número 55 • OCTUBRE 2006
Ya hace tiempo que algunos tuvimos el privilegio de poder disfrutar de la serie de televisión "Masters of Horror", inédita en España (además de en los EE.UU., también se ha emitido en el Reino Unido a través de la cadena Bravo). Creada por Mick Garris (director de culto que sonará a los buenos aficionados por Sonámbulos, aunque no sea precisamente un film logrado) este serial no es tal, sino una compilación de trece relatos de terror a cargo de otros tantos directores cinematográficos. Y aunque en primera instancia esta propuesta hace pensar en otras series ubicadas en el terreno fantástico (cfr. "Historias de la cripta", "Twlight Zone", "Cuentos asombrosos" o la más reciente "Más allá del límite"), se diferencia considerablemente de ellas sobre todo a la vista de los resultados (hay varios episodios espléndidos), pero ya de antemano la elección de los directores anunciaba que no se iba a tratar del típico programa familiar.
Ángel Sala, director del festival de Sitges (desde 2002, creo recordar), al cual —es una perogrullada— se le puede discutir su gusto y opiniones, es un perspicaz espectador y cinéfilo, siempre pendiente de los últimos "movimientos" en las cinematografías de todo el mundo, en especial en el terreno fantástico: como viene demostrando en su columna mensual, "Zona sin límites", publicada en "Imágenes de actualidad". Y precisamente aquí se pudo leer a principios de año acerca de "Masters of Horror" y de algunas de sus historias (de los pocos en España: mientras en otras zonas del globo le dedicaban portadas: ver número 25 de CinemaScope, revista de cine editada en Canadá).

Sala y su equipo decidieron traer la serie a esta edición del festival, dando la oportunidad de competir en sección oficial a dos de los más celebrados episodios: Homecoming de Joe Dante y Cigarette Burns de John Carpenter (el episodio de Dante se llevó finalmente el premio especial del jurado y el de mejor guión). Un buen golpe de efecto ha sido, sin duda, incluir en primicia dos episodios de la segunda temporada, recién iniciada en Estados Unidos: el esperado segundo trabajo de Carpenter titulado Pro-Life. y el debut en la serie de Brad Anderson (habitual de Sitges) con Sounds Like (el cual no pudimos ver). Y por si fuera poco acudieron a la ciudad catalana varias personalidades relacionadas con la serie: Mick Garris, Joe Dante, Larry Cohen (además de su relato Pick Me Up también acompañaba la première de Captivity de Roland Joffé, de la cual es guionista), Howard Berger y Gregory Niccotero (creadores de efectos especiales de maquillaje). Sin embargo, a pesar del buen criterio en la selección de la serie y el esfuerzo realizado por la organización, creo necesario señalar algunos aspectos no tan acertados: exceptuando los títulos citados y de Imprint de Takashi Miike (en sección 'Orient Express'), no fueron bien tratados en la parrilla de programación puesto que se pasaron en los maratones de 'midnight x-treme', a altas horas de la madrugada; no estuvieran en la presentación de la primera temporada (por lo menos según la guía y sitio web del festival) los espléndidos episodios de Don Coscarelli y Lucky McKee: Incident on and Off a Mountain Road y Sick Girl, respectivamente.
Si bien, como he comentado líneas arriba, no es "Masters of Horror" un serial televisivo ad hoc, su dependencia del medio tanto en materia de producción como en cuestiones escenográficas (puesta en imágenes, fotografía, etc.) es evidente. Pero esto no es un reproche, todo lo contrario, dada la dulce situación actual que viven las series de televisión americanas (el subrayado es a propósito: las españolas son bastante malas, digan lo que digan periodistas y/o medios de comunicación afines). En todo caso es una limitación asumida donde se revela la habilidad y sobre todo el talento de cada director: no sorprende que Joe Dante, Tobe Hooper (Dance of the Dead) o John Carpenter triunfen (en un terreno que ya conocen; de hecho Hooper y Carpenter colaboraron en una cinta realizada para televisión ya olvidada, Body Bags, muy atractiva y perfectamente reivindicable); ni que los trabajos de Stuart Gordon (inciso: Edmond, tan apladudida por la mayoría de colegas que asistieron al festival, es una muestra de la pobreza visual y estilística de Gordon y de la superficialidad disfrazada de densidad de la que es capaz el sobrevalorado David Mamet, que ha escrito —y dirigido— obras mucho mejores), Dario Argento (cineasta desconcertante capaz de filmar momentos de terror memorables, pero cuyo bagaje global es el de haber realizado demasiadas malas películas) y William Malone sean los peores (Dreams in the Witch-House, Jenifer, The Fair Haired Child, respectivamente); tampoco que John Landis siga fiel a su visión del género, siempre fusionándolo con la comedia, en la divertida aunque un tanto mecánica Deer Woman (con todo es lo mejor que ha rodado en décadas), o que John McNaugton ya no sorpenda pero sí logre convencer (a diferencia de algunas de sus forzadas peliculas dentro de la industria: la horrenda Wild Things es el ejemplo más paradigmático), aunque sea con un producto minoritarios y de bajo alcance: Haeckel's Tale es simplemente un cuento clásico bien elaborado e interpretado. Menos predecible es el episodio de Garris, Chocolate, ingenioso relato que se ajusta perfectamente al medio al que va dirigido y en el que su director demuestra el valor de la experiencia. En cuanto a Pick Me Up de Larry Cohen es una sorprendente digresión en torno a determinados arquetipos que ha generado el cine de terror, un relato cerrado sobre sí mismo que revela continuamente la arbitrariedad del narrador, la tramoya del escenario, suponiendo un divertimento de primer orden, salpicado de un agradecido humor negro y una atmósfera muy conseguida.

Paramos aquí para dedicarles unas breves notas a las cuatro 'tv movies' destacadas en la programación del festival: Pro-Life, Homecoming, Cigarette Burns e Imprint.
John Carpenter dirigió su último largometraje en 2001, una bizarra parábola futurista con incisivo contenido socio-político, un audaz despliegue narrativo que hacía pensar en el Rashomon de Kurosawa y un reparto compuesto por Pam Grier, Ice Cube, Natasha Henstridge y Joanna Cassidy. Un genuinio John Carpenter's film, titulado Fantasmas de Marte (Ghosts of Mars), rebosante de genialidad pero muy lejos de sus grandes obras recientes (cfr. 2013 y Vampiros). Aquellos que consideramos al director neoyorquino un cineasta imprescindible llevabamos tiempo esperando saber de él —conocedores de su enfermedad (padece cáncer de piel desde hace décadas) siempre tememos que ya no pueda continuar eneseñándonos y divirtiéndonos—; por ello, los distintos proyectos, que se han venido anunciando en el último año y medio, han alegrado nuestro ánimo, más a raíz de Cigarette Burns, a mi juicio el mejor y más completo de los episodios de la serie (a falta de ver el de Takashi Miike, que promete emociones fuertes). Después de la buena acogida de la serie, Carpenter aceptó colaborar de nuevo y grabó Pro-Life, entretenido cuento de horror físico que argumentalmente (en ambos casos el guión lo friman Drew McWenny y Scott Swan, y no parecen tratarse de pseudónimos de Carpenter) remite más que el anterior al universo del autor de La cosa (un único escenario, pocos personajes, amenaza exterior); sin embargo el resultado es mucho menos estimulante principalmente por la fea estética televisiva, que anula parte de su potencial y hasta "obliga" a determinadas soluciones un tanto toscas como el uso de cámaras lentas y/o ralentís; tampoco ayuda la irritante música compuesta por el hijo del director. Sigue manteniendo, no obstante, sus ideales y aquí expone una lectura (como siempre poco sutil) sobre el fanatismo religioso y la defensa de la vida (antes de ser tal: el aborto) bastante cruel y violenta, que funciona solamente gracias al excelente Ron Perlman y puntualmente al buen aprovechamiento del escenario... Sirva esta historia menor para aplaudir el regreso completo de John Carpenter: primero llegará su largo The 13th Apostle, del cual circula el cartel y se han visto anuncios en festivales europeos; luego vendría otra película, The Psychopath, a estrenar en 2008... y quién sabe si otro nuevo episodio para "Masters of Horror".

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Tanto Cigarette Burns (capítulo octavo de la primera temporada), de John Carpenter, como Homecoming (sexto capítulo de la primera temporada), dirigido por Joe Dante, eran los dos únicos episodios de Masters of Horror seleccionados a concurso, dentro de la "Secció Oficial Fantàstic". Probablemente nos encontremos ante el mejor de la serie (al menos en su primera temporada), entre otras cosas porque dentro del espíritu de sana diversión terrorífica común a todos ellos, ha sabido conjugar la habitual historia fantástica con un sentido del humor lo suficientemente corrosivo como para apoyar y ensalzar el acertado guión de Sam Hamm (que al final obtuvo el premio del festival), que utiliza una situación real como la guerra creada por los EE.UU. en Irak y su intervención en esta, para conseguir una película incendiaria que, desde el terreno de la ficción al que se lleva la historia, resulta el complemento perfecto a, por ejemplo, Fahrenheit 9/11. Nadie tiene ya dudas (de hecho, casi nadie las tenía ya al comienzo) de que la guerra de Irak fue una gran mentira, eso sí, muy mal montada, todo sea dicho. Lo que muestra la película es una hipotética y eficaz forma de evidenciarlo de modo que hasta los republicanos más cerrados se darían cuenta. ¿Qué pasaría si los soldados estadounidenses caídos en combate (The Undead Army of the USA) se levantasen de sus tumbas para decir que la guerra fue una patraña? Como ocurre en películas como The Revenant, o la canadiense Fido (presentada a concurso este año) aquí los zombies no son una amenaza para los protagonistas, aunque la diferencia fundamental con ambas es que los no-muertos en esta ocasión son, además, los que quitan la venda a la población ante la verdadera amenaza, un gobierno que no se preocupa por sus ciudadanos. De merecido regalo se lleva el premio especial del jurado.

Finalmente nos quedamos con las ganas. El esperado regreso de David Lynch con su Inland Empire debajo del brazo, seguirá siendo esperado algún tiempo más. A cambio, sí que pudimos disfrutar de una vuelta a la gran pantalla tanto o más deseada que ésta, pues Fantasmas de Marte, la última película de John Carpenter, data, como Mulholland Drive, de 2001. El reencuentro con el director de culto, autor de títulos tan emblemáticos como La cosa, Halloween o ¡Están vivos! ha sido además por partida doble, pues pudieron verse los dos capítulos que ha realizado para Masters of Horror: Pro-Life (perteneciente a la segunda temporada, aún no emitido en EE.UU., y por tanto primicia mundial) y Cigarette Burns (capítulo octavo de la primera temporada). Este último nos ofrece la historia de una película maldita (su proyección en uno de los primeros festivales de Sitges se saldó con cuatro muertos en la sala, cifra afortunadamente no superada en la proyección de la película de Carpenter), con un coleccionista (Udo Kier) que pagará cualquier cosa para conseguirla, y el protagonista (Norman Reedus), un tipo agobiado por una deuda que deberá encontrar la película para sobrevivir. Esta premisa argumental sirve a Carpenter para construir un sugerente combinado entre cine negro (nutriéndose de varios tópicos bien alimentados por la historia: el comienzo con voz en off, el encuentro en la mansión, en el lujoso despacho en que el coleccionista ofrece el trabajo al protagonista detectivesco, el tortuoso pasado de este último, que se irá desvelando al avanzar la búsqueda...) y el fantástico de serie B que tan bien domina Carpenter, que por supuesto deja cabida para los destellos gore sanguinolentos que caracterizan a casi todo buen capítulo de la serie e incluso también para la autorreferencia, como ese criado oriental que parece directamente sacado de Golpe en la pequeña China o el espectacular final en la sala de cine que remite indefectiblemente a En la boca del miedo.

Otro de los platos fuertes de la primera temporada de Masters of Horror es el capítulo del japonés Takashi Miike, el decimotercero y último. Presentado dentro de la sección "Orient Express", Imprint es una historia extrema, que nada tiene que envidiar de anteriores obras del director como Visitor Q o Ichi the Killer. Miike recupera a Billy Drago, el protagonista de Warlock, para interpretar a un americano que regresa a Japón en busca Komomo, su amada. Su encuentro con una geisha desfigurada le hará conocer muchas cosas sobre Komomo que desconocía. La geisha le irá contando como conoció a Komomo a través de sucesivos flashbacks que van escondiendo mentira tras mentira con los consiguientes giros de guión, pero que uno tras otro van construyendo la verdadera historia, con lo que no está del todo desencaminada la descripción de la película como «Un Rashomon del terror con la tradición más macabra del fantástico nipón» que aparece en el programa de mano del festival. Por supuesto, como comentaba al comienzo, la película se complementa con un catálogo de todo tipo de salvajadas que por lo general le son propias al cine de Miike. Casi todos los capítulos de la serie, si no todos, tienen algún toque gore o al menos algo sangriento, el típico momento en el que hasta el más veterano no puede impedir la mueca, el llevarse las manos a la cara o el apretar un poco los dientes. Creo que no me equivoco al decir que la secuencia de la tortura de Komomo se lleva la palma. No obstante no quedará ahí la cosa: palizas descomunales en las que el empleo del sonido es verdaderamente efectivo a la hora de impresionar al espectador, mutaciones casi tan desagradables como el parto de Gozu, y la continua sensación de que a pesar de algún pinchazo (pues al parecer Big Bang Love: Juvenile A —46-okunen no koi—, presentada en la "Secció Oficial Fantàstic" no gustó demasiado) Miike no pierde la capacidad de sorprender al espectador en cada cosa que hace. Si como comentaba en mi artículo para "Miradas de Cine" sobre Visitor Q, en aquella ocasión tal cantidad de violencia estaba justificada como medio de expresión para promover y defender los valores de la institución familiar, no tengo más remedio que decir que creo que el único fin que tiene en Imprint es el de entretener, y a fe mía que lo consigue.
