En Abidján, capital económica de Costa de Marfil, Rouch se propone investigar sobre la realidad social de las relaciones entre jóvenes africanos y europeos. El método a seguir es sencillo: lo primero que hace Rouch es trasladar esta proposición a sus destinatarios naturales. Así, cuando el film comienza, vemos al director francés charlar primero con unos jóvenes europeos y luego con sus equivalentes africanos, todos ellos pertenecientes al mismo Liceo (el Instituto Francés de Abidján) y sentar con ellos las bases de la experiencia cinematográfica a desarrollar. Una vez puestas ambas partes de acuerdo el siguiente paso será reunirlos a todos y plantear en común el objetivo y los derroteros argumentales por los que discurrirá el film, pero dejando la suficiente libertad de maniobra a sus protagonistas sin haber escrito un guión previo (de lo que se asombra Nathalie); de este modo serán los propios personajes los que construyan sus diálogos y acciones en base a ciertas premisas dadas [1]. Rouch actúa por tanto como detonante y observador del conflicto, sin imponer sus decisiones al grupo, pero sin permanecer al margen: su implicación es tangible y honesta desde el momento en que decide incluirse a sí mismo en la película como parte integrante de la elaboración de la misma, en tanto que realizador y coordinador de esfuerzos.
A partir de este sencillo planteamiento el film avanza lógica y admirablemente. A una situación de los jóvenes europeos le sucede una equivalente de los africanos o viceversa. Si unos discuten sobre la dificultad de relacionarse con "el otro", aquéllos hacen lo propio. De este modo la película progresa imbuida por su propia inercia "discutiéndose e interrogándose" y cada escena presentada a los espectadores ha sido valorada previamente por sus protagonistas que decidirán el camino a tomar en consecuencia [2].
Del planteamiento inicial en dos grupos opuestos que se observan y se estudian, reacios al contacto, derivaremos hacia un único grupo integrado por muchachos y muchachas de los dos continentes. Una escena admirable por su sutileza y efectividad es aquella en la que dos de los chicos (uno africano, europeo el otro) interesados por la música, pasan el rato tocando la guitarra. El modo clásico en el que toca uno de ellos frente al ritmo mucho más libre del otro habla de sus diferencias, pero los estilos a priori irreconciliables terminarán fundiéndose en una única pieza.
Dentro del grupo, dos serán los centros catalizadores de la estructura dramática: por un lado, Nadine una atractiva chica europea recién llegada a Abidján que será cortejada por varios de los chicos (blancos y negros) del Liceo y que precisamente por ello será la fuente de casi todos los conflictos. Por otro, Denise una chica africana más preocupada por sus estudios y la situación política de su país, que demostrará ser más madura que sus compañeros. Rouch confiere a estos dos "personajes" mayor importancia presentando sus pensamientos mediante voces en off que nos acercan a su intimidad, ofreciendo las claves del film y que al mismo tiempo le sirven para otorgar unidad a unas imágenes rodadas la mayor parte de las veces sin sonido sincrónico. A estas dos voces hay que sumarles la del propio Rouch-cineasta que intervendrá en momentos destacados del film.
La lógica racionalista del film (su origen etnográfico y documental) estará contrarrestada y apoyada a un tiempo, si esto es posible, por bloques de secuencias en los que la vibrante explosión de verismo e inmediatez amateur lo aproximan a un cine de la experiencia, mucho más sensitivo que intelectual. Así, al recordar este film, en lugar de su conflictivo planteamiento dramático [3] o su arriesgada propuesta formal, se nos aparece siempre, por el contrario, ese instante fugaz sin importancia alguna, pero absolutamente decisivo: el rostro de una chica montada en bicicleta, el baile festivo de una joven africana o un barco varado en la playa azotado por el viento y las olas. El halo poético, bendecido por el poema de Paul Éluard [4] que da nombre al film, surca el metraje otorgándole una belleza imborrable, fruto directo de la relación de ida y vuelta que el cineasta establece con sus colaboradores y protagonistas, cine-placer que aúna experiencia y descubrimiento; llegando a cobrar, en muchas ocasiones, más importancia que el propio resultado del film, el proceso que lleva hasta él y que lo envuelve, como el propio Rouch indicará en su intervención final.
Es curioso como partiendo del mero interés etnográfico (motor de sus primeros films Bataille sur le grand fleuve, Les maîtres fous...) que le lleva a África con el objeto de documentar su descenso del río Níger, Rouch llegará a ser una figura decisiva del llamado cinema-verité, pese a estar siempre sus películas atravesadas por un mordaz gusto por la ironía y la filiación surrealista (especialmente visibles en sus films de la década de los setenta junto a sus amigos africanos con los que formará el "grupo" DELAROUTE), y llegando incluso a ser una de las figuras más influyentes en la "imagen" de los films de la Nueva Ola [5].
A su paso por Barcelona en 2003 un octogenario Jean Rouch se dio "a conocer" a jóvenes universitarios y cinéfilos en varias charlas. En todas ellas hacía hincapié en la voluntad amateur de su dedicación al cinematógrafo, descomponiendo una y otra vez el término en su esencia: "amateur"—como aquel que ama lo que hace—. El cine, la experiencia cinematográfica, como acto de amor. Rouch decía que sólo se debería hacer cine cuando "tú y tus amigos queráis hacerlo". Pero al mismo tiempo, rechazaba la inmediatez de las modernas cámaras de vídeo si su uso no implicaba la reflexión como acto previo al momento de la grabación —condición indispensable, aunque a algunos parezca olvidársele, cuando se rueda en cine, aun con la única compañía de una pequeña cámara de cuerda de 16mm, como hacía Rouch—.
Revisando las imágenes de La Pirámide Humana uno puede percibir claramente el singular trazo cruzado entre lo reflexivo, lo espontáneo y la evidente sensación del disfrute personal y no se puede dejar de pensar qué sucedería hoy si se estrenase un film como éste, con sus verdaderas imperfecciones formales, su imprecisa pero bellísima fotografía, su falta de sincronía en los diálogos... hoy día en que hasta los productos más vivos parecen recién extraídos de una cadena de montaje.

[1] A este respecto José Luis Guerín habla de una "Puesta en Situación" como método de trabajo, frente a la tradicional "Puesta en Escena".
[2] Uno de los puntos álgidos del film será el visionado del material rodado hasta el momento por sus protagonistas, acompañados por Jean Rouch, que incidirá en el descubrimiento de cada chico de su "yo interior" en la pantalla.
[3] El tratamiento de la situación política africana o el racismo, eran temas candentes en la época. Cassavettes con Shadows y Rouch con La pirámide humana, coinciden en el tiempo con similares planteamientos formales (los dos films se jactan de ser "improvisados") e interés social tratado siempre desde la perspectiva de las relaciones personales.
[4] De Éluard se toma el título del film y la excusa dramática que lo articula, presentes en las primeras líneas del poema La Piramyde Humaine: «A l'école, elle est assise devant moi, et quand elle se retourne pour me demander la solution d'un problème, innocente, ses yeux me confondent.»
[5] Quizá Rouch y Franju sean dos de las figuras "en la sombra" más influyentes para los nuevos cineastas franceses de los sesenta. Godard tomará gran parte de los hallazgos de Moi un noir ya para su À bout de souffle, y la Chronique d’un été codirigida entre Jean Rouch y Edgar Morin, será un claro referente para Chris Marker o para el Godard de Masculin-Feminin. Además, en esta Pirámide Humana, podemos intuir los planteamientos dramáticos y formales tan gratos al Éric Rohmer de La coleccionista.
|