De repente, el último fin de semana

Presentación o intento de disculpa

De Hitchcock se ha dicho mucho, sobre todo él. Truffaut metió la patita por debajo de la puerta y el orondo inglés nos abrió a todos los portones principales del paraíso del conocimiento. Por eso intentar teorizar o aplicar luz a la oscuridad (o vicervesa) en este tema es complicado. Tanto como explicar lo inexplicable y nuestro miedo a ello (y al superyó y hasta al yo que tanto conocemos.) Pero el conocimiento siempre va unido a lo inexplicable mientras queramos que siga funcionando la maquinaria. Y si no ya tenemos el libro de Truffaut y la obra de Hitchcock. Todo lo demás es la traducción exacta del título de una película de Woody Allen.

Ornitología y humanidad

Hitchcock es, además de uno de los mejores directores de la historia, uno de los analistas del ser humano más implacable, oscuro y contundente, todos un bon vivant que miraba mal y acertaba,  un católico atormentado que, en lugar de suicidarse, cogía a sus personajes y les regalaba toda las cuerdas, todo el veneno y todas la venas que necesitaran para hacerlo. Sus personajes, como ganado sin marcar, como animales perdidos en su defensa, como McGyver sin jefe, qué coño, sabían zafarse de la muerte segura que tan segura les esperaba a sus espectadores. Caminos para escapar que el señor había inextricablemente construido para atajarse: el vértigo, la psicosis, el frenesí. Evolución sin duda de la sospecha, el tormento y la sombra de toda duda. En definitiva, el hecho cinematográfico, el arte de Bergman, Lang, Tarkovski o Bresson. Y el de Chaplin, Keaton, Cocteau y Aldrich.

Lo importante siempre será el qué, el por qué es más secundario. Porque  todo estaremos de acuerdo si llegamos a la conclusión de que es inútil explicar porque los pájaros atacan a las gentes de ese pueblo de observadores de la vida de los demás que viven o no viven en Bodega Bay. De la profesora despechada, la niña repipi, el borracho que por una vez dice la verdad, la vieja que quiere creer la suya

 (la de los libros), el bruto, el débil, la madre de todos los corderos y la abuela de todos los pájaros. De todos los que se apoyaron en el cable telefónico (y el hilo dental) para desde allí observar su propia vida. Años después, una mujer desde un faro y una estación radiofónica, consiguió salvar al mismo pueblo de los fantasmas de su pasado. Pero esa es la misma historia. Lo que pasa es que aquí no se puede hacer nada porque a veces el humano no puedo hacer nada y eso hay que comprenderlo como lo comprendió Hitchcock. De repente llega el último fin de semana y todas las historias que están empezadas se terminan de la misma forma. Ese es el mayor terror que puede asediar nuestras vidas de espectadores secundarios. Gerard Lenne decía algo sobre eso pero el libro está descatalogado y no lo he podido encontrar.

Puntos de partida y de fuga

Una chica pija y guapa, valga la redundancia, se introduce en un mundo que no le pertenece motivada por un juego (el juego es más atractivo que la redención vontrierana de ese culebrón para gafapastas titulado Dogville) al que ella cree saber jugar. El mus de las rubias, que son guapas, que son rubias y que son pijas. La seducción que quien la rechaza. En este caso un abogado que parece un carnicero que se parece a Rod Taylor. A la chica la acompaña unos pajaritos que se comportan bien ya que son los únicos a los que se les ha domesticado con unos barrotes de hierro, una ración de alpiste y una casa con terraza. Como ella, que sale en los periódicos y todo de lo domesticada que está. Creo que estos datos bastan para ponernos en situación.

Los mecanismos del caos

Los pájaros es una obra maestra, digámoslo ya. Es compendio y síntesis, síndrome y sintaxis de la filmografía completa del maestro de Leytonstone. Es el resumen de todas las historias y la historia de todos los resúmenes: 1- Los pájaros están dentro de la cabeza y fuera. 2- La cabeza la guardamos en la jaula de cristal de la inconsciencia. 3-El método empírico nos hizo mucho daño, querido Watson.

Es compendio porque todas sus obras están presentes en este catálogo de obsesiones y hallazgos. Es síntesis porque están todas en una. Está el héroe un poco estúpido y la rubia de la que se enamora tras haberlo provocado todo o no. Está la ingenuidad y la suspicacia habitando bajo un mismo techo. Está las circunstancias que son capaces de destruir el plan más perfecto. Hay una soga, una sospecha, un falso culpable y una muerte que te pica en los talones. Hay una señora atormentada, hay una trama hecha por los personajes secundarios, la sombra de una duda, una cortina rasgada y un hombre que sabía demasiado poco. Están las neuras, está el horror y está la gran escapada de nuestros propios miedos. Algunos mueren y otros se salvan. Están en una casa con una madre rara y seres vivos muertos.

Es síndrome de su cine más enfermo e incomprendido porque es principio de un arte más obsesivo y sin concesiones que dejó obras maestras como Marnie, la ladrona, Frenesí o La trama y otras menores, aunque gente que sabe más de esto que yo digan que no (Topaz o Cortina rasgada.) Es el síndrome que sigue al primer síntoma, of course, la magistral y única Psicosis.

Y es sintaxis porque nadie como el inglés comprendió que quizá  sin esqueleto no se puede vertebrar nada, que las sensaciones sin sensores son “eau de boutade”, que para volar hay que tener alas o al menos cielo o ser persona. Para Hitchcock el lenguaje es la única forma de comunicarnos y el cinematográfico la única manera de trascender a los otros lenguajes. La planificación, el tempo narrativo y la puesta en escena son las letras y lo son desde el guión hasta el rodaje hacia la pantalla. Coger una comedia rosa (primera escena de la película) y convertirla en una nihilista oda al terror (la última escena) se consigue intentando hacerlo, teniendo la certeza de que mover las piezas puede cambiar el significado del juego. Un mediodía soleado de viernes en la concurrida San Francisco nos lleva a empujones hasta una desolada noche de domingo en un pueblo abandonado a su suerte llamado Bodega Bay. El itinerario es el camino que sólo se hace una vez, durante un buen mal rato  y te deja exhausto.

Luego está esa forma de disponer el tiempo dentro de las dos horas que dura la película. Como conseguir que la música que vas poniéndole al trayecto te haga llegar al final queriendo escuchar más música. Esto del tempo viene a ser lo mismo que el planteamiento y la puesta en escena pero en otra unidad diferente del sistema métrico. Hitchcock sabe utilizar los silencios de Bernard Hermann (lo que no es óbice para que cree una de las bandas sonoras más escalofriantes de la historia) para que todo suene en el momento preciso con la intensidad conveniente. El primer ataque de la gaviota a Tippi Hedren casi cuando está llegando al embarcadero, es el ejemplo claro de cómo mover los hilos. Lo que hasta ese momento era  una rara historia de amor de esas que son sólo posible en las películas (ella va a buscarlo, ella hace que la vea, él corre hacia ella, se van a encontrar y a darse el primer muerdo) se convierte en un inquietante punto de partida.

Las estrategias del miedo

Los pájaros no tienen buenas intenciones y lo hemos visto, que es casi tan importante como que no en el cine de terror. El climax vendrá en este caso por el número de actantes no por ser un animal enloquecido o fuera de sitio como podía pasar en otras obras maestras del terror que vinieron detrás de ella: Tiburón (Jaws, 1975, Steven Spielberg), Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979, Ridley Scott)  o La cosa (The thing, 1982, John Carpenter). El punto de inflexión de la normalidad será sólo una avanzadilla, un kamikaze, un representante autorizado,  no la extrañeza o la oscuridad o las dos cosas, sino la representación carnal (y conocida) de la normalidad transmutada. La falta de explicación es la mayor estrategia para hacernos desconocer todo lo que hemos aprendido en la vida y en el cine, en un aula iluminada o en una sala oscura, con maestrillos con sus librillos y con subrayadores agotados, feos y aburridos. Hitchcock daba una lección cada vez que se ponía tras la cámara, nos enseñaba a olvidar lo aprendido y a abrir bien los ojos y el cerebro. Siempre lo hizo y en Los pájaros además estaba inspirado. La escena en la que Tippi Hedren está esperando en la puerta de la escuela, fumando un cigarro y mirando a cámara mientras los pájaros se van concentrando poco a poco tras su espalda es un ejemplo de su forma de actuar. El espectador sabe lo que está pasando mientras el personaje pierde el tiempo tontamente ante nuestra vista. Eso nos enerva por partida de doble y eso aumenta el desasosiego que nos alimenta. Luego el ataque y la forma de rodarlo en 1963 sin apenas efectos especiales y con la única ayuda del talento a disposición del cine y no al revés.

Matar un pájaro de dos tiros

Hitchcock conseguía crear un referente y al mismo tiempo una obra maestra de la planificación, el tempo y la puesta en escena, una filosofía de la imagen imitada hasta la saciedad, un aprovechamiento de recursos encaminado a hacer más preguntas y no proporcionar tantas respuestas. ¿Por qué atacan los pájaros? ¿Realmente le importa a alguien?

Por Manuel Ortega
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