Parece que Woody Allen se ha cansado de Nueva York. Londres es más interesante, los teatros y los restaurantes son mucho mejores, y sería un lugar perfecto si no condujesen por la izquierda, algo ciertamente contranatura. Además, al director de Manhattan, el jazz ya no le divierte lo mismo. En Match Point lo cambió por Verdi, Bizet y Rossini. Ahora por Tchaikovski y Grieg. Y en ambas ocasiones ha contado con Scarlett, su nueva musa.
En Scoop el neoyorquino se encuentra como pez en el agua tanto en la nueva ubicación londinense como de nuevo detrás de la cámara, y si se me permite, entre él y Scarlett existe química. Reconoce su edad, pues comienza a notarse que ya no es el Allen de antaño, el que terminaba enrollándose indefectiblemente con cualquiera que fuese su protagonista en cuestión (aquí es un rollo más paterno-filial, tal vez no como el de Eastwood y Swank en Million Dollar Baby, pero tampoco como el que tuvo en la realidad con su hija adoptiva, con la que terminó casándose), pero aún así es capaz de ponerse al volante a una velocidad endiablada, hacer trampas al póker o subirse al escenario a realizar trucos de magia. Y todavía consigue hacer que me ría en cuanto le veo aparecer en escena. Aunque no dijera nada, que lo dice, y vaya si lo dice. Pero no haría falta. Es la ventaja que tiene. Se lo ha ganado a pulso haciendo una película al año durante casi (o sin casi) cuarenta años. Y eso tiene su mérito. Por eso, aunque unas películas sean más graciosas o divertidas que otras, o el guión esté más o menos pulido, o se despreocupe por algunos aspectos técnicos, siempre pensaré que es un auténtico genio y me tendrá de su lado con cada nueva película, que son a la vez una aventura y un reencuentro.
Si en Match Point se acusaba tanto el cambio de registro (y desde luego no para mal; me parece su mejor película en lustros) era mucho más desde luego por el cambio de tono, pasando de la comedia existencialista a la tragedia existencialista, que por el cambio de aires geográficos y musicales. A pesar de estas importantes alteraciones respecto a la etapa neoyorquina, en Scoop no encontramos mucha diferencia con el Allen de los últimos años. Siguen importando las relaciones de pareja, la duda, el engaño, la ceguera del amor, y siguen apareciendo elementos comunes, el robo, el asesinato, el mundo del espectáculo, e incluso algún encuentro sobrenatural.
Scarlett divierte y parece divertirse con el papel de una joven estudiante de periodismo que termina enamorándose del supuesto asesino. Allen es quien vela por su seguridad, quien la ayuda en su investigación, y la química entre ambos y los chistes del director-guionista, los que aseguran las carcajadas. No es díficil imaginar como un malvado lobo con piel de cordero a Hugh Jackman, que no ha sido "Lobezno" en vano. Y a pesar del cambio tragedia-comedia, las similitudes con Match Point no son pocas. Se centra de nuevo en la aristocracia británica, en sus crímenes, y en las motivaciones. De una forma mucho más ligera, de acuerdo, pero sigo prefiriendo una comedia ligera de Woody Allen que la filmografía completa de unos cuantos directores. No digo nombres, que está mal visto.
Un desarrollo bastante previsible, siendo la trama bastante menos compleja que en la película anterior, donde se dejaba notar la profundidad de la influencia del Crimen y castigo de Dostoievski, es tal vez el único inconveniente de esta divertida nueva demostración de ingenio de un hombre que nada tiene ya que demostrar.