Llega a nuestras pantallas la puesta en escena de una de las novelas más afamadas de los últimos tiempos en el panorama internacional. El alemán Tom Tykwer, autor de la controvertida Corre, Lola, corre, (Lola rennt, 1998) se encarga de traducir a imágenes las cuidadas descripciones del alemán Patrik Süskind, quien publicara la novela homónima veinte años atrás. La coproducción entre Alemania, Francia y España posibilita que se materialice el proyecto de largometraje, que nació gemelo a la publicación de la novela y su éxito internacional.

Si ya es difícil transvasar el contenido del lenguaje escrito de la novela a imágenes, lo es aún más cuando ésta trata de evocar las sensaciones generadas por el olfato, tan lejos de poder ser aprehendidas por nuestros ojos. La difícil labor del realizador consiste en llevar a cabo una “traducción”, convirtiendo un lenguaje literario que evoca olores en imágenes que exciten el olfato. Parece lógico presuponer que si lenguaje, vista y olfato tienen un punto de encuentro en nuestro cerebro debe existir la forma de convertir los olores en imágenes.
Tom Tykwer consigue crear esos puentes entre olfato y vista mediante un código que el espectador aprende muy rápidamente. Por un lado, se sirve de la sinestesia, utilizando una fotografía con colores muy contrastados que tratan de evocar olores muy fuertes; por otro, crea una serie de equivalencias visuales, empleando tomas con angulares de ojo de pez y aceleración de la secuencia, utilizadas cuando el protagonista busca con su olfato aquel aroma que le atrae, combinado con primerísimos planos filmados con teleobjetivo para mostrar, con un detallismo propio de los documentales de Nacional Geographic, la fuente del aroma encontrado , así como la nariz a la búsqueda de placeres olfativos. Esta resolución, bien ejecutada y muy efectiva no deja de resultar excesivamente simple y, por ello, la idea se agota rápidamente. Tykwer, sirviéndose del realismo, o mejor dicho, del hiperrealismo, sigue el camino de la transposición puramente figurativa, mientras que tal vez hubiera sido más inteligente no recurrir tanto a lo descriptivo y situar ese mundo de los olores en un plano más abstracto, siguiendo la senda de las obras de Greenaway.

A algunos se nos antoja el parecido de la puesta en escena con el peculiar estilo de Jean-Pierre Jeunet o, incluso, con el de Javier Fesser, deudores ambos de la estética del cómic. En cualquier caso, la cinta presenta una cuidadísima dirección de arte y un gran sentido de la espacialidad, sobre todo en las últimas secuencias (creadas por La Fura dels Baus), en las que lo teatral cobra vida a modo de gran performance catártica, que sin dejar de ser un apéndice un tanto descolgado, supone una recompensa visual por haber aguantado todo el segundo acto.
En el argumento, estructurado de manera completamente literaria (incluido el narrador que nos acompaña durante las dos horas de metraje), se prima ante todo lo visual frente a la historia. El conservadurismo de la estructura narrativa de que se sirve el argumento, propia de la novela decimonónica, contrasta bastante con la constante búsqueda de apariencia de vanguardia en lo visual.

La película viene a demostrar que el uso y abuso de recursos técnicos no trabaja en aras de la calidad del filme y en ocasiones, como es éste el caso, no logra ocultar más de media hora que estamos, para bien o para mal, ante una película convencional, donde lo narrativo no innova y el ingenio visual se agota pronto, justo cuando las imágenes impactantes han dejado de impresionarnos. A partir de entonces aguardamos impacientes un nuevo giro, una nueva aportación estética, una continuación de la senda abierta. Todavía tenemos por delante más de una hora de película.