número 55 • OCTUBRE 2006
Empezamos por el final, ya que hemos perdido un poco el compás. Se clausura Sitges, como ya va siendo habitual estos últimos años (El dragón rojo, Creep, 11:14, Una historia de violencia…) con una producción norteamericana con todos los a prioris a favor: buen reparto (Edward Norton, Paul Giamatti), interesante argumento fantástico (la historia de amor entre un mago y la prometida del príncipe de Inglaterra) y... la banda sonora del siempre sobresaliente Philip Glass. Hablamos de The Illusionist (2006), del realizador, para mí desconocido, Neil Burger, cuya puesta en escena, digamos anodina (plana, correcta o formalista serían adjetivos perfectamente intercambiables), cede todo el protagonismo a sus intérpretes y a la irregularidad del guión. Película simpática y fácilmente olvidable, The Illusionist ni desagrada ni convence, vaya, un producto de consumo digerible siguiendo la línea del gran número de películas que se estrenan cada semana en nuestras salas.

Sigamos con un peliculón: Exiled del por aquí muy apreciado realizador hongkonés Johnny To. El año pasado To nos fascinó con Election, un thriller policíaco cuyo enjambrado argumento se resolvía con una puesta en escena milimétrica de las sucesivas secuencias de alto voltaje que poseía el film. Con Exiled (Fong juk, 2006), To estiliza su mirada a través de la historia de un grupo de yakuzas que deciden rebelarse contra su capo tras negarse a asesinar a un excompañero y amigo suyo de la juventud. Si en Election las referencias circundaban alrededor de los nombres de Scorsese y Coppola, en Exiled el referente es uno mucho más tajante: Sam Peckinpah, hasta el punto de que Exiled se podría considerar un remake no acreditado de la total Grupo salvaje. Para que este comentario sea totalmente cierto, posiblemente a Exiled le falta suciedad, sabor a pólvora y a hueso quebrado, pues la película posee dejes efectistas que hacen que se pueda emparentar el film con un musical; para que se me entienda mejor, tiene guiños del mejor John Woo, el de The killer y Una bala en la cabeza. Trazada en prácticamente sólo tres secuencias, donde To vuelve a demostrar un dominio de la construcción narrativa apabullante —para mejor información: no dejéis de recordar el arranque de Breaking News, uno de los mejores del cine contemporáneo asiático—, donde los tiroteos, coreografiados como auténticos ballets, no sólo no dejan respiro al espectador, sino que contienen un magnífico equilibrio entre violencia y comedia, de esa que tanto gusta a los vibrantes espectadores de este festival.
El año pasado vimos una película simpatiquísima cuyo estreno comercial —como el de Election, por cierto— pasó de forma anodina por nuestra cartelera. Se trataba de Sky High de Mike Mitchell, película en la que se narraba la convivencia entre humanos y superhéroes como algo común, dando pie a un seguido de anécdotas argumentales de lo más variopinto. Pues bien, algo parecido hemos visto este año: Fido (2006), del realizador Andrew Currie, sólo que intercambiando a los superhéroes por zombis, sí, por muertos vivientes. Alejándose así de la estética de terror habitual de estas producciones —es más, por luz y color, se podría hablar de una estética similar a la que usa John Waters, sin nada que ver en lo argumental, de hecho, si me pongo a pensar, hubiera sido infinitamente más interesante la película si la hubiera dirigido el realizador de Pink Flamingos—, para convertir el film en una comedia familiar, donde existe la suficiente mala leche como para retratar una sociedad norteamericana cargada de prejuicios sociales. Fido triunfa en el retrato de esta pequeña comunidad de vecinos al despertar el catetismo de la población media norteamericana, hasta el punto que el espectador toma pleno partido por los zombis, que aparecen aquí más humanizados que los verdaderos humanos. Posiblemente le falte más mordacidad al film, y desde luego, más mala baba, pero siendo un producto para el gran consumo, incluido el público infantil, no creo que se le pueda pedir más a esta peliculita sin ningún tipo de pretensión.
Una película de animación dentro de la sección oficial siempre anima a este cronista demasiado quemado por la falta de sueño, la mala alimentación y el bolsillo en quiebra tras intentar sobrevivir en una de las ciudades más caras de Cataluña. Sin embargo, y aunque entre parte del público despertó cierta simpatía, no considero Princess (2006), del realizador danés Anders Morgenthaler, un film especialmente notable. De nuevo partimos de una idea argumental muy sugestiva: la vendetta de un párroco contra la industria del porno tras la muerte de su hermana, una estrella del género. Además de asesinar a media productora tiene el deber de hacerse cargo de su sobrina, una niña que presenta indicios de maltrato y de haber sido forzada a la prostitución. El equilibrio moral es tan frágil que acaba cayendo en unos excesos sin la suficiente gracia, o la suficiente seriedad, para que la película sea aceptable a un nivel ético decente. Visualmente no presenta grandes hallazgos, ni siquiera en la combinación de imagen real/imagen animada, y sólo funciona en los sangrientos actos que el excura va procurando a sus enemigos. La carga dramática de la película acaba desintegrándose y sólo funciona como un entretenimiento discutible, sin acabar de funcionar en ninguno de sus niveles narrativos.

Termino con una sorpresa del festival, y de las buenas: Borat: Cultural Learnings of America for Make Benefit Glorious Nation of Kazakhstan (2006), de Larry Charles, proyectada en la sesión sorpresa del último día del festival (cuando, por cierto, todo el mundo esperaba ver el último De Palma, rumores...). Película trash, indecente mokumentary, escatología a cascoporro, Borat es la recreación de la aventura de un kazajistanés en Estados Unidos, que se halla realizando un documental para estudiar a la marciana sociedad norteamericana. Mezcla de Jackass, La hora chanante, South Park y los programas de reporteros desquiciados, el film deja en evidencia a supuestos transgresores del cine-entrevista como Michael Moore o Morgan Spurlock. Borat es un vómito hacia el buen gusto, un ataque con saña hacia la sociedad norteamericana donde el humor de trazo grueso es tan bestia que acaba siendo irresistible. El impagable protagonista, al parecer una estrella de la televisión norteamericana, consigue hacer del absurdo y el mal gusto un arte, llevando sus acciones más allá de cualquier límite accesible, su capacidad para bañarse en lo fétidamente correcto es algo exasperante. Posiblemente la película acabe pareciendo excesiva, pero es que, ¡lo es y mucho!, pero como en eso radica el discurso, en un retrato de excesos para peor gloría de los norteamericanos (no hay nadie que salga bien parado) totalmente descacharrante.
A.G.C.
Comienza a llover de verdad. Tormenta el miércoles por la noche, tranquilidad engañosa las primeras horas de hoy y a mediodia nueva descarga, esta vez bastante molesta porque al ser día festivo la afluencia de público ha aumentado considerablemente y las colas en los cines han sido importantes. Se han sumado a la fiesta lo más reciente de cineastas habituales del certamen durante los últimos años como Johnnie To (hablaremos de sus dos films presentados el sábado; por cierto que según se cuenta es probable que vuelva a ser premiado por Exiled, que entra en concurso), Kim Ki-duk (no he oído ni un solo comentario positivo de aquellos que han podido verla), Mamoru Oshii y Kiyoshi Kurosawa.
El tercer largometraje de Darren Aronofsky, The Fountain (que en España parece que llevará un título mucho más evidente La fuente de la vida) persigue un objetivo que ya estaba presente en las dos anteriores películas del joven realizador, la interesante pero fallida Pi (1998) y la excesiva pero espléndida Réquiem por un sueño (2000): la comprensión de la existencia a través del conocimiento interior. Y si en esos anteriores trabajos sus protagonistas fracasan en esa ambiciosa búsqueda, Tommy Creo (Hugh Jackman), en cambio, aunque no consigue su propósito inicial de salvar la vida de su mujer, Izzi (Rachel Weisz), sí alcanza a descubrirse a sí mismo, al menos a entenderse mejor. Relato construido en tres tiempos y espacios distintos (el presente real, el pasado proyectado a través de la novela de aventuras mitológicas desarrollada en España escrita por Izzi, y el futuro espiritual), The Fountain es un película de una poética visual y musical (de nuevo Clint Mansell construye una partitura admirable) magnética, la cual permite a Aronofsky ciertas licencias narrativas, que adopta innecesiaramente tics del cine contemporáneo, y sobre todo una abundanete carga de simbolismos no siempre adecuados que en ocasiones vulgarizan la esencia del film, apasionante en verdad y de una inaudita densidad, que es muy de agradecer encontar en un tiempo actual que desprecia aquello que no está asociado con la rápidez o inmediatez. No creo que Aronofsky sea pretencioso por querer reflexionar acerca de temas profundos; tal vez le haya salido una película un tanto ingrávida en términos globales con respecto a sus elevados propósitos, pero también es verdad que posee elementos de fulgurante belleza.

No conocía el cine de Kiyoshi Kurosawa antes de ver el que, por el momento, es su último film, Retribution / Sakebi (2006). Presentado en la sección 'Orient express' dentro de la pequeña retrospectiva dedicada al cineasta japonés, Sakebi es una historia de fantasmas incrustada dentro de los códigos del género thriller los cuales se van trasmutando, confundiendo con los del género de terror, metodología que Kurosawa parece haber seguido en más de una ocasión. El resultado es sugestivo pero inevitablemente desigual al no convivir satisfactoriamente ambos tonos durante todo el relato, en parte por falta de arrojo en la puesta en escena (aunque en conjunto ésta sea apreciable) y en parte por la inestable composición de la historia (cfr. el personaje del psiquiatra). El hecho de que los primeros y últimos minutos de la película, aquellos en los cuales están bien establecidas las marcas génericas, sean los más convincentes parece desdecir las voces que definen a su director como un cineasta que pervierte los géneros. En cualquier caso, esperamos poder ahondar más por nosotros mismos en el cine de Kiyoshi Kurosawa y entender como ha ido evolucionando. Cualquier otro comentario, hoy por hoy, está de más.
Isolation (2005), de Billy O'Brien es un film de terror que tiene una base carpenteriana y un tratamiento cercano al vulgar thriller con asesino psicópata o monstruo con capacidades de destrucción masiva: una granja en un poblado irlandés bastante poco paradisíaco, cinco personajes más bien antipáticos y un ente biológico con un ciclo vital muy poco amistoso, son los únicos elementos en escena. Suficiente para montar una historia típica de género con el único propósito de sobresaltar a los espectadores y de paso entretenerles. Es una lástima que el planteamiento haga pensar en un John Carpenter (al que se cita en numerosas ocasiones, en especial al final con la participación del perro-cosa), pero el transcurso de la aventura, el desenlace y el tonto epílogo remita más bien a Viernes 13 o Mandíbulas, por citar dos ejemplos completamente inofensivos. La amenaza de Isolation proviene de un fallido experimento genético, más o menos creíble e incluso científicamente riguroso que proporciona el soporte necesario para construir la película; también una lástima porque se podría haber sacado más provecho a esta inquietanta premisa. Pero no todo son lamentos, ya que el film funciona a un nivel, primario eso sí: esas imágenes malsanas, oscuras y pútridas que rellenan toda la historia, no sólo en la caracterización del bicho, también del entorno y de los propios personajes (todos de una pieza por cierto); las elipsis del principio que mantienen cierto suspenso por lo que ocurre (aunque se "ve venir"); el sonido que hace al detonarse la pistola para sacfrificar animales...
Fido (2006) parte de una idea curiosa y divertida: los zombies están controlodos por los humanos que se sirven de ellos como criados, ayudantes e incluso amantes (sic); en realidad es la empresa ZonCon la que se encarga de "abastecer" de zombies a las familias que económicamente puedan permitírselo (en un momento de la película se habla de cuántos zombies tienen una u otra familia como muestra de su posición social). Aqui empieza y acaba el interés de la película, que tenía todas las posibilidades para ser una mordaz visión del mundo capitalista, una aguda digresión social y una irreverente comedia. Empero Fido, incluida en la sección a concurso 'Fantàstic' y dirigida por Andrew Currie, se decanta por el chiste facilón, inane y una contradictoria corrección formal (no vaya a ser que momentos como el de los repelentes niños-zombie vaya a molestar a alguien), que aniquila toda la carga vitriólica que se intuye existe en el sustrato del texto, y que sobre todo unos espléndidos Dylan Baker y Henry Czerny sí demuestran haber captado. En esta ocasión no sólo falla la puesta en escena, de parca inventiva, también el libreto, que se queda en la superficie. Signo de los tiempos.

El cine de Mamoru Oshii, como ya sabrán aquellos que hayan leído las crónicas de ediciones pasadas del festival, no es precisamente santo de mi devoción: aunque valoro sus habilidades técnicas y de diseño, encuentro notables carencias en su manera de narrar y no me acaba de interesar lo que cuenta. En este sentido Tachiguishi retsuden (Amazing Lives of the Fast Food Grifters, 2006) me ha sorprendido, si bien es cierto que el resultado sigue estando muy lejos de la excelencia. Ante todo esta película debe entenderse como una experimentación a todos los niveles, en la que Oshii desvela un interés por investigar unos mecanismos narrativos y visuales, hasta ahora (por lo que he visto) totalmente ausentes de su obra, o si se prefiere, ahogados por otras preferencias de índole visual y a lo sumo conceptual. El film fracasa, en principio, porque no es capaz de enlazar convenientemente el torrente de historias y explicaciones de la voz en off con el entramado audiovisual; además Oshii ha preferido un proyecto de larga duración como experimento, que una pieza de ensayo de duración considerablemente menor, opción sin duda más asequible e inteligible. Con todos sus defectos, lo cierto es que Tachiguishi retsuden es una película cuya condición de rareza artesanal y su soprendente (y convincente) discurso social e ideológico le confiere un poderoso sentido, y hace de ella una pieza estimulante, de un valor en la obra de Oshii aún hoy indecible. Para acabar, me gustaría destacar un aspecto que se me antoja muy importante para comprender el film en su totalidad, independientemente de valoraciones posteriores: la voz en off es prácticamente continua durante los 104 minutos que dura el film y, obivamente, en lengua japonesa; la proyección vista es una copia con subtitulos en inglés, siendo los subtítulos en español electrónicos, lo que significa que se leían en el panel inferior a la pantalla, dificultando aún más todavía el seguimiento del film: ¿si supiera japonés y no hubiera necisitado leer los subtitulos tendría otra impresión de la película?, ¿alteraría algo a la obra que se doblara la voz en off?, ¿ayudaría a comprenderla mejor?
J.D.C.
Día fructífero del festival en el que hemos visto Black Book tras la entrega del premio por toda su carrera a Paul Verhoeven (que en su speech no ha sido tan previsible como suele ser habitual, aunque se tenía bien aprendido el guión para agradar a los espectadores: ha citado Los señores del acero varias veces y es que se rodó en España), recuperado el film de Miike Big Bang Love, Juvenile A (la proyección fallida del pasado domingo se ha trasladado al jueves de madrugada) y disfrutado de la jornada en líneas generales gracias al estupendo tiempo que está haciendo (no ha vuelto a llover, y además fue más bien agradable cuando apareció la lluvia el fin de semana) y al buen sabor de boca con el que nos hemos marchado (no me resisto a adelantarme a mi compañero y destacar que el film del director holandés es una película notable, con una narración ágil y enérgica que recupera una forma ya no muy habitual y a veces muy agradable de contar historias; poco importan sus molestos tics y concesiones, como la floja y a ratos irritante partitura).
Como comenté ayer, del creador y realizador de "Paranoia Agent", Satoshi Kon, se presentaba por la mañana en la sección 'Anima´t' su último largometraje: Paprika (2006). Desconozco los dos anteriores trabajos cinematográficos de este cineasta japonés, Millennium Actress (2001) y Tokyo Godfathers (2003), no obstante en relación al resto de su obra (colaboraciones en diseños, animaciones y libretos con Katsuhiro Otomo, Perfect Blue —1998— y la mencionada serie de televisión) Paprika viene a ser un punto de reunión de ideas, conceptos e intereses. Por un lado desvela más que ninguna otra de sus películas como director la influencia de Otomo (lo apunto como un dato destacable, no como reproche), por otro acusa un exceso de manierismo presente sobre todo en los diálogos (característica muy habitual en el anime), y por último en buena lógica sirve para hacerse una idea del alcance de su obra. Los sueños vuelven a ser de nuevo (es un tema que parece interesar cada vez más: por ejemplo el film de Gondry visto hace un par de días, también gira sobre el mismo tema; incluso ambos empiezan dentro de un sueño aunque son propuestas divergentes) los protagonistas en un escenario hipertecnológico, en el que unos ingenieros están desarrollando un dispositivo (que recuerdan de alguna manera a los reproductores de Días extraños) que permite visualizar y grabar lo que soñamos (sic). El film está magistralmente animado (nada soprendente viniendo de Kon y del estudio Madhouse), contiene numerosos aspectos interesantes (el diseño de los sueños, el sustrato paranoico que hay detrás de la historia, la composición de imágenes inquietantes: pienso sobre todo en Himuro y los rostros incrustados en extraños cuerpos...) y es fácilmente disfrutable. Ahora bien, la historia resulta algo confusa (tampoco sorprende) y Kon somete la narración a su apabullante sentido visual, que no siempre es el más idóneo.

Big Bang Love: Juvenile A (2006) es una de las películas más insatisfactorias de Takashi Miike. El director de la excelente Odishon (primera de sus película estrenada en cines en España) es un cineasta de probada eficacia en el género fantástico y de terror, donde quizás ha sacado mayor rendimiento a los proyectos (más o menos personales) que ha tenido entre manos; no obstante ha realizado todo tipo de películas poniendo de manifiesto su versatilidad (y en vilo la aplicación de la férrea política de autores). En su vertiente más abstracta tiene películas tales como Izo (excelente a pesar de ser más un film explosivo y excesivo que reflexionado y profundo), Visitor Q (una fábula moral, que deambula entre lo alucinante, lo extremo y lo grotesco) y ahora esta mediocre y pretenciosa película, que si no es del todo despreciable es debido principalmente al agradecido sentido del humor del realizador. A partir de una premisa que podría dar lugar a un thriller o un drama carcelario, Miike construye una digresión sobre la muerte y la existencia (tampoco lo tengo muy claro), ayudándose de una narrativa quebrada que, sorprendentemente, se sustenta muchas veces en el subrayado y lo redundante. Tampoco las soluciones de puesta en escena (demasiado caótica como para extraer conclusiones claras) están logradas o son eficaces: escenografía a medio camino entre el teatro y lo visto en Dogville, fotografía plagada de colores cálidos, planificación con abundantes primeros planos... Tal vez lo más llamativo sea la opción escogida para escenificar los interrogatorios: entrevistados contestan a cámara —subjetiva, es la perspectiva de los policias que realizan la investigación— a las preguntas sobreimpresionadas en pantallas, a veces con la imagen congelada.
Right at Your Door (2006) gira en torno a un supuesto que si parece pertubador es porque verdaderamente podría llegar a ser posible: a primera hora de la mañana, cuando la gente se desplaza a sus trabajos, a la universidad o al colegio, Los Angeles sufre un ataque terrorista: en varios lugares estratégicos estallan artefactos explosivos, que originan una nube de gas tóxico que pone en alerta a toda la población a menos de treinta kilómetros del centro de la ciudad. Relato minimalista centrado en un matrimonio (Brad y Lexi, interpretados con solvencia por Rory Cochrane y Mary McCormack) que vive en las afueras, progresa agónicamente en su descripción de las horas y luego días que la pareja pasa (con la compañía temporal de otras tres personas) llena de incertidumbre y dudas (Brad se ha encerrado en la casa siguiendo las recomendaciones difundidas por los medios para no tener contacto con el gas; su esposa permanece todo el tiempo fuera del espacio protegido). El tratamiento del debutante en la dirección Chris Gorak es efectivo en líneas generales, si bien su condición de guionista parece mejor perfilada que su labor de puesta en escena (en general escoge opciones válidas, aunque discutibles —la mareante cámara que emplea para seguir a Brad cuando sale en busca de Lexi—; en todo caso carga todo el peso en el texto y puntualmente en la fotografía y decorados), circunstancia que cortocircuita el seguimiento de la película pasada la mitad del metraje (también con menos duración el resultado sería más equilibrado). Right at Your Door es una buena muestra, a pesar de ser un film primerizo en todos los sentidos, de cómo el miedo se puede manifestar de diversas formas, de la fragilidad en la que nos encontramos ante situaciones que superan nuestro conocimiento (nunca se sabe a ciencia cierta qué ha pasado; los personajes solamente tienen noticias a través de los noticiarios radiofónicos). Del desenlace con sorpresa aún no sé qué lectura se obtiene, pero imagino varias, alguna ética e ideológicamente reprobable.
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Con muy buenas críticas de su première en Venecia ha llegado a Sitges la última, y muy esperada, película de Paul Verhoeven, presente en el festival para recibir el correspondiente homenaje. Black Book (2006) significa el retorno a Europa del realizador, cuya última película por estos lares fue la brutal Los señores del acero, esta vez con un film de espionaje de corte clásico, cuya historia se desenvuelve en la Holanda dominada por los nazis. Verhoeven opta por una épica clásica, un thriller de suspense que evoca tanto a los films de espías de Fritz Lang —observación acertada de mi compañero José David Cáceres—, como a las obras de suspense de Alfred Hitchcock. Quizás sorprenda a priori la opción formal, comedida, calculada, por momentos prácticamente perfecta, de un cineasta con tendencia a la sublimación de lo obsceno con el más lacerado y brillante de los gustos. Por eso Black Book se desenvuelve en varios niveles dramáticos, de los que sale victorioso en la mayoría; cobrando especial riqueza la ambigüedad de prácticamente todos los personajes, cuya riqueza en la descripción moral acaba por dibujar un retrato de la guerra (la humanidad) realmente pesimista. La maldad humana (así como la bondad) anida en ambos bandos de la contienda, tan desquiciados los unos, tan sufridores los otros. Así mientras la trama nos atrapa con su asfixiante suspense, Verhoeven va trazando la crónica de una historia que tuvo muchos más vencidos que vencedores. Los tics autorales del realizador desaparecen para dar entereza a una trama alejada de los excesos en su filmografía americana, a algunos les podrá parecer comedido en exceso, y quizás tengan razón, pero como el resultado es una película pluscuamperfecta, un retorno a una manera de narrar ya erosionada del panorama cinematográfico, la verdad es que no sólo es de aplaudir, es de elogiar hasta la saciedad.

Y hablando de formas clásicas, pocas películas contemporáneas tendrán el sabor cine negro clásico como la muy excitante Brick (2005), película presente a competición oficial, del realizador novel Rian Johnson. La novedad, que funciona tanto como para articular un desnivel narrativo paródico, como para formular un híbrido intergenérico propio del cine moderno, acaba resultando de manera muy positiva. Porque no es que ya tengamos el primer film noir bien realizado en años en Hollywood —por más que se empeñe en citar a Chandler, Cain o Hammett a la primera de turno en la crítica cinematográfica—, es que además el hecho de que se desarrolle en un instituto —lo que valdría tan bien como cualquier otra a la hora de idear un guión— otorga a la película esta doble dimensión, donde ficción realista y ficción satírica se combinan con la suficiente inteligencia para que nadie acabe interponiendo sus posibles prejuicios. Dicho de una manera más clara, lo que supone una idea de base esperpéntica, acaba convirtiéndose en un film sobresaliente, acompañado tanto por la descripción de personajes, el tempo narrativo y las salidas humorísticas, que al fin y al cabo no dejan de recordarte que ficción es ficción. Este traslado de formulismos nacidos de la literatura funcionan gracias a la pericia del director de ser consecuente hasta el último plano de la película, de su voluntad por reivindicar la anacronía como una suerte de nueva reformulación plástica. El duelo de intergéneros, aunque sea el rico debate a posteriori, durante la visión de la película acaba desvaneciéndose gracias a lo atractivo de la trama y de su soberbio protagonista (asombroso Joseph Gordon-Levitt, el joven protagonista de la serie televisiva Cosas de marcianos).
No he visto la película El exorcismo de Emily Rose (programada en este festival el año pasado), así que no me sirve como base para compararla con Requiem (2006), película del realizador alemán Hans-Christian Schmid, cuyo argumento se basa en los mismo hechos reales que el film producido en Hollywood. Requiem me ha parecido una película inteligente en su manera de aproximarse al género fantástico. Con una puesta en escena calmada, la película posee un tono realista mucho más cercano al drama que al terror, es decir, que lo que verdaderamente produce terror es la narración de una dramática situación filmada con fin documentalista. Buena parte del mérito de una película que habla más de la descomposición familiar que del demonio y sus cabezas giratorias, recae sobre el paso de la increíble intérprete femenina fruto de la posesión: Sandra Hüller, premio a la mejor actriz en el pasado festival de Berlín. La desnudez con la que la actriz se enfrenta a su personaje es escalofriante, ella sola soporta una película que podría caer en el tedio con facilidad, y hace de esta pequeña, al fin y al cabo, película, un film realmente digno.
Es probable que el lector de estas crónicas, que esté al corriente de lo que se va estrenando cada día en la ciudad catalana, eche de menos nuestras apreciaciones sobre películas ya proyectadas, caso de The Host (Gwoemul, 2006) del realizador coreano Bong Joon-ho o de los episodios de la serie televisiva "Masters of Horror". No se nos han olvidado, de verdad: además del reportaje-resumen que publicaremos una vez finalice el festival, preparamos un pequeño artículo sobre la serie creada y producida por Mick Garris. En todo caso, también es cierto que no podemos verlo todo y en ocasiones no nos queda otra salida que descartar alguna película: por ejemplo Pulse (Jim Sonzero. 2006) el remake del film de Kiyoshi Kurosawa (que cuenta con una retrospectiva y del cual se presenta su último largo, Sakebi / Retribution —2006—), o del último Roland Joffé escrito por Larry Cohen de temática terrorífica: Four (Captivity, 2006).
Y a veces uno paga las riesgos, como me ha pasado a mí esta mañana con Manga (2005) —'Noves Visions'—, película rusa dirigida y protagonizada por Peter Khazizov, exitoso creador publicitario en su país (tiene una empresa de postproducción y efectos especiales) y anteriormente documentalista. Datos que tampoco explican satisfactoriamente el fiasco que resulta ser la que es su ópera prima, cuya duración no pasa de los setenta minutos, lo cual es comprensible teniendo en cuenta su pobre argumento. Compendio de diversos y enfáticos recursos y formas del lenguaje audiovisual (filtros de luz, imagenes congeladas, montaje sincopado, deformación del enfoque, ralentís, desfragmentación narrativa...) utilizados por su director de forma gratiuta, negligente e insulsa, por mucho que crea estar renovando con ello las maneras del cine ruso. La guía del festival en el texto que introduce el film hace referencia a la reciente Guardianes de la noche (Nochnoy Dozor, Timur Bekmambetov. 2004), otra muestra del nuevo cine ruso, y resulta muy apropiado porque se trata del mismo planteamiento formal. En definitiva, y esto es quizá lo peor de este tipo de productos, otro ejemplo representativo de cómo la degradación social y el culto a lo superficial se introduce en toda clase de disciplinas, haciéndose pasar por arte y acompañado de variedad epítetos ya devaluados por su indiscriminado (y muchas veces erróneo) uso.

Considerablemente mejor es Renaissance (2006), un moderadamente atractivo thriller futurista animado con excelentes dibujos en blanco y negro, apabullante diseño de personajes y ambientación, y un avanzado repertorio de movimientos (realizados a partir de capturas reales). Sin embargo, como comentaban algunos colegas a la salida de la proyección, el principal problema de este primer largo del francés Christian Volckman reside en la fragilidad de la historia, la cual parte de un buen planteamiento pero cuyo desarrollo deviene en irregular, al despreciar, o mejor dicho simplificar excesivamente la descripción de los personajes y las situaciones (éstas además resultan algo confusas en ocasiones); es decir se ciñe demasiado a formulismos de probada eficacia (aunque no obligatoriamente necesarios) como el affaire entre la chica en peligro y el protagonista, la persecución (con todo excelentemente planificada), o el típico enfrentamiento con los poderes fácticos; también es fácil experimentar una sensación de déjà vu que hace desconectar puntualmente de la narración. Sin embargo, es de agradecer la tensión del instante y los detalles visuales que impregnan todo el relato: cfr. la panorámica que abre el film, el plano que forma una cara a partir de sendas mitades de los rostros del protagonista y su antagonista, el sentido alegórico de las estructuras y edificios, en especial la del mandamás de la compañía Avalon. Y es que reflexionar alrededor de la inmortalidad y el paso del tiempo —temas de fondo en la historia— podría haber sido un propósito demasiado grande. Acompañando al pase oficial se proyecta el cortometraje Maaz (1999), del propio Volckman; ¿por qué no se ha pasado también este trabajo en el pase de prensa?
Mañana llegan dos películas hace tiempo esperadas: el regreso a Europa (y a la dirección después de más de cinco años) de Paul Verhoeven con Black Book / Zwartboek (2006), presentada en première, fuera de concurso, y Paprika (2006), la nueva película del interesante realizador Satoshi Kon (responsable de Paranoia Agent —Mousou dairinin, 2004—, una de las mejores series del reciente anime japonés). El director de El cuarto hombre recibirá el gran premio honorífico del certamen: todo un acierto, ya que el cineasta holandés siempre ha estado muy ligado al género fantástico.
J.D.C.
Concluido el primer fin de semana de Sitges podemos asegurar que hay cosas que no cambian en los últimos años de festival, bien sea en el lado negativo (la dichosa lluvia; las carencias en la organización, en esta ocasión con un momento realmente penoso: el pase de la tarde de uno de los últimos largos de Takashi Miike, Big Bang Love, Juvenile A —46-okunen no koi, 2006— ha sido cancelado después de hacer esperar una hora al público sentado en la sala, por problemas con el proyector), o bien en el lado positivo (la refrescante lluvia; la espléndida selección de títulos —a pesar de ausencias notables: David Lynch y su Inland Empire (2006) y la aun más preocupante de Virginie Ledoyen, miembro del jurado— muy atractiva y heterogénea, en la que cada sección tiene su sentido y un merecido espacio ya que siempre tienen algo bueno que ofrecer). Comentamos a continuación seis de algunos de los títulos más representativos vistos durantes estos dos días fulgurantes y fulminantes.
La tercera película de Michel Gondry, Le science des rêves (2006), es probablemente su obra más personal, ahora sin la compañía en la escritura del excelente guionista Charlie Kaufman. Lo que es seguro es que es la más libre y también la más ingenua; y por eso tal vez se trata de un festival creativo, que a la fuerza, en base a su planteamiento, debe ser estridente, precipitado, excesivo e incluso efectista, empero lo es con gran sentido del cine y una extraordinaria sensibilidad. Stéphane (un sorprendente Gael García Bernal) vuelve a París donde vive su madre a trabajar como ilustrador, y la inmediata aparición de una nueva vecina, Stéphanie (estupenda Charlotte Gainsbourg), aporta un nuevo componente a su inestable deambular entre lo real y lo imaginario. Le science des rêves es una comedia romántica cuyo interés argumental en crudo es limitado: su enorme atractivo reside por completo en su puesta en imágenes, que logra extraer y hacer partícipe de muy distintas y reconocibles emociones alrededor de las relaciones entre las personas, sobre todo afectivas. Un procedimiento parecido (mismo género y misma perversión o maltrato de las convenciones) al urdido hace unos años por Paul Thomas Anderson en su mejor película, la memorable Punch-Drunk Love (2002), a la cual remite nada más comenzar el film de Gondry con esa paleta de colores que inunda la pantalla... Ambos vienen a mostrar en una primera instancia como el impacto de enamorarse altera la percepción de la realidad de quienes lo experimentan, aunque Gondry resulta menos optimista y a la vez (no es contradicción) más infantil. Será interesante regresar sobre él con motivo de su estreno en nuestro país (Vértigo Films), pues se trata de un film divertido, conmovedor y fascinante; es decir, una maravilla cuya extremada personalidad sea el peor enemigo para crítica y público.
El norteamericano Richard Linklater confirma encontrarse en un buen momento —aunque no he visto la reciente Bad New Bears (estrenada en España con un título que no recuerdo, afortunadamente), que según muchas y variadas voces es una de sus peores películas— con la muy estimulante A Scanner Darkly (2006), adaptación de la novela homónima (en español conocida como "Una mirada a la oscuridad", que parece también será aquí el título del film) de Philip K. Dick. Se trata de una producción animada mediante rotoscopia (técnica, que ya empleara en Walking Life, consistente en dibujar encima de los fotogramas rodados de imagen real) una opción que se revela como muy adecuada respecto al concepto tan permeable de realidad sobre el cual gira la narración, y que tiene una proyección inmediata en el traje especial empleado por los agentes de narcóticos con el fin de ocultar su verdadera identidad (incluso a sus compañeros); y además aporta un escenario idóneo para el tratamiento de la percepción (lo que parece ser, lo que podría llegar a ser: la escena construida desde dos puntos de vista opuestos: el interior de la casa y las cámaras/escáners de vigilancia; las alucinaciones de los personajes que se drogan; las formas que adquiere el traje antes mencionado...), donde ni los personajes ni nosotors sabemos muy bien dónde nos encontramos a cada momento. A Scanner Darkly es una inquietante y pesimista parábola (cuyos instantes abiertamente distentidos o incluso cómicos no surgen como un descanso sino que son los que proporcionan ese sentido global) sobre la sociedad presente (decir futura es un eufemismo... o una ingenuidad) que incide en aspectos desoladores que remiten a sociólogos como Jean Baudrillard (la hiperrealidad) o Robert Trivers (el auto engaño). En una de las reflexiones en off del protagonista, éste se pregunta, "What does a scanner see? Into the head? Into the heart? Does it see into me? Clearly? Or darkly?" ("¿Qué ve un escáner? ¿Dentro de la cabeza? ¿En el corazón? ¿Dentro de mí? ¿Con claridad o dificultad?").
Una ópera prima de bastante interés a pesar de sus carencias es Tzameti (13) —2005—, del director
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¿Qué se podía encontrar de una unión tan extraña como la del magnífico guionista e interesante realizador David Mamet y de un clásico de la fanfarria sanguinolenta como Stuart Gordon? Pues una buena sorpresa, que pilló desprevenido a propios a extraños. Edmond (2005), presente dentro de la sugestiva sección 'Noves Visions', ha sido una experiencia más que una película. Basada en una obra teatral de Mamet, guionizada por él mismo, y realizada por el director de Re-animator, la película narra el descenso a los infiernos de un burgués aposentado (magnífico William H. Macy) que un buen día decide cambiar de vida y dejar a su mujer. Mamet no puede ser más cínico: consigue que un racista homófobo reprimido acabe encontrando su lugar en el mundo, siendo sodomizado por un negro en la cárcel. Lo estáis pensando y acertáis: temática propia de Paul Schrader. Las huellas de Edmond son similares a las de los protagonistas de Hardcore, Taxi Driver, Toro salvaje, Desenfocado... sólo que con unos punzantes diálogos que son el reflejo de cómo el demiurgo va desenvolviendo al personaje. Filósofo de barra, atontado ganapán, mediocre xenófobo, vengador desquiciado, asesino en potencia. Edmond retrata con grandes dosis de humor negro la expiación catártica de un hombre que toca fondo rompiéndose los incisivos tras liberar su violencia reprimida. Con un reparto coral plagado de caras conocidas —desde habituales de Mamet (Rebecca Pidgeon, Joe Mantenga) a nuevos allegados (Denise Richards, Mena Suvari, Julia Stiles)—, el film es una delicia con gusano dentro, un retrato patético del devenir social, donde cuando un hombre decide romper con todo, en el fondo lo que busca son putas y carne que acuchillar. Gordon filma la película con contención y algún que otro acierto sorprendente, como la secuencia del estúpido asesinato. En King of the Ants (2003) Gordon ya había apuntado un cambio interesante tras escaparse del splatter de sus trabajos con Yuzna, y aunque la realización de Edmond sea ajustada, es de aplaudir la valentía de ambos por lanzarse con un proyecto tan espléndido.

A mi compañero de festival le ha tocado hablar de dos joyas que me han ayudado a mirar con mejores ojos el mundo: los nuevos trabajos del siempre excelente Richard Linklater (A Scanner Darkly) y de uno de los realizadores de moda, Michel Gondry (Le science des rêves). Por lo que a mí me toca ser más terrenal y entrar a analizar Taxidermia (2006), película del húngaro György Pálfi, conocido por estos lares por ser el realizador de Hukkle (2002), película que reconozco no haber visto. Su nueva película, presente a competición en la sección 'Oficial Fantàstic', es un catálogo de obscenidades de distinto grado de gracia, a medio camino entre la comedia burra italiana de los años 80, la escatología hispánica procedente de la factoría Segura y los mejores y peores gags de "La hora chanante". Espectadores ávidos del humor de trazo grueso, que combina vómitos con zoofilia necrófila y autotrepanamientos, la película funciona de manera desigual, según la burrada que en ese momento aparezca en la pantalla. Dicen que sirve como retrato de Hungría a partir de tres generaciones de, digamos, una familia anormal. No. Como base para el guión puede que me lo crea, pero la realidad es que es una excusa para poner en escena ideas, quizás graciosas a priori, que serán aceptadas por el público en función del estómago de cada cual. Pálfi, que a buen seguro debió disfrutar de lo lindo realizando la película, realiza la misma con mucho estilo, quien lo diría, lo que hace ganar enteros a esta película, que, sirva como apunte, arranca con un hombre que utiliza su pene como antorcha.
La caja Kovak (2006), nueva película del excrítico Daniel Monzón, presentada dentro de sección que opta al premio Méliès, y producida por Filmax (dato no baladí, si estáis más o menos al corriente de la calidad de las películas de la compañía), ha sido para este corresponsal, de momento, de lo peor visto en este festival. Protagonizada por Timothy Hutton y Lucía Jiménez, dicen los responsables que es un film heredero de Hitchcock. En fin. Monzón, que cuenta en su haber con dos películas tan simpáticas como El corazón del guerrero (2000) y El robo más grande jamás contado (2002), realiza una película de temática más oscura —el suicidio inducido mediante la escucha de una canción maldita—, pero a la postre, pobre en contenido dramático, con un suspense lastrado por las triste interpretaciones de sus actores y una realización de lo más convencional. El film está plagado de situaciones tópicas —no encuentro la mano de Jorge Guerricaechevarría por ningún lado— y atmósfera cansina, que hacen que la película provoque hastío, vaya, hasta Amenábar podría haberlo hecho mucho mejor. No sé si es un problema de excesiva pretensión o de mal punto de partida, pero la verdad es que la película no consigue ganarse al espectador en ningún momento.
Una dosis calculada de bendita fantasía ha conseguido que este Sitges 2006 arranque con un tirón que me ha regenerado la columna vertebral de principio a fin. Guillermo del Toro, realizador proclive al terreno fantástico, que se mueve con inteligencia entre las producciones blockbuster hollywoodienses (Mimic, Blade 2, Hellboy) y una especie de cine intimista de bajo presupuesto (Cronos, El espinazo del diablo), ha coronado su filmografía con la que ya es su mejor película: El laberinto del fauno (2006), película inaugural de este Sitges con temática lynchiana sin que a David Lynch se le vea por ninguna parte. La unanimidad crítica siempre huele a chotuno, para qué engañarnos, aunque es fácil de entender que una delicia como El laberinto del fauno haya contentado a tantos y disgustado a tan pocos. Al igual que en El espinazo del diablo, del Toro construye una fábula en el interior de un contexto realista trágico: la guerra civil española. La realidad de nuevo, es más terrible que la ficción. Mitad cuento de hadas (donde tiene cabida todo mal), mitad tragedia terrorífica (donde el bien se ve prácticamente aniquilado), el film de del Toro despunta como un regreso a la pasión de la narración mitológica. La protagonista, Ofelia, se mueve entre ambos mundos, siendo mitad princesa, que busca el reencuentro con su familia legendaria, mitad huérfana adoptada por un sanguinario militar fascista —soberbio Sergi López, que consigue que hasta nos caiga simpática semejante calaña—, en el cruel terreno de la realidad. Del Toro se zambulle sin miedo en la ficción y le sale la jugada redonda: El laberinto del fauno consigue entroncar con una larga serie de películas (desde Alicia en el país de las maravillas a Tideland) que son pieza básica en el imaginario colectivo del mundo de los sueños, vaya, nada que envidar a Harry Potter y acólitos. Supongo que soy una persona demasiado entregada a la fantasía —quizás por eso suelo disfrutar tanto en este festival, quizás por eso tengo tantos quebraderos de cabeza en mi día a día—, y eso hace que sea proclive a disfrutar como un enano con películas como ésta, que como dirían nuestros padres, son de esas que ya no se hacen.

¿He dicho que la realidad es más terrorífica que la ficción? Ni lo dudéis. Ils (2006), de los realizadores David Moreau y Xavier Palud, es la viva prueba de ello, pues aborda la recreación de unos hechos reales más terroríficos que cualquier hombre con ojos en las manos persiguiéndote por un pasillo sin salida: el cruel juego de unos niños rumanos que se dedicaron a atormentar (primero) y asesinar (después) a una joven pareja en su solitaria casa de campo. Los realizadores construyen una película seca y directa, en la que juegan con el terror en forma de amenaza constante, lo que acaba resultando la mejor baza de la película: que la opción narrativa provenga de los perseguidos, sin que nunca se acabe de deslumbrar quién y cuántos les están amenazando. Alejándose de la pornografía psicológica de películas como Funny Games, Ils es un cuento de terror narrado en continua huida, la pesadilla no es mental, es tremendamente física. Por supuesto, el film goza de ciertas ingenuidades, además de tomarse bastantes libertades en la recreación de unos hechos, para ceder a cierta espectacularidad (por sencilla que sea); aún así la firme y escueta (apenas 70 minutos) propuesta, funciona por su rapidez: presentación, amenaza y asesinato, se suceden en cascada, hasta dejarnos con cara de pasmo en su increíble plano final (cuando se descubre la edad de los asaltantes).
"Survival horror" es la calificación que el pressbook del festival ha utilizado para calificar Broken (2006), la película británica de bajo presupuesto dirigida por Adam Mason y Simon Boyes. Por lo que se ha de entender que la aventura, por llamarlo de alguna manera, de la protagonista de la película, consiste en sobrevivir al horror al que se encuentra sometida. Pues bien, sinceramente, "survival horror" se me antoja una expresión demasiado escueta para el cúmulo de atrocidades que padece la pobre mujer a manos del zumbado de turno en esta película. Tomen nota para la fiesta de la casquería gore presente en los títulos de crédito: una joven se despierta encerrada en un ataúd y salvajemente golpeada, posteriormente es colgada de un árbol por el cuello con un débil sustento en los pies, del que la única forma de escapar es extrayendo una cuchilla de afeitar que le han introducido en el interior de sus entrañas y la única forma que tiene de abrir los puntos es con una rama afilada. Cuando lo consigue y antes de que aparezca el nombre de los directores en pantalla, la chica con los intestinos saliéndose del cuerpo decide pegarse un tiro de escopeta en la cabeza. Lo dicho: festival de la tortura y la vejación. Una auténtica prueba de fuerza para los amantes del bestialismo, pues, aunque el tono del film sea amateur, y tenga escasa credibilidad, la sucesión de despropósitos orgánicos (me duele hasta rememorarlos) sin dar pie a ningún tipo de escape humorístico, hace que Broken sea una película realmente insoportable. Por decirlo de una manera más directa: no he podido entrar a valorar una película en la que cada diez minutos tenía que taparme la vista (y eso que no he podido evitar escuchar los desgarros, roturas y gritos desesperados del exhibicionista fondo sonoro del film). Quedáis avisados.
También terrorífica, pero por razones muy diferentes ha resultado La hora fría (2006), segunda película del realizador Elio Quiroga (Fotos), presentada dentro de la sección Oficial Fantàstic. La ingenuidad de la película no es suficiente para perdonar tanto despropósito argumental y narrativo. Ambientada en un futuro post-apocalíptico, lo que parece ser un cruce entre Aliens: El regreso y Blade Runner, acaba convirtiéndose en una película sin pies ni cabeza, cuya lectura política la podrían haber escrito unos alumnos preescolares y cuya credibilidad roza la temperatura de la susodicha hora en la que afloran unos fantasmas, que aún no tengo muy claro a qué son debidos. Quiroga, pleno autor del film, pues asume producción, guión y dirección, intenta construir un relato dramático en terreno fantástico, pero ni le funciona lo primero —las actitudes de los personajes son o paródicas o incomprensibles— ni lo segundo —los zombis aparecen porque les viene en gana, e igual son contagiosos como no—, quizás la podríamos aceptar como un resurgir de la serie Z española, a propósito de películas como Alatriste, Los Borgia o La máquina de bailar... no sé, tendría que pensar en ello.
A.G.C.