Se iluminaron las calles con centenares de miles de bombillas multicolores. No, no era el pistoletazo de salida a la feria de Sevilla, sino el arranque del Apocalipsis consumista según San Sony / El Corte Inglés / FNAC... Papá Noël es un parado de larga duración que agita el badajo de su campana dorada con resignación, mientras una niña con cara de hogaza se cuelga de sus barbas. «¿Unos caramelitos?»
Tengo que comprar cosas. Todavía no sé el qué. Pero hay que cumplir con todos y cada uno de ellos, o de lo contrario perderé puntos en el IBEX de las querencias ajenas. Todavía no hace frío pero paseo con el alma helada por grandes superficies, bazares chinos y tiendas engalanadas con guirnaldas granate y falsos oropeles de todo a cien. ‘Fum, fum, fum’, amenaza el villancico.
Voy al cine con cierta desgana y tiro mucho de video. ¿Estaré perdiendo la ilusión? ¿O será el espíritu de la Navidad?
Scoop, de Woody Allen.- Tras la magistral Match Point (un hito en su filmografía, tras media docena de entregas corrientes y molientes, Melinda & Melinda al margen), Allen se regala una película de transición donde moverse a sus anchas, aunque en esencia nos esté contando lo mismo (y en idéntico lugar) que en la anterior.
No es la primera vez que utiliza la técnica del estrambote para remachar una idea, para terminar de asentar un pensamiento, afrontar un miedo o materializar una sospecha. Aquí el crimen tiene castigo y la bella no fenece. Tanto da: esto es una comedia, así que puede imperar la justicia o una entelequia de la misma.
Un Allen achacoso rehuye cualquier propósito trascendente, suelta réplicas brillantes («Oh, siempre ves el vaso medio vacío», «Noo, lo veo medio lleno… ¡de veneno!») junto a una Scarlett con escasa vis cómica, pero siempre rampante para la cámara de un Allen enamorado de su juventud.
Perdidos.- Engancharse a una serie está de moda. Ya no hace falta aguardar religiosamente la comunión semanal salpicada de anuncios: cómodos packs aglutinan temporadas enteras para ser devoradas en el calor del hogar, con avidez y desmesura. Tres, cuatro, siete episodios de una tacada.
El secreto de Alias, de 24, de Prison Break, Mujeres desesperadas o Perdidos está en aquello que les echábamos en cara a las teleseries venezolanas: son adictivas, aunque sin resultar un completo insulto a la inteligencia. Con más medios, con mejores actores, con buenos directores repartiéndose los capítulos en función del ritmo requerido. Lo han logrado: acabado cinematográfico, guiones tan descocados como electrizantes y la sensación de estar viendo algo de cierta calidad, cuyo estreno en la pequeña pantalla (en lugar de en la grande) resulta algo meramente anecdótico.
El caso de Perdidos, con todo, es especial. A los seguidores de este libro de autoayuda con formato de serie nos gustaría creer que los señores Abrams & Lindelof tienen un plan, que la trama avanza hacia algún sitio. Sería fantástico que la cosa no se inflase artificialmente, que los círculos se fuesen cerrando uno tras otro, que todo cuadrase de manera natural, mágica, musical. ¡¿Ilusos?!
Perdidos en una experiencia que puede saborearse a muy distintos niveles. Media humanidad se anda preguntando qué demonios ocurre en la isla y la otra media (¡locos!) parecen ignorar la terrible verdad, ajena al poderoso pulso que se está librando en algún lugar indeterminado del Pacífico. Hacía lustros que había olvidado quién mató a Laura Palmer… y ahora me tienen petrificado delante del monitor, interrogándome por las causas («todo ocurre por una razón») que derribaron el vuelo 815 de Oceanic Airlines.
El equilibrio de poder establecido entre el Jack ‘Teresa de Calcuta’ y el estratega Locke, los dilemas entrepierniles de una Kate indecisa, el individualismo patológico de Sawyer, el cuelgue perpetuo de Charlie, los éxtasis que logra Sayid inflingiendo tortura a cualquier habitante de la isla que cae entre sus manos…
En Perdidos los verdaderos protagonistas son los guionistas. Unos guionistas que se han marcado un órdago a la grande, que se han metido en un jardín plagado de referencias cruzadas, intrincada madreselva de la que no podrán salir airosos ni a golpe de machete. Y si no, al tiempo.
¿Mi teoría sobre Perdidos? A mi entender, el asunto está meridianamente claro: se trata de una confabulación judeo-masónica entre fuerzas de origen extraterrestre y militar para crear el superhombre nietzscheniano, costeándose la inversión con la comercialización en plan IKEA de una nueva gama de potentes imanes para los frigoríficos de medio mundo, gentileza de la iniciativa DHARMA. Verosímil, ¿eh?
Mientras tanto yo me lo juego todo al 4, 8, 15, 16, 23 y 42 y les premio con una ración de SPOILERS de la tercera temporada (o al menos, de los primeros seis episodios) para aquellos que no quieran esperar hasta el dos mil no se cuántos, fecha de su emisión por TVE:
El arte de polemizar.- Soy más bien moderado en mis posicionamientos, retraído a la hora de debatirlos públicamente (máxime si el interpelado está delante, mide 1,90 cm. y tiene cara de pocos amigos). Entiéndaseme: no niego que por escrito, en ocasiones, pueda resultar la ostia de vehemente. (Ya va bien, ya va bien… mejor lobo que cordero, puestos a elegir roles).
Porque aunque no se lo crean, no soporto discutir. Quizás porque no esté acostumbrado a ello (soy de un calmoso enervante), quizás porque no encuentre siempre argumentos rotundos con los que apoyar mis asertos más gratuitos. Quizás. Pero… ¿alguien dijo que esto fuese una guerra? Pues bien: de ser así yo sólo serviría como prisionero, parafraseando a Allen.
Y sin embargo, dada la naturaleza de esta columna, genero opinión (¡tiembla Losantos!). Opiniones encontradas a las mías, quiero decir, que a la postre son las auténticamente interesantes (no me gusta que me enjabonen la chepa: prefiero un insulto atinado a un adjetivo halagador, adormecedor, entontecedor).
El “tono” de mis columnas parece descolocar a algunos. «¿De qué va este? ¿Con quién está? Unas veces se nos pone trascendental, otras chabacano… ¿qué pretende?» Siento desilusionar a fans y neuróticos: no tengo ningún plan. (Ni vital ni laboral, de hecho). Esto que leen no conduce a ningún sitio: es un fin en sí mismo. No esperen conclusiones espectaculares a mis circunloquios.
Para eso están otros, ¿no?
L’alternativa 2006.- Cifras contundentes las de este año en el festival más ‘In’ dependiente de Barcelona (¡y mira que hay unos cuántos!). Me dirán que ni cantidad ni eso (“independiente”) son hoy en día garantía de nada. Correcto. Pero la posibilidad de ver casi 400 filmes de medio centenar de países no está nada mal, por escasa que sea la curiosidad de uno. Humberto Solás, Patrick Doyle… nombres importantes se pasean para un festival que aspira también a serlo.
Yo me centré en la figura de Marguerite Duras (su nouvelle roman nunca acabó de convencerme por escrito, aunque su traducción en imágenes para Hiroshima, mon amour continúa cautivándome sin remisión), autora también del guión de Moderato cantabile, desconocida pieza de Peter Brook.
La Moreau se pasea por un espacio pre-Antonioniano en plena crisis existencial pequeño-burguesa. Para rescatarla de tamaño aburrimiento aparece Jean-Paul Belmondo, dispuesto a hacerla entrar en razón con un par de copitas de vino. Un crimen pasional y un romance apenas insinuado. Un hijo que toma lecciones de piano y un marido inalcanzable al otro lado de la mesa. Un… un rollo, créanme.
Borat.- El personaje del año nos lo ha regalado el cómico inglés Sacha Baron Cohen, persona non grata en Israel, Kazajstán, Rusia, Alemania y Texas. Mezcla de Bowling for Columbine con Jackass, Borat nos propone un ejercicio de terrorismo humorístico al estilo de Team America. Y como todo experimento “extremo” avisamos que sí, Borat puede herir sensibilidades.
Porque ataviado con su disfraz de periodista venido de lejanas tierras por las que a buen seguro transitó El hombre que pudo reinar, este desvergonzado individuo utilizará el esperpento (lindando y traspasando con soltura la frontera de lo zafio) para mostrarnos realidades más groseras, más dolientes.
¿Le falta sutileza a su mensaje? Recordemos la base del principio aristotélico: dejar que los otros hablen, pretender que escuchamos y hacernos un poquito los tontos. Porque son otros y no él quienes aseguran que habría que colgar a los homosexuales, que las mujeres deberían de ser esclavas, que una prostituta no puede cenar en mi misma mesa, que con el coche que te vendo podrías cargarte a unos cuantos gitanos, sí, pero dependiendo de la velocidad que lleves en el momento del impacto. Una sociedad en la que el mero intento de dar dos besos a un hombre en plena rue puede traducirse en una agresión física. De locos…
Borat Sagdiyev no es inofensivo, qué duda cabe. Pero un tipo capaz de saltar micrófono en mano a la arena de un rodeo y soltar que apoya la guerra del terror emprendida por los EEUU o de dejar que su seboso compañero de rodaje asiente sus reales sobre su rostro… algún secreto tiene que tener para poder salir airoso de situaciones tan críticas. ¿Quizás sus estudios de Historia en Cambridge? ¿Sus orígenes judíos, que lo emparentan con otros cómicos de altura?
Borat sencillamente avisa: sí, hay racismo. Hay misoginia. Hay antisemitismo. Hay homofobia. Hay prejuicios, hay estupidez, hay miseria. Están ahí y posiblemente me aprovecho de todo ello para dar mi definitivo salto a la fama… pero no matéis si más al mensajero (por mucho que les guste enseñar el culo).
Robert Altman: otro ángel caído de vuelta al cielo… ¿o mejor al infierno?.- Orgulloso, independiente, algo indecoroso, algo alocado («en realidad eso es lo que he estado haciendo toda mi vida... tirándome de cabeza a la piscina. Nunca he sabido por qué caminos me iba a llevar una película cuando la empezaba, y eso es lo bonito de esta profesión»). Altman era mucho Altman, y aunque sus últimas películas me dijeron poco (incluyendo aquél interminable capítulo de Arriba y Abajo que era Gosford Park), dos son los jalones por los que me gustaría recordarlo: M.A.S.H. y Nashville, a riesgo de reincidir en el tópico de director coralista.
Aquella guerra del Vietnam que tenía que ser de Corea por exigencias del guión, aquellos doctores de incomprensible buen humor en mitad del matadero… siempre me pareció increíble que alguien pudiese reírse de aquello y en aquél momento. A los productores también les pareció una “pasada” y les temblaban las piernas con sólo pensar en la acogida que tendrían entre el gran público las “barbaridades” de aquél director indomable.
Nashville explica películas que después funcionaron mucho mejor en taquilla, como Grand Canyon o la reciente Crash. Porque Altman era especialista en repartir frases equitativamente entre una docena larga de intérpretes, caracterizando sin trazo grueso a todos ellos sin perder de vista aquello que quería contar / denunciar.
Los setenta fueron suyos, formando parte de la caravana de moteros salvajes que intentaron hacerse con las riendas de Hollywood. Aquella década que concluyó con su monumental batacazo –de poco sirvieron las espinacas- en Popeye. ¿El resto? Un cuarto de siglo de filmes notables y mediocres, sin rumbo fijo por entre las agitadas aguas de un sistema al que le caía gordo (bueno, Altman no fue nunca un buen diplomático y quizás ni tan siquiera una buena persona… ¿importaba?).
Be water, my friend o cómo hacer de un simple lema filosofía urbana fast food.- Los eslóganes más chorras han convivido entre nosotros durante años, algunos incluso décadas. La cosa se ha ido sofisticando, superado ya el sacramental “busque, compare y si encuentra algo mejor… ¡cómprelo!” o el sobado “Whaat’s uuuuuuup?” y embarcados en una búsqueda existencialista que lo mismo sirve para vender un coche o un preservativo que un seguro de vida.
La gente de BMW sabe hacer este tipo de anuncios, con el serio handicap para el producto de tener unos publicistas demasiado brillantes (el 50% de la gente no asocia de ninguna manera la paja mental post-tripi de Bruce Lee con un coche, pero bueno… mola, ¿no?)
Les cuento, pues no todos tienen porqué haber visionado el spot en sus países: primerísimo primer plano en blanco y negro del karateka más famoso del celuloide (última entrevista concedida antes de convertirse en mito de gimnasio de la periferia) en plena digresión metafísica partiendo de una copa, una botella y el líquido elemento: «Empty your mind, be formless, shapeless — like water. If you put water into a cup, it becomes the cup. You put water into a bottle it becomes the bottle. You put it in a teapot it becomes the teapot. Now, water can flow or it can crash. Be water my friend».
Lo que no logró Kant, Hegel o Popper lo ha logrado Bruce Lee. Moraleja: no debéis menospreciar el poderoso influjo de las ondas catódicas. (¿Se imaginan a la peña soltando la muletilla cartesiana «cogito ergo sum, my friend» como quien da los buenos días? Ah, no, que eso viene sólo en los libros… cachiiiiis…)
¿Esencia de mujer?.- Nada es inadaptable, nada es intraducible en imágenes. Hasta el Ulises de Joyce tiene su película… ¿por qué no intentarlo con El perfume de Süskind?
El interesantísimo Tom Tykwer (les recomiendo la poco vista La princesa y el guerrero, con su otrora musa Franka Potente) se la juega en esta superproducción panaeuropea. ¿El resultado? Pues sale más que airoso, logrando incluso que el espectador dilate de vez en cuando las aletas de sus fosas nasales, convencido de poder apreciar in situ alguna de las fragancias descritas sólo con palabras.
Gran acierto el elegir las cochambrosas calles de Barcelona para recrear el infecto París de mediados del XVIII… les puedo asegurar que ciertas callejuelas del Call tienen media pulgada de mugre, merced a la concatenación de despedidas de soltero, alemanes etilizados, ingleses borrachos y… sí, italianos ‘to’ tajas, también. España, vomitero de Europa… «¡ven y cuéntalo!»
Imprescindible la experiencia de verla en un abarrotado cine del centro, un domingo a las siete de la tarde. Había olvidado aquella extraña sensación de estar en casa de mi abuela, rodeado de todas mis tías, comentando en paralelo a la película lo mala persona que era aquél director o la cara de guarra de cierta actriz… ays, humanidad… ¿cuándo te extingues?
Mujeronas renqueantes embadurnadas de maquillaje, solteronas enjoyadas, consortes alelados, entrañables ancianos roncando a pierna suelta, ese papelito del celofán que envuelve los putos bombones (el sonido amplificado tras su ingesta debido a su conversión en burilla, manoseada un par de minutos entre las manos de una terrorista extraditable), la Maria diciéndole a la Montse que “¡mira qué bonito! ¿Eso no es Girona?”, “no tonta, no, que es Besalú”, “¿pero ese edificio no está detrás de correos?”, “¿Cuál?”, “ya lo han quitado… ¡espera, espera, que vuelve a salir!” “¿Donde han matado a la pelirroja?”, ¿La ha matado? No se ha quedado dormida?” “¡Ay, cony, que no te enteras!”… definitivo: cuánto más trato a la gente, más quiero a mi perro.
Carcajadas durante la escena de la orgía, algún silbido durante los asesinatos… esto no es Memorias de una Geisha, señora. Usted se equivocó de película y yo de cine. ¿Quién dijo aquello de “el cine, como en el cine, en ninguna parte”? ¡Ja!
Bravo por Tom y el buen cine comercial capaz de adaptar novelas con renuncias mínimas… y viene a mi cabeza, nuevamente y en contraposición, La Dalia Negra, rodada por un director –a priori- más genialoide, más personal, más. ¿Más qué?
Tres anteriores de tres que estrenan ahora.- O un modo de justificar el ver tan tarde filmes que otros vieron a su debido tiempo. Podrían venir en sesión triple, pues los resultados de la troica son bastante parejos (partiendo de intenciones pretendidamente trascendentes).
No hablaré de las todavía en cartel El laberinto del fauno, Ficció o El camino de San Diego, sino de El espinazo del diablo, En la ciudad y Bombón, el perro.
Carlos Sorin sorprendió con una película pequeña que va camino de quedarse como lo mejor de su carrera: Historias mínimas. Humanismo patagónico y personajes desubicados. El problema (visto Bombón, el perro) es cuando uno cree haber acuñado un sistema, un método… con un currículum que apenas se circunscribe más allá de su ópera prima. ¿No estaría bien asumir algún riesgo de vez en cuando (¡y sobre todo al principio!)? Aunque quizás a Carlos no le interese, precisamente, hablar de otra cosa que no sea lo que tan bien conoce…
Cesc Gay hizo un par de películas simpaticotas (Hotel Room y Krámpack) antes de decidirse por un cine costumbrista-burgués, por definirlo de algún modo. En la ciudad, especie de capítulo doble de teleserie producida por TV-3 (a elegir: Vent del plà, Porca misèria…) nos presentaba una desencantada galería de urbanitas sedientos de nuevas experiencias (traducido: cansados de follar siempre con el (la) mismo(a)). Planificación sobria en interiores, mucho restaurante de diseño y cierto mimo en el tratamiento de los personajes (Leonor Watling apenas necesita diez minutos para demostrarnos lo buena actriz que es, dejándose seducir por un despechado Eduard Fernández).
Por último, Guillermo del Toro. Ya saben: el tipo ese que junto a Alex de la Iglesia y Peter Jackson podría formar un club de orondos freakies satisfechos. Su cadencia es la ya conocida: un film para la industria, otro hispanófilo… como Huston pero sin obras maestras, se entiende. En El espinazo del diablo desperdiciaba un buen reparto (aunque particularmente nunca he encontrado a Marisa Paredes una gran actriz) en una historia ambientada —aunque por una vez fuese lo de menos— en la socorrida Guerra Civil (¡oh, no!). Eduardo Noriega reciclaba su malo de Tesis, con unas gotitas de avaricia bogartiana en El tesoro de Sierra Madre.
Arturo Ripstein: llanto por el cine amado.- Se dejó ir don Arturo en Londres, donde se le dedicaba una retrospectiva en el marco del Festival de Cine Descubriendo Latinoamérica. «Hoy ya sólo parece haber dos géneros cinematográficos: el de las óperas primas y el cine para los festivales (…) Estamos haciendo películas para que hablen bien de ellas una serie de personas que no son los espectadores».
En su catastrofista (pero atinado) diagnóstico del estado del cinematógrafo a día de hoy va todavía más lejos: «cineastas como Luis Buñuel, Federico Fellini o Ingmar Bergman serían hoy impensables (…) Es el mejor momento para el desastre. La única salida consiste en empezar de nuevo con los nuevos formatos, que hacen que el cine de hoy no sea tan oneroso como el pasado. (…) Lo nuestro se acabó. Es una rareza…»
Antes de pegarse un tiro –única opción lúcida que parece desprenderse de su análisis- Arturo tuvo tiempo de sentenciar: "el comercio y el éxito fácil e inmediato lo determinan hoy todo… no hay ya tiempo de mirar”.
Así es, así es…