Tras coescribir junto a su hermano Javier Fesser las dos películas dirigidas por éste, El milagro de P. Tinto, y La gran aventura de Mortadelo y Filemón, Guillermo Fesser escribe (coescribe en realidad, de nuevo con Javier) y dirige su primer largometraje, Cándida, una película concebida desde el primer momento no solo como un homenaje a la mujer que les ha visto crecer mientras les limpiaba la casa, a pesar de no tratarse de su madre ni de su padre, sino también un homenaje a todas esas mujeres que han sacado a sus familias adelante limpiando escaleras, cuidando niños, paseando perros, siempre pluriempleadas, y después llegando a casa fatigadas para no hacer sino limpiar, fregar, hacer la comida, como si de un trabajo más se tratase, encontrando, en el mejor de los casos, a unos hijos famélicos y un marido comodón, y en el peor, un marido inexistente que hace tiempo que se dio a la fuga y a unos hijos enfermos o enganchados a la droga o al alcohol que venden media casa de su madre (que aún no ha terminado de pagar la hipotenusa) para sufragarse la heroína y con suerte no morir de dobledosis (este último es el caso de Cándida, pero todos conocemos casos parecidos), y las menos veces, por no decir nunca un mínimo agradecimiento o un simple pero siempre agradecido "te quiero".
El trabajo de puesta en escena de Fesser hereda mucho de lo ya visto en las dos películas de su hermano, siendo lo más destacado en este aspecto una estética de comic, que en Mortadelo y Filemón estaba más plenamente justificada por tratarse precisamente de la adaptación de uno, y que viendo ambas películas retrospectivamente denota un estilo propio singularmente reconocible, pero, al igual que ocurría en El milagro de P. Tinto, está más basada en la caricaturización de muchos de los personajes, por no decir casi todos (el portero, el vecino supuestamente homosexual, el pescadero, los hijos de la protagonista, los marqueses, el cura…) que en el empleo del ordenador, aquí inexistente, recurso del que también se valía (quizá en exceso) la historia de los agentes secretos de la T.I.A., y también ciertas ideas visuales como algún vistoso encadenado de planos donde se unen a través del movimiento situaciones alejadas en el espacio y el tiempo (por ejemplo, el marqués lanzando un ataque de sus tropas en el campo de batalla del salón con el pescadero cortando la cabeza de pescado que se llevará Cándida para casa), o el sueño alucinatorio de Pablo (Jorge Bosch)

La parte del guión es algo más discutible, con ciertos chistes no demasiado inspirados (por ejemplo el de Cándida jugando al béisbol) y algunos tópicos tratados en ocasiones de forma bastante convencional (la mujer maltratada por su marido y la relación amorosa de Pablo son dos buenos ejemplos), sin embargo funciona y muy bien (salvo algún que otro chiste, no muchos, como el citado) gracias al sentido del humor que envuelve continuamente todas y cada una de las situaciones de la película (casi siempre con Cándida de por medio) e incluso por momentos aprovechándose de estos tópicos para provocar la comicidad a costa de apartarlos momentáneamente (cuando la mujer maltratada sube a casa de Cándida con el moratón y ya de paso aprovecha para saquearle la nevera aprovechándose de la cándidez de la protagonista —que lleva la bondad en los gérmenes—, o cuando Pablo está devanándose los sesos pensando en su amada y se toma una de las pirulas del hijo de Cándida que ésta le ha proporcionado pensando que son pastillas para la tos), e indudablemente esto es gracias a unos diálogos y situaciones muy divertidos (increíble cuando al sufrido periodista le pintan la habitación de negro ¡Yo le dije color salmón, Cándida! —Pues yo en la pescadería lo he visto y el salmón es gris) y, sobre todo, a las interpretaciones. Cándida resulta ser un personaje entrañable cuyo único secreto es precisamente que ni siquiera interpreta, sino que simplemente habla y actúa de la única manera que sabe, siendo ella misma. Del mismo modo impagable el debut delante de la cámara de Monigote (su verdadero nombre es Víctor Sevilla), cantante de Los Petersellers (sin duda alguna el grupo con el mejor directo sobre los escenarios españoles), en un papel (Julián) exagerado y caricaturizado hasta la médula que se lleva la palma en lo tocante a personajes estrambóticos (jamás se me olvidará la lectura de su mensaje de los marcianos, equiparable al que nos larga su majestad cada año por estas fechas, pero sustituyendo el himno nacional por uno muchísimo más majestuoso, In the Court of the Crimson King, de King Crimson, mensaje que termina por entronizarle en el sanatorio mental en el que se aloja) Curiosa también la colaboración de Pedro Ruy Blas como el vecino maltratador, que se ríe de su propio tema A los que hirió el amor, recitando continuamente «A los que yo el amor» Pero más allá de la mera anécdota, la interpretación más reseñable junto con la de la propia Cándida es la de Raúl Peña (Javi), que lo mismo logra conmover arráncandose por Julio Iglesias (¿quién lo diría?) que divertir a costa de su drogadicción.
Y es que si algo logra esta película, y ese algo no es nada fácil de conseguir, es la conjunción de la carcajada y el llanto de una manera tan íntima que por momentos resulta díficil dilucidar si se llora de pena o de risa, y hacerlo de modo que no resulte ofensivo. Momentos muy duros son salpicados con perlas humorísticas difíciles de superar, como la conversación de Pablo con Julián a través del telefonillo, en la que mientras le está contando la muerte de su hermano, al espectador le resulta casi inevitable no partirse de risa.
Si gracias a la publicación de sus memorias Cándida, una mujer herida durante muchos años por el amor profesado a sus hijos, consiguió pagarse la dentadura postiza, con el tema de la película se ha reconstruido su casa (en la que se rodó el film, con algún que otro inevitable destrozo), ha viajado a New York en un vuelo chándal, y, de algún modo, y aunque probablemente nunca de forma suficiente, ha visto el trabajo de toda una vida recompensado como merece. Incluso podría tomarse un año selvático, si quisiese.
Cómo si una guerra cruel vinieran de perder
el miedo ya marcó su frente de vejez.
Cómo fantasmas encorvados al pasar
inspiran la piedad, inspiran la piedad.
A los que hirió, a los que hirió ...
A los que hirió ... el amor.
Cómo en una guerra cruel
quisieron ofrendar ... sus vidas
a los que ya ... ya no se acuerdan más.
Gritan ... tratan de aparentar ...
EL AMOR ... Y VIVIR ! ... sí
para justificar un pasado feliz.
A los que hirió, a los que hirió ...
A los que hirió ... el amor.
Como de una guerra cruel volvieron al hogar
y vieron que su luz no les alumbra ya.
Solos en su rincón se lamen sin llorar
las llagas que dejó lo que no volverá.
A los que hirió, a los que hirió ...
A los que hirió ... el amor.
Como en la guerra cruel perdieron el amor,
juraron que jamás tendrán otra pasión.
Hay que tirar las armas que no sirven más,
pués sólo quieren ya poder morir en paz.
Porque el amor, por que el amor ...
Porque el amor ... les mató
Pedro Ruy Blas