«Seis mujeres para un asesino es una de las obras maestras de Mario Bava y un ejemplo de libro, si es que alguna vez ha habido alguno, de cómo rodar un filme de terror en color».
Tim Lucas, director de la revista 'Video Watchdog'.

Cuando se nombra a Dario Argento, se le suele añadir la invariable coletilla de padre/inventor del giallo, el thriller a la italiana. Sí y no. El director romano es el responsable del desarrollo y sublimación de los principales rasgos estilísticos del subgénero, gracias a filmes como El pájaro de las plumas de cristal (L’uccello dalle piume di cristallo, 1970), Rojo oscuro (Profondo rosso, 1975) o Tenebre (ídem, 1982), pero tuvo una guía inmejorable: los planos maestros que le legó su amigo y mentor Mario Bava en Seis mujeres para un asesino (Sei donne per l’assassino, 1964).

Tras flirtear con el suspense clásico en La muchacha que sabía demasiado (La  ragazza che sapeva troppo, 1963) y el primer capítulo del filme episódico Las tres caras del miedo (I tre volti della paura, 1963), siempre con su inimitable toque transalpino, Mario Bava se sacó de la manga una nueva vuelta de tuerca que se convertiría en la piedra de toque de un género que en ese momento todavía no había nacido, el citado giallo. El maestro, de eso no hay duda, volvería a repetir la jugada años más tarde con Bahía de sangre (Reazione a catena, 1971), el padre de todos los slasher, y de la saga de Viernes 13 en especial, pero eso es otra historia...

foto

Una casa de modas de alta costura, un grupo de modelos con muchos secretos que esconder, un elenco de personajes masculinos a cual más culpable y retorcido, un diario desaparecido que todos buscan y un asesino sin cara pero con mucha imaginación son los elementos de los que se valió Bava para construir Seis mujeres para un asesino, un castillo de naipes cuyo argumento se derrumba al primer soplido —como buen giallo que se precie— y en el que lo más importante no es la investigación detectivesca sino la puesta en escena de los asesinatos y la creación de ambientes terroríficos.

El filme es Mario Bava en estado puro: siniestras villas y vetustos palazzos romanos, personajes tan atormentados como podridos por dentro y un sentido de la estética irreal, casi onírico, que se basa en una iluminación muy teatral —con colores básicos— y una dirección artística barroca, donde el tono de la sangre hace juego con el de los maniquíes, las alfombras persas y las cortinas de terciopelo.

Siete cadáveres en hora y media de metraje, lo que equivale a una media de uno cada 12 minutos, más o menos. Y es que en este filme importa tanto la cantidad como la calidad de las muertes, a cual más original y retorcida —un guantelete medieval con pinchos, una estufa al rojo vivo, una inmaculada bañera blanca que acabará roja...—, siempre desde la perspectiva del año 1964, claro está. A la luz del número y de la puesta en escena de los asesinatos, manchada con algún que otro toque de erotismo, no es de extrañar que la película se censurara en muchos países y que hasta la llegada del DVD no se haya podido disfrutar de ella en toda su sangrienta y completa gloria technicolor.

Como se ha mencionado antes, los cadáveres son para Bava más importantes que los personajes vivos, que se limitan a ser una mera colección de estereotipos con los que avanzar la trama por las situaciones típicas del género, bueno, típicas a simple vista porque en el giallo nada es lo que parece y sus directores escriben derecho con renglones torcidos y manchados de sangre. Lamentablemente, la falta de lógica narrativa y el rocambolesco desenlace de las investigaciones policíacas tan habitual en los gialli tira para atrás a muchos aficionados al thriller tradicional que, si se olvidaran por un rato de las convenciones y la coherencia, podrían disfrutar de este género italiano como lo que es: una montaña rusa de escalofríos donde la estética pesa mucho más que la narración, reducida a una simple excusa con la que hilvanar momentos terroríficos.

foto

Aunque Seis mujeres para un asesino sea una película relativamente desconocida para el gran público actual, su huella se puede rastrear no sólo en incontables gialli, sino en muchos de los thrillers americanos y europeos que vinieron después, algunos tan recientes como Sé lo que hicisteis el último verano (I Know What You Did Last Summer, Jim Gillespie, 1997) o Un San Valentín de muerte (Valentine, Jamie Blanks, 2001). Como curiosidad, el personaje sin cara de Dick Tracy (ídem, Warren Beatty, 1990) es físicamente un calco del asesino que tantos desvelos provocó a las jóvenes modelos, tal es el impacto que todavía tiene el filme de Bava.

Por Daniel G. Rojo
cartel