Pajaritos y pajarracos

Una columna de Jorge-Mauro de Pedro

Yo no soy el Juani

Realmente este mes les pido un sobreesfuerzo. De verdad: todo aquel que termine de leer la columna puede presentar copia impresa en el Cinesa más próximo y obtener a cambio un bonito descuento con Mac menú incluido. Porque ustedes lo valen, ¡qué narices! [Si notan cierta hostilidad por parte de la taquillera, recapaciten a posteriori, en plan Palminteri en Sospechosos habituales: ¿cómo demonios va a invertir en MdC una major norteamericana?]

En septiembre-octubre nos da por ir mucho al cine (¿evasión imposible ante el comienzo del nuevo curso?, ¿estertores del desaforado ocio estival?). Hubieron festivales, encuentros, polémicas, palmaditas en la espalda y bofetones. Nos gusta el melodrama tanto como a Almodóvar, que debe de andar ya ensayando discursito de aceptación para la próxima noche de oropeles, guitarras y malagueños. (Por caridad, que no nominen a Penélope a los oscars… ¡¡qué sin Dios!!)

No salen todas las que vimos, no menciono a todos con los que hablamos. Tampoco soy especialmente justo ni obtusamente cruel. No hay teléfono de aludidos y las polémicas las zanjo con un apretón de manos y dos cafés solos, si el agraviado se presta.

Y si, de la publicidad insertada en este nuevo formato de revista opino lo mismo que ustedes; ni un mal necesario, ni gaitas: un asco. Y punto.

La noche de los girasoles.- Acallados los ecos de la batalla que el cine mesetil libró para salvar Alatriste (felicidades… lo habéis logrado, vendidos: recuperó su inversión. Lástima que sea mala, pero no vamos a amargar la gran fiesta del cine patrio con absurdas apreciaciones referentes a la calidad de sus productos), es hora de hablar de buen cine español. Que no, que no son antónimos… haberlo, haylo.

La noche de los girasoles, ópera prima de Jorge Sánchez-Cabezudo, demuestra una vez más el discreto encanto de lo sencillo, que muchas veces acaba siendo sinónimo de honesto. ¿Honestidad y sencillez unidas en una misma frase? ¿Más parloteo sobre la simplicidad de las formas y la depuración del mensaje? No, La noche… rehuye cualquier intención manierista, cualquier exaltación de las formas (aunque se marque un intento de violación digno del Hitchcock de Frenesí).  

Una historia que surge de la observación (no necesariamente minuciosa) de la realidad, o de esa ficción novelada que para algunos hace las veces de vida. Terruño, odios enconados, luciferes trajeados en viaje de negocios, tipos íntegros que pierden el control y guardia civiles con ganas de retirarse. ¿El resultado? Un thriller hispano verosímil. ¡Milagro!

Jacques Bécquer en la Filmoteca.- Siempre he creído que existió una entente entre Renoir, Ophuls, Bresson y Bécquer. Más allá de que se conociesen o no, de que este fuese ayudante de dirección de aquél o se dijesen cosas maravillosas unos de otros. ¿Un mismo estilo? Nada más falso. Y sin embargo...

Revisar títulos como París bajos fondos o La evasión me permite resucitar en la memoria al Bécquer francés, autor de la que a mi entender es la mejor cinta de ‘no fuga’ de la historia. Y quién no mataría por la Signoret de Casque d’or

A propósito, felicidades a la Filmoteca de Catalunya en su 25 aniversario. Parecen haber volcado todos sus esfuerzos en la nueva sede, proyecto arquitectónico que ya nació con la etiqueta de “singular” colgada del portafolio. Mientras tanto, programan un ciclo Kim Ki-Duk… y pasan únicamente las cuatro pelis que han tenido estreno comercial en este país. Menuda labor divulgativa, menudo esfuerzo ímprobo… menuda comodidad.

Dementia 13.- Los comienzos son siempre complicados. Los de Coppola no fueron una excepción: Corman no era mala gente, pero imponía unas condiciones de rodaje que convertían en un auténtico milagro el terminar por hacer algo digno.

Claramente influenciado por Psicosis, don Francisco se defendió sin más en su primera incursión en el género, donde tantos grandes han pinchado (¿soy el único que sigue pensando que El resplandor es de lo más flojo de Kubrick?). Concederle la autoría es casi anecdótico (lo mismo puede decirse del Boxcar Bertha de Scorsese, con idéntico compañero de viaje), pero permite realizar una autopsia de los gustos cinematográficos del barbudo a principios de los sesenta, cuando apenas superaba la veintena.

Películas made in CineAsia.- CineAsia es otra revista de cine. Otra más, sí. El nombre es toda una declaración de principios, así que está claro cuál es el cine “que les pone”. Van sacando un numerito cada dos meses y se defienden como pueden en este charco difuso de revistas especializadas. Yo les agradezco su desenfado, su renuncia a todo elitismo (aunque a la par hayan publicado posiblemente el mejor artículo en español sobre Tsai Ming-liang) y su voluntad de reivindicar un cine que –se nota- les divierte. Que no es poco.

Organizaron pases de su cine favorito en el inevitable Casablanca-Kaplan de Barcelona. Reincidí con Bollywood, representado esta vez a través de Jaap. Ya les he contado alguna vez que esta es una de mis debilidades más inconfesables: sí, sé que los actores sobreactúan, que las telenovelas venezolanas tienen argumentos lynchnianos al lado de su simplicidad infantil, que todo es excesivo, que ‘jartan’ un montón… y sin embargo, ejercen sobre mi persona un efecto parecido al de las pelis de Capra: me dan un buen karma que no vean ustedes.

Jaap es otra pastilla de prozac por vía ocular: él es un mazas que no veas, ella un bellezón perdido en mitad de las montañas, papá al principio no quiere boda, él se mete en problemas, ella tiene más fantasías eróticas que Sarita Montiel durante el rodaje de Veracruz… y sí, acaba bien. ¡Por supuesto!

Por el contrario, lo de Exodus no tuvo ni maldita la gracia… una superproducción a la filipina, un ‘quiero y no puedo’ que se nutre descaradamente de préstamos del género épico: Conan, Krull, Masters del Universo, El señor de los anillos, El señor de las bestias… más simple que el mecanismo de un botijo.

Oti Rodríguez Marchante: el hombre que nunca estuvo allí.- Terminó Venecia. Ya saben, uno de esos festivales de ‘clase A’ a los que ni ustedes ni yo podremos asistir jamás, ni tan siquiera en calidad de polizones. Por el contrario (y para escarnio de soñadores y amateurs con proyección), existe una camarilla de habituales  que cada temporada emprende el acostumbrado peregrinar festivalero («¡nos vamos de gira, Manolo!»). Diríase –conforme a lo leído- que en contra de su voluntad, arrastrados por los pelos del sobaco, como si fuesen presos políticos de camino a la Siberia, puteados y condenados a galeras desde la redacción de sus respectivos diarios.

Con el Sr. Oti comparto estilo (eso dice muy poco a mi favor, lo sé). Que yo también tenga cierta tendencia al despotrique y que me pierdan los “chistecillos” fáciles (¿para qué tomarse nada en serio si puedo robarte una sonrisa?) no significa que no me sienta –de alguna manera- ‘obligado’ para con aquellos que me leen. Que sienta cierto respeto por el respetable, vamos, en una época en la que está tan mal visto suponer inteligencia al otro lado del cristal (¿me lo parece a mí o uno tiene más lectores cuanto más los vapulea, cuanto más los insulta? ¿Os va el masoquismo?).

Dicho lo cuál, decir que a este “profesional” como la copa de un pino se le escapó ni más ni menos que el premio gordo (El León de Oro) en sus últimas vacaciones en el Lido. Tendría un pase (que tampoco, porque para eso se las da de crítico en lugar de turista accidental) si hubiese sido, por decir algo, la Rosetta de los por aquél entonces desconocidos hermanos Dardenne, aquella que también fue premiada contra pronóstico en Cannes (“con nocturnidad y alevosía”) cuando al tándem en cuestión no los conocía ni su señora madre. Pero no, resulta que la película la firmaba Zhang-ke, un tipo con una obra maestra titulada The world y con un modo de hacer las cosas bastante cercano a ese John Ford que funciona como referencia “absoluta” de Oti, Garci & company (oigan, que no se me malinterprete: puestos a tener un Dios, John Ford me parece la elección más acertada).

El caso es que sorprende –también cansa y provoca desaliento en quienes envidiamos su oficio- el tipo de justificaciones cuando uno ha faltado a sus deberes (porque alguno tendrá en calidad de enviado especial, digo yo), máxime cuando no hace falta ser el “tío más puesto del corral” para que te suene el chino este (hasta un menda ha podido ver toda su filmografía, ¡imagínense!). En palabras de Oti:

"...se proyectó sobre la marcha y en plan sorpresa un día a las tantas de la noche y sólo acertaron a verla los parientes de Jia, dos que no tenían hotel y una representación muy selecta de entre lo más colgado de la crítica"

La verdad es que el pollo tiene gracia, de no ser por ese remate final: “lo más colgado de la crítica”. ¿Qué quiere decir? ¿Los que se toman en serio su tarea? ¿Los que van acreditados por medios que ni tan siquiera les pagan el alojamiento, careciendo de jugosos estipendios en dietas? ¿Los más puteados –esto es: los más jóvenes-, los que han  forjado su cinefilia con esfuerzo, generosas dosis de ilusión y autodidactismo? O sencillamente, ¿los que opinan distinto a mí y a mis amigos?

Lo peor de la elite no es que estén ahí arriba sin merecerlo. Lo peor es el profundo desprecio hacia “lo distinto”, hacia aproximaciones diferentes al canon particular. Y eso lo dice alguien tan poco de fiar como Jorge-Mauro de Pedro, sí, el tipo ese capaz de arremeter en el lapso de dos meses contra Kiarostami, Godard, Erice o Apichatpong (al menos tengo el detalle de ver aquello que critico, aunque eso no me exima de mis pecados).

No, no es una cuestión de modernillos vs. clasicorros. Es un problema de actitudes.

Pero caray, no era de eso de los que quería hablarles. El caso es que el bueno de Oti tiene su blog en el diario ABC… y allí se desencadenó la de Dios es Cristo.

[Nota: la proliferación de blogs en las ediciones digitales de los grandes periódicos ha acabado siendo una gran noticia. Le pasó también a Borja Hermoso en El mundo, o leyendo los encuentros con Carlos Boyero en idéntica página. Nos han demostrado –por si cabía alguna duda- que cualquiera puede escribir de cualquier tema sin tener ni puñetera idea del mismo. Yo me congratulo, de verdad, porque esa era y es mi principal coartada para hacer lo que hago. Sin remordimientos, mejorando fácilmente lo presente].

Este ramillete de elegidos, digo, nos parecían profesionales de lo suyo y ha resultado que en el “cuerpo a cuerpo” de los blogs se les ha acabado viendo bastante el plumero, arrinconados en un medio que no comprenden, convencidos de que iban a tener “agradables” tertulias con lectores-fans, mucha cera y brindis al sol.

Concretamente –y volviendo al caso de Oti- poco podía imaginar él que su chascarrillo sería el detonante de una caza (no premeditada, pero inteligente y de poder a poder) por parte de algunos de mis lobos grises preferidos de cinexilio.com. Fue una batalla de poder a poder, que tuvo lugar entre el domingo 10 de septiembre y el martes 12, contrapunteada por comentarios serviles y animosos de incondicionales y demás degustadores de posaderas ajenas. El Sr. Oti acabó mostrándonos las garras, repartiendo leña indiscriminadamente cuál ‘neng’ ciego de pastis y mostrándonos la cara oculta del héroe:

“Supongo que no debería entrar a las muchas tonterías que acabo de leer, y desde luego no darme ni por enterado de esa tal desidia de la que se me acusa (…) En fin, supongo que tendré que leer muchas chorradas sobre esto. Sólo espero no tener que contestarlas todas”.

“Como propietario del barco he de decir que pocas veces había tenido una singladura tan divertida, a pesar de que también pocas veces había leído tantas chorradas (…) He leído cosas esta tarde realmente espeluznantes, pero, en mi modestia, seguiré viendo las películas que pueda o me toquen, y seguiré diciendo de ellas lo que mi cabeza, mi estilo o mis limitaciones me sugieran. Por lo demás, ya no cambiaré hoy este hervidero, entre otras cosas porque empieza el Barça”

No sé… el caso es que si uno no está dispuesto a soportar estoicamente opiniones distintas (y a rebatirlas con argumentos o algo que se le parezca), no tiene mucho sentido torear en la cosa esta de internet (hablo por experiencia: los bocazas nos sabemos prisioneros de nuestras palabras. A veces toca apechugar y bajar las orejas).

A ver si lo entendemos todos de una vez: ya no existen pareceres absolutos; un tío de Cuenca –sin pedigrí ni título- puede acabar siendo más influyente que un pope que utiliza el medio para tratar con displicencia a sus lectores y acusarles de llevar “careta”, de no dar la cara (que suena un poquito a “eso no me lo dices en la calle”). Supongo que es difícil de explicar… sería semejante a lo que les pasó a los orgullosos relojeros suizos cuando aparecieron los primeros relojes made in Japan, tan feos ellos… ¿quién demonios iba a querer uno?

Diez años después, media humanidad llevaba uno en su muñeca.

Oti, las cosas han cambiado, están cambiando. Resulta que viene una generación que quiere y puede criticar las mismas cosas que tú ves y otras 30 que tú te pierdes. Reclaman un poquito de respeto y alguna oportunidad, esa que a ti también te debieron de dar en su momento (ah, no, me olvidaba que todos los que están “arriba” no le deben nada a nadie… claro, claro).

Hasta el profesional menos entregado a la causa entiende la necesidad de reciclarse. Negar la evidencia, aferrarse al bucle melancólico (en vuestro caso, ver por quincuagésimo quinta vez Casablanca) no va a cambiar las cosas. Aunque Casablanca sea magnífica o John Ford maestro de maestros. Pero… y si… ¿y si hay algo más ahí fuera? (Dicho esto por alguien que por mucho que se asoma ‘ahí fuera’ sigue sin dar con nada que le motive tanto como Ford. Por supuesto, je).

El eterno (y cansino) debate sobre la crítica.- La circense cobertura de Venecia por parte de los principales periódicos nacionales hizo rebosar el vaso de la indignación de algunos (artículo Tren de sombras). Parecía un brainstorming de guionistas de serie de Ana Obregón: “era más lenta que el caballo del malo”, “no, no, qué te parece esto: pasaban menos cosas que en una de Rohmer “, “me quedé más frito que viendo jugar al Real Madrid en casa”…  cierto es que los ánimos ya están de por sí caldeados y que existe un nutrido grupo de cinéfilos que cree, simple y llanamente, que alguien no está haciendo bien su trabajo.

En este asunto me declaro agnóstico, sin ánimo ni voluntad para señalar al malo de la película, de haberlo. ¿Indignado? No, eso nunca: trato de racionar mis estallidos furibundos y siempre los focalizo sobre asuntos importantes (y el cine no es uno de ellos). Yo lo resumiría así: cuando leía crítica (sí, hubo tiempo en que malgastaba mi tiempo de esta manera) hará cosa de 15 años, me sorprendía sobremanera el dominio del idioma que tenían quienes se dedicaban a ello, su formación, su cultura enciclopédica. Podía estar o no de acuerdo con sus pareceres, pero siempre acababa diciendo: “en mi puta vida podré escribir así, ¡qué tío!”

¿Ahora? Dirán que será efecto de los años, de la soberbia o de complejo de Fernando Alonso, pero el hecho es que la mayoría de las cosas que leo me parecen justitas, muy justitas y francamente mejorables. Y eso lo dice un junta letras como yo.

Algunos compañeros de redacción lo expresaron tal que así:

Alejandro Díaz: «(…) qué forma de despreciar las películas situándose en un plano superior a ellas sin analizarlas lo más mínimo, sin dar argumentos... la recopilación de los amigos de trendesombras.com es impagable, sin duda. Vaya "críticos" que tenemos en este país, señores. ¡¡Qué $%& vergüenza!!! Yo no los llamaría precisamente "juglares", los llamaría "comodones caducos" (…) Otros como el que suscribe, nos tuvimos que quedar sin irnos de juerga durante el pasado festival de Gijón (y no crean que no me apetecía) para poder hacer las crónicas diarias de MdC sin cobrar un duro (…) y este puñado de vagos tragaldabas, que cobran su buen dinero y acuden al festival con los gastos pagados no se esfuerzan lo más mínimo por entender cualquier cine que no se adapte a sus estrechísimos gustos ni por ver todas las películas posibles... echo de menos a gente como José Luis Guarner, que cuando iba a un festival acudía a ver todas las películas que podía.

No se esfuerzan lo más mínimo, no mueven un dedo para conocer aquello de lo que deberían, como mínimo, informar. Ninguno de los tres críticos (de, recordemos, El País, ABC y El Mundo, que no son los de El diario de La Peral de la Sierra) ha visto la película ganadora, señores. Y es gente que se dedica en exclusiva a escribir sobre cine en sus periódicos (a esos tres no les he visto yo haciendo estudios para revistas minoritarias por cuatro duros o gratis, entre otras cosas porque probablemente andarían más perdidos que Jack Bauer en un episodio de Cuéntame). Y no han visto la película de Jia simplemente porque no tenían ni puta idea de quién era, así de claro, y lo menospreciaron de raíz. Y lo peor es que no asumen su ignorancia, sino que tiran p'alante y sacan pecho los tíos… "quién iba a suponer que ganaría el chino ese", "qué estupor reinaba cuando se supo el palmarés"... un premio a Jia Zhangke les causa estupor, y piensan que esto es extensible al resto de la crítica internacional, cuando resulta que esta cuadrilla de autistas deben ser los únicos paletos del festival que no sabían quién era el autor de Unknown pleasures o The world, y lo peor es que les da igual conocerlo que no. Eso sí, que le den un premio a Mar adentro no les causa estupor a estas gentes, ¡claro que no! Pero sí que gane Jia Zhangke o que no haya películas españolas a concurso («¡con lo bueno que es el cine apañó, Marco tío, que no te empanes, deja de traer chinorris y llévate la última de Aranoa, so anticuao!»).

Qué curioso que nuestro compañero Manu Yañez SÍ haya visto la película de Zhangke. Qué casualidad que él no haya sentido "estupor" al verlo premiado. Es la diferencia entre los que van a los festivales a ver cine y se informan, investigan y buscan, y los que van a zurrarse la sardina con todos los gastos pagados y a soltar incongruencias y exabruptos casi siempre con opiniones enfrentadas a las del resto de la crítica mundial, que deben ser todos unos mentecatos. No estoy defendiendo que haya que ir con la opinión mayoritaria porque sí, ni mucho menos, pero es que hay casos en los que siempre parece que los críticos españoles no coinciden con los del resto del planeta, y siempre suele producirse ante los films más arriesgados, experimentales o minoritarios, precisamente aquellos cuyo estreno en España depende de que obtengan el apoyo de la crítica, algo que, por supuesto, no obtendrán, sino todo lo contrario; y además con insultos y menosprecios. Por poner un ejemplo de lo que quiero decir: no me gustan las últimas películas de Lars von Trier, pero no se me ocurriría dedicarles las palabras despectivas que dedican ellos a Lynch o Tsai, porque, aunque no me gusten, les tengo un respeto a las obras y al director y no me considero por encima de nadie. Además, creo que son films interesantes independientemente de mis gustos personales, que creo que no deberían ser más que el punto de partida a la hora de emprender el análisis de un film. Partir de las impresiones subjetivas para tratar de teorizar algo más abstracto... »

Juan Lagorio: «(…) tienen razón en enojarse, pero esto no es nuevo: nació con el cine. Es lo revolucionario que contiene su tradición: que es para todos y que al basarse en imágenes que se traducen, todo el mundo se siente, ay, con derecho a opinar como le cuadre. Peor aún si les pagan por ello, ya que entonces, el oficio se vuelve oficioso, cayendo fuera de la vocación. Los que escribimos en MdC lo hacemos por muchas razones. Una de ellas es la vocación, que podría definirse como aquello que lo lleva a uno a esforzarse por obtener conocimiento a través del oficio, y que lo haría aunque no le pagasen. Los otros, que han vendido su vocación, se sienten legitimados por esa abstracción llamada dinero, y por lo tanto, con derecho a opinar o escribir cualquier sandez. Pero sabemos que esto no es así. Los críticos perezosos no llegan al conocimiento del cine, apenas chapotean balbuceantes en el lodo de su propia acedia».

Antoni Peris: «Aquellos que creen saberlo todo y conocerlo todo se limitan a menudo a mantener los ojos "wide shut" y los oídos sordos. Luego pretenden predicar sin razonar y con falsos sentimientos (…) Mejor mantener la avidez y las ganas de descubrir cosas nuevas sin olvidar la ilusión por el conocimiento y por lo desconocido que podíamos tener cuando éramos niños. Así en la vida como en el cine».

Las dos Españas en el mundo de la crítica. En contra de la dictadura de la opinión (y 3).- Remato el tema por este mes, de verdad (¡qué ‘pesao’!). Todo surge al hilo de un excelente artículo bloguero (http://elprincipio.blogspot.com/2006/09/reflexiones-la-crtica-frente-las.html). Más que nada para aclarar “a qué juego” o cuál es mi posición en todo este debate (¿realmente le interesa a alguien, a excepción de mi primo de Segovia?).

¿Es contradictorio criticar a Oti por no hacer bien su trabajo y marcarse a continuación un artículo furibundo en contra de Tropical Malady, icono pop-guay del nuevo cine? ¿Es necesario pertenecer a uno u otro bando? ¿Todo el cine con dos planos por media hora de proyección es sublime? ¿Tengo un problema si me aburre? ¿Qué significa aburrirse? ¿Sirve eso para medir, para juzgar nada? ¿Si doto de cierto estilo a mis escritos –puajjjj, ese estilo mío, esa gramática parda tan poco objetiva- me estoy condenando a las catacumbas? ¿Son compatibles análisis y amenidad? ¿Quién dijo que esta parrafada mía esté siendo digerible?

¿Sirve la semiótica o la realización cinematográfica para juzgar con mayor conocimiento de causa? Parece que sí, puesto que la “deconstrucción” de un film basada en tecnicismos («el poderoso influjo del plano secuencia sostenido») o metafísicos («una comunión perfecta entre Mahler y Buda») se consideran aportaciones mayúsculas, tributos sin discusión. ¡Análisis, que impere el análisis! Esto es, ¡que triunfe la subjetividad!

Esta subjetividad está muy bien cuando coincide con mi manera de ver las cosas. Pero… ¿por qué los argumentos basados en reacciones físicas –“me aburro, me duermo, esto es insoportable”- están peor vistos que los que se fundamentan en éxtasis emocionales? ¿Sólo cuentan los orgasmos? ¿Los gatillazos no valen? “Arguméntalo”. Lo intento, de verdad.

Las argumentaciones sublimes me parecen tan sencillas de pergeñar… no digo que no lleven más tiempo –leer 30 opiniones ajenas y poner de acuerdo lo que uno siente con lo que dice Rouge, Carriers y Letras de Cine no es tarea de una tarde-, pero en última instancia acaban careciendo de algo que tiene que tener toda crítica: emoción, cercanía, sinceridad sin maquillar. Es fácil acabar diciendo lo que muchos quieren que diga. El problema es que digo lo que quiero, porque eso es lo que soy (impresionante aserto digo de una película de Isabel Coixet… perdón, perdón. Debo moderarme).

Digámoslo cuánto antes: Tsai Ming Liang tiene películas horribles. Sí, señores. Sokurov, insufribles (la mayoría, de hecho). No pasa nada. John Ford las tiene infumables. Wilder, flojitas.

Me causan urticaria los dioses, vivos o muertos. Los que presumen de haberlo visto TODO -¡y un cuerno!- y los que desprecian cualquier film anterior a Star Wars. Los que presumen de tener razón y los que están convencidos de ser abanderados de la verdad. Los que te miran medio palmo por encima y los que te dan la mano bajándote el brazo, con infinita condescendencia.

El “tema” de Venecia con Oti, Boyero & Co. no fue realmente el que se durmiesen de nuevo viendo alguna película (esas cosas pasan y créanme que no tienen nada que ver con la calidad de lo expuesto: el agotamiento físico me ha llevado a sucumbir ante la mismísima Sed de mal en pase vespertino. Como lo leen). Lo chusco fue que no estuviesen allí cuando se les necesitaba, que demostraran no ser nada receptivos a las novedades, aunque sólo fuese para despellejarlas acto seguido. Sus opiniones me la traen floja, del mismo modo que a ellos la mía. Lo único que le pido a un médico es que sepa curar. Me importa relativamente poco que durante su consulta cuente chistes más malos que los de Arguiñano o que sea más gilipollas que House. Y ellos, los que están ahí arriba a día de hoy, no hacen bien su trabajo. Yo no lo haría mejor (lo último que se me ocurriría de pasar una semana en Venecia sería ir al cine) pero ahora mismo conozco a tres docenas de personas sobradamente preparadas y –¡lo que es más importante!- muchísimo más ilusionadas. Y sí, jóvenes, bastante jóvenes.

También detecto con fingida preocupación que frente a ese ‘ellos’ comienza a perfilarse una banda igual de peligrosa (si no más). Gente convencida de que su visión tiene que prevalecer, de que esto es una guerra y tienes que elegir bando o probarás el filo de mi espada, sarraceno infiel. Son menos, muchos menos. Lo sé. Simplemente por eso mis simpatías deberían de estar de su parte, por una simple cuestión de solidaridad. Tal vez. Pero detesto las maneras (no pasa nada: es recíproco).

Hasta que esta ‘nueva ola de la crítica’ no demuestre un poquito más de sentido del humor, hasta que no aprendan a chotearse de sus propias preferencias, hasta que no dejen de confundir el arte con el reclinatorio, tendremos la batalla perdida. Y digo ‘tendremos’, porque nos estaremos deslegitimizando frente a unos vagos redomados que manipulan el gusto masivo a discreción.

No hemos hecho todo este camino por una cuestión de gustos. No estamos aquí para darles la patada y ponernos nosotros en su atalaya, a predicar con denuedo el advenimiento del Nuevo Cine (¿qué coño será eso?). Estamos aquí por y para las películas. En realidad, lo que tú o yo acabemos opinando de ellas, está de más. Sólo queremos tener la oportunidad de verlas. Las promocionamos sin esperar nada a cambio. Lo nuestro sí que es –textualmente- “por amor al arte”.

Ah, eso sí: sólo pido que si después de verlas no nos gustan, podamos decirlo bien alto sin temer futuras purgas stalinistas.

El perro mongol.- Enésimo ejercicio flahertyano. Esta vez no es la Polinesia ni los pescadores perdidos de Arán. Volvemos a Mongolia de la mano de Byambasuren Davaa (autora de la babosilla La historia del camello que llora).

Está de moda un tipo de cine que un amigo define como “de turista”. Folclore, un punto de exotismo barato y reverso humanista simplón (como si no hubiesen existido unos genios encuadrados dentro de un movimiento llamado… ¿neorrealismo, fue?)

Poco cine, bonitos paisajes y sensación de libro de autoayuda filmado.

Charles Logan merece un segundo mandato.- Finalizó la quinta temporada de 24 y nos quedamos con la misma cara de tontos de siempre… ¡será posible que esta mierda enganche tanto! Y lo que es más importante: ¿le concederán algún día de asueto al pobre Jack Bauer? ¿Puede permitirse el lujo un Estado moderno de tener suelto a un psicópata como este por las calles de Los Ángeles? ¿A cuánto asciende la factura mensual del móvil de Jack? ¿Padece Cloe O’Brien las almorranas en silencio o esa es la cara que se le queda a todo informático sometido a una tensión continuada? ¿Tienen plus de peligrosidad los empleados de la WAT?

De esta entrega me quedo, de largo, con el mejor presidente norteamericano de la ficción –con el permiso del Martin Sheen de El ala oeste de la Casa Blanca-: Charles Logan, un tío con lo que hay que tener, dispuesto a lo impensable por salvar a su patria… ¡di que sí! Y no aquél sosales de David Palmer, que parecía una monjita de la caridad, tan íntegro él, con aquellos aires mesiánicos… ¡bah!

¡Que vuelva Charles Logan en la sexta entrega! Un mandatario maquiavélico que gobierna el mundo con mano de hierro, sin estúpidos escrúpulos decadentes consecuencia de la “moral” o la “decencia”… ¡un estadista que mejora a Churchill!

Clerks 2.- Kevin Smith reducido a la fórmula que el mismo creó, metido en un callejón sin salida del que no quiere (¿no sabe?) salir. Eterno niño grande dispuesto a alargar el mito de la adolescencia hasta la cincuentena y más allá. Veamos a ver si lo consigue… dichoso él.

La segunda parte de Clerks está llena de disquisiciones ridículas (¿una rubia repelente o una morena cañón?), de sexo oral y… y erotismo entre especies. Incluye también una diatriba en contra de El señor de los anillos que está llamada a convertirse en hito vacilón esgrimible contra fans plastas.

Clerks 2 es un cine simpático, firmado por un director que hace una década (¿quizás después de Persiguiendo a Amy?) nos hizo creer que iba hacia algún sitio, que su obra aspiraba al compendio, que sus personajes crecerían con él.

Love letter.- El director es Shunji Iwai, autor de culto (esto es: tiene grandes películas que pocos han podido ver).

Aquí nos cuenta una historia cuyo argumento de partida provoca dentera, remitiéndonos a Sandra Bullock, Julia Roberts o fotocopias de ambas con diversas intensidades de teñido llorando cada diez minutos, estrujando en sus manos la foto del ser amado para terminar superando la adversidad y tal y tal y tal. Pero no: por suerte, Shunji resulta ser un tipo con algo de sensibilidad.

Imagínense una terrible pérdida. Y una sospecha no menos cruel: que aquél a quien tanto quisimos nos eligiese de rebote, por nuestro parecido razonable con otra u otro. Alguien a quién realmente sí amó, tanto tiempo atrás...

La viuda en cuestión aspira a que su amante vuelva de entre los muertos y para ello le escribe una misiva al cielo, sin necesidad de acuse de recibo. Claro que el cielo resulta tener unas señas bastante terrenales: las que se corresponden con la última residencia del susodicho en el pueblo que le vio nacer. Y la carta llega, porque… ¿quién podía imaginar que una mujer tuviese su mismo nombre?

Se establece a partir de aquí un intercambio epistolar entre dos mujeres en crisis. La una descubre que para el hombre al que amó no fue más que una reproducción más o menos fiel de un modelo previo y la otra despierta a una verdad no menos terrible: ¡cuánto la quería aquél compañero de estudios retraído y raro de cojones, aquél que tras extrañísimas maniobras de acercamiento trató en vano de llamar su atención!

Rocco Siffredi, no te olvidamos.- Dos años, dos larguísimos y duros años desde que Rocco abandonó el cine porno para convertirse en productor. Uno de los actores más inteligentes de Europa, un tipo que supo planificar su carrera y disfrutar con su trabajo como pocos. Padre ejemplar y esposo fiel, para mayor escarnio de católicos y enemigos del coito en plano detalle.

Publica ahora sus memorias, plagadas de hazañas inconmensurables, de sucesos fantásticos. Ya con 16 añitos, el chico ganó un torneo de masturbación, marcándose once eyaculaciones en seis horas (de verdad, yo no sé dónde hacen cosas de estas… y ya puestos, ¿no almacenaban los centímetros cúbicos de cada evacuación, para deshacer posibles empates?).

Siffredi demuestra también que no es ningún fantasma: afirma que eligió ser actor porno por "vocación" porque «ser actor de películas pornográficas no es un verdadero trabajo, ya que hacer el amor durante ocho horas es imposible para una persona normal». Menos mal…

Para concluir, espeluznante suena su truco para mejorar las prestaciones sexuales del varón: «esforzarse en pensar en otra cosa, pero sin olvidar a la mujer que si no se puede ofender». O sea, hacer como que se está pero sin estar del todo. Quererla pero sin muchas ganas. Empujar pensando en el partido de fútbol de la selección española. Joder, Rocco, tú que siempre fuiste tan directo… ¡no me vengas con acertijos!

Sitges 2006.- A media horita de Barcelona, merced a 15 kilómetros de autopista que cuestan 5 € del ala (lo único en lo que acabaré dándole la razón a Carod-Rovira: ¡ladrones!) se encuentra la otrora entrañable localidad costera de Sitges.

El primer contacto con el mar en octubre fue en un domingo brumoso, como marcan los cánones. Los carteles con los futuros “horrores” de Filmax o Manga Films dotaban del acostumbrando colorido a una avenida esquiva a la presencia de estrellas, talón de Aquiles de un festival que juega continuamente al despiste, a querer ser más y al mismo tiempo no cambiar… difícil.

Me dicen que un tío con el pelo a lo Punset es Monte Helman y que además está metido en la cosa esa del jurado. Pues muy bien (a mí la única que me interesaba era la Ledoyen, y la muy petarda se ha quedado en París, alimentado todavía más mis perversiones). Jamás me entusiasmó su cine –el de Hellman, el de Virginie, lo firme quien lo firme, me deja anonadado-, aunque tenga dos extrañísimos westerns de obligado visionado en la facultades de psicología.

Por lo demás, qué les voy a contar: hordas de freak-power-guays arribaron a la costa (esta es una variante ‘Yves Saint Laurent’ del frikismo de base, caracterizada por dar muestras de un carácter “alternativo” de diseño… es muy complicado de explicar: macuto al hombro a lo Jack Bauer, pantalones de pana de segunda mano que no bajan de los 100 € y preferencia por películas “radicales”, sin que ni ellos mismos sepan muy bien a qué se refieren). [Este párrafo inscríbase en lo que algunos lectores denominan “mi habitual ración de crítica hacia el elitismo”. Abundaría en el asunto, pero este mes la columna corre el peligro de ser tan amena como Las páginas amarillas.]

Miradas de cine también estaba representada este año a través de nuestra Beatriz Martínez, miembro integrante del jurado joven. (Esta chica trabaja para muchos medios, pero nosotros nos la apropiamos descaradamente, como hacen los franceses con lo que vale la pena). De sus disquisiciones y navajazos para elegir un ganador podría hablar largo y tendido, pero el secreto profesional me impide hacer públicas algunas confidencias… de momento. Si algún día escribe un libro a lo Diego Galán (“David Lynch nunca cenó aquí” podría ser un gran título) nos enteraremos de detalles la mar de jugosos… y es que en el amor y en la guerra…

Los festivales son como las galas de Operación Triunfo: todos están encantados de la vida de verse y reconocerse (besitos aquí, abrazos, manoseos y guiños varios), pero nadie olvida que ese tío que tienes al lado no deja  de ser un competidor potencial en la carrera emprendida por algunos hacia el Balhalla de la crítica. Es una sensación complicada de explicar. Lo más parecido deben de ser esas cumbres internacionales en las que los líderes y mandatarios son pródigos en gestos de cara a la galería, aunque sus discrepancias estén siempre presentes. Me ofrezco como guionista para un Wall Street del mundo de la crítica, donde más de uno podría suscribir la frase de Michael Douglas: “si quieres un amigo, cómprate un perro”.

Como yo no juego en esa liga (¡a Dios gracias!) aprovecho estos eventos para regodearme en la fatuidad de unos pocos y quedar con gente que hace tiempo que no veo. Ya sea para agredirnos verbalmente o reencontrarnos a medio camino del Auditori y El Retiro. Uno sólo, el mío descafeinado y… “¡pero cómo te ha podido gustar esa mierda!”, “no tienes ni idea”, “¡pues anda que tú!”…

Ah, si, y después –si no hay más remedio- también veo películas.

Este año me hubiese gustado ver el Miike, pero un lamentable problema organizativo –de la misma ralea que los que provocan largas colas injustificadas- nos dejó a dos velas. Una pena, porque le había conseguido gorronear una entrada al bueno de Stefan ‘contrapicado’ Ivanic, que también andaba en la cosa del jurado, sembrando tormentas…

Vamos con los premios, que se convierten siempre en una oportunidad magnífica de despotricar contra el jurado. El Festival de Sitges (rebautizado con pompa y circunstancia tiempo ha con algo así como Festival Internacional de Cine de Catalunya, que remarca el siempre rampante hecho diferencial) lleva un par de décadas con un problema de ‘conceto’: la mala conciencia del freakie con voluntad de trascendencia, patología de todos aquellos que no ven reconocido su hobbie como arte.

Esto viene a cuento de la ganadora. ¿Qué sentido tiene premiar a una película como Réquiem, remedo de El exorcista rodada a lo Dogma? Cero efectos especiales, cero presencia de elementos “fantásticos”. Se que mee llamarán reduccionista, estrecho de miras, que hay que apostar por la hibridación de los géneros, que el terror se encuentra precisamente en aquello que no se ve, etc, etc. Ya… y ahora resultará que el prestigio del que goza entre su fidelísima audiencia el Festival será debido a las numerosas películas de arte y ensayo que en él se han descubierto (sí, ya sé que aquí se ven antes que en ningún otro lugar especimenes ‘in’ del calibre de El sabor de la sandia, pero no se engañen… la gente aplaude los borbotones de sangre, los zombies hambrientos y las bestias transgénicas: si sólo quisiesen productos fetén comprarían billete para Gijón).

Eso pasa por marcarse ‘tarjets’ que difieren completamente de los del público ‘natural’ que uno ya tiene. Y es que el que mucho abarca…

Esto no son ositos amorosos.- En El hombre oso (Grizzly man, 2005), Herzog vuelve a huir. La huída no la emprende esta vez físicamente: se limita a recoger los vestigios de una aventura ajena, dotando al material resultante de un atractivo (e indeciso) aire pseudo-documental. Porque lo que nos cuenta es “cierto” (las extravagantes vivencias de Timothy Treadwell, un ecólogo suicida), mas un cierto aire de irrealidad, de montaje, de no-sucedido sobrevuela esta tragedia bufa.

Inaugura así Herzog una nueva forma de hacer ficción con la no ficción, de hacer nacer la duda sobre la verosimilitud de aconteceres ciertos… que sin embargo estamos dispuestos a creer del todo falsos, debido a su naturaleza increíble.

Soy un cínico y me gusto.- El señor de la guerra maneja con relativa gracia conceptos muy en boga: amoralidad, héroe malvado que cae bien y crítica light hacia los poderes fácticos. A parte de incluir la mejor secuencia de títulos de crédito de los últimos tiempos (vemos la trayectoria de una bala desde su fabricación hasta que termina alojada en la cabeza de un adolescente africano), la película está escrita por un Andrew Niccol acostumbrado a regalarnos buenos guiones (La terminal, El show de Truman, Gattaca…).

Lluvia de balas en la Metrópolis del 2027.- Notabilísima la última película de Alfonso Cuarón, un tipo que ya apuntaba hacia universos oscuros desde su contribución para la saga Harry Potter.

Hijos de los hombres desprende genuino nihilismo, con la ya clásica odisea de antihéroe sin nada que perder. Su última misión como ángel custodio del último neonato terrestre le llevará de vuelta a un campo de concentración y exterminio, a un guetto de Varsovia puesto patas arriba por unos rebeldes maquiavélicos.

Un Michael Caine divertidísimo, un Peter Mullan que ha aprendido las malas artes del Renault de Casablanca, una enigmática y episódica Julianne Moore… pero Hijos de los hombres se recordará por un par de impresionantes planos secuencias (falsos, trucados, digitalizados… ¿qué más da?) y la mejor escena de guerrilla urbana desde el Mogadiscio de Black Hawk Down.

El futuro será una mierda o no será (bis).- El prestigiado Linklater vuelve a convertir un reparto de lujo en dibus en su A scanner darkly, enésima revisión del futuro imperfecto gentileza de Philip K. Dick. Una droga aleladora, un gobierno con síndrome de Gran Hermano, personajes con cuelgue perpetuo… A scanner darkly acaba subiéndose a la cabeza, afectado uno por la verborrea post-porrera de sus protagonistas. Desvaríos inconexos y mucho largar para un filme que trata de contar algo… supongo.

De Palma mancilla a Ellroy...- Ay, ay, a vueltas con las adaptaciones literarias… o a vueltas con la ‘autoritis’, inflamación del ego consistente en impregnar con lo que ‘yo soy’ lo que es de otros o lo que otros ya han hecho con anterioridad. El resultado será más o menos afortunado, pero el “estilo” permitirá justificar cualquier desmán, independientemente de su envergadura.

De Palma parecía gozar de cierta bula tras su supuesta maravilla Femme Fatale, aunque personalmente creo que no hace una buena película desde hace más de doce años (Atrapado por su pasado). Embarcado pues en el carro del ‘re-prestigio’ involuntario (aunque su ‘comeback’ no alcance las increíbles cotas de complacencia crítica que en el caso de un van Sant), de Palma decidió adaptar una novela negra negrísima de James Ellroy, remedo sucio sucísimo de Hammett.

No sé muy bien lo que ha querido contar de Palma, aunque de lo que sí estoy seguro es que no ha sabido cómo. Con uno de los castings más surrealistas de la historia reciente del cine (donde los actores parecen haber sido elegidos en función de lo inverosímiles que resultan para cada papel), de Palma consigue que la Johansson de más pena que morbo, que la Swank haga de Marlene Dietrich de bar de carretera (y el glamour, por definición, nunca puede codearse con la sordidez) y que al jovencísimo Josh Hartnett le pase lo mismo que al di Caprio en Gangs of New York (¿tipos duros? ¡Pero si parecen universitarios en primer curso!).

Como he leído por ahí que prácticamente reinventa el cine noir (¿?), trataré de olvidar rápidamente sus claros referentes (Perdición de Billy Wilder, La gardenia azul de Fritz Lang o El sueño eterno de Howard Hawks), no vaya a ser que me acusen de revisionista reaccionario… ¡viva de Palma! ¡Muera la inteligencia!

…y a Scorsese le gustan Los Soprano.- Infiltrados es el remake americano de Infernal Affairs, sumum elitista del cine de acción made in Hong Kong. Está repleta de estrellas y de viejas glorias haciendo papelitos alimenticios pero muy agradecidos porque dicen tacos, pegan puñetazos y sueltan frases contundentes y supuestamente ingeniosas: “me folle a tu madre”, “te gusta que te chupen la polla”, “métele la manguera a un gato”, “te van a dar mucho por el culo”… un guión sin fisuras, que se dice hoy en día.

Scorsese (o Thelma, acepto discutirlo) pergeña un divertido juguete de autorreferencias carente de la hondura (¿moral, filosófica?) de sus mejores películas (¡Schrader, ay, Schrader! ¿Por qué nos has abandonado?). Guiños a La ley del silencio (con caída desde altura incluida, aunque sin palomar), Psicosis (de lo más gratuito de la película… ¿aporta mucho la ducha de Matt Damon mientras su pareja escucha la cinta?) o El tercer hombre (mujer muy digna “ignorando” al héroe tras el funeral del “antihéroe”). Por haber hay hasta un cine porno, como en Taxi Driver… y un rabo de plástico… cómo a cambiado el cuento, Caperucita.

Leonardo está aparente (que ya es mucho) y Matt Damon pues… pues se lo curra, la verdad. Una película en la que hasta está bien Mark Wahlberg, ¡imagínense! Y Nicholson se divierte haciendo de Diablo que no viste precisamente de Prada, pero que hace jugosas maldades (mil veces vistas: no hay acto violento que no nos remita a otro mucho más truculento, seco, contundente, a pesar del empacho de tiros en la nuca que es Infiltrados).

En definitiva, una buena película (at last!) con la que esperemos concluya de una vez por todas la carrera por los oscars de Martin…

Empresarios de cines españoles… ¡a las barricadas!- Perdonen el sarcasmo: hoy en día parece que los únicos dispuestos a la revuelta y a la insumisión son los que más tienen… ¿y qué piden, criaturitas de Dios? Pues quedarse con más, ¡como tontos que son!

Anda indignado Rafael Alvero, director general de la FECE (Federación de Empresarios de Cine) por el porcentaje que se llevan las distribuidoras de cine sobre el total del pastel (recordemos que Disney, Warner y amigos arramblan con el 60% de la recaudación en primera semana).

Esto es como una subasta entre mafiosos: los de aquí piden un tope del 48% de la recaudación para las majors y están dispuestos a continuar con sus medidas “heroicas” (recordemos su anterior renuncia a proyectar Scary Movie 4: ¡qué ejemplo de resistencia combativa!).

A mi como que tanto me da… es como asistir a una bacanal romana en la que dos senadores se disputan con ahínco la mejor tajada del cerdo. No está en juego la calidad de lo que vemos (¡ya me gustaría a mí que hubiese saltado la alarma corporativa debido al elevado porcentaje de mierda que estrenan!) sino el reparto del botín. Que haya suerte, ¡piratas!