La dalia negra (Brian de Palma, 2006)

Por Antoni Peris

Flores rotas

Paradójicamente buena parte del esplendor del Hollywood dorado tenía su origen en la oscuridad del cine negro o noir. Las luces y sombras físicas y morales de una sociedad sacudida por la guerra, la desigualdad y el arribismo enriquecían las tramas de aquellos que saltaban a un lado y otro de la ley. En el claroscuro no había buenos y malos. Los héroes de Hawks, Lang, Siodmak, Tourneur y Huston eran ambivalentes. La traición estaba a la orden del día y el menú, naturalmente frío, siempre contenía la venganza como plato principal.

Llegó la guerra contra el comunismo, cambiaron los códigos morales y la hipocresía llevó a la industria del código Hays al de McCarthy. El noir se fue atemperando y sólo autores como Fuller y Aldrich mantuvieron las espadas en alto, bien cínicas.

Corrían los setenta cuando surgieron dos brotes tardíos de cine negro. Por una parte, la estimable Chinatown, moda retro mediante, proponía una revisitación de las complejas tramas de los 40. La película de Roman Polansky, con guión de Robert Towne, mezclaba en el mejor estilo del género diversas tramas llenas de traiciones, relaciones tortuosas y negocios sucios. El producto, pese a su brillantez o quizás debido a ella, lucía una imagen de una California soleada, alejada de las tinieblas de la época clásica y se destacaba tanto por sus méritos como por la distancia que la separaba de los clásicos. Por otra parte, Arthur Penn consiguió una auténtica obra maestra en Night moves que, sin alejarse de la época en que estaba realizada, se alineaba en espíritu, dolido, furioso, con sus modelos. La fotografía más próxima al naturalismo que al glamour facilitaba la credibilidad de una trama (aun más confusa que su precedente) y la humanidad y fragilidad del detective encarnado por Gene Hackman le aproximaban más a los personajes clásicos que al cínico personaje de Jack Nicholson en la cinta de Polansky. A tres décadas de su realización, Chinatown está prestigiada como una muestra tardía del noir en tanto que Night moves se mantiene valorada como una gran obra de su época y su género.

Valga esta prolongada consideración previa para apuntar los claroscuros inmanentes a La Dalia Negra de Brian de Palma, basada en la novela y guión de James Ellroy. De Palma, autor grand guiñolesco dónde los haya, había trabajado ya diversos aspectos del cine negro. De la oscura doble trama, policíaca y sentimental, de Obsession (Fascinación, una variante de Vértigo característica de la primera fase de su carrera, directamente deudora de Hitch) al relato de la inexorable caída de un perdedor traicionado por todos, en Carlito's Way (Atrapado por su pasado), de Palma había barajado de modo muy eficaz los atributos del cine negro. Ni las traiciones, ni los dobles agentes, ni el fatum propio de los personajes del noir, siempre atrapados por su pasado, siempre condenados de antemano, eran ajenos a su filmografía. Su revisión gore de Scarface, clásico disputado por los géneros de gangster y el negro, también le era próxima y la apreciable Snake eyes era un thriller con buena dosis de cine negro, en su trama y en sus personajes.

Curiosamente La Dalia Negra, a priori su obra más genuinamente noir, está más lejos de los clásicos del género que las citadas anteriormente. Y, curiosamente, se aleja de los clásicos por su uso de los elementos inherentes al género. El guión de Ellroy habla de arribistas, combates de boxeo amañados, de policías corruptos, de traiciones al amor y al cuerpo (a los cuerpos, vaya), de mujeres fatales y putas de buen corazón, de asesinatos crueles y de crímenes no resueltos. Prácticamente un catálogo argumental del género. La película de De Palma arranca con una de sus brillantes set pieces, con el encuentro de los dos protagonistas en plena revuelta chicana mientras lucen sus capacidades pugilísticas. El combate de boxeo sucesivo y un par de travellling – grua en torno a la escena clave lucen también muy bien. El thriller se envuelve de atmósfera negra y sumerge a los dos compañeros en una trama oscura. La amiga de ambos (una,, en esta ocasión, insuficiente Scarlett Johanson) deja de ser el punto de inflexión del trío de amigos para devenir el vértice de un conflicto esperable…. Sin embargo, la cinta se tuerce pasada la mitad debido a dos errores graves de producción.

Esta dalia padece, por una parte, de un diseño inadecuado. De Palma (y el fotógrafo Vilmos Zsigmond y el escenógrafo Dante Ferreti) remite en su obra al concepto de Chinatown, con sus luces ambarinas de la soleada California, más que a las oscuridades del cine negro. Más allá del asesinato de la Dalia , a la cinta le falta oscuridad y sordidez. Por otra parte, tras una narración tan ágil como concisa, francamente brillante, De Palma parece perder el control o confundir la complejidad con confusión. Ellroy alaba (publicidad obliga) la adaptación. No obstante, hay incoherencias flagrantes: la amistad del trío se rompe de modo demasiado brusco, la súbita actividad obsesiva de Blanchard (que, de hecho, esconde otra motivación) y las escenas con la familia Linscott son demasiado exageradas, hay personajes que irrumpen en la trama y desaparecen de ella de modo súbito y, en definitiva, la conjunción de las dos tramas tiene lugar de modo más enrevesado por el montaje que por la complejidad de las mismas.

Al final, tras revisar mentalmente los vericuetos de la trama, comprendes que todo está en su sitio y puedes felicitarte porque De Palma ha conseguido entretenerte con una irregular pero interesante aproximación al cine negro. Pero del mismo modo que Josh Harnett (otro actor fuera de lugar) comprende que tras la trama había algo más escondido, te planteas como espectador si De Palma no se ha limitado (una vez más, como hiciera en Doble Cuerpo) un brillante pero vacío ejercicio de estilo. Ha sabido calcar (sobretodo en el guión) los giros del cine negro y les ha impreso su agilidad visual. No obstante, el resultado acaba siendo demasiado mecánico. Las interpretaciones, forzadas en un dudoso estilo serie B, son inadecuadas y la resolución deja demasiado de lado los aspectos fatalistas y de turbidez moral para aproximarse más al "whodunnit" y al cine de sabuesos. De Palma perfume su flor y la desposee de la denuncia del auténtico cine negro. Pese a sus oropeles, aun Chinatown despedía ese hedor moral. Pero si aquella ya fue una rareza en su tiempo, esta obra de De Palma resulta ser una rareza que se queda a medio camino en su propuesta. Respecto a la carrera del propio De Palma, y sin ser una obra redonda, su anterior película, el thriller Femme fatale , resultaba ser una propuesta mucho más brillante y original.

Esta dalia negra huele demasiado bien y hay que recordar que el noir requiere que los personajes se sientan realmente mal y que los espectadores sintamos este malestar. No es suficiente que haya boxeo y malas malísimas. Ni siquiera es preciso que la trama tenga lugar en LA. En los anales del cine negro, por delante de esta flor marchita, habrá que recordar películas rodadas en Asia, en diversos idiomas orientales, ambientadas en lugares diametralmente opuestos a los callejones de las ciudades USA pero cuyos personajes engañan, traicionan y sufren como Spade y como Marlowe. Aunque sean samurais cansados o aunque hablen en coreano o tailandés (véanse sino Memories of murder, La espada oculta, Audition o Invisible waves, sin ir más lejos)