La joven del agua (Lady in the Water, 2006)

Por Ramón Monedero

Difícil aventura la que nos propone M. Night Shyamalan. Con el tiempo, el director de El sexto sentido ha ido perdiéndole el miedo al público, o mejor aún, cultivando una opinión del espectador particularmente humanista, que visto lo visto, no beneficia especialmente bien a la vida comercial de sus películas. Me explico, cuando en 1999 Shyamalan sorprendió a propios y extraños con el exorbitante éxito de El sexto sentido, Disney, productora del invento, cedió sin problema alguno un "cheque en blanco" para que Shyamalan hiciera lo que quisiera, con quien quisiera, cuando quisiera, donde quisiera y como quisiera. El resultado fue la monumental El protegido, un film complejo, rico, lleno de matices, denso y personal pero que fue recibido por el público con cierta tibieza. Bien es verdad que la película amasó en todo el mundo unos 300 millones de dólares, pero esta cantidad resultaba un tanto escasa al lado de los 900 millones que recaudó El sexto sentido. M. Night Shyamalan se dio a conocer al mundo con la presión del éxito a cuestas.

El cineasta de origen indio nunca ha ocultado su interés por agradar al público y por esta razón, tras el personal chasco que a Shyamalan le supuso El protegido el director se refugió en lo que mejor sabía hacer y filmó Señales, una película con abiertas y asumidas intenciones de recuperar al público perdido y de paso, su credibilidad (financiera) en Hollywood. En efecto, Señales se convirtió en un nuevo éxito de taquilla y Shyamalan se pudo relajar un poco, pero entonces ocurrió algo trascendental que influiría de manera decisiva en el futuro devenir profesional del director. Sin que el propio Shyamalan hubiera tenido constancia de ello y una vez había entonado el mea culpa a propósito de El protegido, la película había ido ganando adeptos por la puerta de atrás; la película se había ido convirtiendo lenta, pero progresivamente en un film de culto cuya secuela pasó a ser la pregunta del millón: «no puedo poner un pie en la calle sin que alguien me pregunte por la secuela de El protegido», reconoció el propio Shyamalan [1].

En muchos sentidos, El bosque fue un loable intento por parte de Shyamalan de casar esa esencia trascendental sin fecha de caducidad —El protegido— con un atractivo relato de terror y suspense —Señales—, con un nivel de conexión más complejo y menos obvio que pudiera seducir al público inquieto. Lo cierto es que la jugada le salió redonda, aunque el público saliera de ver El bosque con un sentimiento como poco, irregular, aunque de esto Shyamalan no parece haberse dado por enterado.

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Por todo esto, resulta curioso que un director tan preocupado por su público haya filmado una película tan poco comercial como La joven del agua. Aunque si vemos la última película de Shyamalan dentro del encadenamiento de circunstancias antes citada, La joven del agua adquiere otro matiz. La película ha sido filmada por Shyamalan pensando en aquella reflexión que El protegido produjo en una parte importante del público, confiando en que si no al primer golpe de vista, La joven del agua seducirá a un sector del público muy importante. En una palabra, el problema que se ha dado en La joven del agua (problema financiero entiéndase, dado que el film es la película de Shyamalan que menos ha recaudado desde los tiempos de Los primeros amigos) es básicamente un problema de fe. Shyamalan ha procesado tanta esperanza en su público como la que sus personajes ejercitan en su película. Shyamalan confía en que La joven del agua acabe calando hondo como lo hizo en su día El protegido, porque mejor o peor que aquélla, no cabe duda de que es una película que le ha salido al director de El sexto sentido de las entrañas.

Una fábula para adultos

Les propongo un ejercicio de abstracción. Cojan por ejemplo Las crónicas de Narnia. Acto seguido extírpenle todo su fondo fantástico, es decir, criaturas, grandes parajes épicos, batallas colosales y animales que hablan. Ahora todo esto, reconviértanlo en un entorno cotidiano, triste incluso, un tanto desolado. Tan normal y pueril que roza la mediocridad. Ahora cojan los personajes protagonistas y conviértanlos en adultos cuarentones, con una vida que se acerca lentamente al ocaso. Sin ilusiones. Pero eso sí, que sigan actuando como niños, que no hagan demasiado preguntas cuando se encuentren delante de un hada o un gnomo, que no se hagan demasiadas preguntas cuando un minotauro les habla, o cuando un león les corona sucesores de un reino fantástico. ¿Difícil, no? Debe de serlo, al menos para la mayoría, porque sino no se entendería la reducida aceptación que ha tenido La joven del agua en casi todo el mundo (aún quedan taquillas por asaltar).

Obviando el primer largometraje de Shyamalan (principalmente porque me ha sido imposible verlo), las películas del director de origen hindú siempre han dependido, de forma extremadamente capital, de la óptica de los niños, no infantil, sino lo suficientemente ingenua como para creer en fantasmas, superhéroes, monstruos e invasiones extraterrestres, de hecho, una película tan compleja como El bosque era precisamente eso, un particular chapuzón en el (también) complejo mundo de la ingenuidad, donde el mal, no está vetado. En El bosque, los personajes tenían decisiones y actitudes extremadamente infantiles, ingenuas, carentes de toda perversión llevados simple y llanamente por un inocente halo de curiosidad o por fuertes sentimientos de pasión y claro, de odio. De hecho, esto es llevado a su extremo en el film, cuando Shyamalan nos dice, al final del largometraje, que incluso en el asesinato, puede haber ingenuidad, o dicho de otro modo, que el dolor, el mal, es una parte constitutiva del hombre, de forma que la simple ingenuidad, la inocencia o la simplicidad, no excluyen por definición al mal, al contrario.

Pero el caso es que todo esto fue mucho mejor admitido por el gran público. Al fin y al cabo, se trataba de una época pasada (al menos, eso es lo que parece) de refinadas formas, exquisitas maneras y lenguajes exquisitos directamente exportados de "Cumbres borrascosas". ¿Cómo saber como se comportaban los habitantes de dos siglos atrás? Posiblemente, desde nuestra óptica de habitantes del siglo XXI, como niños. Todo encajaba con relativa facilidad. La película fue un éxito, aunque insisto, el público saliera del cine con cierto sentimiento de estafa al comprobar que había sido invitado a ver una inquietante película de terror y terminó siendo testigo de una cosas mucho menos codificada.

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De este modo, en La joven del agua no resulta tan extravagante que una ninfa haga acto de presencia en una piscina comunitaria de un mediocre bloque de apartamentos, hemos visto (y aplaudido) cosas mucho más absurdas. Lo verdaderamente desconcertante de La joven del agua es que la fábula tome forma en un entorno tan mediocre y con tanta ingenuidad que sencillamente, resulta difícil de aceptar, así de entrada. Se ha dicho que el guión de La joven del agua resulta confuso y alborotado, carente incluso de cierta coherencia, y esto es porque esa falta de aparente de coherencia es directamente suplantada por la ingenuidad. No hay que dar explicaciones de por qué pasan ciertas cosas, o por qué ciertos personajes actúan de esta o aquella manera. Ese es el verdadero problema, estamos acostumbrados a que se nos den explicaciones para casi todo. Que se nos exponga el origen de los héroes y villanos, esto es, que se nos explique por qué los personajes que tenemos delante son de una forma o de otra, por qué actúan como actúan, cuando en realidad, el porqué de los personajes ha terminado por convertirse en un recurso ciertamente tipificado, un modelo en el procedimiento a la hora de exponer un perfil y otro.

A veces somos incapaces de comprender que algunos personajes (sobre todo si son niños), actúan simple y llanamente de forma intuitiva. No reflexionan sobre sus actos, sólo se dejan levar por su corazón, por su alma. Por esta razón, Cleeveland (un extraordinario Paul Giamatti) no se para a pensar ni por un momento, si todo lo que le está sucediendo no será un absoluto disparate, Anna Ran (Sarita Choudhury), se arrodilla en el suelo de su baño para jugar a las adivinanzas con la Narf, cuando ésta no puede decir cierta información, aunque sí señalar con gestos qué hacer y en definitiva, por todo esto, los diferentes personajes del complejo de apartamentos de La joven del agua se suman a la hilarante propuesta de Cleev para salvar a la Narf, aunque nadie haya sido testigo directo de nada especialmente extraordinario. No hace falta ver, sólo fe y esperanza para actuar. En suma, es debido a todo esto por lo que los personajes de La joven del agua son llevados por una disparatada teoría que no se sostiene (en lo que a verosimilitud se refiere) por ningún lado, fruto de la insólita lectura del lomo de las cajas de cereales a manos de, como no podía ser de otro modo, un niño.

La realidad trascendental

También siguiendo la estela del cine de M. Night Shyamalan, la realidad nunca ha sido tan fría y desesperanzadora como estamos acostumbrados a ver en buena parte del cine contemporáneo. De hecho una película de Shyamalan, no sería una película de Shyamalan, si no estuviera empapado de un fuerte sentimiento de esperanza. Pero esa esperanza debe estar precedida por la fe, pero no una fe católica, sino una fe en la realidad, una creencia que nos haga comprender que las cosas no son tan banales como pudiera parecer al primer golpe de vista. Una realidad que hay que tratar de redescubrir, con esos ojos de extrañeza propios de un niño como apuntó Ortega y Gasset. Por esta razón la visión repleta de ingenuidad es tan fundamental en el cine de Night, y por eso, la realidad resulta una experiencia trascendental.

Como muy bien apuntó Tomás Fernández Valentí [2], en La joven del agua no hay un particular empeño en mostrar los acontecimientos fantásticos, desde una óptica cinematográficamente hablando, fantástica. La Narf (Bryce Dallas Howard) hace su aparición en el relato bajo un austero naturalismo, Cleeveland se desmaya y acto seguido, al despertar, ya está ahí, plácidamente sentada en el sillón. De hecho, esta idea está llevado al extremo cuando los scrat se confunden con el césped o los croks que casi forman parte de los árboles. No es necesario viajar a un mundo fantástico para enfrentarse a bestias de marcado carácter mitológico. Ni siquiera cuando Cleeveland desciende al mundo submarino, Shyamalan no nos introduce en ningún abismo desconocido. Cleev simplemente destapa el desagüe de la piscina, y entra en una gruta donde todo nos resulta extrañamente familiar, los adornos, las lejas, los frascos... todo, el plano cenital de la piscina, emulando una forma ovalada, que sugiere un cuenco de reminiscencias bautismales [3].

Todo esto sucede en un entorno extremadamente cotidiano, o mejor aún, realista, casi costumbrista. Un lugar donde nunca pasa nada al menos, a los ojos de las vidas grises que allí habitan. La presentación del héroe del relato es ya, de entrada, toda una declaración de principios. De igual modo que al principio de las películas de Indiana Jones, Spielberg presentaba al héroe inmerso en alguna aventura, aquí vemos a Cleeveland, matando con un desatascador a un extraño bicho peludo. Por esta razón, también resulta extremadamente chocante asumir que también los personajes más mediocres de la tierra son tierra fértil para lo extraordinario.

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Pero hay un apartado que me resultó particularmente intrigante en La joven del agua, es el delicado ejercicio de reflexión metacinematográfica que supone. La Narf se llama, no por casualidad, History, es decir, Historia. A lo largo del metraje, los personajes, como en la vida, deberán ir construyendo sus historias, para encontrar su rol en un relato que ellos mismos están construyendo, como la vida. Es por esto que cuando se acude al crítico de cine la historia no llegue a cuajar, porque todo resulta demasiado frío, demasiado calculado; las historias son cuestiones mucho más espontáneas, intuitivas.

No me quiero extender mucho más, pero creo sinceramente que La joven del agua es una película compleja, que no se puede reducir a buena, mala o regular, si no se quiere caer en el simplismo. Podrá gustar más o menos, pero creo que es lícito considerar que estamos ante una película importante, y quién sabe, si con el paso de los años, irá ganando adeptos, como sucedió con El protegido.

[1] Como es sabido El protegido fue en un primer momento una apuesta para una trilogía, según adelantó Bruce Willis antes de que el propio Shyamalan pudiera decir nada. Poco después, y dados los moderados resultados del film Night desechó la idea.

[2] Fernández Valentí, Tomás. Dirigido por nº 359, págs. 26-27.

[3] Recuérdese el papel, esta vez más claro, bautismal de la piscina en El protegido, cuando David Dunn caía en ella y salía renovado, convertido ya en un completo héroe.