número 55 • OCTUBRE 2006
Podemos afirmar que en el género del documental musical, el atractivo fundamental del film viene determinado, la mayor parte de las veces, por quién está delante de la cámara en mayor medida que quién esté detrás; es decir, la estrella es más importante que el director; aún cuando las implicaciones emocionales y las recurrentes temáticas del cineasta tengan una marcada presencia en el resultado (The Last Waltz/El último vals, Martin Scorsese —1978—), o cuando por el contrario, aquél decida difuminarse cediendo todo el terreno al músico (No direction Home, Scorsese —2005—). Esto es debido fundamentalmente a que los cineastas que se acercan a los músicos acuden no con la intención de imponer su criterio, sino con la humildad del observador y dispuestos recoger algo que ya está allí. En esta ocasión, aun cuando la relación entre cineasta y músico sea determinante para la puesta en marcha del proyecto, Demme decide ceder el protagonismo a la música y la figura de Neil Young, que será el verdadero conductor del film.
Demme ya se había puesto tras las cámaras hace más de diez años para registrar el proceso de grabación del álbum "Sleeps with Angels" (1994) [1] —y Young por su parte, había grabado una canción para la banda sonora de Philadelphia en 1993 dirigida por Demme[2]—. En aquel primer encuentro, el cineasta ponía imagen a cuatro canciones de Young junto a Crazy Horse en las que podíamos vislumbrar la faceta más amarga y ruidosa de la música del canadiense, filmadas en un estilo muy similar al que ahora se presenta en Heart of Gold. En esta ocasión, el motivo del encuentro es el concierto de presentación del penúltimo disco de Young, "Prairie Wind" en el Ryman Auditorium de Nashville. Aquí el músico mostrará su rostro más campestre y plácido, acompañado de otros de los colaboradores habituales en su discografía junto a los que ha grabado álbumes como "Harvest" (1972) o "Comes a Time" (1978).
A primera vista, un espectador perezoso que se acerque a Neil Young: Heart of Gold tan sólo verá eso, la filmación de un concierto. Y siendo pragmáticos, eso es básicamente lo que veremos: Tras un escueto prólogo de camino al Ryman, en el que Young y alguno de sus colaboradores hablan a la cámara, se abre el telón, comienza el concierto y las canciones se suceden, una tras otra, hasta el final, sin interrupciones. Pero aquí hay más que eso.
Días antes de la grabación del álbum "Prairie Wind", a Neil Young se le diagnostica un aneurisma cerebral, que debía operarse con urgencia al finalizar las sesiones de grabación, con resultado incierto. El disco será un claro reflejo de los pensamientos que abordaron al canadiense en aquellos días: canciones sobre el paso del tiempo, la muerte, la amistad o los sueños de juventud, y la película que nos ocupa será, finalmente, el mejor modo de plasmar esos temas.
Unas imágenes de Nashville tomadas desde un coche en movimiento abren el film. En el interior de distintos automóviles los "personajes" de la película, siempre con sutileza y de modo indirecto, darán las claves temáticas de las que ésta nos hablará. Uno de los primeros motivos de conversación, por ejemplo, será el mítico Ryman Auditorium; a través de varias anécdotas se hablará de su pasado glorioso y de su incierto futuro debido a la construcción de una autopista cercana. Entremedias, lo que permanece es algo recurrente en toda la película, la idea del paso del tiempo y la inevitable pérdida que este acarrea. De ello serán una metáfora precisa las primeras localizaciones escogidas para la película (coches y ascensores en movimiento constante), revelando desde el inicio la sutil construcción que Demme y Young plantean desde el guión y que se observará también en la disposición de las canciones durante el concierto.
Cuando la música comienza, la planificación nos sitúa en el medio del patio de butacas del auditorio, como uno más de los espectadores del show. El telón se retira lentamente y un ligero travelling avanza hacia el escenario en el que Neil Young y su banda comienzan a interpretar los temas de "Prairie Wind"; segundos después, sin prisa, Demme inserta el primer plano corto de los músicos. La sencilla pero efectiva planificación consigue una simbiosis perfecta con la percepción de un espectador en vivo: nuestra mirada se focaliza poco a poco en el escenario, para comenzar a fluir, instantes después, libre entre la música. Demme no insertará en ningún momento planos de la audiencia, tan sólo Neil Young tocando para nosotros en cada sala de cine. La sobria puesta en escena primará, por encima de todo, la música y Demme recoge lo que ve, sin pretensión de crear una falsa vivacidad mediante aparatosos movimientos de cámara o rápidos cortes, o introduciendo elementos externos (entrevistas, imágenes no diegéticas) que producirían interrupciones innecesarias. Demme y Young nos dejan ver y oír.
Canción a canción se nos irá revelando el sentido último del film: hablar sobre el tiempo que se ha ido, esa "Long road behind me", el camino recorrido, al que se canta en el primer corte y que da pleno sentido al arranque del film en la carretera. Las anécdotas que Young relatará al público entre las canciones siempre vuelven la vista atrás (el ukelele que le regalaron cuando era niño, la vieja guitarra de Hank Williams que está tocando, la muerte del padre...) incidiendo una y otra vez en el mismo tema. La división del show en dos partes trabaja también en esta dirección: tras interpretar el material de "Prairie Wind", se rescatarán canciones grabadas hace más de treinta años por esos mismos músicos. El viaje no es gratuito, a través de estos pequeños detalles podemos "sentir" el paso tiempo. Este trabajo se apoya y refuerza constantemente por el trabajo de la fotografía y el diseño de decorados que privilegian la utilización de los tonos dorados del crepúsculo.
El tono melancólico del film y sus reflexiones se reflejan implacablemente en los rostros envejecidos de los músicos. En cierto momento, Neil canta al desvanecimiento de los sueños de juventud y Demme, de nuevo con sutileza, introduce un plano corto en ligero contrapicado de Grant Boatwright tocando la guitarra con la mirada perdida. El encuadre, el color y la luz del plano toman prestada del western la acepción "crepuscular", equiparando al viejo guitarrista con, por ejemplo, el Joel McCrea de Ride the High Country/Duelo en la alta sierra (Sam Peckinpah, 1962) en el momento de echar una postrera mirada atrás hacia la montaña a la que ya no regresará; a partir de este instante, la sensación de estar asistiendo al final de algo único ya no nos abandonará hasta el final del film.
El movimiento perpetuo del tiempo, el cambio continuo, son las mejores metáforas para describir a un músico inquieto como Neil Young siempre transformándose, siempre siendo él mismo. La mejor prueba de ello es que ahora, cuando llega este film a las salas, con su regusto amargo y sus canciones sobre la muerte y el paso del tiempo, Young mirando de nuevo hacia delante, ha presentado en este 2006 "Living with war", un nuevo disco lleno de energía y electricidad, de rabia contestataria dirigida a la clase política norteamericana, ofreciéndonos un nuevo eslabón en su nada complaciente carrera musical. Como él mismo dijo: «es mejor quemarse que desaparecer.»
[1] The Complex Sessions, Jonathan Demme (1994). Además de estas colaboraciones con Neil Young, Demme ha realizado trabajos para Bruce Springsteen, The Pretenders o Talking Heads.
[2] Neil Young ha tenido una larga relación con el mundo del cine (ya sea con su nombre u oculto tras su seudónimo, Bernard Shakey): ya como director de extrañas películas como Journey through the past (1974) o Human Highway (1982), filmaciones de conciertos de su propia banda como Rust Never Sleeps (1979), o proyectos multiformes como el reciente Greendale (2003). Ha prestado sus canciones a multitud de bandas sonoras y creado nuevas composiciones para ellas, destacando su colaboración con Jim Jarmusch en Dead Man (1995). Además, ha participado como actor de reparto en varios films de Alan Rudolph, entre otros.