Cuando en 1999 se estrenó en nuestro país El sexto sentido (The Sixth Sense), pocos habíamos oído hablar de su director M. Night Shyamalan, criado en Philadelphia pero de origen hindú. Después de vista la película, muchos pensábamos que era su primer filme y descubríamos en él a un cineasta prometedor. Sería extraño que con tan interesante trabajo no hubiésemos tenido noticias suyas con anterioridad, si hubiese realizado algo. Y sin embargo más tarde nos enterábamos que ya había dirigido dos películas previamente: Praying with Anger (1992) era la primera, que pocos han visto, y según cuentan está inspirada en su propio viaje a la India que le vio nacer. La segunda, que ya data de 1998 y de la que hablará este artículo es Los primeros amigos (Wide Awake), película que, lo que son las cosas, fue estrenada en España unos meses antes que El sexto sentido sin dejar demasiada constancia de su paso por las carteleras.
Shyamalan ha sido muchas veces críticado por utilizar demasiado alegremente, a partir del éxito cosechado por El sexto sentido, lo que parece ser una fórmula "milagrosa" centrada en un guión perfectamente cerrado en torno a algo misterioso y oculto, que se revela en el final sorpresa que tan de moda se puso desde entonces (y que tan bochornosos resultados ha ofrecido cuando proviene de directores y guionistas con menor talento), un final donde se demuestra además que "aquello" estaba siempre ahí mismo, enfrente de nuestras narices, pero no fuimos capaces de apreciarlo. El director insiste en que él simplemente se deja llevar por la historia y que lo de los finales sorpresa no viene impuesto desde un principio antes de comenzar a escribir el guión, sino que es algo que surge durante el proceso de creación porque la historia lo pide. Si bien es cierto que en su penúltima obra hasta la fecha, El bosque, al menos en mi opinión, precisamente el tema del guión se le fue un poquito de las manos, en gran parte, creo, por intentar precisamente llegar a esa carambola final, que me resultaba algo forzada e inconsistente (y en ese caso concreto me resulta muy difícil de creer que no tuviese la idea preconcebida de pegar el típico giro final), sí que es cierto que en la reciente La joven del agua ha cambiado esa supuesta fórmula, prescindiendo del desenlace sorprendente con unos resultados más que notables, y sin embargo ha generado de nuevo descontento tanto en el público como en la crítica. En definitiva, da la impresión de ser un director fiel a sus principios (contar buenas historias, contarlas bien, y dotarlas de suspense y fantasía en la medida de lo posible), que independientemente de sus mejores o peores resultados, desde el pico alcanzado con El sexto sentido, ha tenido la mala suerte de no ser siempre comprendido por su público, tal vez a causa de haber logrado ese éxito tan tempranamente y, posiblemente, no haber podido superarlo después.
La joven del agua es, de todas las películas de género fantástico (al que parece que seguirá fiel en adelante) realizadas hasta ahora (es decir, aparte de la citada: El sexto sentido, El protegido, Señales, y El bosque), la que guarda un mayor parecido con Los primeros amigos, película con pequeñas dosis de misticismo y algún toque levemente fantástico, que sin embargo no me atrevería a enmarcar dentro de ese género, con lo que tampoco estoy diciendo que con su última película Shyamalan esté regresando a sus orígenes ni mucho menos. El parecido proviene de algo tan simple como que ambas películas están enfocadas a un espectro de público más amplio, ya que en él se incluye a los niños, cosa que no puede decirse de las propuestas realizadas entre ambos filmes. A pesar de ello, La joven del agua tiene ciertas lecturas que van más allá de la comprensión de los infantes, y por las que también se ha criticado bastante al director por su pretenciosidad, al llevar al personaje que interpreta poco menos que a convertirse en una especie de Mesías. Esto no ocurre en Los primeros amigos, que está enfocada mayoritariamente al público juvenil.

El protagonista es Joshua Beal (Joseph Cross), uno de esos niños-viejos que encuentran en la curiosidad su mejor arma ante un mundo ya difícil de comprender para los adultos, y con más razón para él, que ni siquiera tiene la experiencia como escudo. Echa de menos a su abuelo (Robert Loggia), recientemente fallecido y a través de una voz en off que nos acompañará durante toda la película va recreando el curso escolar donde comenzó a plantearse su Misión: Descubrir si existe realmente un Dios, y si es así, intentar comprender porque permite esta y otras muertes o la epilepsia de su mejor amigo, entre tantas otras maldades. Como dije antes, nos encontramos ante una película infantil-juvenil, y en esto también influye la música de Edmund Choi y Shok que transmite continuamente esa sensación, aunque sin derivar la emotividad, que la tiene, en la ñoñería de la que muchas veces se adornan algunas producciones de Disney, por ejemplo. A pesar de la inocencia con que se plantea todo, funciona bien al tratarse del punto de vista de un niño, con un sentido del humor también apreciable por el adulto que se refleja perfectamente en muchas de las ocurrencias del joven (como cambiar una y otra vez de religión en busca de ese Dios inexistente) o en determinados personajes como el de Rosie O'Donnell, interpretando a una monja profesora fanática del béisbol.
Así, si de algo peca Los primeros amigos es de esa presunta inocencia que tal vez impide a algunos disfrutar plenamente de la historia, pero merece la pena visitarla teniendo en cuenta quien es su director y guionista (sigo pensando que es mucho mejor director que escritor), y podrá comprobarse que ya se encuentran apuntes del talento que Shyamalan ha ido desplegando en sus obras posteriores: ciertas ideas visuales como por ejemplo un encadenado de planos que funde al protagonista con el recuerdo de su abuelo a través de la pipa que ambos emplean, o la cámara subjetiva del balón, y también detalles de guión que reflejan esa obsesión por manifestar al espectador (cuando ya es tarde) la importancia de ser observador, pues a pesar de que no pueda ser considerado un final sorpresa comparable al de sus películas posteriores, el descubrimiento del niño-ángel que devuelve la fe al joven protagonista sí es en cierto modo un preludio de aquéllos.