Docilidad impuesta

«Luego dobló metiéndose por una lengua de árboles y matojos donde ya no le pude ver, ni pude ver a nadie, y entonces conocí la soledad que siente el corredor de fondo corriendo campo a través y me di cuenta que por lo que a mí se refiere esta sensación era lo único honrado y verdadero que hay en el mundo, y comprendí que nunca cambiaría, sin importar para nada lo que sentía en algunos momentos raros, y sin importar tampoco lo que me digan los demás.» (Alan Sillitoe: «La soledad del corredor de fondo»)

Colin Smith (Tom Courtenay) es un joven ocioso y airado, delincuente ocasional y el hijo mayor de una familia de bajo estatus de Nottingham. Vemos pronto que se queda huérfano de padre (Peter Madden), y que su madre (Avis Bunnage) no espera a que se enfríe el cadáver para meter en casa a su amante (Raymond Dyer). Acto seguido, madre e hijo se dirigen a la empresa en la que trabajó su padre toda la vida para cobrar el seguro, momento que aprovecha Colin para rechazar el trabajo que le ofrece el patrón, tildándolo de explotador. La pequeña fortuna será dilapidada en gastos superfluos y en una escapada con su amigo y sendas novias a la costa. En el transcurso de la excursión su chica Audrey (Topsy Jane) le exige que consiga un trabajo para seguir adelante con la relación. Pero Colin no quiere amo que le domine, y con su compañero Mike (James Bolam) roban con nocturnidad y alevosía en una panadería; pero como son viejos conocidos de la policía, un día de lluvia Colin es descubierto con el botín en casa.

A modo de resumen, esta ha sido la vida de ‘Col’ antes de entrar en el reformatorio. Ese ingreso es el momento elegido por Tony Richardson y Alan Sillitoe —autor del relato en que se basa el guión escrito por él mismo— para iniciar la acción del film. De esa institución sólo saldrá Colin para correr campo a través; los espectadores, en cambio, sí huiremos esporádicamente gracias a los flashbacks que ilustran lo expuesto en el párrafo anterior.

Gracias al apadrinamiento del director del reformatorio (Michael Redgrave), Smith se levanta al despuntar el día y corre por los bosques cercanos al centro; esta dinámica forma parte del entrenamiento de cara a la competición atlética que se celebrará contra otros colegios privados. Hablo de apadrinamiento, pero no de favoritismo descarado. Expliquemos esto. Antes de llegar Smith, el candidato a obtener la gloria en la competición de cross era Stacy (Philip Martin). Gracias a esa aureola de potro ganador, Stacy era el ojito derecho del director. Pero aparece Smith, y a las primeras de cambio supera a Stacy en la carrera. Ahora los parabienes son para el recién llegado y la pelea de gallos no tarda en ocurrir. A resueltas de ello, Stacy huye cual rey destronado y Smith padece rechazo y la envidia de sus compañeros. Todo acercamiento al poder tiene un precio.

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   Tanto Tony Richardson como esta La soledad del corredor de fondo se adscriben al movimiento cultural denominado Free Cinema, versión británica de la Nouvelle Vague francesa. Igualmente a él pertenecen los escritores Alan Sillitoe, John Osborne o Doris Lessing; o los cineastas Lindsay Anderson, Karel Reisz, Jack Clayton o John Schlesinger. La sentencia «Lo que de verdad importa es la actitud, pues de ella nace el estilo» sintetiza a las claras lo que pretende el Free Cinema. Pormenorizando las constantes, y sin ánimo de ser exhaustivos, tenemos una crítica al puritanismo y al clasismo inglés; la constatación de la caída del imperio británico, la marginación e inadaptación social de ciertas personas y colectivos en las grandes ciudades; unos protagonistas de clase obrera con una vida del todo mecanizada y alienada, seres anónimos que no se conforman con lo que tienen, inconformistas en suma, que chocarán con las autoridades competentes al intentar cumplir su propósito.

Extrapolando estas características al film en cuestión vemos a las claras la relación entre opresores y oprimidos. Del lado de los opresores tenemos al gerente de la fábrica donde trabajaba el padre de Colin, representante del poder empresarial; al politicastro de turno con su perorata televisiva sobre la grandeza del imperio británico y su cerrazón a las influencias norteamericanas; a la policía encargada de limpiar las calles de elementos subversivos; y a los gestores del internado/cárcel, donde tratan de reeducar al numerario Smith. En contra de este poder establecido están el enfermo padre de nuestro héroe, que quedó tocado de muerte al combatir sindicalmente por mejoras laborales, y el propio Colin, que se mofará del político por su lenguaje incomprensible, jugará al gato y al ratón con la policía, y se burlará de quienes intentan obtener provecho de él y redireccionarlo a la buena conducta ciudadana.

¿Permanece vigente el discurso de La soledad del corredor de fondo medio siglo después de su aparición? Por supuesto que sí. El escenario mundial ha cambiado completamente. Si por entonces Gran Bretaña estaba perdiendo sus colonias, hoy en día los vestigios de esa política colonizadora se han convertido en ansias de globalización por parte de las potencias y medios de comunicación. Cualquier atisbo de contestación es acallado de manera fulgurante por las autoridades y medios afines que, aprovechando que la realidad es poliédrica, persuaden al ciudadano de a pie para que comulgue con la situación que a ellos más les conviene. Esta praxis de instruir al ciudadano, de desinformar, se ha asentado definitivamente, y la desobediencia ya no se castiga tanto con medidas correctivas para el individuo, sino con herramientas legales e informativas que sumen de nuevo a la ciudadanía al estado de dócil obediencia. Todos somos corredores de fondo, pero no se engañen, por mucho que huyan el sistema les absorberá, hasta las curvas del recorrido están vigiladas.

Por Josep Marín Barber
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