Infiltrados (Martin Scorsese, 2006)

Por Beatriz Martínez

Juego sucio

No me ha sorprendido en absoluto que el último film de Martin Scorsese, Infiltrados tuviera una buena acogida crítica. Era bastante difícil que no la tuviera, teniendo en cuenta que éste está basado en una de las mejores películas de Hong Kong surgidas en los últimos tiempos, y resulta difícil no aprovechar un material tan sobresaliente.

Y es que para aquellos que nos hemos formado en el cine a finales de los ochenta, Martin Scorsese lo ha sido todo. Para no ir muy lejos, mi propia entrada en la cinefilia se establece a partir de la visión de Uno de los nuestros, película que se convirtió casi en una obsesión y que me hizo comprender que el cine era algo más que un simple entretenimiento. Todavía recuerdo lo preocupada que estaba mi madre porque veía a su niña perderse entre la violencia seca de unos mafiosos rudos y desagradables que lo mismo hacían spaghetti que se metían chupes de cocaína.

La pobre señora desde entonces no ha vuelto a levantar cabeza, dado que a la niña le dio más tarde por las películas de zombies, de asesinos en serie y otras lindezas por el estilo, hasta desembocar en las de “chinos”, algo que para ella ya es un rasgo casi más perturbador que cualquier psicópata enchufado a una motosierra.

Sí, esa ha sido mi evolución cinéfila. Los inicios fueron Scorsese. Mi realidad actual pasa por la admiración no disimulada que siento hacia el cine procedente de oriente. La razón es muy sencilla: siempre es capaz de sorprenderme, de darme más de lo que espero, de mantener intacta mi ilusión por descubrir cosas nuevas.

Eso no quiere decir que no haga maravillosos descubrimientos en otras partes del mundo. De Francia están surgiendo directores tan interesantes como Claire Denis o Arnaud Desplechin, por ejemplo.

Pero, y esto es lo más increíble de todo, es curioso que los directores más influyentes en la actualidad, no puedan estrenar sus películas en las carteleras españolas, por lo que para gran parte del público este tipo de cine NO EXISTE. De esto se aprovecha sin duda el gran gigante americano, quién sabiendo la escasa o nula distribución de algunas cintas en EEUU o Europa, está muy al tanto de los grandes éxitos que va generando el continente asiático (u otros) para así aprovechar su efervescente creatividad robándoles las ideas.

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No es una casualidad que en los últimos tiempos buena parte de la producción estadounidense dedique sus esfuerzos a este efecto. El mayor beneficiado ha sido el cine de terror, que ha aprovechado los talentos de Hideo Nakata, Takashi Shimizu y los hermanos Pang, Kiyoshi Kurosawa… para realizar diferentes remakes de The Ring, Dark Water, La maldición, The Eye, Pulse… la lista comienza a ser interminable. Pero ya no es suficiente con el cine de terror, ahora ya quieren acapararlo todo. Ya han llegado a nuestras pantallas engendros de la talla de ¿Bailamos? o La casa del lago remakes de dos estupendos films, Shall we dance e Il Mare. Pero lo peor está por venir, pues ya se han comprado los derechos 6ixtin9 de Pen-ek Ratanaurang, Joint Security Area y Old Boy de Park Chan-wook, A tale of two sisters de Kim Jee-woon, Shutter, My sassy girl, The Mission de Johnnie To, The Host de Bong Joon-Ho… Este atraco a mano armada a la fertilidad artística de un puñado de estupendos directores que no lo tienen tan fácil como los americanos para hacer sus películas y que han de trabajar muy duro para alcanzar un nivel de respetabilidad, me parece una vergüenza. Porque no nos encontramos ante versiones inspiradas o que contengan matices personales de aquellos directores que se acercan al remake, sino de calcos con patrón, perfectamente estudiados y cuyos propósitos se alejan mucho de cualquier matiz artístico.

El remake debe ser un ejercicio de maduración de la obra original, que aporte nuevas consideraciones o que lo actualice acercándolo a los nuevos tiempos (véase la magnífica traducción de La colinas tienen ojos perpetrada por Alexader Aja, manteniendo el respeto hacia la original pero aportando una perspectiva inédita muy jugosa).

El remake tiene que tener un sentido, o si no, no sirve para nada, es un trabajo estéril, baldío.

Y a este respecto, es intolerable que se realice una versión de una película que apenas tiene cuatro años y de la que no hay nada que versionear, ya que es una obra cerrada en sí misma, perfecta en todas sus dimensiones, y que además, aunque sea asiática, es terriblemente occidental. Para colmo, Infernal Affairs es una película de culto, y la responsable de que se abriera una nueva era dentro del cine de acción de Hong Kong, que pasaba una época de sequía desde que John Woo abandonara su patria para incorporarse dentro de la industria americana.

Y es que Infernal Affairs no solo era un mero producto de Hong Kong; no solo aportaba madurez al género. Infernal Affairs abrió nuevos caminos al thriller contemporáneo. Eso es algo que es necesario reivindicar desde ya.

Andrew Lau y Alan Mak escribieron y dirigieron un musculoso film a partir de un guión sin estrías y a través de una ejecución fílmica milimétrica. Un mecanismo de precisión perfectamente engrasado, que jugaba con una historia de traición, de rivalidad, de lealtad, de amistad, de redención, cargado de una complejidad moral muy ambigua, donde la línea de separación entre el bien y el mal había perdido definitivamente su nitidez.

«Inspirándose directamente en las enseñas acerca del karma y el infierno Mahaparinirvana, Andrew Lau coloca a sus personajes en un tablero donde sus acciones tienen efectos reactivos: el mal atrae más mal, quien hace sufrir termina sufriendo. Nadie está libre de culpa. En ninguno de los lados de la ley» [1]. Eso decía Domingo López, uno de los mayores expertos en cine de HK en España, en su análisis sobre la película. Añado esta cita porque me parece esencial considerar Infernal Affairs como una obra de carácter casi espiritual y metafísico, quizás para señalar que todo ese trasfondo se ha perdido en la versión de Scorsese.

Pero realmente no hay atisbo de toda la complejidad del guión original en Infiltrados. Scorsese ha inflado Infernal Affairs, le ha dado bombo, lo ha hiperbolizado, y lo peor de todo, lo ha intentado llevar a su terreno con consecuencias nefastas.

Podríamos decir que Scorsese ya no es el mismo de hace quince años, pero lo verdaderamente triste que pone de manifiesto su último film, es que precisamente es el mismo de hace quince años. Y en este tiempo, el mundo y el cine han cambiado un poco, aunque sea para bien o para mal.

No se puede seguir utilizando las mismas técnicas que en Uno de los nuestros tan solo por mantener el estilo vigente o contentar a los fans (los planos al ritmo de la música de los setenta, el montaje entrecortado, la voz en off…). Nada de estos elementos aporta nada en la actualidad, y produce una sensación de hastío, de material ya visto mil veces que agota, produce tedio. No hay una voluntad de avanzar y seguir adelante, sino de de reciclar viejos materiales para salir del paso.

Eso no quiere decir que Scorsese no empape el film de su oficio; la película tiene fuerza, pero su dirección es plana. No recuerdo ningún momento de Infiltrados que me hiciera realmente vibrar de emoción como si lo conseguía Goodfellas o Casino. A decir verdad, en muchos momentos me sentía irritada por la farragosidad de los diálogos, por la insulsez de las conversaciones, por giros del guión que no llegaban a entenderse (¿por qué Di Caprio de repente necesita pastillas?, ¿Está bien explicada su evolución psicológica y por qué comienza a perder confianza en sí mismo y a sentirse incómodo dentro de la misión que le han encomendado?, ¿por qué la psicóloga (personaje infame) de repente se acuesta con Di Caprio???, y otras muchas preguntas sin respuesta). Scorsese utiliza el doble de metraje que Andrew Lau y Alan Mak para contar lo mismo, y hacerlo peor. Se supone que de esta forma se debería haber ahondado más en la psicología de los personajes, perfilado más sus caracteres. Pero no es así, sino todo lo contrario. Para colmo se produce una simplificación en el personaje que interpreta Matt Damon, y que se encontraba mucho más desarrollado en el original, hasta tal punto que llegaba a convertirse de manera igualitaria en el protagonista de la película. Aquí se opta por el maniqueísmo. Di Caprio ha de ser el bueno, y Matt Damon el malo. Y no hay más matices.

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Desde luego, aquí tampoco hay héroes, pero tampoco hay dobleces. Mucha mezquindad, sí, mucha “rata”, pero poca sustancia verdadera a la que agarrarse.

Si hablamos de interpretaciones, da la sensación de que Di Caprio instigó a Scorsese para que pusiera a Matt Damon como su antagonista y así poder lucirse. Y es que no existe en la tierra un actor con menos expresividad que Matt Damon. Tendríamos que remontarnos a Víctor Mature, sin duda. A su lado, la interpretación de Di Caprio es portentosa. Pero nada comparado con el duelo interpretativo entre dos de los mejores actores del cine oriental Andy Lau (La casa de las dagas voladoras) y Tony Leung Chiu-Wai (In the mood for love), que protagonizaban Infernal affairs y lo hacían a través de una condensación expresiva, trasmitiendo emociones a través de un solo gesto o una mirada, con elegancia, con estilo. Y no a través de millones de expresiones malsonantes que no vienen a cuento, aspavientos inútiles, comportamientos de gallitos de pelea y otras gesticulaciones muy rudas que se supone hacen los policías y los mafiosos (¿?). Pasaremos por alto que Jack Nicholson está en su papel de siempre pero que sigue siendo lo mejor de la función con diferencia, y que el resto del reparto es invisible.

Que el diseño de las imágenes de Infiltrados me parezca gris y opaco en comparación con la estilización visual de la que hacía gala el film hongkonés (con esos planos maravillosos en las azoteas de los tejados), ya me parece lo de menos. Los espacios fríos, casi esterilizados de Infernal se rudimentarizan en las manos de Scorsese, que no es capaz de dotar al film de una suficiente solidez plástica que lo dote de personalidad y autenticidad. El diseño de producción de Infiltrados se parece tanto al de Uno de los nuestros como al de otras películas americanas de gánsters de los últimos tiempos, como Donnie Brasco.

El cine debería ser un arte creativo. Pero basta mirar la cartelera para que te inunde el desconsuelo. No hay nada nuevo bajo el sol. O sí, pero nos impiden que lo veamos.

Mientras tanto, se seguirá produciendo el peligroso fenómeno de distorsión de la realidad al que están sometidos los espectadores españoles. Y es muy triste que éstos se vayan a casa pensando que Scorsese ha hecho una buena película, sólo porque no han tenido la oportunidad de ver aquella en la que está basada, y que sin duda, es mucho mejor. Seguramente les hubiera gustado más, aunque no salga en ella Leonardo Di Caprio y ni esté dirigida por Martin Scorsese.

[1] Juego sucio (Infernal Affairs). Asuntos infernales: el cine de Andrew Lau. Domingo López. Revista CineAsia Vol. 6