SHYAMALAN Y nEWTON hOWARD

Por Raúl Álvarez

La mentira os hará libres

Interior. Sótano. David levanta pesas sobre un banco antiguo, de aire pugilístico. Su hijo Spencer se ofrece a ayudarlo. Pero en lugar de quitar peso como su padre le indica, añade más discos. David levanta la barra. Imposible. Es más de lo que jamás ha levantado. Tras una mirada cómplice, Spencer sigue añadiendo peso, hasta acabar con todos los discos, entonces recurre a viejos botes de pintura. David levanta la barra, una y otra vez. Spencer no da crédito a lo que ve; David tampoco. Spencer comprende que su padre es diferente. David comprende que es diferente. Y lo más importante, ha respondido a las preguntas que atormentaban su existencia: quién soy, por qué estoy aquí, cúal es mi misión en la vida.

Esta secuencia de El protegido ilustra perfectamente la técnica que aplica el compositor James Newton Howard a las películas de M. Night Shyamalan. Una sombra, una brisa, hojas que corren por el suelo; y de pronto, la tempestad. Pero una tempestad tranquila, agradable, reveladora. Y sobre todo, cómplice de la esperanza. Así discurre la música de este monstruo de la música que nació en Los Ángeles en 1951. Howard es un alquimista de vientos sonoros que despejan el cielo de nubes. Donde antes había oscuridad, ahora brilla el sol. Lo que parecía un paisaje tenebroso, se revela como un campo onírico. Un guante para la mano de Shyamalan, que plantea sus filmes precisamente como eso: una sucesión de escenas inquietantes que conducen a un final luminoso. Por el camino, reflexiones sobre la soledad y el más allá (El sexto sentido), la búsqueda de identidad y la aceptación de lo diferente (El protegido), la fe y los valores morales (Señales), el miedo al miedo (El bosque), y la incomunicación en las sociedades modernas (La joven del agua).

Músico y director se entienden a la perfección. Como antes lo hicieron Hitchcock y Herrmann, Truffaut y Delerue, Schaffner y Goldsmith, Leone y Morricone. Como hoy hacen Spielberg y Williams. Con esa magia que deja huella en el subconsciente y anima a leer el nombre que sigue al título "Music composed by". En su caso, además, la magia es brujería. Porque Shyamalan (y Howard) no sacan conejos de la chistera, ni atraviesan con sables a su ayudante. No tejen historias (partituras) que siguen los cánones del séptimo arte. No hacen lo que el público espera o adivina a partir de la información que aparece en pantalla (maldito conductismo). Lo suyo es romper el relato tradicional con un giro de guión (composición) que cambia el significado de lo que vemos y oímos. Mienten, dicho alto y claro, y al final descubren la verdad de sus intenciones. Un riesgo de alto voltaje. Porque la mentira, la imprevisibilidad, se paga con la certeza de ser imprevisible. Fíate de alguien que siempre te traiciona.

¿Y eso es malo? Creo que no. El fin es el camino. Los nervios, la ilusión, la dificultad. Eso es lo que anima las películas de Shyamalan y la música de Howard. En sus obras tenemos la sensación constante de que va a pasar algo, pero no sabemos con certeza qué, cuándo, cómo, ni por qué. El tránsito hacia ese final, la metáfora, es lo que cuenta. En El sexto sentido, cuando Bruce Willis descubre que está muerto, el impacto es grande, sí; pero inmediatamente recordamos todas las secuencias anteriores, las veces que músico y director nos han engañado en las narices. El primero con la forma, el segundo con el fondo. Aunque acaso el engaño no sea tal. Son nuestra mirada y nuestro oído adocenados los que completan la figura como les han enseñado. Shyamalan y Howard desandan el camino y demuestran que hay otras formas de completar la figura, de contar historias, de componer otro cuadro con los mismos elementos.

El sexto sentido

La primera colaboración del director de origen indio y el compositor dio como resultado uno de los mejores —y más rentables— thrillers con carga sobrenatural de todos los tiempos. Para contar la historia del doctor Malcolm Crowe, un psicólogo que trata de ayudar a un niño que dice ver muertos y al final descubre que él mismo es un espíritu, Howard factura una composición etérea, sin melodías definibles, con apoyo de voces que recuerdan cantos religiosos. La banda sonora es como un lamento que se mantiene siempre en segundo plano, subrayando la tremenda soledad de ambos protagonistas, uno de los ejes temáticos del filme. Sólo al final, cuando Crowe descubre que falleció en el asalto que sufre al principio de la película, Howard sube el tono de la composición para aumentar el efecto dramático de la revelación. La partitura resulta también interesante porque en ella encontramos las bases instrumentales (piano, flauta y violines) que el músico desarrollaría con posterioridad en el resto de trabajos junto a Shyamalan. El sexto sentido es una obra fascinante que cala más y más a medida que la escuchamos, como la historia del filme, un goteo musical que representa brillantemente el proceso psicológico que lleva a Crowe a descubrir su naturaleza.

El protegido

La para muchos obra maestra de Shyamalan produjo también uno de los trabajos más ricos e inspirados del músico norteamericano. La odisea de David Dunn, un agente de seguridad que descubre que en realidad es un superhéroe, da pie a una partitura de enorme belleza sustentada en un tema principal de cinco notas que ilustra el tema de la película: la búsqueda y hallazgo (doloroso) de identidad. Como en El sexto sentido, Howard compone un conjunto de piezas de apacible apariencia que evolucionan hasta un crescendo que coincide con la catarsis de David. Lo que convierte esta obra en un hito es su prodigiosa maleabilidad, pues refleja los sentimientos encontrados del protagonista mediante variaciones de los mismos temas. David es un hombre que pasa del desencanto vital y las sombras de una vida sin objetivos al gozo de un individuo que, por fin, sabe quién es y porqué está aquí. Howard relata ese proceso con verdadera maestría, empleando nuevamente el piano, el viento y los violines como si fuesen lamentos, susurros y caricias. Es el signo de su identidad como músico: hace palpables las emociones.

Señales

Una invasión extraterrestre es la excusa argumental que utilizó Shyamalan para montar una reflexión sobre la pérdida de la fe y los valores morales en la sociedad occidental. A diferencia de El protegido, donde Howard tomó la evolución emocional del personaje como punto de referencia para desarrollar su trabajo, en esta ocasión el músico se fijó en el carácter repetitivo de las señales que marcan el destino de la familia Hess, que como se comprueba al final de la película no son las figuras que aparecen en los campos de maíz. Éstas son sólo un señuelo de las verdaderas. Así, la estructura de los temas es reiterativa, circular, casi obsesiva, como los miedos del reverendo encarnado por Mel Gibson, su hermano y sus hijos. Señales es por momentos una partitura minimalista, una peonza que gira y gira hasta hacernos inaudible la forma del tema que escuchamos. De ahí sus múltiples comparaciones con el estilo que gastaba Bernard Herrmann en sus obras para el Hitchcock más "demente": Psicosis, Vértigo y Con la muerte en los talones. La mayor virtud de Señales es que materializa en forma de música una paradoja visual: cuanto más se repite algo, más invisible se hace a nuestros ojos.

El bosque

Merecía el Oscar por goleada, pero se lo llevó la no tan brillante Descubriendo Nunca Jamás, de Jan A. P. Kaczmarek (por cierto, desaparecido en combate). Howard bordó el paisaje sonoro de la historia de un pueblo acosado por unas terroríficas criaturas que al final resultan ser disfraces bajo los que se ocultan los dirigentes de la comunidad. Sobre esa base argumental Shyamalan se atrevió a criticar, en pleno post 11-S, el poder del miedo como inhibidor de las libertades. El mismo mecanismo de control que Michael Moore denuncia en sus documentales. En respuesta al desafío, Howard brindó su mejor partitura para el director y, a mi juicio, una de las mejores bandas sonoras de la historia. Lírica, inquietante, tenebrosa, romántica, inocente, esperanzadora. El bosque se mueve con absoluta virtuosidad entre esos estados de ánimo de la mano de un bellísimo tema para violín que toca hasta la última fibra del alma. La inspiración, esta vez, es el amor que nace entre los jóvenes protagonistas, víctimas de la manipulación de sus padres y, a la postre también, desencadenantes de la revelación del secreto. El amor les impulsa a franquear los límites del bosque, a buscar la verdad. Un amor que, irónicamente, ya no conocen o perdieron sus progenitores, lo que les ha conducido a montar la farsa. Todo un recado para quienes montan y sufren cortinas de humo.

La joven del agua 

La comparación es la peor y la mejor enemiga de esta partitura. Desde El sexto sentido Howard y Shyamalan siempre habían ido a más, y La joven del agua, sin ser un fiasco, sí muestra menos grados de inspiración por parte de ambos artistas a la hora de calzar el elemento fantástico en el relato y en la composición. En consecuencia la "mentira" que esconde la historia no acaba de cuajar, y músico y director no terminan de dar con el tono adecuado para narrar el viaje de regreso a su mundo de una ninfa que aparece en la piscina de una comunidad de vecinos. Los instrumentos de base son los habituales (piano, flautas y violines, apoyados en tenues coros infantiles), pero el conjunto no encuentra el punto de entrada a la fábula que plantea Shyamalan. Howard tiene los mismos problemas que la ninfa interpretada por Bryce Dallas Howard: no consigue llegar a su mundo. Los dos temas principales, además, tienen muchas referencias a su trabajo para King Kong, lo que acaba por difuminar la personalidad de una obra dibujada con esbozos. Howard, eso sí, mantiene intactas la delicadeza y elegancia de su estilo y su capacidad para inocularnos melodías en vena. Avancé que la comparación es la peor y la mejor enemiga de esta partitura. La joven del agua es un maravilloso borrón frente al resto de colaboraciones con Shyamalan, pero una joya respecto a lo que sale últimamente de Hollywood.