BORAT (Larry Charles, 2006)

Por José Ramón García Chillerón

Un (no tan falso) documental muy revelador

Borat Sagdiyev, mastuerzo periodista kazajo creado e interpretado por el cómico inglés (y judío practicante) Sacha Baron Cohen, supone la reveladora personificación de todo lo que consideramos políticamente incorrecto. El personaje en cuestión es una amalgama de todos los prejuicios arquetípicos que la sociedad occidental atribuye al concepto tercermundista: tecnológicamente atrasado, incompetente para relacionarse socialmente dentro de los parámetros occidentales, misógino y antisemita. Además de todo eso es un hortera redomado y ególatra. En definitiva, Borat es un ser incomodo para esa sociedad aparentemente bienpensante y aséptica que se nos quiere imponer desde los, siempre referenciales, U.S.A. Sin embargo, la honestidad brutal de la nueva creación de Baron Cohen, en cierta medida, logra redimirlo de sus numerosas taras morales. Su condición de extranjero y la inocencia que destilan sus polémicas intervenciones le hacen merecedor casi inmediato de las simpatías del espectador, sobre todo cuando al ser enfrentado a la hipocresía de los autoabanderados del Primer Mundo, o como dice Borat los EEUyU, actúa como catalizador para destapar las intolerantes actitudes que se esconden bajo la alfombra del American Way of Life.

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Se ha repetido insistentemente que Borat es un falso documental, pero si atribuimos esta denominación a una película que utiliza las técnicas formales del documental para narrar hechos plenamente ficticios, cabría citar aquí como paradigma de falso documental el excelente El proyecto de la bruja de Blair (The Blair Witch Project; Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999), es evidente que Borat no cumple los requisitos para ser un verdadero falso documental, ya que, si bien es cierto que la premisa argumental y el personaje protagonista son ficticios, la película carece de sentido sin la espontaneidad que se produce cuando éste interactúa con las personas reales que encuentra en su deambular por tierras yanquis. Resultan significativos al respecto los xenófobos consejos del viejo cowboy para que Borat afeite su bigote si no quiere ser confundido con uno de esos malditos terroristas islámicos, la airada reacción de las feministas ante los comentarios sexistas del pseudokazajo, la repulsión contenida de sus anfitriones en la cena cuando Borat vuelve del baño con sus excrementos en una bolsa y la posterior indignación ante la llegada de la prostituta; por no hablar de la proposición de matrimonio, con saco incluido, a una aterrorizada Pamela Anderson (que, por cierto, ¡¡¡nunca ha estado mejor que aquí!!!).

Teniendo en cuenta su estructura narrativa y el atinado retrato que hace del pueblo yanqui, podríamos aventurarnos a definir Borat como una especie de road movie antropológica. De lo que no cabe duda es de que estamos ante un bizarro, y hasta ahora impracticado, hibrido cinematográfico que conjuga con sabiduría una peculiar versión politizada del humor más escatológico de los Farrelly (la nudista lucha cuerpo a cuerpo que se produce entre Borat y su orondo productor supera con creces el mayor de los disparates perpetrados por los famosos hermanos) con una visión paródica del documental de denuncia en la estela de los producidos por el vanidoso Michael Moore (la película ha desbancado a Fahrenheit 9-11 como el film de no-ficción más visto en los EEUU). En definitiva, nos hallamos ante una inaudita obra maestra.