Apología del arribismo

¿Qué decir de El apartamento? Ríos de tinta han corrido desde su estreno en 1960. La crítica a favor ha sido unánime, excepto en el momento de proyectarse por primera vez, cuando un sector de opinantes la tildó de «repugnante», «carente de estilo o de buen gusto» e «inmoral, es decir, deshonesta». Pecata minuta en el recuento global de juicios, pero comprensible si nos atenemos a lo que la sociedad estadounidense considera(ba) buena moral. Y es que el tema se las trae: un simple oficinista ejerce de alcahuete con sus jefes, dejándoles su apartamento por unas horas para que consumen el adulterio a cambio de un ascenso en la compañía de seguros donde trabaja. Mirándolo bien quizá sí sea un tema inmoral, aunque en manos de Billy Wilder y I.A.L. Diamond, el guión de El apartamento es una amalgama perfecta de drama y comedia, hilvanado todo ello con hilo de pescar y sus correspondientes anzuelos.

Como muchos sabrán, la idea de la película proviene de Breve encuentro (Brief Encounter, 1945), de David Lean, donde Alec y Laura tienen un fugaz encuentro en un apartamento que les deja un tercer personaje. Sin embargo, todo el romanticismo contenido en la cinta británica se desvanece en esta ocasión en favor de una crítica mordaz a las relaciones de pareja y al arribismo salvaje. Ahí tenemos a C.C. “Bud” Baxter (Jack Lemmon) haciendo horas extras en la oficina o esperando en la fría noche a que se apaguen las luces de su habitación; ahí aparece el semblante risueño de Fran Kubelik (Shirley MacLaine), máscara que oculta la inconveniencia de enamorarse siempre de hombres casados que no dejarán a su mujer. Dos auténticos payasos metidos en el pellejo de unos fracasados en los lances amorosos, víctimas de un sistema mercantilista de los sentimientos, más interesado en ir por el camino fácil que en forjar una auténtica unión.

Baxter es un hombre de ciencias, no se preocupa por el porqué de las cosas, sino por cuadrar las cuentas, de la empresa de seguros y de su agenda de visitas a su casa. Es la versión moderna del John Doe americano, sencillo y sin grandes preocupaciones, que cambiará el chip mental al darse cuenta de las injusticias que se cometen. Su salvación será Fran, la ascensorista simpática de la empresa, liada con el jefe Sheldrake (Fred MacMurray), precisamente quien debe autorizar el ascenso de Baxter. Hay una clara diferencia entre las plantas inferiores y las superiores del edificio de la «Consolidated Life»: en la planta baja el hormigueo de personal es constante —la puesta en escena es deudora del film de King Vidor ...Y el mundo marcha (The Crowd, 1927)—, y los codazos y envidias están a la orden del día; las plantas nobles, en cambio, son un remanso de paz y pulcritud. Pero, ¿qué ambiente está más emponzoñado? ¿El que intenta subsistir en la competición o quien se aprovecha de la necesidad del Oompa Loompa de turno para medrar o divertirse a su costa?

Normalmente se ha encuadrado la película dentro del género “comedia dramática”, al combinar la causticidad de Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, 1959) con la desventura de Días sin huella (The Lost Weekend, 1945). No busca la carcajada, sino la complicidad del espectador para con sus personajes. Aun así, la historia peca de cierta irrealidad al decidirse Fran por Baxter —decidirse no en el sentido de entregarse en cuerpo y alma, sino en el de hablar y escucharse mutuamente—. Cierto es que la chica ha sufrido mucho —ella cree que ha alcanzado su límite de angustia e intenta suicidarse—, pero Baxter no es ni mucho menos el hombre ideal: un ser simplón como pocos, alcohólico ocasional y cuyo impulso vital son los trepas intereses pecuniarios no parece que se acerque a ningún prototipo de hombre maravilloso. Por mucho que Baxter renuncie al último puesto que se le ofrece, ello no supone la expiación de sus pecados, más bien un momento de lucidez en la cumbre de su ascenso.

En el haber de la película, sin embargo, quedan momentos inolvidables para el imaginario colectivo: la oficina interminable ideada por Alexander Trauner, la fotografía en blanco y negro de Joseph LaShelle en formato panorámico, lo corrosivo de algunas situaciones —atención a la comparación entre la borracha del bar en Nochebuena con Marilyn Monroe—, el ir y venir de llaves, la tupida agenda de Baxter, los extrañamientos del doctor Dreyfuss y señora, la cama siempre caliente, el billete de cien dólares, el espejo roto y la hoja de afeitar,... Momentos y miradas llenas de tristeza y mezquindad, de ilusión y apasionamiento, como sólo Billy Wilder supo hacerlo.

Por Josep Marín Barber
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