Han transcurrido siete años del estreno de El sexto sentido y, desde la perspectiva que nos ofrece el tiempo, la importancia de este film crece imparable tanto en los nexos que la emparentan (al menos en apariencia) con el cine de género tradicional como, sobre todo, en los correspondientes a la fascinante personalidad de su responsable, un M. Night Shyamalan entonces visto como un sorprendente y prometedor fabulador y, en la actualidad, convertido en un impresionante autor que sitúa el objetivo de su cámara mucho más cerca de Bergman o Cocteau que de los límites impuestos por los códigos genéricos.
El sexto sentido es una obra seminal por muchos conceptos. No únicamente por el hecho de haber dado a conocer a Shyamalan y convertirse en el pistoletazo de salida del resto de una filmografía marcada por la heterodoxia, sino por su condición de pieza clave del fantastique actual muy a pesar de ser una obra, en el fondo, ciertamente desmarcada de sus cauces. El tratamiento estructural de la obra (el argumento que le sirve de base, la dosificación de la información) se adhiere con poderosa fuerza a un afán constructivo y renovador de diversos elementos comunes en el género. En efecto, la controlada exposición de los eventos dramáticos, la limpieza de una narración eminentemente clásica, así como el coherente desprecio hacia los recursos tópicos manejados por el fantástico coetáneo (el híbrido despersonalizado entre el "gore", el cine de adolescentes y los referentes cinéfilos más descarados) le confieren a El sexto sentido un intenso valor consistente en marcar un punto de inflexión en el devenir del género (punto de inflexión a todas luces necesario teniendo en cuenta las vertientes alcanzadas) con la mirada situada en Tourneur o Clayton, es decir, en un clasicismo convenientemente adaptado a los nuevos tiempos y a la idiosincrasia del propio Shyamalan. Los factores que lo enlazan a este concepto cinematográfico tienen que ver con una puesta en escena diametralmente ambigua, en la que el semblante visual está constantemente aportando matices clave a una historia, ya de por sí, enormemente ambivalente (el diálogo en el restaurante entre Malcolm y su esposa, por ejemplo).

Y es este aspecto el que Shyamalan sabe tratar con contundente maestría. El sexto sentido es un film en el que no existe ni el menor rasgo de maniqueísmo, a diferencia de todo el cine de terror pretérito (y posterior) basado, inevitablemente, en la antagonía entre el Bien y el Mal o en sus mismas interrelaciones. La película expone, exclusivamente, una inmersión en otro mundo que, como diría Éluard, está en éste. Un mundo que bien puede estar vinculado al escapismo ficticio que el cineasta madurará en su reciente (y magistral) La joven del agua, o a una respuesta rebelde y kamikaze provocada por la incomprensión social, al igual que la comunidad de El bosque. El personaje interpretado por Haley Joel Osment puede, de hecho, estar integrado en ambos conceptos: la marginalidad a la que es sometido por sus compañeros de colegio le conduce a cerrarse en sí mismo. A una introspección malsana que, de forma autodestructiva, le lleva a identificar las relaciones humanas con eventos luctuosos. Asimismo, la inmersión en ese "otro mundo" provoca, como al personaje de Bryce Dallas Howard en El bosque, cerrar los ojos ante el cosmos circundante e integrarse totalmente en lo que, en el fondo, no es más que una realidad inconscientemente manipulada, fruto de su condición problemática.
La ambigüedad a la que antes se aludía tiene que ver, precisamente, con la exposición de una historia eminentemente psicológica (de hecho, tal es la profesión de Bruce Willis en el film), bajo una mirada turbadoramente nítida en la que ni su envoltura realista ni sus aspectos meramente fantásticos se supeditan, ni quedan explicitados a un cien por cien. Shyamalan opta por cerrarse en banda y no hacer ni una mínima concesión al espectador en este sentido. Se apoya en un argumento que posee una extraña variabilidad de puntos de vista (Sean, su madre, Malcolm) aunque trabajados con la suficiente verosimilitud como para que la esencia de la historia (más allá de sus interpretaciones) arrastre al espectador a cada visionado haciéndole descubrir nuevos elementos apenas perceptibles anteriomente. Es El sexto sentido, por tanto, una pieza que se autorenueva con el paso de los años, tanto por su marcada personalidad, inquietantemente sugestiva e intensa, como por la propia filmografía del cineasta, cuyas últimas producciones han ido adquiriendo unos matices que complementan y añaden novedades semánticas a este film.
Es lo que tiene ser una obra maestra.