El asombroso (y merecido) reconocimiento que acompañó a la inmediata ascensión de la carrera de M. Night Shyamalan tras el exitazo que supuso El Sexto Sentido (The Sixth Sense, 1999), fue a la par una bendición y una cruz que aún hoy sigue arrastrando el cineasta de origen indio. Si bien por una parte pudo gozar de una cómoda libertad creativa y el apoyo del público que lo arropaban bajo un manto cálido que le aupaban en el nuevo Hitchcock y en la nueva mirada cinematográfica procedente de Norteamérica a seguir, un aura de escepticismo, envidia y necesidad de demostrar que su talento no era fruto del azar ni de tan sólo una buena película, los sectores más duros de la crítica y de la industria, esperaban impacientes su nuevo trabajo.
Shyamalan, que nunca ha ocultado la vocación comercial de sus películas, entregó con El Protegido (Unbreakeable, 2001), su obra maestra. Una pieza de orfebrería donde introdujo varios elementos que repetía tras su anterior película, y en que la gente confundió inquietudes personales con búsqueda de repetir la misma fórmula que le supuso el éxito anteriormente. Debido a eso, El protegido fue injustamente vilipendiada buscando absurdas excusas sin llegar nunca a entender el gran paso que supuso el cambio entre ambos largometrajes, ni la madurez alcanzada por Shyamalan, y que sin duda quedó reflejada en pantalla, ofreciendo sin duda alguna el mejor retrato que nunca nadie ha hecho acerca del mundo de los cómics y los superhéroes. Tras esta experiencia, Shyamalan decidió cambiar de tercio y apostar por una historia más convencional, más cercana a la par que oscura, intentando bascular entre el cine de suspense, el de terror y el drama intimista, todo ello barnizado bajo una mínima capa de ciencia ficción.
Si hay algo que por suerte hoy por hoy queda fuera de toda duda, es el talento narrativo del que hace gala el cineasta. Es innegable la fuerza que desprende a la hora de narrar una historia, empezando desde la primera secuencia demostrando siempre que es sin duda alguna uno de los mejores a la hora de captar la atención del público desde la primera secuencia para luego manejarlo a su antojo. Las historias de Shyamalan impactan por sus espectaculares inicios donde se nos plantea todo el conflicto que luego procederá a desarrollar. Pero los enigmas que plantea durante el primer acto de sus guiones, en vez de confundir al espectador, crea un acuciante suspense que se mete en el bolsillo a la audiencia. Desde el accidente de tren de El protegido donde el único superviviente es David Dunn, hasta el conocimiento de aquellos de los que no hablamos en El Bosque (The Village, 2004), pasando por el asesinato de Malcolm en El sexto sentido, Shyamalan introduce siempre un elemento que obligue a cualquier espectador a incomodarse y amarrarse al inicio para, en lugar de descolocarlo, incentivar como nadie el interés en el devenir de la historia que está comenzando.

Una granja cualquiera en medio de EE.UU. Una mañana, un hombre normal y corriente, descubre en su cosecha una señal inmensa milimétricamente realizada, a la cual nadie es capaz de encontrar una explicación coherente. Tras ese hallazgo, los animales empiezan a comportarse de forma extraña y todo a su alrededor comienza a cambiar. ¿Qué secreto esconden esas señales que se van descubriendo paulatinamente por todo el globo? Utilizando las señales reales que se encontraron en los campos del medio oeste americano (y que incluso Led Zeppelín utilizó como portada de su disco «Remasters»), de los cuales se han extraído múltiples significados y teorías de todo tipo, pero que aún hoy no se ha conseguido descifrar, Shyamalan se sirve para alzarse con la victoria en los primeros cinco minutos. A partir de ahí, el director de La joven del agua (Lady in the Water, 2006) utiliza muy bien los recursos narrativos y cinematográficos para manipular sin piedad al espectador utilizando la ley no escrita del cine. Aquella que reza que una vez los tengas en tu poder, puedes hacer con ellos lo que quieras. Shyamalan, una vez mostrado el impacto al principio y la gente ha sucumbido a la red, puede manipularlos a su antojo y llevarlos por donde más le plazca pues el público a partir de ahí se presta a seguir el juego que el guionista-productor y director les ha preparado.
A Shyamalan le importa bien poco si las señales son reales o algún campesino aburrido las hizo para acojonar al personal. Lo que le importa es el valor dramático que poseen, y como tal lo utiliza para, no ya sólo asustar a la audiencia, sino a los personajes, ya que la desubicación y miedo de la familia protagonista es comparable a la del público, que en todo momento posee la misma información que los personajes, creando una identificación total entre la ficción y la realidad. El equiparar al espectador con los personajes que aparecen en la película y los vemos sufrir y angustiarse ante la cada vez más segura certeza que se trata de una invasión extraterrstre, acentúa una empatía necesaria para creerse una historia que de trasfondo tiene ese barniz de ciencia ficción. Por suerte, Shyamalan es un tipo listo y siempre ha puesto por delante a sus personajes. Por ello la importancia no radica en los monstruos que puedan venir y destruir el planeta, sino la interacción de la familia protagonista con las circunstancias que les ha tocado vivir, como cualquier de nosotros vamos. De hecho, Señales es la película más realista de su director. Frente a niños que ven muertos, superhéroes cotidianos, o comunidades voluntariamente aisladas, Shyamalan realiza en ésta, su retrato más realista (englobada en un contexto fantástico) de la sociedad moderna. Si ya en El protegido anunciaba la locura de creer tener la razón y demostrarla a cualquier precio, y en El bosque trazaba una agridulce solución a los continuos problemas de nuestra actual sociedad, Graham (un esforzado Mel Gibson), un pastor que ha perdido la fe tras la muerte de su esposa, debe hacer frente al cuidado de sus hijos, la invasión extraterrestre y sus propias crisis personales. Cargas demasiado grandes para un solo hombre y que Shyamalan retrata muy bien con la secuencia de la última cena, donde Graham se derrumba ante su familia incapaz de sobrellevar esa situación por más tiempo (y donde el director incluye una sutil referencia religiosa, acorde con la profesión del protagonista, momentos antes que se produzca el ataque). He ahí el mayor acierto de la película. El punto de vista cercano en el que el director posa su mirada hace que el espectador se implique, sufra y se angustie más que con las consabidas secuencias del departamento de estado, ejércitos preparándose o naves entrando en la atmósfera (y que otro gran cineasta de cabecera de Shyamalan, Spielberg, optó por hacer recientemente lo mismo en la espléndida La guerra de los mundos —War of the Worlds, 2005). Que miedo más atroz existe en el mundo que el que no vemos. Porque como he comentado al inicio del artículo, el cineasta es un maestro narrando y dosifica la información y los momentos de suspense magistralmente. Gracias a ello, la familia de Graham y el espectador sabe que hay una invasión en camino, pero jamás la vemos, nunca muestra a los extraterrestres más que una vez en la televisión y de refilón, provocando de ese modo mucho más terror que mostrando a los invasores en su esplendor.
Gracias a una puesta en escena que sabe pivotar entre secuencias donde predomina el sugerir pero no mostrar (la búsqueda de Graham durante la noche en la cosecha donde se vislumbra el pie de un extraterrstre, o el plano del cuchillo en la cocina del veterinario), y una dosificación del suspense de manual, Shyamalan ofrece técnicamente una película perfecta donde todas las piezas encajan y donde demuestra una vez más su maestría a la hora de rodar, su dominio del tempo narrativo y del ritmo interno de las secuencias, y sobre todo, cómo mantener el interés en una historia, que narrativamente jamás se le va de las manos.

Dramáticamente, quizás es la película más floja de su director. En ella, quiso abarcar demasiado quedándose a medio camino. Si bien la confluencia de estilos la aprobó con nota, el desarrollo dramático de los personajes queda un poco en el aire. Empezando por Graham, al que conocemos como una persona seria y reservada, que ama a sus hijos pero parece que se le escapan, tanto Shyamalan como Mel Gibson no consiguen trasmitir ese encierro interno progresivo del que hace gala el personaje, renegando de su fe y religión en una lucha interna muy interesante, que podría haber dado mucho de sí, para al final aplacarla gracias a la victoria frente a los invasores y a la salvación de su hijo, hallando la redención y mostrándonos al final del largometraje, a Graham colgándose el hábito antes de salir de casa; en un final indigno para el personaje y para su director. Un epílogo que sigue a un totalmente innecesario (y de cara a la galería) clímax final donde la familia derrota a batazos de béisbol a un extraterrestre. Un final, que seguía al magnífico tramo a oscuras en el sótano donde el nivel de tensión era insostenible, y que Shyamalan rompe, junto con todo el tono de la película, al mostrarnos al extraterrestre en la casa y luchando cuerpo a cuerpo con él.
Los últimos 15 minutos de Señales poseen una sabor amargo que roza la línea de la decepción ante la gran propuesta y línea que ha trazado su director durante la primera hora y media, viéndose ensombrecida (esperemos que por imposiciones del estudio y no criterio artístico del cineasta) por una conclusión, que si bien puede ser coherente en cuanto a guión, en relación a la evolución del personaje, en su conjunto final es una piedra en el zapato que provoca el término de su visionado con una mueca de lástima ante tan injusto desenlace.
Por suerte, Shyamalan, ofrece dentro de la película probadas muestras de su rigor, coherencia, seriedad y solvencia como cineasta, dejándonos detalles que nos devuelven la esperanza en él y en la existencia de un buen cine de consumo masivo (también Michael Mann merece un apartado en este catálogo), como la descripción que consigue de su personaje principal con tan solo un plano al que en su primer visionado no consigue uno darse cuenta. Al inicio de la cinta, cuando los acontecimientos empiezan a desarrollarse y conocemos a la familia, sabemos que la mujer del pastor murió, pero no cómo. Cuando el perro se pone enfermo, el hijo pequeño (en una conversación-secuencia que a priori no añade nada a la historia) pregunta a su padre si llama al veterinario, Graham le contesta muy serio que no, que su médico de siempre les servirá. Bien, hasta aquí lo que parece una decisión se supone que por causas naturales, como si lo hubieran hecho siempre, se revela como un gran detalle de guión, ejemplificado y puesto en imágenes por lo que debería ser un director de cine que conoce su historia, sus personajes y como contarla. Ya que pasada media película, Graham va a ver al doctor (el propio M. Night Shyamalan), que resulta ser el que al dormirse en la carretera mató a su mujer. El cineasta, muy sutilmente, sin decirlo en ningún momento, al filmar la llegada de Graham a la casa, realiza un plano general de situación de la casa, pero introduce en la parte inferior del encuadre el típico buzón de jardín norteamericano, donde junto al nombre aparece el letrero: veterinario. Con ese detalle tan sutil, Shyamalan nos ha dado mucha información acerca del personaje, un personaje que a pesar de siempre decir que ha superado la muerte de su esposa, perdonado a su autor y sigue adelante, prefiere que sus perros sean examinados por un médico o incluso que no sean curados, antes que llevados al veterinario.
Por esto y mucho más, las películas de M. Night Shyamalan son una lección de cine, donde su mirada quizás no siempre guste o llegue a todo el mundo, pero lo que sí hay que reconocerle, es su limpia, honesta, pura y recta mirada. Una mirada de cine.