Tony Scott no es precisamente uno de los mayores talentos del actual cine estadounidense. Es más, en su filmografía son más abundantes los títulos mediocres que los notables debido a un exceso esteticista que tiene su base en el estilo videoclipero de los años ochenta. Rara vez Scott se ha desmarcado de esta tendencia aunque, reconozcámoslo, en varias ocasiones la calidad del resultado final ha dependido, estrictamente, del guión puesto en imágenes. Un ejemplo perfecto de ello se encuentra en la más que notable El fuego de la venganza, dirigida con un nervio y un efectismo totalmente inapropiados, aunque con un sólido material literario del interesantísimo Brian Helgeland. En otro, caso de las lamentables Enemigo público o Fanático, la ramplonería del guión saca a la luz las deficiencias conceptuales de un cineasta obsesionado por el subrayado de trazo grueso y el hueco virtuosismo formal.
Sin embargo, Déjà vu aparece como una pieza relativamente alejada de todo ello. Concebida desde su misma gestación como una película "de productor", el film se encuentra mucho más vinculada a las figuras de Jerry Bruckheimer y Terry Rossio que a la de Tony Scott. Y, en el fondo, es esto lo que hace de este film un producto tan atractivo y competente. Por un lado, los parámetros de la película aparecen claramente delimitados: Déjà vu no es una obra sesuda o profunda, muy a pesar de la tesis argumental esgrimida, sino un espectáculo deliberadamente inverosímil, por momentos irracional, diseñado a la perfección en todos y cada uno de sus apartados. Y ello, sin ningún género de dudas, incluye la dirección de Scott, ya que su trabajo se torna sorprendentemente contenido, sobrio en ocasiones, en absoluto parangonable con el realizado en sus anteriores películas. La desvinculación de las maneras cinematográficas de Tony Scott, la no aparición del "estilo" del cineasta en primer término oscureciendo todo lo restante (como era habitual), acaba otorgando una mayor entidad tanto al guión como a las intenciones del film.
Déjà vu es una película excelentemente narrada, con una progresión dramática medida al milímetro, algo muy corriente en la labor de Terry Rossio, co-autor de uno de los mejores guiones del reciente cine norteamericano, Piratas del Caribe. La Maldición de la Perla Negra, quien estructura la historia con una claridad diáfana, atendiendo siempre a las características de los espectadores a quienes va dirigida y controlando concienzudamente un argumento que, a otro guionista menos certero, se le hubiera escapado irremediablemente de las manos. Asimismo, la película deja claras desde el comienzo sus determinaciones: Déjà vu es una pieza maniquea, imposible de asimilar si se la toma al pie de la letra. Por tanto, lo que hace de este film un producto verdaderamente llamativo es su capacidad de atracción, la manera con la que integra a todo aquel que asiste a su visionado a un universo dominado por lo inverosímil, gracias a una dosificación de la acción perfectamente equilibrada, a un ejercicio de montaje excelente que alcanza el cenit en la logradísima secuencia de la persecución virtual de vehículos y a un compacto trabajo interpretativo de todo el conjunto actoral en el que cabe destacar la curiosísima elección de Jim Caviezel para interpretar a un fascista con ínfulas de mártir.
Si bien el film puede pecar de cierta ambigüedad ideológica (la "acción preventiva" como método, algo que ya puso en tela de juicio Steven Spielberg en su prodigiosa Minority Report y que, de manera inevitable, hace pensar en la nefasta política exterior del actual presidente de Estados Unidos), pronto se desmarca de cualquier tendencia para convertirse en un espectáculo puro y duro, sin mayor pretensión que la de sumergir al espectador durante algo más de dos horas en un entretenimiento contundente y disfrutable.
Sin duda, junto a El fuego de la venganza y El ansia, Déjà vu es la mejor película de Tony Scott aunque, a diferencia de las otras dos, la atenuación de su espasmódico estilo la vincule hacia otros responsables. En todo caso, una buena película.