Basil Poledouris (Kansas City, 1945 - Los Angeles, 2006)

Por Raúl Álvarez

Adiós al Rey

Amo las bandas sonoras por tres razones: el tema principal de La guerra de las galaxias, el tema principal de Ben-Hur y el tema principal de Conan el bárbaro. Luego vinieron muchos más, pero estos tres me descubrieron la maravillosa relación entre la música y la imagen en movimiento. Un vínculo capaz de trascender la historia y los personajes que acompaña para dar voz a nuestros propios sentimientos. No tengo dudas sobre la inmortalidad —bien merecida— de John Williams y Miklos Rozsa, como tampoco la tuve cuando un 21 de julio de hace dos años me levanté con la muerte de Jerry Goldsmith. Pero sospecho que la industria y los libros van a relegar el nombre de Basil Poledouris a un reseña menor de la que merece. En su carrera no figura ninguna película de prestigio, no trabajó con ningún “grande” y ni siquiera fue nominado nunca al Oscar. Y eso, en el mundo del espectáculo, el país de las etiquetas, quita puntos al carné de la gloria.

En Hollywood, el señor Poledouris era conocido como “el compositor de Conan”. Y así se anunció su fallecimiento el pasado 8 de noviembre. Con su etiqueta correspondiente. “Del director de…” “De los productores de…” bsoDel actor de…” Allí no eres nadie sin un cartel atado al cuello. Y vives y mueres con él puesto. Poledouris era considerado un músico menor y eficaz, un artesano idóneo para trabajitos comerciales. Uno del montón. Y como a tal se le asignaron películas de segunda y tercera división, sobre todo a partir de la segunda mitad de los años 90. Pero su música nunca fue mediocre. Al contrario, el compositor nacido en Kansas City, en 1945, siempre exprimió lo mejor de sí mismo, dando un ejemplo de profesionalidad que nunca encontró recompensa entre los altos ejecutivos. La etiqueta es la etiqueta. El cariño y el reconocimiento se lo dieron sus fans, cierta parte de la crítica especializada y los amantes de las bandas sonoras. Que al final son los únicos que tienen memoria porque conocen el significado de la palabra respeto. Así se demostró en su última aparición pública, en el II Congreso Internacional de Música de Cine Ciudad de Úbeda, organizado por la página web BSO Spirit (www.bsospirit.com). A ellos (nosotros) corresponde mantener viva su obra.

Como tantos otros, Basil Poledouris dio sus primeros pasos en el mundo de la televisión tras graduarse en la University of Southern California, donde conoció a los realizadores John Milius y Randal Kleiser. De su mano se introdujo en la composición de música cinematográfica con dos títulos emblemáticos: El gran miércoles (1978) y El lago azul (1980). Un año más tarde llegaría su obra maestra y, en mi opinión, una de las mejores bandas sonoras de todos los tiempos: Conan el bárbaro, dirigida por Milius. Sólo por bsoella merecería Poledouris un capítulo en la historia de la música de cine. Aventuras, acción, romance, amistad, épica, misticismo. El músico de origen griego conjugó todos los elementos del personaje interpretado por Arnold Schwarzenegger en una partitura de imponente fuerza sinfónica y vocal, terrible y hermosa. Es una obra perfecta, sin fisuras, con un sonido único e irrepetible que evoca de forma magistral el mundo fantástico y salvaje del guerrero cimerio. Cada pieza es una pequeña banda sonora en sí misma, dotada de estilo propio y significado emocional. Y la suma de todas forma una suerte de ópera trágica y a la vez romántica que, aún hoy, no ha sido superada. Uno de los viajes musicales más bellos del siglo XX que debió valerle su primer Oscar.

Poledouris —y es justo admitirlo— nunca volvió a brillar a la misma altura, ni siquiera en la segunda entrega de Conan, rodada en 1984, plagada de buenas ideas que no acababan de explotar. Pero eso no significa que le abandonarán las musas. Simplemente creó un precedente imposible de superar. Una sombra de ciprés demasiado alargada, su etiqueta particular. En 1985, en plena efervescencia creativa, compuso otra de sus mejores obras, Los señores del acero (Paul Verhoeven), muy similar en tono y estructura al bsoprimer Conan. Con el director holandés volvería a trabajar en la irregular Robocop (1987) y en Starship Troopers (1997), título que, por su éxito comercial, le rescataría brevemente del olvido en que había ido cayendo entre finales de los años 80 y principios de los 90. En esa época su talento se perdió en productos de acción y aventuras de medio pelo como Águila de acero, El vuelo del Intruder, Harley Davidson and the Marlboro Man, Robocop 3, Regreso al lago azul, Hot Shots 2 o En tierra peligrosa. Filmes, sin duda, más propios para un novato que para un compositor con el virtuosismo de Poledouris. En esos años, no obstante, el músico se redimió con cinco trabajos apabullantes que dejaron, una vez más, constancia de su insultante dominio de las grandes orquestas: La caza del Octubre Rojo (John McTiernan, 1990), Liberad a Willy (Simon Wincer, 1993), Wind (Carroll Ballard, 1992), El libro de la selva (Stephen Sommers, 1994) y Adiós al Rey (John Milius, 1989). Esta última debió ser su segundo Oscar.

A partir de 1995 el nombre de Poledouris no volvería a brillar en los créditos de una cinta a su altura creativa. Liberad a Willy 2, Alerta máxima 2, Lassie, Breakdown, Mickey Blue Eyes… La lista es dolorosa. Sólo en la mencionada Starship Troopers y en la adaptación de Los miserables (Billie August, 1998)bso, su última gran creación, volvería a demostrar su innato talento para dar a luz temas de enorme poderío orquestal. En 1999 compone su epílogo musical, la delicada For Love of the Game (Sam Raimi), cuyo título bien podría servir de metáfora a su trayectoria profesional. Un par de productos televisivos sin interés, la tercera parte de Cocodrilo Dundee (más sal en la herida) y Cecil B. DeMented (coescrita) son las notas postreras de un Poledouris presumiblemente ya enfermo. Su última partitura es la televisiva The Touch (Peter Pau, 2002). Después, el silencio y el olvido. Su último reconocimiento le llegó desde España, en el mencionado Congreso Internacional de Música de Cine Ciudad de Úbeda. Las crónicas que he leído hablan de un hombre bondadoso y amable, feliz y agradecido por el cariño que le dispensaron sus seguidores. Incluso vertió lágrimas.

Es curioso que uno también llore por alguien que no conoce. Adiós al Rey.