SEMINCI 2006

Por Javier Castro

Antes de comenzar con la parte cinematográfica del artículo quiero hablar de algo que, como “semanista” impenitente y vallisoletano, me preocupa profundamente: la degradación del festival. Quizá suene duro, pero con la degeneración de los últimos años no le auguro un gran futuro a este evento. No sólo es que el atractivo y la calidad de las películas se hayan reducido preocupantemente (salvo quizá en la sección de documentales “tiempo de historia”) atrayendo menos público que nunca desde que acudo al festival; esto puede depender de la calidad de la producción cinematográfica disponible o de una incorrecta selección de títulos, y ya ha pasado otras veces y se ha sobrevivido. Es más bien la dejadez y caos organizativo, desde la venta de entradas informatizada que la mitad de los días no funcionaba ni para público ni para acreditados, hasta los desastres ocurridos en muchos pases, nunca vistos hasta el año pasado, como películas dobladas, otras sin subtítulos ni traducción, o que en los primeros días nadie se aclarara con los proyectores provocando algunas situaciones irrisorias. Y el colmo es que la práctica totalidad de las proyecciones en los ciclos, todas en el caso esperadísimo de Satyajit Ray, fueran en DVD que en muchos de los casos parecía DivX de malas que eran las copias. Me niego siquiera a tener en cuenta a las películas proyectadas de esta forma (aunque reconozco que vi muchas), más digna del trapicheo vía emule entre aficionados sin recursos que de un festival serio. Y ya de traca es que anunciaran copia nueva y restaurada del Robinson Crusoe de Buñuel cuando no era más que otra proyección en DVD. Es una lástima que habiendo tanta gente válida en la trastienda del festival, alguna de la cual podría estar dirigiéndolo, tengamos que sufrir esta política del “se pone lo que sea, que el público es borrego, se les cobra una pasta y luego decimos que todo ha sido fantástico”. Marca de la casa del señor alcalde Francisco Javier León de la Riva que impone en todas las fundaciones que caciquea (Museo del Patio Herreriano, Museo de la Ciencia y SEMINCI entre otras) con la complicidad de los directores de dichos museos o en este caso del festival.

Sección oficial a competición

La sección oficial con menos atractivo de los últimos años no resultó al final tan desastrosa como se preveía, pero tampoco proporcionó ninguna gran sorpresa o satisfacción. Mediocridad es la palabra que mejor la define. Un par de películas horrendas (menos de lo habitual incluso), cuatro películas majas (y ya) y el resto olvidable. Y el jurado que tubo a bien premiar a películas de esta última categoría.

Las dos mejores películas a concurso fueron la filipina Kubrador (La recaudadora de apuestas) de Jeffrey Jeturian y la húngara Friss levegö (Aire fresco) de Ágnes Kocsis. La primera realiza un retrato vivo y sincero de la trastienda de las ciudades de su país a través de las vicisitudes de una mujer encargada de recaudar apuestas de un juego clandestino. Los barrios pobres de la ciudad, abigarradas acumulaciones de infraviviendas de increíble dinamismo, albergan en su masificación una variada pléyade de personajes cuyo nexo, además de malvivir en ese barrio, es practicar masivamente el juego clandestino. El director nos pasea por las calles tras la nuca de la espléndida protagonista casi al estilo de los Dardenne. Lo que más me ha interesado de la cinta es su parte antropológica, porque si bien la historia puede resultar más o menos interesante (el ritmo contemplativo resultará aburrido para muchos; a mí me suele gustar pero tampoco me encandiló en esta ocasión), la sensación de estar paseando por verdaderas calles filipinas, de contemplar la vida de sus gentes, es de veras intensa.

Sin embargo la realidad se mezcla en ocasiones con las ensoñaciones de la protagonista, que toman la forma de apariciones de un joven vestido de militar, y que se hacen más asiduas e intensas a medida que se acerca la celebración del día de todos los santos. Con la llegada de este día, en la veneración masiva que invade las calles, la película alcanza sus cotas más altas de expresividad y sus ambientes su mayor encanto. Sin ser tampoco una obra imprescindible, si que deja un gusto agradable.

Más irregular se presenta la otra película destacada, Friss levegö (Aire fresco) de Ágnes Kocsis, y sin embargo con momentos más líricos y fascinantes, para mí los mejores de la sección oficial. Aquí la historia de una aburrida cuarentona cuidadora de unos urinarios públicos y de su hija igual de sosa, mezcla el estilo distante y jocoso de un Kaurismäki con la expresividad formal del más estilizado cine oriental. Con algunos momentos hilarantes como la huida de la niña a Italia, y otros tan descorazonadores como arrebatadores como el genial plano secuencia final en los urinarios, también hay que reconocerle algunos altibajos de la narración que hacen que me olvide pasados unos días y unas cuantas películas de cómo se engarzaban los distintos grandes momentos. La vida de las dos mujeres gira en torno a su serie de televisión favorita, ante la cual se unen como peces en el cristal de la pecera. Sin embargo durante el resto del tiempo sus vidas son inmiscibles, aunque similares. La madre busca el amor por medio de anuncios en la prensa, aunque casi siempre se raja antes de la cita. La niña vende la ropa que diseña o arregla ella misma mientras en el colegio comienza a relacionarse con un joven más interesado en la ciencia que en ella. Las citas entre ambos muchachos son otros de los momentos hilarantes de la película. Sin embargo no se trata de una comedia, y cuando la madre sea víctima de un atraco que la deja hospitalizada y malherida, la niña se verá sin recursos ni conocimientos para mantenerse. En fin, que tampoco es una obra maestra pero tiene momentos verdaderamente magistrales.

Otras dos películas más se pueden calificar de buenas, aunque por uno u otro motivo se frustran. Derecho de familia de Daniel Burman discurre por el camino de la comedia romántica amable y familiar pero se escapa con tino introduciendo a un personaje protagonista (magnifico Daniel Hendler) egoísta e introvertido rayano en el autismo. Hijo de un abogado idealista y un poco maniático, nuestro protagonista también es abogado, pero le da más por la enseñanza en la universidad. Allí se enamora de una alumna y cuando esta deja de ir a clase usará sus artes bajas para casarse con ella. Pero dista mucho de ser el marido ideal. La película se mantiene con un humor políticamente incorrecto ("¡yo mando al niño a ese colegio precisamente para poder olvidarle y no tener que ocuparme de él!" sentencia cuando en el colegio le piden que colabore en las actividades extraescolares) y una visión un tanto amarga pero positiva de las relaciones. Pero en los últimos minutos, a partir de un hecho trágico aunque nada sorprendente, la película cae en picado en su interés. Lástima que tan mala resolución empañe una película en general buena.

También lo es Das Fräulein (La señorita), coproducción entre Alemania, Suiza y Bosnia-Herzegovina dirigida por Andrea Staka. Y podía haber sido la mejor película del festival si no fuera por los toques melodramáticos de telefilm que la jalonan en algunos momentos. Aunque su brevedad asegura una fácil digestión. Con algunos momentos de tomates verdes fritos pero a la inversa (aquí es la chica joven quien enseña a vivir a la mujer madura), narra la relación materno-filial que se establece entre dos inmigrantes bosnias en Alemania. Una, asentada allí hace décadas, regenta un restaurante popular como medio de supervivencia, y contrata a una joven recién llegada que vive a salto de mata y duerme bajo techo cada vez que se liga a alguien en alguna discoteca. La relación entre los personajes está bien argumentada, aunque demasiado embellecida en algunas fases, y mediatizada por el drama impostado en otras. En todo caso tampoco resultaron muy molestos los puntos negativos, sobre los que no se hacía demasiado énfasis por parte de la directora viendo lo cerca que se estaba de la ñoñería, y la película se recuerda como un entretenimiento digno, interesante a ratos, y entretenida. De entre las películas buenas presentadas a concurso fue la única con presencia en el palmarés; se llevo el premio FIPRESCI.

También resultó interesante, aunque sin deslumbrar, la producción alemana Der Lebensversicherer (El corredor de seguros) de Bülent Akinci. La intrigante vida de un eficiente vendedor de seguros que vive en su coche y no quiere volver a casa hasta que haya vendido suficientes pólizas resulta por momentos desasosegante y turbadora. Con un estilo emparentado con el de Atom Egoyan la película descoloca tanto espacial como temporalmente, a pesar de sus reiteradas visitas a algunos lugares concretos para vender los seguros. Los rituales del vendedor, su impoluta imagen, su habilidad para embaucar contrastan con su desordenada vida y su mente torturada. Sin embargo el desasosiego del comienzo no termina de cuajar, manteniendo un ritmo un tanto monótono y una última parte que va perdiendo interés a pesar de la desesperada búsqueda no del todo conseguida de un final sorprenderte. En todo caso una película digna que habrá agradado a bastante gente.

Zemestan (Es invierno) del iraní Rafi Pitts fue otra de las películas interesantes a concurso, galardonada con una espiga de plata y el premio a la mejor fotografía (mucho premio para mi gusto, y así todo fueron de los más justos de los dados por el jurado internacional). Más occidentalizada que el cine iraní habitual, menos arriesgada por tanto formal y temáticamente, la cinta sin embargo retrata unos ambientes que la emparentan más con las última obras de Panahi que con los Kiarostamis más conocidos. La historia de un hombre desastrado y vago que llega a un pueblo y se enamora de una mujer cuyo marido se marchó hace tiempo a buscar trabajo y nunca regresó conmueve menos que los desolados paisajes nevados, la pobreza y explotación en la que están sumidos los ciudadanos, y la indefensión de la mujer. Nunca te identificas con los personajes, pero eso no impide que se disfruten sus aspectos colaterales, y se sale con la sensación de haber viso una película mejor que lo que es en realidad.

Mención aparte para la película ganadora del festival, Optimisti (Optimistas) del servio Goran Paskaljevic. Se trata de una sátira de lo que la ilusión, llevada hasta el extremo de ser iluso, puede llevar a hacer creer a la gente en un país acostumbrado a estrellarse. Nos narra 5 historias totalmente independientes que tiene como nexo de unión, además de la inocencia de los protagonistas que otros listos usarán para su beneficio, un humor negro y a menudo de brocha gorda. El mayor reproche que se puede hacer a esta película es precisamente ese, pues no sólo el humor es grueso, sino que la narración es caótica, casi como improvisada, pero no en el sentido de Kusturica por ejemplo; parece una película sin rematar, a medio hacer, con prisas. No está pasada de rosca, sino que no está enroscada. Alguna de las historias se salva, pero ninguna engancha. Mucho premio (Espiga de Oro, mejor actor y premio de la juventud) para una película fallida desde el comienzo, aunque se la pueda ver sin sonrojarse.

Vamos con unos comentarios aun más breves acerca de algunas de las otras películas a concurso. Jindabyne, de Ray Lawrence (Australia) cuenta a su favor con un reparto de primer orden encabezado por la estupenda Laura Linney (premio a la mejor actriz) y Gabriel Byrne, además de estar basada en una de las historias cortas de Raymond Carver que utilizara también Robert Altman en su genial Short cuts (la de los pescadores que encuentran un cadáver en el río pero siguen pescando como si tal cosa). Sin embargo ni su compromiso racial ni su cuidada producción consiguen sacarla del maniqueísmo fácil ni cierta apatía. Hablando de Altman, le salió un imitador en la egipcia Omaret Yacoubian (El edificio Yacoubian) de Marwan Hamed. Película de vidas cruzadas con dicho edificio como testigo, con una producción y aspecto formal 100% mainstream, y variado interés en sus 5 historias, con tratamientos que van desde lo más progresista en la del empresario trepa, a lo más reaccionario en la del periodista homosexual, o efectista para la del integrista, etc… Como historia coral que era, alguna de las subtramas no carecía de interés. La japonesa Yureru (Indecisión) de Miwa Nishikawa es una buena muestra de eclecticismo, pasando en dos horas de un conflicto generacional a un triángulo amoroso o una película de juicios entre otras cosas. Podría haber funcionado mejor si no fuera por la interminable parte del juicio, de un afectado efectismo más que inverosímil, aunque el resto de la película tenía su interés. Ciudad en celo, coproducción Hispano-Argentina dirigida por Hernán Gaffet, jugó el papel de comedia vitalista de brillantes diálogos y ritmo pop que tanto furor hace por ahí. No es que fuera indignante, pero si un poco cargante, y desde luego no merecedora del premio “Pilar Miró” al mejor nuevo director. Lo peor que vi entre las películas a concurso fue la mexicana Más que a nada en el mundo Andrés León, Javier Solar, aunque tampoco fue para rasgarse las vestiduras (como sí lo era la que ganó la espiga de oro el año pasado…). Y reconozco que por causas ajenas a mi voluntad me quedé sin ver las dos películas españolas a concurso (El ciclo Dreyer de Álvaro del Amo y Mujeres en el parque de Felipe Vega) ni la coproducción Days of glory de Rachid Bouchareb (Francia, Marruecos, Argelia y Bélgica), que obtuvo el premio del público (este año de nuevo por el tradicional sistema de papeletas, y sin el tongo del año pasado con los mensajitos de móvil).

Fuera de concurso

La película más esperada del festival, la única que en realidad podía despertar algo de interés para el atraer público, era The Queen (La Reina) de Stephen Frears. Reconociendo que la película tiene ritmo, que a ratos es muy divertida, que está fantásticamente interpretada, y que desprende mucha verosimilitud histórica, debo reconocer que la he visto con el ceño fruncido y una mueca de disgusto. Y es que si algo no soporto es que unos seres tan deplorables como Isabel II y toda su corte, y especialmente el neoliberal reaccionario y genocida que es Tony Blair, me sean presentados como personas encantadoras, humanas y dignas de mi simpatía. Ya sé que es una argumentación subjetiva fruto de mi radicalismo político, pero es algo que no puedo —ni quiero— separar de mi percepción de lo que me rodea.

Y algo parecido me ocurre con Catch a fire de Phillip Noyce. Confieso además mi debilidad por el tema de Sudáfrica. La película nos narra cómo durante la época del apartheid un joven negro trabajador, honrado y ajeno a las lucha políticas es confundido con un luchador por las libertades de su pueblo (uno de esos que algunos impresentables descalifican y confundían y aun confunden con terrorista), siendo tanto él como su esposa sometidos a todo tipo de torturas y vejaciones. A partir de entonces decide unirse a la lucha armada activa. Y estando de acuerdo con prácticamente todas las tesis de la película (salvo esa falsísima impresión que deja al final de que en la actualidad todo está arreglado, todo es justo y todos son felices en Sudáfrica), me sonrojó el efectismo, el tratamiento de espectáculo, la búsqueda por todos los medios de la emoción y la lágrima en el espectador. No es una película que muestre o incluso juzgue una situación injusta; más bien manipula y con ello trivializa lo que trata.

Por lo mismo me negué a ver An inconvenient truth (Una verdad incómoda), de Davis Guggenheim, ya saben, esa en la que el ex-vicepresidente de los EE.UU. Al Gore nos cuenta lo mal que tratamos el medio ambiente. Recordemos que este tío fue el vicepresidente de la administración que no sólo saboteó el protocolo de Kioto, sino que fue una de las más antiecologistas de la historia desde que se conoce la problemática medioambiental. Eso le desacredita para dar lecciones a nadie sobre el tema.

La sección oficial terminó para mí con la socarrona e irreverente película española La caja de Juan Carlos Falcón. Ambientada en los años 60 en una de las islas Canarias, comienza con la muerte de un guardia civil. El féretro no cabe por las escaleras que suben a la casa de la viuda y lo acogen los vecinos de abajo. Esto da lugar a muchas situaciones hilarantes entre la viuda, que por fin es libre para salir de su hogar-celda, y los vecinos que tienen cuentas pendientes con el despótico difunto. Memorable el momento entre María Galiana, el cadáver y el gato. Si bien la película podía haber dado más de sí, y casi nunca la irreverencia del guión está acompañada por la puesta en imágenes, más bien plana, esta ópera prima merecía ir a concurso donde hubiera estado a la altura de las mejores.

Hasta aquí este rápido repaso por la selección de la SEMINCI de este año. Gracias a Alex y demás compañeros de Miradas de Cine por pensar en mi para cubrir el festival, y por su agradable compañía los días que estuvieron por aquí. Hasta la próxima. ¡Salud!