Parece que el esperado regreso de Martin Scorsese a las pantallas ha levantado el revuelo necesario como para que casi todo el mundo, exegetas y enconados detractores fundamentalmente, ofrezcan con rotundidad sus opiniones encontradas: bien para aplaudir, bien para abuchear la película, sin lugar para términos medios. Dos han sido los ejes de los debates: Por un lado, su condición de remake de la reputada película hongkonesa Infernal affairs, que en cierto modo, ha supuesto una carga para el film, y por otro, el efecto de revitalización generado para el cine de Scorsese al sustituir su habitual Nueva York, por la menos excitante ciudad de Boston —en un proceso similar al logrado por Woody Allen en su escapada londinense con Match Point—. A estos datos se suma el hecho de que, tras sus erráticos últimos films de ficción [1], el neoyorquino regrese por los conocidos parajes del film de gángsters doce años después de la realización de Casino . Así, que sin intención de echar más leña al fuego al debate a favor o en contra, lo que aquí me gustaría preguntar es: qué hay de real en esta supuesta renovación y en qué medida afecta ésta al film que nos ocupa.
De entrada, la conclusión más inmediata es que lo que hay de novedad en Infiltrados se ciñe exclusivamente a la superficie del proyecto, es decir a lo meramente argumental. Esto no tendría especial importancia si de ello no se derivase algo más definitorio, y es que con este proceso Scorsese pierde en familiaridad con el entorno descrito —Nueva York y sus habitantes, ya convertidos en signos característicos de gran parte de su obra— y en consecuencia, mediante ese mismo proceso, gana en distanciamiento sobre los nuevos hechos y personajes mostrados. Éste me parece uno de los puntos clave a la hora de valorar el film.
Ahora, en lugar de construir su película en torno al comportamiento de ciertos 'tipos', más o menos familiares para él (los DeNiro y Pesci de tantos films), Scorsese debe tomar cierta distancia y realizar un ejercicio de abstracción a partir del guión de William Monahan, probablemente mucho más familiarizado con el entorno bostoniano y la idiosincrasia de sus protagonistas y que él, a su vez, ha adaptado del film de Wai Keung Lau y Alan Mak . Es decir, que si en cierto modo, podríamos considerar Malas calles, Toro Salvaje o Uno de los Nuestros como películas 'de personajes' (insertados en una sociedad determinada), Infiltrados, por el contrario, puede verse como el análisis 'de una sociedad' determinada, erigida en torno a la mentira, la apariencia y la corrupción, que se retroalimenta de ciertos personajes. No quiero decir con ello que Scorsese no haya tratado de analizar con anterioridad factores sociológicos en sus películas (Casino, La Edad de la Inocencia, Taxi Driver o la ya citada Uno de los nuestros) pero creo que aquí, estos factores son los preeminentes en el resultado del film, por encima de los personajes que los articulan. Infiltrados construye, a partir de esta premisa, una visión crítica de la actual sociedad norteamericana a través del cine de género y que la conecta con la anterior Gangs of New York, pero de la que sale más airosa. Por tanto, creo que más que hablar de ruptura o de regreso a determinadas formas de su cine, más bien deberíamos hablar de Infiltrados como de una nueva toma de posición para poder enfocar las cosas desde otra perspectiva.

Es a través de este distanciamiento mediante el que Scorsese traza una línea que liga su nueva película con los films policiales y negros del Hollywood de los años treinta y cuarenta, realizando una película en la que leer, de modo más o menos indirecto, la radiografía de una sociedad enferma. Esta (e)vocación clásica se nos ofrece desde el arranque del film con el cartel de la Warner en blanco y negro y en el vibrante prólogo que se desarrolla a continuación, que remite directamente a los films para la propia Warner de los Walsh o Curtiz en los que bastaban un par de minutos para que todo el conflicto estuviese expuesto sobre la pantalla, dejando claro su gusto por una revisión manierista de las formas del cine clásico [2] (cfr. la 'mitificadora' presentación de Frank Costello con el rostro perpetuamente en sombra aún en exteriores perfectamente iluminados).
Una de las claves temáticas más importantes de Infiltrados es el trabajo sobre las apariencias y la dualidad. La trama gira en torno a los destinos paralelos de Collin Sullivan (Matt Damon) y Billy Costigan (Leonardo DiCaprio): El primero actúa como infiltrado del mafioso Frank Costello (Jack Nicholson) en las altas esferas de la policía de Boston, y el segundo como infiltrado de la policía entre las filas de Costello. Mediante el montaje y la planificación, la película une a los dos personajes en su trayecto (cfr. Scorsese utiliza la misma composición para presentar a los dos personajes en sus exámenes de entrada en la academia de policía; y posteriormente mediante sucesivos travellings laterales mostrará sus evoluciones: uno llegando a lo más alto —la visión de la cúpula de la sede de investigadores—, el otro descendiendo a lo más bajo —la reclusión en la cárcel). Cada uno será el reverso especular del otro: si Sullivan es un tipo seguro de sí mismo, sin pasado conocido y que se encuentra como pez en el agua viviendo en el engaño; el otro busca con su ingreso en el cuerpo de policía, redimirse de un pasado dominado por la mentira y la imposición social de una máscara. Esta dualidad de los personajes, desarrollada al modo de los films de Anthony Mann, destaca desde su ejemplar construcción de guión (por ejemplo, en su relación con las mujeres y en especial con la figura de Madolyn, la psiquiatra enamorada de Sullivan pero que mantiene una relación oculta con Costigan) y concretándose visualmente en uno de los momentos álgidos del film, hasta el extremo de confundir el aspecto físico de ambos actores reforzando sus parecidos razonables a través de la elección del vestuario mientras se persiguen por oscuros callejones. La esquizofrenia derivada de una vida de mentira y ocultamiento alcanzará a todos los personajes: por supuesto a Costigan y Sullivan, que acabarán agotados tratando de ocultar su verdadera identidad, pero también a Frank Costello que es el mafioso más buscado pero que al mismo tiempo trabaja como informador del FBI, e incluso a Madolyn dividida en su relación entre los dos hombres, y que conforman los otros dos vértices de los triángulos afectivos.
La incapacidad de huir de una sociedad que propicia el enfrentamiento y que tan sólo deja espacio para el triunfo social a los más corruptos, arroja una acerada visión sobre el mundo y la política actual —que Scorsese puntúa maliciosamente situando la bandera norteamericana como fondo de innumerables secuencias cuyo centro es la corrupción y violencia. Finalmente, Scorsese y Monahan logran un film ágil, crítico e interesante, golpeando con ira en muchas direcciones, y pese a que algunos golpes se fallan, otros dan en su objetivo. En aquellas películas de los años cuarenta a las que antes hacía referencia, casi siempre permanecía un resquicio para la esperanza pese a la negrura de su discurso, sin embargo, ahora, en los tiempos que corren, parece que ya sólo las ratas, a las que tantas referencias se hacen en el film, sean las que únicas que se atrevan a quedarse en el barco.