La gloria de Francia

Pocos directores tienen en su haber cinco obras maestras en un periodo de tiempo tan corto como cuatro años y ninguno menos conocido y/o considerado que John Frankenheimer. En ese periodo, que abarca desde 1962 a 1966, el recientemente fallecido director neoyorquino dirige el inolvidable drama carcelario El hombre de Alcatraz (Birdman of Alcatraz, 1962), los, hoy imposibles en EEUU, thrillers políticos de marcado corte progresista El mensajero del miedo (The Manchurian Candidate, 1964) y Siete días de mayo (Seven Days in May, 1964), la terrorífica cinta de anticipación científica cercana a los universos de Philip K. Dick Plan diabólico (Seconds, 1966) y esta cumbre del cine bélico que nos ocupa. Casi nada al aparato, oigan.

Nos encontramos en los últimos días de la ocupación nazi de Francia y a un coronel alemán se le ocurre la idea de aprovechar al máximo el poco tiempo que les queda llevándose las obras de arte más importante de Paris (Gauguin, Picasso, Degas, Van Gogh, Matisse, Miró...) hasta su país. Pero hete aquí que el funcionario encargado del ferrocarril donde éstas irán (magnífico como siempre Burt Lancaster) es un miembro secreto de La Resistencia que ha de evitar que el tren llegue a su destino, ya que los aliados están en camino para desalojar a los nazis. Y aquí empieza el juego, el tira y afloja, la prueba contrarreloj entre los que quieren hacer llegar la locomotora y los que quieren sabotear esa llegada sin que los cuadros corran peligro. Y paradójicamente el encargado de ambas misiones es el mismo. El conflicto está en que sabemos quién ganará la guerra pero no quién se llevará esta batalla.

Cuando en Europa las formas se imponían al contenido y la revolución de los auteurs se fundamentaba sobre todo en el arte por el arte (no desprovisto de un sentido político, demasiado dogmático y metafórico quizá) en EEUU la llamada Generación de la Televisión apostaba por un cine de contenidos comprometidos con una realidad problemática y preocupante donde la guerra fría, el peligro nuclear y conflictos como el de Vietnam hacían que se plantearan muchos presupuestos hasta esos días inamovibles. Eran otros tiempos, Kennedy parecía dispuesto a cambiar muchas cosas, la caza de brujas empezaba a quemar a los inquisidores, el código Hays era sobrepasado sin ningún rubor Y El tren es prueba de ello, la contraposición entre los héroes (Lancaster y los resistentes) y los villanos (Scofield y los nazis), entre el arte (los pintores) y el mercantilismo (los nazis odian esas cosas modernas pero saben que tienen entre manos millones), entre la democracia y la tiranía, entre la Francia que sabe que esas obras de arte representan la identidad, el valor y la vida (la gloria de Francia) y la Alemania cuyo absurdo y siniestro sueño imperialista no acaba ni viendo el final presente. Frankenheimer representaba a los EEUU que creían en el cine (el séptimo arte) como identidad, valor y vida y no al que hoy nos gobierna imbuido en un absurdo y siniestro sueño imperialista.

Todo servido con un sentido de la narración que no ahorra detalles (los planos-ídem para cerrar escenas son marca de la casa ya sean a unas monedas o a un reloj) pero que sí sabe limar todo lo sobrante (129 minutos sin apenas tiempos muertos), un hálito mítico y épico que devuelve a la guerra el sentido romántico que antaño tuviera, una planificación que bebe con sentida devoción de Orson Welles al que Frankenheimer siempre admiró sin medias tintas, un riesgo a la hora de rodar hermosas escenas cargadas de violencia y dificultades que lo separan bastante de otros miembros de su generación que siguieron amparando su trabajo en el cine en los modos y formas que habían empleado en televisión. Además se carga al secundario más gracioso y con mayor empatía (impagable, inmenso Michel Simon) transcurridos sólo 45 minutos, lo que demuestra bien a las claras que en las mangas no se oculta ningún as. Incluso en sus peores películas Frankenheimer jugó limpio, imagínense en esta maravilla.

Más especialidades de la casa; su desquiciada (en el buen sentido de la palabra) puesta en escena con personajes en primer término que a pesar de ello no entorpecen la profundidad de campo, sino que añade matices; sus escenas de acción, limpias e imaginativas, que son un ejemplo perfecto de caligrafía cinematográfica [1]; su parte final que demuestra que quien es capaz de resolver una escena brillantemente sabe hacerlo también con el desenlace de una película.

Una lección de ética y de estética, de ética social y comprometida, de estética sombría y serena, de un director que auguro que el futuro rescatará del pasado para hacerle la justicia que a pocos meses de su muerte aún no se le adivina.

[1] Hay un rumor en Hollywood que dice que Frankenheimer es el padre de Michael Bay. Esto que aquí expongo creo que es una prueba clara e irrefutable de todo lo contrario.

Por Manuel Ortega
cartel francés