Casino Royale (Martin Campbell, 2006)

Por Joaquín Vallet

Craig, Daniel Craig

Más allá de la cacareada elección de Daniel Craig como el nuevo James Bond, el vigésimo primer film de la saga plantea, desde su mismo argumento, una muy concreta declaración de intenciones: Casino Royale es la primera de las novelas publicadas por Ian Fleming sobre el célebre agente y, por tanto, la elección concreta de éste libro ya marca el punto y aparte que la película de Martin Campbell pretende establecer. De hecho, el film plantea una serie de considerables novedades respecto a los anteriores. Por un lado, un concepto de la acción mucho más estilizado, en el que no hay distanciamiento irónico como sí podía haberlo en los films protagonizados por Pierce Brosnan o Roger Moore. Por el contrario, se impregna un exceso de severidad totalmente inusual en la serie que consigue desvincular, con gran efectividad, ésta película de las restantes.

Por otro, el mismo argumento pretende marcar su propio distanciamiento merced a ofrecer una visión muy concreta de 007 aunque esto, finalmente, acaba revelándose como una peligrosa arma de doble filo. En efecto, la perspectiva que Casino Royale ofrece de Bond nada tiene que ver con la visión preconcebida del personaje; se subraya su carácter humano y emocional y se incide en su vulnerabilidad y sus dudas. Empero, dicha visión no se encuentra en absoluto correspondida por el trabajo de interpretación de Daniel Craig. El actor realiza un trabajo más que correcto, de ello no cabe duda, pero compone un Bond calculador, frío, cerrado como un búnker y tremendamente oscuro, algo que nada tiene que ver con la perspectiva que la historia nos ofrece.

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Esta divergencia de puntos de vista acaba por marcar y definir una cierta inconcreción en el conjunto agravada por algunos elementos que, si bien mantienen su margen de alejamiento respecto del resto de la saga, acaban por desvelar un ocasionalmente molesto sedimento de incoherencia. Un buen ejemplo de ello se encuentra en los mismos autores del guión: a los habituales de las últimas producciones sobre el personaje, Neal Purvis y Robert Wade, se halla Paul Haggis actualmente reputadísimo gracias al espléndido guión de Million Dollar Baby y al "Oscar" logrado por la insufrible Crash. Aquí es donde comienzan los problemas de Casino Royale, ya que el film pivota constantemente entre unas ínfulas de trascendencia, de voluntaria complejidad y un tono paradójicamente superficial en el que prima la acción y la tensión. La película no termina de conformar un cuerpo unitario en el que ambas perspectivas se encuentren fusionadas y, por ello, existen un buen número de decisiones dramáticas o estructurales, como mínimo, discutibles. Desde la dilatacion de las conversaciones entre Eva Green y Daniel Craig (reiterativas y por momentos excesivas), hasta la sorprendente desaparición del personaje interpretado por Mads Mikkelsen (que hace que el último bloque del film esté casi a punto de desmoronarse al no encontrar el espectador ningún otro antagonista que sustente el climax final), todo ello no hace más que confirmar los estratos de discordancia existentes en un guión que no sabe estar a la altura de las pretensiones globales de la cinta.

Empero, si la parte literaria de Casino Royale es en esencia ramplona e insatisfactoria, no se puede decir lo mismo del trabajo de dirección emprendido por Martin Campbell. Cineasta eminentemente mediocre aquí realiza, sin embargo, una labor verdaderamente sorprendente. Primero, en lo que respecta a las (excelentes) secuencias de acción, auténticos paradigmas de cómo realizar este tipo de escenas sabiendo situar al espectador en los espacios en que se desarrollan y envolviéndolo con un ritmo trepidante que, si bien tiene de base el montaje sincopado (¡cómo no!), sabe tratarlo sin abusar y poniéndolo al servicio de una dirección especifica y trabajada. Y segundo, en la tensión que se acumula en las secuencias del casino, magníficamente dosificada y muy precisa que hace que el film avance sin echar en falta momentos más dinámicos.

Es Casino Royale, en definitiva, una película irregular. Una obra de aciertos más que notorios y de errores palpables. Si bien en el resultado final acaban por pesar más las virtudes que los defectos, no se puede evitar la sensación de creer que Casino Royale hubiera podido ser mejor de lo que es.