Los hijos de Marx y la Coca-Cola

París 1965. Chantal Goya / Madeleine viste abrigo azul y bufanda de grandes rayas horizontales, graba singles de música pop, admira a Sylvie Vartan y Françoise Hardy. Jean-Pierre Léaud / Paul  bebe refrescos de cassis, llena los muros con consignas revolucionarias, prefiere a Bach y está enamorado de Madeleine. Godard se pregunta ¿cómo debería ser un film sobre la juventud? su respuesta es Masculin-Feminin, film-encuesta de trazo sociológico en el que la 'Historia' (de nuevo: París 1965) se entremezcla necesariamente con las 'historias' inmersas en ella (Paul y Madeleine); recurrente obsesión godardiana que traza recorridos de lo particular a lo general, de lo íntimo a lo global situando en un mismo plano de interés la guerra de Vietnam o el modo en el que se maquilla una chica.

En el libro "Introducción a una verdadera historia del cine" [1] cuando se ocupa de este film, Godard citando de memoria a Brecht, señala: «Tras las dificultades de subir a la montaña, cuando se desciende de nuevo, llegan las dificultades de la llanura» y sitúa la cima simbólica de ese ascenso en Pierrot le fou y Masculin-Féminin, su película inmediatamente posterior [2], será el inicio de sus dificultades de la llanura. Esto es así porque Godard, sin dejar de buscar nuevas vías expresivas en cada una de sus películas, culmina con Pierrot la exploración del territorio desconocido y comienza a partir de entonces a establecer sus campamentos en los lugares más fértiles del recorrido. Masculin-Féminin sorprende por su absoluta libertad formal y la pasmosa precisión a la que ésta conduce; integrando con facilidad registros, tempos e intereses dispares. Un film de aliento absolutamente joven que determina, por el contrario, la madurez creativa de Godard, quien tras diez largometrajes y numerosos cortometrajes en tan sólo seis años de carrera [3], demuestra nuevamente su inventiva y capacidad de generar un film partiendo de una base mínima [4] y rodado además en tan sólo quince días.

Con la excusa del amor imposible entre Paul y Madeleine desde su encuentro casual en una cafetería hasta la patética muerte de Paul, se conjuga una narración a base de sketches, de exposición de ideas, a modo de anotaciones sobre la juventud y sus relaciones afectivas  que  alcanza la modernidad a través de cierto gusto primitivista en su puesta en escena (vía Griffith y Keaton). Godard establece un discurso en el que su voz y presencia se siente tras la cámara en cada instante, rebosante de curiosidad por las criaturas filmadas. Los chicos y chicas tomados casi siempre en parejas son "entrevistados" y posteriormente integrados con toda naturalidad en el discurso de ficción. Su búsqueda es casi 'entomológica': cómo es un chico, cómo una chica; cuáles son sus intereses; el sexo, la política y quizá, el amor. Sobre la oposición de caracteres masculinos y femeninos trabajará una escueta línea dramática: Paul y Madeleine, su amor, sus intereses dispares y la muerte haciendo aparición a su alrededor e invitando la relación al fracaso.

Godard hace surgir lo irreal —la ficción, los personajes— del entorno real, tomado en bruto, con el que trabaja —espacios y situaciones preexistentes que toma e integra en su discurso—. En sus propias palabras situar "un objeto llamado real en relación con los objetos o los sujetos llamados irreales". Momento relevante de esta proposición cuando Paul, con la excusa de estar trabajando para un servicio de encuestas parisino, entrevista a Mademoiselle 19: una especie de miss, de chica ejemplar escogida por una revista de moda. En encuadre fijo y la voz fuera de campo de Léaud (en sustitución de la voz del propio Godard, como ya hiciera en Vivre sa vie en el encuentro entre Nana y Brice Parain) la inocente muchacha, acorralada con la ilusión de estar participando en un film de la nouvelle vague, se asombrará al tener que responder a preguntas sobre la guerra del Vietnam, los métodos anticonceptivos o la lucha de clases. Hoy que se continúa hablando (y hasta la saciedad, me temo) sobre la mezcla de géneros y el trasvase de información entre lo documental y lo ficticio, echar la vista atrás a esta película de 1966 hace resaltar a nuestros ojos actuales la absoluta frescura de la propuesta (heredada directamente de Jean Rouch y germen de los ciné-tracts del '68) sin sentir de ningún modo la rigidez de los planteamientos teóricos, de la que suelen adolecer en numerosas ocasiones sus descendientes actuales.

Masculin-Féminin es un film-ensayo que tiende a la eliminación progresiva de la figura central del protagonista, de la excusa dramática, pero que se resiste todavía a abandonar por completo los cauces de la ficción y que preludia la vía formal que tomará Godard a partir de Deux ou trois choses que je Sais d’elle con la brechtiana presentación de Marina Vlady como "actriz encarnando a un personaje". Pero aquí, la ficción aún se deja notar y la eterna melancolía y pesimismo de Godard hacen acto de presencia imprimiendo una desesperada vitalidad al conjunto e imposibilitando de paso, la felicidad de Paul, condenado como tantas otras criaturas godardianas a una trágica y patética muerte [5]. Las luces de los anocheceres en las calles de París nunca habían resultado tan melancólicas como en esta película (lanzando otro cabo que recogerá el propio Godard años después en Éloge de l’amour y sus imágenes nocturnas). Película intensa, rica en meandros y sugerencias, puente entre dos de las múltiples orillas que componen la obra de Godard y quizá una de las más modestas de su autor, que pasa como de puntillas en su filmografía pero resultando a la postre, una de las más excitantes.

[1] Transcripción de una serie de charlas del cineasta en Canadá. Introducción a una verdadera historia del cine. Jean-Luc Godard. Ediciones Alphaville (1980).

[2] Con el intermedio del skecth Montparnasse-Levallois del film colectivo Paris vu par…

[3] Desde el estreno de Al final de la escapada.

[4] La base "dramática" de la película se encuentra en dos relatos de Maupassant al parecer irreconocibles en el resultado y que rápidamente fueron desechados en favor de la lógica impuesta por el propio film.

[5] Las conexiones con la Nana de Vivre sa vie y el Belmondo de À bout de souffle o Pierrot le fou son numerosas.

Por Ángel Santos Touza
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