El protegido (Unbreakable, 2000)

Por Alejandro Díaz

La (re)construcción crítica

Volver la vista hacia un film cuya fecha de realización no es demasiado lejana en el tiempo y que nos gustó en su momento puede resultar complicado, pero para las personas que escriben sobre cine aún lo es más enfrentarse con sus propios artículos del pasado. Cuando se me confirmó la oportunidad de escribir sobre Unbreakable para "Miradas de Cine", recordé que ya había firmado una reseña de la película en el momento de su estreno en España para una revista online desaparecida (al menos públicamente: me consta que sigue existiendo en un puñado de discos duros). Inmediatamente pensé en recuperar dicho artículo y "canibalizarlo" (en feliz expresión usada por Raymond Chandler para referirse al proceso de convertir un relato corto en una novela), una práctica que permite disponer de un artículo ahorrando tiempo y esfuerzo. Sin embargo, me encontré con un escrito del que apenas pude extraer nada aprovechable, y, lo que es un tanto misterioso, que parecía escrito por otra persona. He aquí el artículo en cuestión:

«No me encuentro entre los fans de El sexto sentido, película que dio a conocer al director M. Night Shyamalan, y cuyo desarrollo (no sólo el giro final) me produjo bastante irritación. Sin embargo fue tal el éxito crítico y taquillero del filme, y tantas las alabanzas que llovieron sobre su realizador (heredero de Hitchcock y Tourneur, se decía), que se despertó en mí un cierto interés por el nuevo trabajo del director, Unbreakable, con Bruce Willis de nuevo al frente.

No me interpreten mal: no estoy justificando la calidad de una obra en función del número de espectadores de la misma, o de sus buenas críticas, pero considero que uno debe estar razonablemente atento a las reacciones ajenas, para tratar de enriquecer la opinión particular, sin renunciar nunca a una visión personal de la obra, y no caer en el desprecio autista.

Las cualidades como creador de Shyamalan que ya se vislumbraban en El sexto sentido (y que no supe valorar, lo reconozco), rinden plenamente en esta excelente obra, de la que él mismo es el productor (no lo era en la anterior), lo que explica el mucho más firme pulso de que su realización muestra aquí (El sexto sentido me pareció llena de concesiones comerciales —de hecho recaudó más que ésta—, aunque nunca la he considerado un filme convencional. En cualquier caso, prometo revisionarla con prontitud).

Unbreakable trata sobre el mundo del cómic, que analiza con seriedad y un sentido del espectáculo absolutamente heterodoxo (lo que no habrá contentado al resto de productores, imagino), recurriendo a planos larguísimos cuando es necesario (genial el primero de ellos, por ejemplo), y sincopando la narración otras veces, jugando siempre con los límites de la mirada del espectador sobre una grisácea realidad inundada por la tristeza y la falta de referentes morales (que el personaje de Samuel L. Jackson trata de instaurar).

Parece increíble pero creo que, a pesar de la falta de títulos competentes para los Oscars de este año, la Academia no se va a acordar del film de Shyamalan. Claro, como no ha sido tan "exitoso" como el otro...»

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Desde mi perspectiva actual, el artículo se me presenta plagado de errores "de perspectiva". Básicamente sigo estando de acuerdo con la opinión vertida, pero encuentro insoportable el tipo de acercamiento empleado, superficial y nada analítico. Además, el empleo de expresiones como " con Bruce Willis de nuevo al frente" o " que no habrá contentado al resto de productores", por no hablar de la desafortunada (por inútil) referencia a los premios de la Academia norteamericana, indica una sumisión intrínseca a ciertos esquemas de la industria del entertainment: Las estrellas, la taquilla, los Oscars... elementos totalmente ajenos a lo que debe ser el estudio de una obra cinematográfica. Lo único que me ha parecido interesante es la siguiente frase: "jugando siempre con los límites de la mirada del espectador sobre una grisácea realidad inundada por la tristeza y la falta de referentes morales". Aquí parecen contenerse en potencia dos de las características que, sin duda alguna, han marcado el cine de M. Night Shyamalan. Una es el estudio sobre los límites de la mirada. En un mundo en el que, debido a la profusión de imágenes que circulan en él, la pornografía (en el más amplio sentido del término) se ha generalizado y el espectador es capaz de mirar prácticamente cualquier cosa cada vez con menos obstáculos morales, Shyamalan trata de reconstruir el poder de la sugerencia y se recrea en su capacidad, como creador, para reeducar la mirada del espectador y hurtarle aquellos elementos que considera que éste no debe ver. Un elemento que le acerca, desde luego, a dos grandes manieristas como Hitchcock o Tourneur, referencias que, aunque no me convencían en su momento, he acabado asumiendo como claves en el cine de Shyamalan. El otro elemento fundamental es el retrato de un mundo sin referentes espirituales, y la dificultad de encontrar un camino para una cierta redención dentro de dicho estadio. En ese sentido, el cine de Shyamalan encontrará su camino con facilidad tras los atentados del 11 de Septiembre de 2001 en New York. Films como Señales o El bosque sintetizan esta nueva época para Occidente y exponen de modo ambiguo lo problemático de encontrar unas ciertas raíces morales dentro de un entorno que se desmorona. Esto está íntimamente relacionado con lo problemático de la plasmación de lo sobrenatural en el cine de Shyamalan, pues los elementos fantásticos se resisten a poblar sus ficciones, a materializarse, a ser vistos por el público. Lo sobrenatural, la fantasía materializada, como única salvación para una realidad sin asideros a los que aferrarse.

El lector se dará cuenta de que hay una parte del artículo en la que se promete la revisión de la película El sexto sentido (la cual se produjo y, efectivamente, las impresiones fueron muy distintas a las iniciales), y se pide reiteradamente perdón por haber "cambiado de opinión" sobre un determinado director, como si la labor del analista cinematográfico tuviese que ser necesariamente infalible y consistiese en encasillar inequívocamente las obras y los realizadores sin espacio para pensar y re-pensar en el cine, un proceso que no conviene considerar como cerrado en ningún caso. Semejantes "disculpas" tienen su origen en otro escrito previamente publicado por el autor en el mismo medio a raíz del estreno de El sexto sentido, el cual figura a continuación:

«Bruce Willis vuelve a protagonizar una película "con niño", tras su reciente aparición en la pésima Mercury Rising (que, para más inri, fue subtitulada como Al rojo vivo, mancillando el nombre de la obra maestra de Raoul Walsh). Sin embargo, esta vez se trata de una producción independiente dirigida por un debutante, y que ha sabido aprovechar muy bien la presencia de Willis para alcanzar gran éxito en taquilla. El sexto sentido es una película con pretensiones que consigue crear curiosidad en el espectador... hasta llegar a un desenlace absolutamente incomprensible y, si se me apura, previsible. La apariencia del film recuerda la mejor época de la serie televisiva Expediente X, lo cual está bien para televisión, pero esto es cine; con sustos (hay una escena inicial similar a la de las sillas de Poltergeist) y algún efectismo barato (como las apariciones espectrales) y una historia de amor que se revela como lo mejor de la película. Y es que se promete mucho, demasiado, y se termina dando poco. La secuencia en que Willis y el niño acuden al funeral por una niña muerta es absurda en su conjunto. En otro momento de la película, parece insinuarse que los signos de malos tratos en el cuerpo de los niños podrían deberse a ¡fantasmas! (Me extraña que la crítica norteamericana no haya denunciado esto). Y no voy a hablar de los planos finales...

Este tipo de trabajos son los que frustran al espectador que se da cuenta de que se podía sacar más. Bien es cierto que no es un film convencional, pero no resulta brillante ni como melodrama, ni como película fantástica. Es poco explícita en ocasiones, y excesivamente otras. Hay momentos intrigantes, sí, pero hay otros muchos aburridos y que invitan a desconectar de la trama, quizá por la parsimonia con la que hablan los personajes a veces; sobre todo, el niño (cuyo irritante doblaje recuerda al de las nietas de El abuelo, de Garci). A uno sólo le queda la "satisfacción" de comprobar que hasta una ¿película? como Ghost puede tener influencias en los nuevos realizadores americanos.»

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Este otro texto adolece, más o menos, de los mismos errores generales que el dedicado a Unbreakable, con el añadido de la escandalosa falta de precaución que denota el estilo empleado: agresivo, prepotente y de nuevo falto de cualquier profundidad (despachar un artículo sobre una película tildándola de "aburrida" sin más me parece absolutamente impertinente). Con todo, hay un par de cosas que me han llamado la atención: la primera es la distinción gratuita entre cine y televisión, algo que, desde luego, nunca ha estado tan claro, y mucho menos ahora que determinadas series como 24 están teniendo gran influencia en la recuperación de un neo-clasicismo narrativo ajeno al cinismo de cierta posmodernidad. La segunda, es el siguiente comentario: "no resulta brillante ni como melodrama, ni como película fantástica". La respuesta a semejante disyuntiva parece clara: ¿Y por qué debería serlo? ¿Por qué debería adoptar una gramática fílmica encorsetada en una dramaturgia convencional? ¿Por qué debería poder ponérsele una etiqueta genérica a toda película? Si por algo se ha caracterizado precisamente todo el cine de Shyamalan es por la reformulación, reconstrucción y violentación de los géneros clásicos. Las ghost stories en El sexto sentido, el cine de superhéroes en El protegido, las películas de invasiones alienígenas en Señales, el presunto terror (en realidad una reflexión sobre la sociedad actual más cercana a John Ford que a otra cosa) de El bosque... Su último y totalmente metanarativo film, La joven del agua, es un ejemplo inmejorable de ello. En él, el director reflexiona sobre la extrema dificultad que puede plantear adaptar una sencilla leyenda oriental en el contexto actual, de modo que el film va construyéndose, siempre a punto de desvanecerse, ante nuestros ojos, aunque para ello es necesario un esfuerzo ingente.

Precisamente esta última película de Shyamalan parece contener un cierto grito de socorro por parte del cineasta, sumido tal vez en algún tipo de crisis creativa. Particularmente espero poder seguir pudiendo acercarme a sus películas con el interés con que lo he hecho hasta ahora, y también poder continuar con la construcción interminable de una cierta idea teórica sobre su cine, uno de los más complejos de la contemporaneidad. Y dado que este escrito es fruto de la desorientación, también espero que el próximo artículo que escriba sobre la obra de este director se guíe por unas ideas menos difusas y no necesite recurrir a la vampirización de escritos de antaño para tomar cuerpo.