Festival de Gijón 2006

Por A. Díaz, J.D. Cáceres y N. Gasch

El cine continúa

En Gijón, que es ante todo una ciudad abierta, brillante y acogedora, el cine tiene una gran relevancia, sobretodo desde que el Festival cumple con nota sus objetivos y las expectativas de los espectadores; sin embargo lo que sugieren sus calles, la mayoría de sus gentes, el cantábrico que baña sus costas, su color verde, es la de un lugar para disfrutar de algunos de los mayores placeres de la vida, siendo el arte cinematográfico que tanto nos gusta casi uno de los más insignificantes. Esperemos regresar pronto, muy pronto, y no necesariamente para ver películas o seguir el transcurso de un evento cultural.

Por quinto año consecutivo “Miradas de Cine” se trasladó a Gijón para cubrir una nueva edición, la 44, del Festival Internacional de Cine (aprovechamos para enviar nuestro agradecimiento a los responsables del evento por el trato dispensado), cuya apuesta continúa siendo la aproximación a un cine —incómodo para la mayor parte de la prensa y la distribución española—, que encuentra muchas veces en Gijón un pequeño (o quizás no tanto) escaparate en el que exhibirse y demostrar que, a sus ciento y poco años de vida, en este arte todavía se puede, si no inventar nada nuevo, sí al menos navegar por afluentes alejados de las principales corrientes del audiovisual de consumo mundial. Esta edición ha venido a ratificar, a solidificar las secciones que han caracterizado al Festival durante los últimos tiempos. Además de la “Sección Oficial”, con títulos de diferente alcance e interés, Gijón ofrece una serie de retrospectivas (Bruno Dumont, Larry Clark, Lisandro Alonso y Peter Whitehead) y ciclos paralelos que conforman una programación rica, intensa y rigurosa, siempre con el ánimo de buscar las claves de la actualidad cinemotográfica, cultural y social.

Tenemos la sección “Enfants Terribles”, dedicada al público juvenil, la cual ha ido creciendo poco a poco en importancia y ha servido para dar a conocer el Festival a las nuevas generaciones de estudiantes de la región; se ha continuado también el ambicioso (y francamente necesario) plan de estudio y recuperación de los nuevos cines de los años 60, que, tras centrarse en el Free Cinema, la Nouvelle Vague, el Nuevo Cine Español y la Escuela de Barcelona, el Nuevo Cine Estadounidense y el Nuevo Cine Italiano, se acerca en esta ocasión a los Nuevos Cines del Este, una ocasión única para volver la mirada a cinematografías europeas muy olvidadas por casi todo el mundo. La sección “Universo Media” se presentó este año bajo el título “Pantallas depredadoras, informes y profecías”, e incluyó títulos de cineastas tan interesantes como Chris Marker, Naomi Kawase o Jonathan Caouette. En “Llendes” pudieron verse nuevas propuestas en el límite de la narración entre las que destaca poderosamente Juventude en marcha del portugués Pedro Costa. Por su parte “Esbilla” continuó desgranando películas triunfadoras en otros festivales como por ejemplo Réquiem (ganadora el pasado Sitges), la coreana The Host(también vista en Sitges, y cuyo el anuncio de que se iba a retrasar su salida comercial —feberero 2007—, a buen seguro facilitó su selección), el último Kaurismaki, Luces del atardecer (justo antes de su estreno en España —el 29 de diciembre—; por cierto que en “Miradas de Cine” comenzaremos el año con un estudio —en dos entregas— sobre el ya veterano cineasta finés), o la española La leyenda del tiempo, cuyo director, Isaki Lacuesta, era miembro del jurado. “Desorden y concierto” presentó diversos documentales sobre grupos musicales en sintonía con los numerosos conciertos que se celebran cada año en Gijón con motivo de la muestra de cine. También hubo espacio para el corto asturiano y el corto español, así como para exposiciones y otras actividades que completaron un panorama de nuevo muy apetitoso para los espectadores inquietos. A continuación presentamos, primero una breve nota sobre los cortomerajes a concurso, y luego una serie de comentarios de cada uno de los largomentrajes de la sección oficial que tuvimos oportunidad de ver (faltarían las nortemericanas The History Boys de Nicholas Hytner, Quinceañera de Wash Westmoreland y Richard Glatzer, Idlewild de Brian Barber); además reseñamos dos films fuera de concurso: Old Joy de Kelly Reichardt y Container de Lukas Moodyson, dos títulos arriesgados y nada complacientes que buscan lugares poco frecuentados por el audiovisual contemporáneo.

Cortometrajes de Sección Oficial

Un breve repaso a la, hablando en general, floja aportación de películas cortas a concurso en Gijón 2006. El film premiado por el jurado oficial fue Primera nieve, del argentino Pablo Agüero, un trabajo con cierta atmósfera que, sin embargo, no consigue interesar con una historia mínima coronada con un final dramático en el que se busca la emoción por la vía rápida (y fácil). Banquise, co-dirigido por el suizo Claude Barras y el belga Cédric Louis es un feo corto de animación que trata de denunciar la dictadura de las apariencias de la sociedad contemporánea por caminos poco estimulantes. Una de las mejores aportaciones fue, sin duda, Lampa cu căciulă, del rumano Radu Jude, pues esta historia de padre e hijo que viajan con un televisor a cuestas en busca de alguien que lo repare resulta un cuento breve en el que no parece que se busque el lucimiento de su responsable de cara a un futuro largo (algo que se deja notar en casi todos los demás trabajos vistos) tanto como narrar una historia con sencillez y aplomo. Love this time, del malayo afincado en Melbourne Rhys Graham narra la intrascendente historia de una niña pusilánime a la que se le acumulan los problemas. En Ludoterapia, del donostiarra Elías Simón Siminiani, aparecen prácticamente todos los defectos que caracterizan al grueso del cine español actual (entre ellos, la gratuidad, la inanidad y el ombliguismo de las historias que deciden contar). El corto asturiano Matar el tiempu, de Santos Hevia, estropea con efectismos propios de un film de terror y una planificación confusa la creíble historia de dos ancianos inmersos en uno de los típicos enfrentamientos vecinales que suelen acontecer en localidades rurales. Pomiedzy, producción polaca dirigida por el ovetense José Enrique Iglesias, acude a la ortodoxia dramática en su argumento para pretender emocionar con una historia narrada con pretensiones de radicalidad y dinamismo. Sniffer, de Bobbie Peers, un trabajo noruego que venía con la Palma de Oro de Cannes bajo el brazo y que describe un mundo futuro caracterizado por la ingravidez y el orden castrense con una puesta en escena en exceso esteticista. Finalmente, también proviniente de Noruega es Noen Garber Gjor Det Vondt, que narra, en clave de comedia (burda), el dolor (el título inglés ya lo dice, Sometimes it Hurts) que produce una ruptura sentimental en la persona abandonada, la cual literalmente se aferra (metáfora digna del peor libro de autoayuda) a la persona que aun quiere hasta que, mucho tiempo después encuentra quien la sustituye: una auténtica naderia carente de todo, sobretodo de gracia.

J.D. Cáceres y A. Díaz


Sección Oficial

Sehnsucht, de Valeska Grisebach

La gran triunfadora del palmarés gijonés (mejor película del jurado oficial y premio FIPRESCI) fue esta producción alemana dirigida por Valeska Grisebach, y cuyo título no tiene, por cierto, nada que ver con el álbum homónimo de la banda Rammstein. La acción del film se desarrolla en un entorno semi-rural plácido y nos presenta a un triángulo de personajes formado por un hombre casado, su mujer y una amante que aparece en la vida de él diríase que casi sin quererlo.  La realización de la película se caracteriza por su firme voluntad pragmática, prosaica, sin alardes pero tampoco sin excesos de ningún tipo. Una modestia que caracteriza a las siempre verosímiles, cercanas, sencillas y creíbles imágenes del film, y que, en todo caso, no debe confundirse con mediocridad o convencionalismo, pues la puesta en escena de Grisebach evita en todo momento la retórica ortodoxa del melodrama para desnudar las carencias y dudas afectivas de los seres que aparecen en pantalla, para subrayar sus dificultades comunicativas, para sumergirnos en la desorientación de sus aparentemente apacibles personajes. La película atesora brillantes apuntes sobre las dificultades para mantener la atracción física en una relación duradera, para conjugar amor y pasión, elementos que aparecen escindidos en el mundo sentimental del personaje masculino principal. Asimismo, es un film que aborda lo problemático de tratar de indagar en la personalidad humana, de perfilarla de un modo unívoco, de penetrar más allá de la apariencia externa. Una película que atesora ideas tan eficaces como la secuencia en la que el protagonista, ebrio, canta y baila al son de la exitosa canción de Robbie Williams “Feel” (un instante que funciona guste o no la música que suena), o el elíptico giro final que culmina la historia. Extraordinaria dirección de actores, encabezados por unos excelentes Andreas Müller, Ilka Welz y Anette Dornbusch.

Daratt, de Mahamat-Saleh Haroun

Premio a la mejor dirección para una de las más agradables sorpresas de la Sección Oficial. Un film procedente de Chad que narra la historia de un huérfano que, azuzado por su familia, decide ir en busca de la persona que, durante la guerra civil que azotó al país, asesinó a su padre. La película tiene forma de viaje iniciático en el que el joven conocerá a una serie de personajes que le enseñarán la dureza del mundo, pero también la posibilidad de encontrar algún motivo para no arrojar del todo la toalla. Este periplo concluye de manera circular con un evidente mensaje contrario al “ojo por ojo” y que viene a demostrar una vez más que el no responder a los asesinos con sus mismas prácticas no tiene por qué significar una claudicación o el olvido de las víctimas. Primorosamente fotografiada, la película conjuga a la perfección una base genérica (relato de venganza entre familias) y la posibilidad de acercarse didácticamente a la realidad de los países africanos, con sentido del humor pero sin blandenguerías. Una voluntad que el propio realizador, Mahamat-Saleh Haroun, premiado por su trabajo por el jurado oficial, expresó durante la rueda de prensa, ya que aseguraba pretender que su film mostrase el modo en que vivían las gentes que en él aparecen. El trabajo de puesta en escena puede recordar, por la sensación de vitalidad y la armonía panteísta que destila, a la de los primeros trabajos de Satyajit Ray, salvando las distancias que haya que salvar y con la diferencia evidente del rutilante colorido de las imágenes de Daratt. Un film lleno de tensión y conflictos individuales en el que los personajes logran alcanzar un equilibrio perfecto entre el arquetipo que representan en el juego de la trama y su propio desmentido como caracteres ficticios.

Offside, de Jafar Panahi

A vueltas de nuevo con el cine iraní... A ver si podemos sacar alguna conclusión en el escaso espacio del que disponemos. Tal y como yo lo veo, la cinematografía de este país árabe cobija a uno de los grandes directores de la contemporaneidad: Abbas Kiarostami. Más allá de la obra del autor de Five, el interés de las películas iraníes que he podido ver hasta la fecha (y que no son demasiadas, lo reconozco) me parece escaso, muy escaso... El director de El globo blanco y El círculo, antiguo ayudante de dirección de Kiarostami, presenta una película perfectamente diseñada para gustar en algunos festivales, o al menos para “caer simpático” al público. El film cuenta las andanzas de un grupo de mujeres jóvenes empeñadas en acudir al partido de fútbol entre Irán y Bahrein en el que estaba en juego la clasificación para el pasado Mundial celebrado en Alemania. El caso es que las leyes islámicas del país impiden a las féminas acudir a este tipo de recintos deportivos pues no consideran apropiado el ambiente masculino y el lenguaje soez que suele emplearse ante determinados lances del juego. De ese modo las chicas, que se disfrazan en algunos casos para tratar de engañar a los guardias, terminarán siendo detenidas, encerradas en una suerte de corralito y tendrán que conformarse con ser informadas del devenir del encuentro, sin que se les sea permitido verlo. Una película “de denuncia” que confunde la sencillez con lo fácil, en la que, en el fondo, nadie es realmente “demasiado malo”, y que culmina con una explosión de júbilo nacionalista futbolero en la que, finalmente, las chicas podrán tomar parte. Dice Panahi que los obstáculos que debió sortear para poder sacar adelante el film eran tales que apenas le dejaban espacio para la creatividad, para concebir la propia película. Sin duda debe ser cierto, pero no cabe duda de que el resultado, en términos estrictamente cinematográficos y ajenos a otras consideraciones, es bastante pobre y, lo que es peor, blando y sin mordiente.

Hei Yan Quan, de Tsai Ming-Liang

La última película de Tsai Ming-Liang, homenajeado en 2004 en Gijón, nos llega sólo un año después de su anterior realización, la deslumbrante The Wayward Cloud. Presentada previamente en el Festival de Venecia, la nueva obra de uno de los indiscutibles maestros del cine actual reincide con total coherencia en el universo que ha venido construyendo a cada paso en su filmografía. Con algunas excepciones, el protagonista de las películas de Tsai es Hsiao-kang (interpretado por Lee Kang-sheng), un personaje secundario de su largometraje inicial, Rebels of the Neon God. Las nuevas andaduras de este peculiar antihéroe, un ser pequeño, ínfimo, literalmente perdido en un mundo deshumanizado y amenazador, le llevan a una nueva maraña de relaciones marcadas por la ausencia de cariño y amor en un sentido tradicional. Tsai es uno de los nuevos narradores que aborda en sus realizaciones los numerosos cambios que se han producido en los últimos años en las relaciones humanas. El amor y el sexo ya no son como eran, y ya no tienen por qué ir de la mano, y Tsai lo muestra sin lamentos pero sin eludir las vertientes más oscuras, sórdidas, del ser humano. I Don't Want to Sleep Alone (título internacional del film) es una obra que se va abriendo muy lentamente al espectador a través de acciones inconexas prolongadas en el tiempo, de situaciones enrarecidas y diálogos mínimos (si no me equivoco, Hsiao-kang no pronuncia ni una sola frase inteligible a lo largo de todo el metraje). Después de la exuberancia formal de The Wayward Cloud, Tsai parece querer recuperar una cierta inmediatez, una dureza que parecía estar desapareciendo de su cine, tal vez para evitar caer en la propia caricatura. De esta manera, su película resulta quizás la más oscura, opaca e inquietante desde The River, aunque parte del público no lo haya entenderlo así y haya huido de la sala o abucheado tímidamente el film en su último pase gijonés.

A Guide To Recognizing Your Saints, de Dito Montiel

El neoyorkino Dito Montiel presentó la adaptación cinematográfica de su novela autobiográfica A Guide to Recognizing Your Saints, publicada en 2003. Producida por el laboratorio de Sundance, es una nueva muestra de los restos que pueden persistir de lo que en los años 90 se conoció como el cine indie estadounidense. ¿Se trata de una mala película? Pues no, pero es un cine en el que las limitaciones formales impiden que las obras puedan crecer más allá de lo meramente agradable o digno (lo cual tampoco es de despreciar dados los tiempos que corren). La película nos habla de la adolescencia de Montiel en los años 80 (extraordinariamente bien recreada la época tanto en el estilismo de los intérpretes como en el diseño de producción), sus sueños y esperanzas, sus primeros escarceos amoroso-sexuales y su relación con sus amigos en un ambiente en el que el gamberrismo se confunde con la delincuencia juvenil. Al mismo tiempo, la película salta temporalmente al tiempo presente para glosar el reencuentro, tras convertir su libro en un éxito de ventas, de Montiel con su familia y amigos. Sin duda es la parte dedicada a la juventud de los personajes la que tiene más fuerza e interés, gracias en gran medida a la estupenda labor de los actores (justamente premiada en su conjunto por el jurado oficial) y también de las actrices jóvenes. Los minutos dedicados al futuro de los personajes(con Robert Downey Jr. interpretando a Montiel) resultan mucho más convencionales, aunque aún ofrecen alguna buena secuencia, como el reencuentro, a través de la ventana de un edificio, de Montiel con su antigua novia (a la que da vida Rosario Dawson). Con todo, el devenir de la ficción nos lleva a unos derroteros dramáticos bastante convencionales, con poco margen para la sorpresa, de modo que el hecho, poco común, de que el director del film realice una obra sobre su propia vida a través de unos actores deviene una mera anécdota. A destacar la “recuperación” de dos actores tan carismáticos como Dianne Wiest y Chazz Palminteri.

No. 2, de Toa Fraser

Para quien esto firma, quizás el film más impertinente visto en la Sección Oficial del Festival. Basada en la obra teatral del británico Toa Fraser, quien firma guión y realización de la adaptación cinematográfica, se trata de una película neozelandesa que aborda el tema de los reencuentros familiares. Una abuela egocéntrica hasta lo insoportable (por caprichosa y arbitraria en sus preferencias y deseos) decide, de golpe y porrazo, que quiere organizar una comida familiar a la que, según sus órdenes, deben asistir las generaciones más jóvenes de la familia. Rápidamente, sus parientes más allegados mueven todos los hilos necesarios para poder cumplir la voluntad de la anciana, y allí se presentan un grupo de personajes todos muy guapos y relamidos. Pero, entre anécdotas inocuas (la abuela prepara una bebida de origen ancestral y ordena a sus jóvenes descendientes que talen unos árboles que hay en el jardín de su casa porque le apetece “y punto pelota”), aparecen algunas rencillas del pasado (muy pocas y muy tontas) y, muy importante, uno de los comensales toca el culo a la novia de su primo (creo que era su primo, ustedes disculpen si su parentesco era otro), en unos instantes rodados con unos ralentíes que avergonzarían al mismísimo Michael Bay. Entonces se produce un lío cutre (con pequeño incendio incluido) que al final, cómo no, se acaba arreglando y todos felices y contentos. La realización de Fraser resulta plana, telefílmica, los personajes son de una pieza y carecen de personalidad, el argumento se cierra de modo “feliz” para todos (un chico sin pareja termina invitando a la fiesta a una de sus vecinas) y un conservadurismo a ultranza que incluye en ensalzamiento sin dobleces de la institución familiar y la aceptación de la tiranía de las tradiciones por mucho que nos incomoden o repugnen. Servidor no había padecido semejante apología de lo que Friedrich Nietzsche llamaba “el espíritu de la pesadez” desde aquella El camino a casa (Zhang Yimou) de infame recuerdo...

Ça brûle, de Claire Simon

La película realizada por la directora de origen británico Claire Simon atesora, tal vez, los mejores instantes de cine de toda la Sección Oficial. Su film se centra en la vida de una joven llamada Livia, que vive en el campo con su madre (sus padres están separados). Livia se dedica a deambular por el pueblo y por los prados, a pie o a lomos de su caballo, y a través de ella podemos ver un excelso retrato de la juventud en el mundo occidental. Una juventud que pulula sin objetivos claros que seguir ni referentes a los que agarrarse, entregados al fetichismo de sus teléfonos móviles de última generación, perdidos en relaciones sentimentales/sexuales sin criterio ni orden, absortos en conversaciones inútiles. Jóvenes cuyos principales objetivos en la vida pueden ser tener una moto y tener con quién “enrollarse”... El estilo empleado por Simon durante los estupendos minutos dedicados a describir la vida de Livia es muy físico, orgánico, con la cámara escrutando a los personajes y participando de su desorientación, recordando bastante al cine de otra Claire, de apellido Denis. Livia puede considerarse, sin duda, otro mártir femenino de su tiempo, una chica desquiciada y desquiciante, enamorada de un hombre mayor, o tal vez sólo encaprichada (eso sí, hasta el final) con la posibilidad de seducir a un adulto respetable. Los últimos instantes del film constituyen un clímax (a mi modo de ver excesivamente alargado) en forma de incendio forestal. Quizás son una conclusión en exceso ortodoxa para un relato hasta el momento tan abierto, fascinantemente caótico y alejado de las dramaturgias al uso. En todo caso cabe valorar el esfuerzo de Simon por añadir imágenes de incendios reales (lo que supone un esfuerzo notable y loable), capturadas durante un largo período de tiempo hasta tener suficiente material con el que construir las secuencias buscadas.

Slumming, de Michael Glawogger

Una de las mayores decepciones del Festival. Tras pasar por la anterior edición de Gijón con su excelente Workingman's Death, el director austríaco Michael Glawogger regresa con Slumming, escrita junto a la también realizadora Barbara Albert. Ambos son dos nombres fundamentales de la nueva ola de autores procedente de Austria, que incluye, además de al multi-premiado Michael Haneke, a cineastas tan interesantes como Ulrich Seidl, Ruth Mader o Michael Sturminger. Si los últimos pasos de Haneke (que actualmente prepara un remake norteamericano de Funny Games) levantan ciertas dudas sobre el camino que puedan tomar los habitualmente incisivos e implacables directores austríacos, Slumming avisa de que esta interesantísima generación puede estar empezando a perder la mordiente que caracterizaba a sus obras. El film de Glawogger atesora ideas muy interesantes, no cabe duda. La historia de un homeless vienés que mendiga dinero a cambio de los poemas que escribe para despilfarrarlo en alcohol. Un personaje, en principio, muy del gusto herzogiano, por cierto. Por otro lado, tenemos a unos jóvenes de buena posición social que se dedican, entre otras actividades de recreo, a fotografiar con sus teléfonos móviles las bragas de las mujeres con las que se citan a través de internet. Un día el destino de ambos se cruza y los chicos deciden secuestrar al mendigo, en estado de extrema embriaguez, para llevarlo hasta la República Checa y abandonarlo a su suerte en un país extraño. Pese al buen planteamiento inicial, el desarrollo de la película resulta epidérmico, incómodo por demasiado plácido, falto de auténtica crueldad. Y la parte final actúa en contra de la radicalidad del planteamiento previo, e incluso parece acudir a cierto “realismo mágico” del todo improcedente. Las imágenes del film resultan, eso sí, muy atractivas, pero echamos de menos la ironía salvaje y/o el carácter perturbador de películas como Hundstage, Struggle o la propia Workingman's Death.

Old Joy, de Kelly Reichardt

Una excelente película norteamericana auspiciada por, entre otros, Todd Haynes desde la producción ejecutiva, y firmada por la realizadora Kelly Reichardt. Dos amigos desde su juventud se vuelven a ver las caras para un viaje en coche y posteriormente a pie por una zona boscosa. Muchos silencios entre ellos interrumpidos únicamente por algún diálogo (en realidad prácticamente monólogos) fruto del consumo de drogas blandas en el que se dejan entrever anhelos y sueños enterrados; y muchos planos en los que se muestra el recorrido de los personajes punteado por la música de Yo la tengo. La puesta en escena de Reichardt resulta sosegada, nada agresiva o epatante, pero tal vez sea eso lo que hace aumentar enormemente el grado de tensión de su narración, a la espera de alguna epifanía que no llega ni tan siquiera a vislumbrarse. Old Joy es una película absolutamente sutil, en la que todos los acontecimientos transcurren siempre en el interior de los personajes. Los ambiguos (e incognoscibles para el espectador) sentimientos que les asaltan quedan encerrados, callados tal vez para siempre, de modo que el film se asemeja a un iceberg del que tan sólo podemos ver una ínfima parte que sobresale a la superficie. Hay quienes han mencionado títulos como Brokeback Mountain o Sideways al referirse a esta película. Particularmente veo cierta relación con la película de Alexander Payne, aunque Old Joy se encuentra totalmente alejada de la “estética comercial” practicada por el autor de Election, pero en ningún caso le encuentro puntos de contacto (más allá de lo anecdótico) con la reaccionaria película de Ang Lee. Delicada y tajante a un mismo tiempo, la obra de Reichardt se nos antoja profundamente enraizada en la cultura estadounidense, en el desarraigo de una sociedad en la que la vida, en el sentido orgánico del término, parece extinguirse una vez transcurrida la adolescencia. Atención a los magníficos (y no poco perturbadores) planos finales de la película.

Container, de Lukas Moodysson

No se le puede negar arrojo y personalidad propia a la nueva propuesta del realizador sueco Lukas Moodysson, un nombre ligado desde hace años al Festival de Gijón, donde en su día fueron premiadas sus películas Together y Lilya-4-Ever y hace dos años se le dedicó una retrospectiva completa. Su último trabajo, Container, es una obra de características tan particulares y poco comunes que bien podría haberse programado en la sección “Llendes”... ¿o tal vez no? La estructura de la película es, poco más o menos, la siguiente: La susurrante voz en off de la actriz norteamericana Jena Malone comienza a recitar, sin treguas en forma de silencios, un texto compuesto por una sucesión de palabras, sintagmas y frases. En algunas ocasiones existe correlación entre ellas, en otras parecen acumularse de forma caótica. No escucharemos más sonidos a lo largo del film. Las imágenes, rodadas en blanco y negro, muestran como presencia recurrente a un hombre y una mujer en situaciones a menudo dantescas o extravagantes, pero esto se entremezcla con infinidad de imágenes (en general, bastante poco agradables) en las que se combinan toda clase de elementos sin que se adivine un criterio aparente, si bien algunas (y sólo algunas) de ellas tienen relación directa con lo recitado por Malone. Y así durante algo más de setenta minutos. El texto del film, justo es reconocerlo, contiene combinaciones de palabras que pueden llegar a hacer que el espectador se sienta incómodo, pues le colocan cara a cara frente a algunas de las cuestiones que arrojan dudas sobre muchos de los pilares sobre los que se asientan los modos de vida actuales en la sociedad occidental. Empero, los temas se dispersan en demasía, todo parece formar parte de un batiburrillo paranoide... Esta sensación se acrecienta ante las imágenes, demasiado repetitivas y descoyuntadas respecto a los sonidos del film. Durante la proyección de Container se produjo entre los espectadores una de las mayores desbandadas que recuerdo en los últimos tiempos. Personalmente, sufrí cierto desconcierto durante los diez primeros minutos de la película, tras los cuales comencé a relajarme (relativamente), pues comprendí que todo el metraje transcurriría del mismo modo. El incuestionable carácter hipnótico de aquella voz femenina me mantuvo interesado durante la sesión, pero tengo la sensación de que, en realidad, el cine más auténticamente arriesgado, el más comprometido con nuestro tiempo, no va precisamente por el camino elegido por Moodysson en Container.

Alejandro Díaz


En el hoyo, de Juan Carlos Rulfo

Juan Carlos Rulfo lleva más de una década haciendo cine en diversas parcelas: ayudante de cámara, montador, fotógrafo, director. Las obras que llevan su firma, tanto largos como cortos (El abuelo Cheno y otros cuentos (1994), Las despedidas (1998) —codirigida junto a Valentina Leduc Navarro y Jorge Margolis—, Del olvido al no me acuerdo (1999)  —sobre su padre Juan Rulfo escritor de, entre otras, la célebre (al menos entre aquellos que aun siguen interesados en la literatura, que no deben ser demasiados) novela “Pedro Páramo”—, Diminutos del calvario (2000), El crucero (2006)), se adscriben al género documental. El último trabajo hasta la fecha de Rulfo es En el hoyo, presentado la pasada primavera en el Bafici donde logró el premio a la mejor película de la sección oficial internacional, y del cual ya diera buena cuenta Sebastián Russo en el reportaje especial publicado en el nº 50 de “Miradas de Cine”. En el hoyo es la historia de un reducido grupo de obreros que forman parte de la construcción de un puente (una autovía elevada, en concreto) en el centro de México D.F. Rulfo se mete literalmente en el trabajo de los obreros y les acompaña, incluso en las alturas, procurando ofrecer una visión lo más cercana posible de sus tareas diarias y también a sus vidas más allá de los andamios, la maquinaria pesada, la roca y los cascos. El director no solo filma y registra lo que hacen, además les pregunta acerca de cuestiones de todo tipo, perfilando a unas personas, sin duda de forma superficial pero con encomiable sinceridad, que acusan problemas universales como la inestabilidad de su trabajo, los sueños perdidos, su fe en Dios... En realidad En el hoyo es un film cercano a la tesis que pone de relieve aspectos nada amables: la precariedad de los obreros (se menciona en varias ocasiones los muertos que ha dejado el puente), la situación social del país (hay una reflexión cargada de razón y que suscribo por completo: la base de una comunidad comprometida, solidaria está en la educación y la cultura), el lado más desagradable de la vida (se cierne sobre todos la rutina, aun cuando acaba la jornada). No obstante, En el hoyo triunfa verdaderamente en su exposición con el memorable plano secuencia final, de unos diez minutos de duración, el cual muestra la inmensidad del puente que se está construyendo, y del que hasta entonces solamente conocíamos una parte infinitesimal: una forma muy elocuente de multiplicar emociones, sensaciones y discursos; un bello tributo a todas esas gentes que trabajan en tan mastodóntica construcción (los cuales saludan a cámara, dejando momentáneamente el anonimato y la rutina); un agudo sentido cinematográfico.

Shortbus, de John Cameron Mitchel

Este segundo trabajo de John Cameron Mitchel (director y protagonista de Hedwigh and the Angry Inch (2001)) tras la cámara es una comedia melodramática, que asume bastantes convenciones con solidez y arrojo, hasta el punto de ser capaz de introducir con credibiliad el sexo como elemento primordial de la narración, sin atisbo de gratuidad o de provocación; de hecho el comienzo del film es totalmente elocuente al respecto: los personajes principales (Sofia, James, Jamie y Severin) son presentados en plena actividad sexual (con escenas explícitas). Y esta introducción (un montaje paralelo algo efectista) no solo sirve para exponer la importancia capital del sexo en la vida de estas personas y por tanto en las historias que protagonizarán, también sitúa el fondo de la cuestión que no es otra que la perenne dificultad de las relaciones afectivas, de lo complicado que es sentirse completamente realizado y alcanzar esa felicidad que todos anhelamos. El film funciona bien tanto en el hábil empleo de un agradable sentido del humor (cfr. el equívoco a costa del control remoto de un juguete erótico —aun aceptando lo fácil del chiste, tengo que reconocer que resulta tremendamente divertido) como en la descripción de las personas que pueblan el relato, la mayoría de ellos perdidos en sus dudas, miedos, arrebatos y problemas; lo mejor, sin embargo, se encuentra en la libertad absoluta que muestra el film, cuyo planteamiento a todos los niveles (moral, formal y narrativo —de hecho el guión fue improvisado por los propios actores) da pie a momentos memorables como el instante en que James, Jamie y Ceth cantan el himno americano mientras están practicando sexo (la cual es probable que moleste a algunas personas, sobretodo al tratarse de una relación entre tres hombres) o la canción final que todos cantan en el local que da nombre al film. Shortbus es, por tanto, una película que debería ser muy cercana a cualquier espectador (sea mucho o poco aficionado al cine) ya que trata temas universales y lo hace aplicando unos medios estéticos y dramáticos que siguen patrones conocidos (e ideas y símbolos un tanto obvios). La noticia está en que lo que cuenta y cómo lo cuenta es, términos globales, muy interesante.

La línea recta, de José María Orbe

Para retratar la rutina, la desazón, la incomunicación, la asuencia sería necesario, por ejemplo, construir un adecuado escenario dramático capaz de trazar el camino hacia la exploración psicológica no con el fin de responder a determinadas preguntas, más bien para procurar despertar sentimientos y, más allá, reflexiones. La línea recta cuenta la historia de Noelia (Aina Calpe), una joven que vive en una gran ciudad (Barcelona) una vida monótona de forma más o menos previsible sin que parezca tener esperanzas, sueños u objetivos. Por no tener, no tiene amigos, ni familia, ni un buen trabajo, ni teléfono móvil… tampoco conoce qué es Internet. Un personaje que viene a ser una metáfora de todo lo apuntado anteriormente, representando, de alguna manera, la escisión, existente particularmente en la sociedad urbana moderna, entre la comunidad y el individuo: o formas parte del todo o quedas desplazado, convertido en un “bicho raro”. La primera película de ficción de Jose Maria Orbe contiene en su base argumental potenciales elementos de interés a pesar de la simplicidad y limitación en el planteamiento. Los resultados son, desventuradamente, bastante vulgares debido a la escuálida descripción de tipos, lugares y situaciones, a unos diálogos que suenan a impostados, a falsos, y a la inoperante labor de dirección de su realizador, que no sabe o no puede captar la esencia del relato (confunde los términos en todo momento, adoptando un tono circunspecto mal entendido, acartonado y negligente), que además se desvela como un incompetente director de actores (cf. el momento en el que el compañero de Noelia, Lucas, interpretado por Alejandro Cano, le explica el funcionamiento de un programa informático para compartir archivos). Un fiasco en toda regla que pone de relieve que el infierno está empedrado de buenas intenciones, y rizando el rizo, que el cine español necesita urgentemente una regeneración de ideas en torno a la manera de enfocar el llamado cine de autor y en general la propia profesión cinematográfica. Cuando menos sorprende el hecho de que la mayoría de nuevos cineastas surgidos en España adopten una postura contra el cine de género o de narrativa más o menos convencional (si tiene el sambenito de comercial, las reacciones tienden a ser más airadas), intentando alcanzar de eso modo un cierto respeto crítico, una pátina de rigor y credibilidad, puesto que, teóricamente, parten de planteamientos innovadores y radicales. Un error de base habitual: considerar que la firma personal solo aparece a partir de unas premisas férreas y rígidas. Más errores: asumir que la autoría siempre marca caminos interesantes, de calidad; la jerarquización y clasificación del arte; la negación del debate cultural. De esta manera se ha terminado por banalizar y vulgarizar lo conceptual, y despreciar y aniquilar lo material.

José David Cáceres


Be Ahestegi, de Maziar Miri

Maziar Miri, quien comenzó su carrera en la televisión iraní creando documentales, nos muestra en  su segunda película, una historia de amor verdadero con un amable final feliz, alejado (por supuesto) de toda fácil, sin sustancia y sosa recurrencia de la mayor parte de las películas de cartelera, que a veces por un motivo o por otro nos vemos obligados a ver. Mohmoud, personaje principal sobre quien recae todo el peso de la película, trabaja con ahínco soldando vías ferroviarias lejos de su casa. Este recibe una enigmática carta en la que se le comunica que debe de volver lo antes posible a Teherán pues su mujer, aquejada de problemas mentales, lleva nueve días desaparecida. Al llegar a su barrio se encuentra con una casa vacía y todo tipo de rumores sobre el paradero de su desaparecida esposa. De sus vecinos solo obtiene confusas y desalentadoras informaciones, de la policía menos aun, a si que sin mas Mohmoud decide iniciar la búsqueda por cuenta propia. Cuando finalmente da con su inocente esposa, por mucho que esta se esfuerce en darle convincentes explicaciones, Mohmoud le plantea tres posibles soluciones: Divorcio, homicidio o indulgencia.Gradualmente el protagonista tendrá el valor de hacer frente a una sociedad en la que hasta el amor parece estar legislado por Dios y logrará anteponer su condición humana al fundamentalismo existente en su país. Premio al mejor director Gijón 2006.

La dernier des fous, de Laurent Achard

Candidata desde el primer momento a ser mejor película en Gijón 2006, pues llegaba con importantes avales: Leopardo de plata en Lorcano y premio Jean Vigo (director novel del año en Francia); calló finalmente en el olvido. La película: Es en pocas palabras: tremendista, fatalista y desasosegante. Marcada también por esa latencia y pausado ritmo del cine francés de Bruno Dumont que esos días se vio en el festival (en el que según algunos se puede ver la hierba crecer). El logro: Seguramente el gran acierto de esta adaptación de la novela “The last of the crazy people” de Timothy Findley, resida en el punto de vista inocente e ingenuo de su protagonista, un niño de once años que vaga a sus anchas por una decadente e insana mansión francesa. Los personajes: La madre, una perturbada mujer que se niega a salir de su habitación. El hermano, un fracasado poeta que rompe con su novio y ahoga sus penas en alcohol. El padre, un desgraciado infeliz que observa con impotencia como se desmorona su familia. La ama de llaves, único personaje cuerdo que lleva las riendas de la casa. La casa: Medio omnipresente, teatral, enorme y decadente, generador de locura e insania, que de algún modo u otro mantiene atrapados a los personajes. El final: Monstruoso

Nacho Gasch