¿Cómo hablar de El gran silencio ? ¿Cómo hablar, sin ver las imágenes, de un tipo de vida conceptualmente tan alejado del nuestro que no podemos imaginarlo? ¿Cómo comentar las imágenes ofrecidas por Philip Gröning, las sensaciones que despiertan en mi, si no tienen absolutamente nada que ver con mi vida diaria? Por que precisamente el concepto de esta obra radica en dos ejes poco trabajados en el cine que vemos habitualmente en las pantallas comerciales.
Uno de estos ejes conceptuales es el extrañamiento que supone para la mayoría de espectadores la contemplación de un mundo en el que nunca pasa nada. Mientras la mayoría de las películas actuales tratan de presentarnos un mundo conocido o atraernos a otro desconocido buscando puntos comunes, complicidades, con aquello que nos es familiar [1], aquí precisamente se nos lleva a un mundo de inmovilidad, en el que no se quiere que nunca pase nada… Al menos, por supuesto, nada visible a los ojos.
El gran silencio es una ventana abierta al interior del convento "Grande Chartreuse" de los Alpes franceses, dónde una orden de cartujos vive una existencia radical, solitaria y aislada, observando silencio casi total en su actividad diaria. "Solo en el silencio más absoluto se empieza a oír, sólo cuando se prescinde del lenguaje se empieza a ver", reza un cartel durante la cinta. Y es que Gröning plantea su película con la misma radicalidad que los monjes cartujos. Hay una única, breve y significativa entrevista al final de la película. No hay voz en off, no hay música (salvo los coros de música diegética en las celebraciones litúrgicas) y sólo un único cartel final comenta lo visto. Se trata de 160 minutos de puro cine (para algunos espectadores que afronten el reto, todo hay que decirlo, 164 minutos eternos que emparentan El gran silencio con The big sleep en un sentido demasiado literal).
Pero no basta con observar que la propuesta va más allá de lo descriptivo sobre lo narrativo, de lo contemplativo sobre lo explicativo. Gröning ha trabajado (investigador, productor, guionista, cámara, montador, sonidista y director) una obra que va más allá del reportaje. El segundo eje al que aludía previamente, un trabajado eje de carácter básicamente sensorial, se basa en la mismísima contemplación del tiempo. Gröning, tras esperar 12 años la autorización para el rodaje por parte de la orden religiosa, mezcla el documental sobre los cartujos con un apasionante proyecto sobre el tiempo. Y el resultado es excepcional en su fascinante morosidad. Al final de la película poco sabremos sobre las reglas de la orden, sobre la dinámica de organización interna. Pero, por otro lado, habremos convivido con ellos, habremos sentido su aislamiento, su concentración, su fervor casi místico. Con una o dos cámaras no intrusivas Gröning sigue, observa, a los monjes deambulando en los pasillos, preparando la intendencia en quehaceres diarios, rezando en silencio en sus celdas u orando en grupo. Y trabaja la contemplación de la mística, de la soledad y del fervor mediante el ojo silencioso de una cámara inmóvil y la inserción de letreros con textos bíblicos o la manipulación del grano y la textura de las imágenes (aunque de un modo en ocasiones un tanto arbitrario). Y es esta misma cámara que recoge, con fervor propio, las gélidas imágenes del valle alpino, los ojos sin luz del monje anciano, el silencioso intercambio de mensajes o la confección de un hábito a medida. Pero, también, la caída de las gotas de agua que dibujan caprichosas formas, los copos de nieve que se posan sobre la lente y, sobre todo, el inmenso silencio que envuelve a los frailes en su devoción y en su recogimiento.
Se podría relacionar este misticismo con el mostrado por Kim Ki Duk en su Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera. No obstante, en tanto el director coreano construía una narración que presentaba la mística a través de un manierismo (manierismo estético de imagen y guión), Gröning elabora un trabajo que va mucho más allá de la plasmación del ritual cotidiano. Se acerca a lo sobrenatural captando una Presencia (divina o natural) de un modo semejante al que lo hicieran otros auténticos cineastas en Tren de Sombras o Tropical Malady, dos propuestas menos lejanas de lo que a primera vista podría parecer. Gröning consigue, sin exageración, captar como el tiempo no pasa. Se dice que para Dios no hay pasado, que para El todo es presente. El tiempo no existe, por tanto, para Dios y, de este modo, la representación del silencio, de la inmovilidad (stille) es la representación de Dios.
[1] Tanto es así, que lejos de sorprendernos como podía suceder hace 20 años, en un mundo globalizado puede parecernos próxima la sociedad habitada por las filmografías japonesa o coreana, o la temible sociedad de un futuro no tan lejano presentadas en Hijos de los hombres o Gattaca. Incluso la exótica Mongolia de The cave of the yelow dog resulta familiar después de tanto documental de sobremesa.