El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006)

Por Beatriz Martínez

La niña y el monstruo

El ser humano tiene mecanismos de protección para escapar de la realidad que le rodea. La imaginación es una de las armas más fuertes con las que dar rienda suelta a los procesos creativos que despiertan los ecos de la fantasía interior.

En los momentos de tristeza, quién no ha cerrado los ojos y ha dejado volar su cabeza hacia una realidad mucho más amable y positiva en la que se hacen realidad nuestras ilusiones. El soñar puede que nos haga engañarnos a nosotros mismos acerca de la situación que estamos atravesando, pero soñar también nos proporciona esperanza. Además, forma parte de nosotros, sólo de nosotros, y eso es algo que nadie nos puede arrebatar. A veces soñar se puede convertir incluso en un acto de rebeldía.

Sí, soñar es, definitivamente, un proceso interno de sublevación frente al mundo en el que vivimos.

Así también lo entiende el director mexicano Guillermo del Toro, y lo ha demostrado a lo largo de toda su filmografía a través de títulos en los que ha intentado erigir la fantasía como una de las fuerzas motoras que condicionan la conducta del ser humano.

Por eso, lo real y lo fantástico siempre han convivido de una u otra forma en cada una de sus películas, yendo siempre unidos de manera incondicional.

Sin embargo, como postulaba Gérard Lenne en El cine fantástico y sus mitologías, el género fantástico nace precisamente no de la conjunción de ambas esferas, sino de su enfrentamiento: «de la confusión de la imaginación y la realidad, del choque de lo real con lo imaginario».

El laberinto del fauno, como también lo fue la insuficientemente valorada El espinazo del diablo, traslada esa dialéctica a la pantalla, y lo hace a través de dos jugosos mecanismos que ayudan a perfilar un particular universo cada vez más arraigado y cerrado en sí mismo: la mirada de un niño como eje estructural de un relato que se alimenta de paisajes oníricos, de llanuras feéricas y pesadillas angustiosas que surgen del rico y distorsionado imaginario infantil, confrontado directamente con el panorama histórico de una época sombría y gris, cargada de violencia y de odio como es la Guerra Civil española y el periodo posterior, caracterizado por la represión, el miedo y la anulación de la voluntad individual.

De esta doble materia extrae Del Toro todo su poder significativo, la vuelca a través del filtro de su rico imaginario, de su portentosa capacidad visual para plasmar la fantasía junto a su esencia más tenebrosa y macabra, y la construye a través de un guión construido a modo de estampas, de capítulos que no son más que las hojas de un majestuoso cuento de hadas de naturaleza perversa que queda materializado en imágenes de alto poder sugestivo e inmediato impacto emocional.

El laberinto del fauno es un film plásticamente muy hermoso. Tiene Del Toro un toque artesanal a la hora de elaborar sus decorados y sus criaturas que se ha perdido en el cine actual. La combinación con los efectos especiales es así menos violenta, y hace que nos acerquemos de una manera más natural a los elementos irreales, de forma que éstos da la sensación de que pueden ser incluso tocados por las yemas de nuestros dedos.

De todas formas en esta ocasión el universo multidisciplinar que despliega el director en todas sus obras (la estética gótica, la literatura lovecraftina, el mundo del cómic, la pintura oscurantista, el cine mudo…) se masifica y densifica aquí en exceso, creando una atmósfera prácticamente irrespirable dentro de un magma de referencias que alcanza un nivel de retorcimiento manierista y alambicado que satura la pupila del espectador. Lo que está claro es que el director es un sabio elaborador de ambientes y sabe como nadie esculpir magnéticos y perturbadores fotogramas que se clavan en la mente para pasar a formar parte del imaginario colectivo del fantástico actual.

No creo que nadie ponga dudas al respecto.

Sí que ha habido voces discordantes acerca de la forma en la que se integran en el relato las dos mitades estructurales en las que se divide el tejido argumental.

Del Toro utiliza un mecanismo diferenciador entre ambas de manera que cada una de ellas tiene independencia narrativa, sucediéndose alternativamente dentro del continuo secuencial. Como ya comentábamos antes, El Laberinto del fauno se dispone episódicamente, como los capítulos de un libro en el que conviven dos tramas paralelas, de manera que se deja una parcialmente en suspenso mientras que la otra se va desarrollando. Esto confiere cierto carácter individual a cada uno de los segmentos, sobre todo los de la parte fantástica, ya que la centrada en la realidad sí tiene unos aspectos de continuidad más definidos y cuenta con una linealiedad más perceptible. En realidad, cada vez que la niña Ofelia sueña, está intentando romper con aquello que la atormenta, rebelándose contra las imposiciones a las que se ve sometida: ir a vivir a casa de un extraño, ponerse un vestido que no le gusta, ver cómo su madre sufre y cada vez enferma más sin que nada se pueda hacer, sentir el desprecio de su padrastro… Ofelia necesita evadirse de esas ataduras e inventa un dispositivo de fuga en el que su fértil imaginación le sirve de vehículo para escapar, para volar hacia otros lugares, no menos peligrosos de los que habita, pero en los que al menos, ella es la protagonista.

Al igual que en El espinazo del diablo, el sentimiento de orfandad vuelve a ser el eje consustancial del filme. La soledad de un niño, su tristeza en medio de un panorama que parece no ofrecerle ningún tipo de esperanza y que se derrumba progresivamente a cada paso que da, su miedo ante todo aquello que le rodea… se trata de seres desprotegidos, demasiado frágiles, dolorosamente necesitados de afecto. Ese vacío, ese dolor se concentra en los ojos de la niña Ivana Baquero, en su mirada de desamparo, que se convierte en el más duro símbolo de la pérdida de la inocencia.

Crecer significa comprender que estamos solos en el mundo, y que quizás jamás nadie llegue a comprendernos ni sepa llegar más allá de nuestro interior. Ese descubrimiento es quizás el más sangrante de todos, y quizás por eso, El laberinto del fauno es una película tan triste, tan amarga.

Pero ante todo, y sobre todo, hay que ver el film como un cuento metafórico en el que la imaginación lucha por sobreponerse a una realidad implacable. Y como en todo cuento, existe una configuración arquetípica de los personajes. La representación del mal absoluto está encarnada en el poder fascista, de la mano de la contundente presencia de Sergi López. La del bien se encuentra diseminada en los personajes más desvalidos y oprimidos: en la madre (Ariadna Gil), el médico (Álex Angulo) y la criada (una excepcional Maribel Verdú que incluso llega a recordar la fuerza expresiva que tenía Lola Gaos), todos caracterizados con rasgos bondadosos y que tienen en común con Ofelia su condición de víctimas de la barbarie y la sinrazón, al fin y al cabo el mayor monstruo de todos los posibles dentro del film.

Y es que finalmente la realidad aplasta en todos los sentidos a la fantasía. Por eso los segmentos de la trama dedicados a este efecto contienen una mayor fuerza de arrastre y terminan por imponerse tanto a nivel de forma como de contenido, quizás porque nos interesan más o porque nos son más cercanos.

Sin embargo, esto no es un escollo para afirmar que en todo su basto, barroco conjunto, El laberinto del fauno sea una excelente obra, quizás la que más se aproxima a la perfección dentro de ese ansiado equilibrio que busca Del Toro a la hora de compensar las distintas fuerzas motrices que mueven su cine. La falta muy poco para conseguirlo, quizás que el relato sea capaz de tener por sí mismo respiraderos que no permitan que su poder de significación se asfixie dentro de su propio perfil de película "demasiado cerrada en sí misma". Le falta afinar caracteres, suavizar acciones que pueden llegar a resultar exageradas, desprenderse de cierta rigidez tanto en el seno de la dramaturgia como en el de la construcción del relato. Pero está cerca, muy cerca de hacer Guillermo del Toro verdadera magia con el celuloide.