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Por Beatriz Martínez

Resumen: a vueltas con el fantástico

Inabarcable, desproporcionado, mastodóntico. Así es Sitges, un Festival donde se puede encontrar de todo y a todas horas, donde la programación no descansa desde las 8 a las 6 de la mañana del día siguiente, donde hay cine de género, cine de autor, cine bizarro, películas de culto, retrospectivas, maratones, premieres mundiales… se puede vivir Sitges, y se puede morir en el intento de abarcarlo todo.

Supongo que por eso cada uno escoge su espacio: los que quieren ser los primeros en ver el cine que inundará las carteleras en los próximos meses pueden adelantarse a través de la Sección Oficial Premiere, los que quieren descubrir nuevos talentos en potencia se acercan a la Sección Nuevas Visiones, y los amantes del cine asiático tienen su Sección Orient Express así como los aficionados a la animación disfrutan cada año con Anima´t. Si eres fan del cine de autor no te pierdas Seven Chances y si lo que te va es el cine de madrugada paséate por Midnight X-treme o Mondo Macabro. En Sitges puedes encontrar todas las opciones.

Sin embargo hay una sección, quizás la más importante, que cada año se encuentra más indefinida, y es precisamente la Oficial Fantástic, que se convierte en un cajón desastre en el que se aglutinan tendencias de lo más dispar, muchas de las cuales nada tienen que ver con el  fantástico, aquél que presumiblemente debería servir de cohesión a toda una serie de títulos que navegan en la más desconcertante indefinición genérica.

Y es que el Festival de Sitges está perdiendo parte de su esencia, aquella gracias a la que se había conseguido erigirse como uno de los grandes certámenes especializados, no solo a nivel español, sino mundial. El Festival de Sitges se quiere poner serio y respetable, y ya no admite en su programación películas que puedan herir la sensibilidad de los espectadores más decorosos. El resultado, el Festival de Sitges se ha vuelto mucho más aburrido.

La inclusión dentro de la Sección Oficial de títulos anodinos que nada tienen que ver con la “esencia Sitges”, así lo certifica.

Es curioso que podamos establecer un interesante paralelismo entre las expectativas a las que aspira un certamen como éste, echando mano de uno de sus directores fetiche, Takashi Miike, a través de su última obra Big Bang Love Juvenile A. Y es que resulta que a Miike le ha dado también por convertirse en un director de arte y ensayo, estilizado, poético y metafórico… pero también discursivo, cargante y pedante hasta la saciedad. Quizás con esta obra se gane el aplauso de la crítica, pero no conseguirá otra cosa que el bostezo de los aficionados que han seguido con entusiasmo su trayectoria.

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Creo que con esto está todo dicho. Y es que no se ha visto este año demasiado buen cine en Sitges, y esto es algo que hasta a mí me duele reconocer.

Otra cosa es que el Festival haya supuesto a nivel personal y profesional una de las experiencias más gratificantes de mi vida. Participar como miembro del Jurado Joven, poder respirar desde dentro cada uno de los entresijos del certamen, disfrutar de todas sus comodidades, tener la oportunidad de conocer a mis compañeros de fatigas y comprobar que estábamos todos unidos por los mismos intereses y motivaciones… realmente para mí Sitges siempre ha sido sinónimo de cine, pero también de gente con la que compartirlo. Y siempre he preferido perderme una película a pasar buenos momentos con nuevos y viejos amigos que van conformando ese pequeño microcosmos, esa burbuja de irrealidad en la que me sumerjo durante diez días cada año.

Esta edición no ha sido todo lo social que hubiera pretendido, y me quedo con la espinita de no haber podido compartir más tiempo con mis compañeros de Miradas y Cineasia. Pero las obligaciones mandaban, y dos secciones tenían que ser vistas al completo, Oficial y Midnight X-treme, además de otras películas que no podía dejar de perderme, como el último filme de Paul Verhoeven, The Black Book, la nueva propuesta del animador Satoshi Kon, Paprika, las dos nuevas películas que presentaba Kiyoshi Kurosawa, Loft y Retribution (que terminaron siendo realmente decepcionantes)… Crickets de Shinji Aoyama… A scanner darkly de Richard Linklater…

El caso es que, entre todo el arsenal de filmes vistos en Sitges, me quedo con la sensación de no haber descubierto ninguna “sorpresa”. Quiero decir, que las películas que sabía que me iban a gustar, me gustaron, y las que a priori no me decían nada, siguieron sin hacerlo después de vistas.

Quizás la única obra realmente impactante que me produjo asombro, estupefacción y admiración, que me hizo revolverme en mi asiento confusa y a la vez fascinada fue What Is It?, un experimento radical surgido del talento y la poderosa imaginación de ese pequeño e incomprendido genio maldito que es Crispin Glover.

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Si hablamos de la Sección Oficial, el número de películas que realmente me incitaron a aplaudir enfervorizadamente se reduce a dos: The Host, de Bong Joon-Ho y Exiled de Johnnie To, además de los Masters of Horror made in John Carpenter y Joe Dante, y la inclasificable excentricidad de Michel Gondry, La ciencia del sueño.

No realizaré un análisis concienzudo de ninguna de ellas. Sólo decir que The Host, me devolvió el espíritu de entretenimiento en estado puro dentro del paisaje fílmico gris y monótono que estuve respirando durante la mayor parte de días por culpa de la ranciedad de las películas germánicas, nórdicas y de la Europa del Este presentadas a concurso.

Un monstruo, una familia típica coreana, acción, desmesura, humor y melodrama. ¿Qué más se puede pedir?.

Pues sí, se puede pedir una película de Johnnie To. En este caso dos.

Ya había visto Election 2 (obra maestra) así que me quedaba Exiled. Lo cierto es que hoy por hoy Johnnie To es uno de los pocos valores seguros que nunca me decepcionan. Exiled ha sido vendida como un cruce entre el cine de Sam Pekinpah y el heroic Blooshed de John Woo, pero es cien por cien Johnnnie To. Un Johnnie To que conjuga por primera vez el alto grado de estilización formal que ha alcanzado en los últimos tiempos, con la garra visual y el estilo pirotécnico e hiperbólico que siempre le ha caracterizado, desde clásicos como Fulltime Killer o A Hero Never Dies. Un crítico de prestigio (que por lo demás es una estupenda persona), me dijo que Johnnie To era un director que sólo podía gustar a las personas con coeficiente intelectual de tres años. Así que, teniendo en cuenta mi admiración por el director de Hong Kong y que el año pasado participé en un libro sobre él… vaya, creo sospechar que mis facultades mentales andan un tanto justitas.

Quizás lo más triste ha sido comprobar la existencia de una fisura generacional entre los dos jurados que se dedicaban a valorar las películas de la Sección Oficial. Una fisura que también existe en la crítica, y que alcanza niveles más preocupantes, pues en ésta adquiere tintes incluso sangrientos, ya que desgraciadamente existen sectores que se empeñan en sentar cátedra acerca lo que es malo o es bueno desde unos parámetros puramente elitistas y por tanto altamente discutibles, y que sin duda se alejan sin remisión de las necesidades y gustos del cinéfilo medio actual.

En cuanto a la divergencia entre los jurados, sinceramente pienso que aquellos que hayan seguido el Festival puedan sentirse identificados con los galardones principales, ni considero que nadie pueda defender que Requiem y Grimm Love Story fueran las mejores películas que se proyectaron en la sección a concurso. Sin embargo, a tenor de la cantidad de premios que han acumulado, cualquier persona que no las haya visto debe pensar que son auténticas obras maestras, cuando en realidad se trata de modestos filmes, un tanto grises y opacos, de los que lo mejor que se puede decir es que son “sobrios” y lo peor, “planos y monocordes”. Prefiero un filme tan digno y de género como La hora fría de Elio Quiroga, que una película correcta e hiperrealista como Réquiem (que nada tiene que ver con los parámetros sobre los que se asienta el festival y que perfectamente podría haber estado en Valladolid) o como ese potencial telefilme de sobremesa que es Grimm Love Story. Más entidad cinematográfica, a pesar de estar hecho para televisión, tiene Cigarette Burns de John Carpenter y Homecoming de Joe Dante. Esta última consiguió con todo merecimiento el Premio Especial y el de Mejor Guión, quizás la única apuesta realmente apreciable del jurado, por la valentía al intentar romper las arquetípicas barreras de consideración que siempre suelen pesar sobre la diferenciación entre discursos y su trasvase a formatos aparentemente incompatibles.

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Sin embargo, fueron los Jurados Paralelos, el Joven y el Orient-Express los que pusieron las cosas en su sitio al premiar los filmes de Johnnie To y Bong Joon-Ho, respectivamente, y el público, que como siempre es sabio y supo valorar la valentía e iconoclasia genial de Michel Gondry en La ciencia del sueño, quizás uno de los films más radicales presentados este año.

Por la parte que me toca, estoy muy contenta de que nuestro premio recayera en manos de Johnnie To, aunque he de decir que existió un consenso absoluto entre todos los miembros desde el momento en el que se proyectó Exiled. Quizás eso fue lo más bonito, que todos saliéramos contentos y orgullosos de nuestro premio.

Los dos últimos años me ha tocado la tarea de hacer balance del Festival una vez acabado. No tiene ni la mitad de mérito que el trabajo que han realizado mis compañeros José David Cáceres y Alejandro González Calvo a través de la confección de sus crónicas diarias. Por eso no me quería repetir contando mi visión de las películas, y he preferido verter en este texto una opinión absolutamente personal de lo que para mí ha sido este Sitges 2006, aunque no sea fruto del rigor sino del más visceral de mis sentimientos. Porque para mí, Sitges es más que un Festival, son los diez días más felices que paso durante del año. Por eso no le pido que sea grande… sino que sea el más grande.